U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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sábado, 28 de marzo de 2009

Boletín de Lectio Divina semanal


QUINTO DOMINGO DE CUARESMA - CICLO B

Exégesis Semana 23 al 29 de Marzo de 2009
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PARA EL RITO ROMANO ORDINARIO

SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 12,20-33


TEMA:

«El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.»


Y tal como el pecado y la muerte vinieron al mundo a través del primer hombre, así la gracia y la vida vienen del Hijo del Hombre, un título que Nuestro Señor Jesucristo se dio a sí mismo para representar a toda la raza humana. Puesto que la ofensa cometida en contra del Dios eterno no podía ser pagada por ninguna cosa de este mundo, entonces Él fue enviado al mundo a pagar con su naturaleza humana y divina el castigo asignado a cada uno, el cual es la muerte.

† Lectura del Santo Evangelio según San Juan 12,20-33:

Todos/. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

-Señor, quisiéramos ver a Jesús.

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó:

-Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre.

Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará.

Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.

Entonces vino una voz del cielo:

-Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

-Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Palabra de Dios

Todos/. Gloria a ti, Señor Jesús.

TEXTO LATINO SACRA BIBLIA VULGATA CLEMENTINA
(Edición año 1592) DE SAN JUAN 12,20-33


20 Erant autem quidam gentiles, ex his qui ascenderant ut adorarent in die festo. 21 Hi ergo accesserunt ad Philippum, qui erat a Bethsaida Galilææ, et rogabant eum, dicentes : Domine, volumus Jesum videre. 22 Venit Philippus, et dicit Andreæ; Andreas rursum et Philippus dixerunt Jesu. 23 Jesus autem respondit eis, dicens: Venit hora, ut clarificetur Filius hominis. 24 Amen, amen dico vobis, nisi granum frumenti cadens in terram, mortuum fuerit, 25 ipsum solum manet: si autem mortuum fuerit, multum fructum affert. Qui amat animam suam, perdet eam; et qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam æternam custodit eam. 26 Si quis mihi ministrat, me sequatur, et ubi sum ego, illic et minister meus erit. Si quis mihi ministraverit, honorificabit eum Pater meus. 27 Nunc anima mea turbata est. Et quid dicam ? Pater, salvifica me ex hac hora. Sed propterea veni in horam hanc: 28 Pater, clarifica nomen tuum. Venit ergo vox de cælo: Et clarificavi, et iterum clarificabo. 29 Turba ergo, quæ stabat, et audierat, dicebat tonitruum esse factum. Alii dicebant: Angelus ei locutus est. 30 Respondit Jesus, et dixit: Non propter me hæc vox venit, sed propter vos. 31 Nunc judicium est mundi: nunc princeps hujus mundi ejicietur foras. 32 Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. 33 (Hoc autem dicebat, significans qua morte esset moriturus.).

TEXTO LATINO NOVA VULGATA (Edición año 1979)
DE SAN JUAN 12,20-33


20 Erant autem Graeci quidam ex his, qui ascenderant, ut adorarent in die festo;
21 hi ergo accesserunt ad Philippum, qui erat a Bethsaida Galilaeae, et rogabant eum dicentes: “Domine, volumus Iesum videre”.
22 Venit Philippus et dicit Andreae; venit Andreas et Philippus et dicunt Iesu.
23 Iesus autem respondet eis dicens: “Venit hora, ut glorificetur Filius hominis.
24 Amen, amen dico vobis: Nisi granum frumenti cadens in terram mortuum fuerit, ipsum solum manet; si autem mortuum fuerit, multum fructum affert.
25 Qui amat animam suam, perdit eam; et, qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodiet eam.
26 Si quis mihi ministrat, me sequatur, et ubi sum ego, illic et minister meus erit; si quis mihi ministraverit, honorificabit eum Pater.
27 Nunc anima mea turbata est. Et quid dicam? Pater, salvifica me ex hora hac? Sed propterea veni in horam hanc.
28 Pater, glorifica tuum nomen!” Venit ergo vox de caelo: “Et glorificavi et iterum glorificabo”.
29 Turba ergo, quae stabat et audierat, dicebat tonitruum factum esse; alii dicebant: “Angelus ei locutus est”.
30 Respondit Iesus et dixit: “Non propter me vox haec facta est sed propter vos.
31 Nunc iudicium est huius mundi, nunc princeps huius mundi eicietur foras;
32 et ego, si exaltatus fuero a terra, omnes traham ad meipsum”.
33 Hoc autem dicebat significans, qua morte esset moriturus.

TEXTO GRIEGO DE SAN JUAN 12,20-33

20*)=ησαν δὲ Ελληνές τινες ἐκ τῶν ἀναβαινόντων ἵνα προσκυνήσωσιν ἐν τῇ ἑορτῇ: 21οὗτοι οὖν προσῆλθον Φιλίππῳ τῷ ἀπὸ Βηθσαϊδὰ τῆς Γαλιλαίας, καὶ ἠρώτων αὐτὸν λέγοντες, Κύριε, θέλομεν τὸν Ἰησοῦν ἰδεῖν. 22ἔρχεται ὁ Φίλιππος καὶ λέγει τῷ Ἀνδρέᾳ: ἔρχεται Ἀνδρέας καὶ Φίλιππος καὶ λέγουσιν τῷ Ἰησοῦ. 23ὁ δὲ Ἰησοῦς ἀποκρίνεται αὐτοῖς λέγων, Ἐλήλυθεν ἡ ὥρα ἵνα δοξασθῇ ὁ υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου. 24ἀμὴν ἀμὴν λέγω ὑμῖν, ἐὰν μὴ ὁ κόκκος τοῦ σίτου πεσὼν εἰς τὴν γῆν ἀποθάνῃ, αὐτὸς μόνος μένει: ἐὰν δὲ ἀποθάνῃ, πολὺν καρπὸν φέρει. 25ὁ φιλῶν τὴν ψυχὴν αὐτοῦ ἀπολλύει αὐτήν, καὶ ὁ μισῶν τὴν ψυχὴν αὐτοῦ ἐν τῷ κόσμῳ τούτῳ εἰς ζωὴν αἰώνιον φυλάξει αὐτήν. 26ἐὰν ἐμοί τις διακονῇ, ἐμοὶ ἀκολουθείτω, καὶ ὅπου εἰμὶ ἐγὼ ἐκεῖ καὶ ὁ διάκονος ὁ ἐμὸς ἔσται: ἐάν τις ἐμοὶ διακονῇ τιμήσει αὐτὸν ὁ πατήρ. 27Νῦν ἡ ψυχή μου τετάρακται. καὶ τί εἴπω; Πάτερ, σῶσόν με ἐκ τῆς ὥρας ταύτης; ἀλλὰ διὰ τοῦτο ἦλθον εἰς τὴν ὥραν ταύτην. 28πάτερ, δόξασόν σου τὸ ὄνομα. ἦλθεν οὖν φωνὴ ἐκ τοῦ οὐρανοῦ, Καὶ ἐδόξασα καὶ πάλιν δοξάσω. 29ὁ οὖν ὄχλος ὁ ἑστὼς καὶ ἀκούσας ἔλεγεν βροντὴν γεγονέναι: ἄλλοι ἔλεγον, Ἄγγελος αὐτῷ λελάληκεν. 30ἀπεκρίθη Ἰησοῦς καὶ εἶπεν, Οὐ δι' ἐμὲ ἡ φωνὴ αὕτη γέγονεν ἀλλὰ δι' ὑμᾶς. 31νῦν κρίσις ἐστὶν τοῦ κόσμου τούτου, νῦν ὁ ἄρχων τοῦ κόσμου τούτου ἐκβληθήσεται ἔξω: 32κἀγὼ ἐὰν ὑψωθῶ ἐκ τῆς γῆς, πάντας ἑλκύσω πρὸς ἐμαυτόν. 33τοῦτο δὲ ἔλεγεν σημαίνων ποίῳ θανάτῳ ἤμελλεν ἀποθνῄσκειν.

TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL DE SAN JUAN 12,20-33

Jun 12:20 ησαν Estaban δε pero ελληνες griegos τινες algunos εκ fuera de των los αναβαινοντων pusieron pie hacia arriba ινα para que προσκυνησωσιν puedan adorar εν en τη la εορτη fiesta
Jun 12:21 ουτοι Estos ουν por lo tanto προσηλθον vinieron hacia φιλιππω Felipe τω el απο desde βηθσαιδα Betsaida της de la γαλιλαιας Galilea και y ηρωτων estaban pidiendo αυτον a él λεγοντες diciendo κυριε Señor θελομεν estamos queriendo τον a el ιησουν Jesús ιδειν ver
Jun 12:22 ερχεται Está viniendo ο el φιλιππος Felipe και y λεγει está diciendo τω a el ανδρεα Andrés ερχεται está viniendo ανδρεας Andrés και y φιλιππος Felipe και y λεγουσιν están diciendo τω a el ιησου Jesús
Jun 12:23 ο El δε pero ιησους Jesús αποκρινεται está respondiendo αυτοις a ellos λεγων diciendo εληλυθεν Ha venido η la ωρα hora ινα para que δοξασθη sea dado esplendor ο a el υιος Hijo του de el ανθρωπου hombre
Jun 12:24 αμην Amén αμην amén λεγω estoy diciendo υμιν a ustedes εαν si alguna vez μη no ο el κοκκος grano του de el σιτου trigo πεσων habiendo caído εις hacia dentro την a la γην tierra αποθανη muera αυτος él μονος solo μενει está permaneciendo εαν si alguna vez δε pero αποθανη muere πολυν mucho καρπον fruto φερει está llevando
Jun 12:25 ο El φιλων teniendo cariño την a el ψυχην alma αυτου de él απολλυει está perdiendo αυτην a ella και y ο el μισων odiando την a el ψυχην alma αυτου de él εν en τω el κοσμω mundo τουτω este εις hacia dentro ζωην vida αιωνιον eterna φυλαξει guardará αυτην a ella
Jun 12:26 εαν Si alguna vez εμοι a mí τις alguien διακονη sirva εμοι a mí ακολουθειτω 1esté siguiendo και y οπου donde ειμι estoy εγω yo εκει allí και también ο el διακονος siervo ο el εμος mío εσται estará εαν si alguna vez τις alguien εμοι a mí διακονη sirva τιμησει honrará αυτον a él ο el πατηρ Padre
Jun 12:27 νυν Ahora η el ψυχη alma μου de mí τεταρακται ha sido conmocionada de perturbación και¿Y τι qué ειπω diré? πατερ Padre σωσον libra με a mí εκ fuera de της la ωρας hora ταυτης esta αλλα pero δια a través τουτο a esta ηλθον vine εις hacia dentro την a la ωραν hora ταυτην esta
Jun 12:28 πατερ Padre δοξασον da esplendor σου de tí το a el ονομα nombre ηλθεν Vino ουν por lo tanto φωνη sonido εκ fuera de του de el ουρανου cielo και Y εδοξασα dí esplendor και y παλιν otra vez δοξασω daré esplendor
Jun 12:29 ο La [ουν] por lo tanto οχλος muchedumbre ο la εστως habiendo estado de pie και y ακουσας habiendo oído ελεγεν estaba diciendo βροντην Trueno γεγονεναι haber llegado a ser αλλοι Otros ελεγον estaban diciendo αγγελος Mensajero αυτω a él λελαληκεν ha hablado
Jun 12:30 απεκριθη Respondió και y ειπεν dijo ιησους Jesús ου No δι a través εμε a mí η el φωνη Sonido αυτη este γεγονεν ha llegado a ser αλλα sino δι a través υμας a ustedes

TRADUCCIONES ESPAÑOLAS PARALELAS COMPARADAS DEL
SANTO EVANGELIO DE SAN JUAN 12,20-33


VERSIÓN SCIO (año 1790)
(Traducción al español de la Vulgata latina del Ilmo. Sr. D. Felipe Scío de San Miguel)


Jun 12:20 Y había allí algunos gentiles (m) de aquellos, que habían subido a adorar en el día de la fiesta.
Jun 12:21 Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban, diciendo: "Señor, queremos ver a Jesús”.
Jun 12:22 Vino Felipe, y lo dijo a Andrés (n); y Andrés y Felipe lo dijeron a Jesús.
Jun 12:23 Y Jesús les respondió, diciendo: "Viene la hora, en que sea glorificado (o) el Hijo del hombre.
Jun 12:24 En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo (p), que cae en la tierra, no muriere, él solo queda (q); mas si muriere, mucho fruto lleva.
Jun 12:25 Quien ama su alma, la perderá; y quien aborrece su alma en este mundo, para vida eterna la guarda.
Jun 12:26 Si alguno me sirve, sígame; y en donde yo estoy, allí también estará mi ministro (r). Y si alguno me sirviere, le honrará mi Padre.
Jun 12:27 Ahora mi (s) alma está turbada. ¿Y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas por eso he venido a esta hora.
Jun 12:28 Padre, glorifica tu nombre”. Entonces vino una voz del cielo, que dijo: "Ya le he glorificado, y otra vez lo glorificaré (t)”.
Jun 12:29 Las gentes que estaban allí, cuando oyeron la voz, decían que había sido un trueno. Otros decían: "Un ángel le ha hablado”.
Jun 12:30 Respondió Jesús, y dijo: "No ha venido esta voz por mi causa, sino por causa de vosotros (u).
Jun 12:31 Ahora es el juicio del mundo; ahora será lanzado fuera (v) el príncipe de este mundo.
Jun 12:32 Y si yo fuere alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo (w)”.
Jun 12:33 (Y decía esto, para mostrar de qué muerte había de morir).

VERSIÓN JOSÉ PETISCO Y FÉLIX TORRES AMAT (Trad. al castellano de la Vulgata latina- año 1825)

Jun 12:20 Al mismo tiempo ciertos gentiles de los que habían venido para adorar a Dios en la fiesta,
Jun 12:21 se acercaron a Felipe, natural de Betsaida en Galilea, y le hicieron esta súplica: Señor, deseamos ver a Jesús.
Jun 12:22 Felipe fue y lo dijo a Andrés; y Andrés y Felipe juntos, se lo dijeron a Jesús.
Jun 12:23 Jesús les respondió, diciendo: Venida es la hora en que debe ser glorificado el Hijo del hombre.
Jun 12:24 En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto.
Jun 12:25 Así el que ama desordenadamente su alma, la perderá; mas el que aborrece o mortifica su alma en este mundo, la conserva para la vida eterna.
Jun 12:26 El que me sirve, sígame; que donde yo estoy, allí estará también el que me sirve; y a quien me sirviere, le honrará mi Padre.
Jun 12:27 Pero ahora mi alma se ha conturbado. Y ¿qué diré? ¡Oh Padre!, líbrame de esta hora. Mas no, que para esa misma hora he venido al mundo.
Jun 12:28 ¡Oh Padre! glorifica tu santo Nombre. Al momento se oyó del cielo esta voz: Le he glorificado ya, y le glorificaré todavía más.
Jun 12:29 La gente que allí estaba, y oyó el sonido de esta voz, decía que aquello había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado.
Jun 12:30 Jesús les respondió, y dijo: Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros.
Jun 12:31 Ahora mismo va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser lanzado fuera.
Jun 12:32 Y cuando yo sea levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a mí.
Jun 12:33 (Esto lo decía para significar de qué muerte había de morir).


VERSIÓN JUAN STRAUBINGER
(Traducción al castellano de los textos originales griegos – 1948)


Jun12:20. Entre los que subían para adorar en la fiesta, había algunos griegos.
Jun12:21. Estos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida en Galilea, y le hicieron este ruego: "Señor, deseamos ver a Jesús".
Jun12:22. Felipe fue y se lo dijo a Andrés; y los dos fueron a decirlo a Jesús.
Jun12:23. Jesús les respondió y dijo: "¿Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado?"
Jun12:24. En verdad, en verdad, os digo: si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, se queda solo; mas si muere, produce fruto abundante.
Jun12:25. Quien ama su alma, la pierde; y quien aborrece su alma en este mundo, la conservará para vida eterna.
Jun12:26. Si alguno me quiere servir, sígame, y allí donde Yo estaré, mi servidor estará también; si alguno me sirve, el Padre lo honrará".
Jun 12:27. "Ahora mi alma está turbada: ¿y qué diré? ¿Padre, presérvame de esta hora? ¡Mas precisamente para eso he llegado a esta hora!
Jun 12:28. Padre glorifica tu nombre". Una voz, entonces, bajó del cielo: "He glorificado ya, y glorificaré aún".
Jun 12:29. La muchedumbre que ahí estaba y oyó, decía que había sido un trueno; otros decían: "Un ángel le ha hablado".
Jun 12:30. Entonces Jesús respondió y dijo: "Esta voz no ha venido por Mí, sino por vosotros.
Jun 12:31. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será expulsado.
Jun 12:32. Y Yo, una vez levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia Mí".
Jun 12:33. Decía esto para indicar de cuál muerte había de morir.

VERSIÓN NUEVA BIBLIA JERUSALEN AÑO 1998
(Traducción al español de los textos originales griegos)

Jun 12:20 Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta.
Jun 12:21 Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: "Señor, queremos ver a Jesús."
Jun 12:22 Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jun 12:23 Jesús les respondió: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre.
Jun 12:24 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.
Jun 12:25 El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna.
Jun 12:26 Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.
Jun 12:27 Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!
Jun 12:28 Padre, glorifica tu Nombre". Vino entonces una voz del cielo: "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré".
Jun 12:29 La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel."
Jun 12:30 Jesús respondió: "No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros.
Jun 12:31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será derribado.
Jun 12:32 Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí."
Jun 12:33 Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.

COMENTARIOS AL EVANGELIO
SAN JUAN 12,20-33

1. COMENTARIO BIBLIA SCÍO (Año 1790 - Traducción al castellano de la Vulgata latina)


20 m. Algunos son de sentir que eran prosélitos, o que estaban en disposición de serlo. Los prosélitos eran gentiles de nacimiento, y judíos de religión. San Juan Crisóstomo. Otros creen que eran verdaderos gentiles, de aquellos que habitaban cerca de la Palestina, y que atraídos de la grandeza de las maravillas y de la majestad del Dios de Israel, venían a adorarle y a ofrecerle también sus sacrificios. Había en el templo un lugar destinado para ellos, que se llamaba el atrio de los gentiles. De estos habla Salomón en aquella excelente oración que hizo a Dios el día en que se celebró la dedicación del templo, y en el que fue trasladada a él el arca del Testamento (1Re 8,41). Movidos de las aclamaciones que el pueblo daba a Jesucristo, y de la fama que corría de sus milagros, entraron en fuerte deseo de verle.

22 n. Se lo dijo a Andrés, como más anciano.

23 o. El Hijo entrará en toda su gloria por el mérito de su muerte, que seguida de su resurrección, hará que todas las naciones le reconozcan por su Salvador y le glorifiquen.

24 p. Jesucristo era este grano, que debía morir por un efecto de la crueldad e infidelidad de los judíos, y después multiplicarse por la fe de las naciones. San Agustín.

q. Esto es; queda infecundo, no lleva fruto.

26 r. Mis ministros, que son los que han de ser las basas en mi reino, deben seguirme por el camino de la cruz y demás preceptos: los que así me siguieren, estarán también conmigo en la eterna bienaventuranza.

27 s. Como si dijera: Mi alma se halla tan violentamente agitada, que no sabe ni qué pensar, ni qué desear. Esta turbación, que quiso sentir el Salvador en sí mismo, fue para alentar y fortificar el alma flaca de sus discípulos en medio de sus trabajos y aflicciones: fue para dar a entender que al mismo tiempo que era Dios, era también verdadero hombre, y como tal, sujeto voluntariamente a las miserias de nuestra naturaleza excepto el pecado. ¿Qué diré yo? dice el Señor, ¿qué pediré yo a mi Padre? ¿que me libre de la muerte y de los tormentos que me esperan? Mas ¿no soy yo el que voluntaria y deliberadamente he deseado que llegue esta hora, y que por esta razón he vuelto a Jerusalén para entregarme en manos de mis enemigos? Y así, Padre mío, glorificad vuestro nombre; y vuestro Hijo único sea entregado a la muerte, puesto que de ella ha de resultar tan grande gloria a vuestro nombre y al suyo.

28 t. Ya lo he glorificado con tu vida, con tus milagros, con tus victorias, con tu obediencia; mucho más lo glorificaré aun con tu muerte, con tu resurrección y con la de todos los que estaban muertos en Adán por el pecado. Esta voz que se oyó con asombro y claridad, era la voz del Padre que respondía al Hijo, para que todos conociesen que su voluntad era perfectamente conforme a la del Hijo.

30 u. Para que conozcáis que soy verdaderamente Hijo de Dios.

31 v. Ahora se va a tratar la causa de todo el mundo y el demonio, que hizo esclavos suyos por el pecado a todos los hombres, va a ser vencido y arrojado de su trono, dando yo mi sangre por precio de la libertad del género humano. De manera que cuando fuere elevado sobre la cruz, todo lo arrastraré y llevaré a mí.

32 w. El Griego pántas, a todos, tanto judíos, como gentiles.

2. COMENTARIO BIBLIA TORRES AMAT (Año 1825 -Traducción al castellano de la Vulgata latina)

No trae comentarios.

3. COMENTARIO DE LA “SANTA BIBLIA” VERSIÓN DE MONS. JUAN STRAUBINGER (Año 1948)

20. Los griegos que desean ver a Jesús son prosélitos o afiliados al judaísmo, como el centurión de Luc. 7, 2 - 10. Se les llamaba "temerosos de Dios" (Hech. 13, 43). De no ser así no habrían venido a Jerusalén a la fiesta.

23. La hora, como anota Pirot, era de inmolación (v. 27), de la cual vendría su glorificación (Luc. 24, 26). Cf. S. 109, 7 y nota.

24 ss. Jesús aplica esto primero a Él mismo, según vemos por el v. 23. Significa así la necesidad de su Pasión y Muerte (cf. Luc. 24, 46) para que su fruto sea el perdón nuestro (ibid. 47; cf. Is. 53, 10 ss.). En segundo lugar lo aplica a nosotros (v. 25) para enseñarnos a no poner el corazón en nuestro yo ni en esta vida que se nos escapa de entre las manos, y a buscar el nuevo nacimiento según el espíritu (3, 3 ss.; Ef. 4, 24), prometiéndonos una recompensa semejante a la que Él mismo tendrá (v. 26). Cf. 17, 22 - 24.

27. Mi alma está turbada: Santo Tomás llama a esto un anticipo de la Pasión. Jesús encara aquí su drama con la misma generosidad con que beberá en Getsemaní el cáliz de la amargura (Mat. 26, 39), y renuncia a pedir al Padre que lo libre, pues sabe que así debe suceder (Mat. 26, 53 s.).

28. Glorifica tu nombre: En 17, 1 s. vemos que la glorificación que el Padre recibe del Hijo consiste en salvarnos a nosotros. El Padre quedará glorificado más y más (cf. 13, 31 s.) al mostrar que su misericordia por los pecadores no vaciló en entregar su divino Hijo (3, 16) y dejarlo llegar hasta el último suplicio (10, 17; Rom. 5, 10; 8, 32; I Juan 4, 9). Y a su vez el Padre, que ya glorificó al Hijo dando testimonio de Él con su Palabra (Mat. 17, 5) y en los milagros, lo glorificará más y más, después de sostenerlo en su Pasión (Luc. 22, 43), y de resucitarlo (Hech. 2, 24; 3, 15; Rom. 8, 11; Ef. 1, 20; Col. 2, 12), sentándolo a su derecha, con su Humanidad santísima, con la misma gloria que eternamente tuvo el Verbo (17, 5 y 24). Cf. S. 109, 1 ss.

29. Así fue también en Hech. 9, 7; 22, 9; Filip. 3, 21. Sobre la dulce muerte a sí mismo (v. 25), véase Luc. 9, 23 s. y nota. Alma (gr. psyjé). Así también de la Torre. Otros vierten vida. El mismo v. trae otra palabra (zoé) que traducimos por vida.

31. Satanás y sus satélites serán echados fuera de las almas por la regeneración que obrará en ellas el Bautismo (Ef. 4, 8; Denz. 140). Véase, empero, 14, 30 y nota.

32. Lo atraeré todo hacia Mí: esto es, consumada mi redención, Yo quedaré como el centro al cual convergen todos los misterios de ambos Testamentos. Otros leen: atraeré a todos y lo interpretan del llamado que se extiende a toda la gentilidad. En Ef. 1, 10 (cf. nota), hay una base de interpretación aun más amplia de este anuncio del Señor.

4. COMENTARIO BIBLIA DE JERUSALÉN (Año 1976)

12 20 No se trata de judíos, sino de adherirnos al monoteísmo de Israel y, hasta cierto punto, a las observancias mosaicas: los “temerosos de Dios” de Hch 10 2+.
12 26 En la gloria del Padre, cf. 14 3; 17 24.
12 27 Escena que en más de un rasgo evoca a Getsemaní: angustia ante la Hora que se acerca, llamamiento a la compasión del Padre, aceptación del sacrificio, consuelo venido del cielo (cf. Lc). Nótese con todo dos diferencias: Cristo sigue de pie, su llamada a la compasión queda reducida a la lucha interior (Jn); “se opone de rodillas” (Lc); “cae rostro en tierra” (Mt, Mc). Cf. Jn 18 4-6; 10 18+.
12 28 “tu Nombre” (var.: “a tu Hijo”) designa a la misma persona del Padre. Jesús se ofrece a la misma persona del Padre. Jesús se ofrece a la muerte para que se cumpla la obra que glorificará al Padre manifestando su amor por el mundo, 17 6+.
12 30 El acontecimiento es como un sello divino puesto por anticipado a la muerte de Jesús.

5. COMENTARIO DE LA BIBLIA EL LIBRO DEL PUEBLO DE DIOS (Año 1988)

12,20 Estos «griegos» eran paganos que simpatizaban con la religión de Moisés y, en cierta medida, observaban su Ley.

12,23 La Glorificación de Jesús se realiza, no sólo en su Resurrección y su Ascensión, sino también en su Muerte. Como el «grano de trigo» sepultado en la tierra, Jesús se revistió de nueva Vida que fructifica en nosotros. Ver 13. 31-32; 16. 14; 17. 1-5.

12,27 Este texto recuerda la agonía de Jesús en Getsemaní, descrita especialmente en Lc. 22. 42-44.

6. COMENTARIO BIBLIA DE LATINOAMÉRICA (Año 1995)

12,20 Numerosos extranjeros (los llamaban griegos a causa de su idioma), se habían convertido a la fe de los judíos. Sin tener los mismos derechos que los judíos observantes, eran aceptados en el Templo de Jerusalén, donde les estaba reservado un patio separado del de los judíos. El interés manifestado por esos griegos da a Jesús la oportunidad para anunciar que la misión se extenderá a toda la tierra, cuando haya sido levantado en la cruz.

12,24 Si el grano no cae en tierra. La ley universal de la vida indica que esa será la opción de toda vida que busca su plena realización. Esta opción se les presentará a todos un día u otro, sean cuales fueren su carácter, su vocación, su religión o su rechazo a las religiones.

Si el grano no muere. Jesús va a morir y nacerá la Iglesia universal. En su persona resucitada se unirán todos los creyentes

Si el grano no muere: es la ley de todo apostolado cristiano que quiere ser fecundo (Mc 8,34). Es necesario que los testigos mueran o sean rechazados, que las obras portadoras de vida sean detenidas o destruidas (Mc 8,34). Ya los primeros creyentes decían: “La sangre de los mártires es una semilla.”

12,27 Esta página de Juan alude a la transfiguración de Jesús (Mc 9,1) y su agonía en Getsemaní (Mc 14,26).

12,28 ¿Hubo en ese momento una intervención divina, o más bien nos transmite Juan en este versículo un eco de la voz divina de la Transfiguración?

En todo caso es como la presencia fugaz del mundo verdadero en el escenario ilusorio donde se agitan los hombres. Poco importa que el pueblo dentro de poco abandone a Jesús y lo entregue a los romanos, Jesús mira más allá. Sabe que no puede salvar a su nación de un fracaso histórico, pero su muerte cambiará el rumbo del mundo; él vencerá ahí donde se juega el destino de la humanidad.

Lo he glorificado. Aparentemente se refiere al Nombre de Dios, pero a continuación Juan mantiene una ambigüedad: la glorificación del Nombre será al mismo tiempo la de Jesús levantado de la tierra para atraer todo a sí (12,31).

Muy comúnmente se olvida que la meta de nuestra vida es glorificar a Dios. Esto no se logra principalmente construyendo templos o cantando ¡Gloria a Dios!, sino aceptando ser nosotros mismos sacrificios agradables a Dios. Un obispo y mártir de la Iglesia primitiva, san Ireneo, escribía: “Dios es glorificado cuando vive el hombre; pero para el hombre vivir es ver a Dios.”

Dios es glorificado cuando sus hijos llegan a la gloria, es decir, a su propia remodelación por obra del fuego y del Espíritu Santo.

12,31 El Príncipe de este mundo designa al espíritu del mal, que no es sólo el Mal con mayúscula, sino un espíritu malo, adversario de Dios. Mientras que para Jesús los “demonios” podían significar cualquier forma del mal, el Diablo o Satanás es siempre presentado como un sujeto libre, activo, que sabe a dónde quiere llegar.

Juan da a ese espíritu una dimensión cósmica: estaba en el mundo antes del hombre, como en Gén. 3,1. Siendo el mundo a la vez su súbdito y su cómplice, Juan puede hablar del mundo salvado por la venida del Hijo y su sacrificio, como en 3,16, o de la victoria de Cristo sobre el mundo, como en 16,33.

7. COMENTARIO BIBLIA DE AMÉRICA. (Año 1999)

12 20-50: El llamado “episodio de los griegos” (Jn 12 20-22) refleja una situación posterior a la salida de Jesús de este mundo, cuando el evangelio se abre al mundo griego. Resaltan en este bloque discursivo varios elementos: las sentencias de inspiración sinóptica sobre las exigencias del seguimiento a Jesús (Jn 12 24-26; véase Mc 8 34-36); el traslado a este lugar del contenido del relato sinóptico de la angustia de Jesús en Getsemaní (Jn 12 27), que el cuarto evangelio no puede poner como pórtico de la pasión ya que contradiría su idea teológica acerca del absoluto dominio que Jesús ejerce sobre la situación; y finalmente la respuesta a por qué Jesús no fue aceptado por su propio pueblo. En realidad ya estaba anunciado por las Escrituras (Is 53 1; 6 10).

8. COMENTARIO DE LA BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO. (Año 2006)

12,20-50 Los griegos y Jesús. Estos paganos piadosos que buscan a Jesús son prueba de que «todo el mundo se va con él» (12,19). El servicio («diakoneo» – tres veces mencionado) es lo que define la hora de Jesús y la del cristiano. Donde hay amor, el servicio es glorioso. Donde no lo hay, es puro sufrimiento servil. El servicio está enmarcado por dos referencias a la pasión y agonía de Jesús, y es la revelación de la hora de Jesús. A una persona le llega su hora cuando es llamada a servir. La pasión de Jesús será su mayor servicio a la humanidad. Ahora va a tener lugar el juicio del mundo. Satanás va a perder la guerra; Jesús va a triunfar y se va a convertir en foco de atracción al que todos deberán mirar (19,37). El Apocalipsis presenta el triunfo de Jesús en la batalla entre el dragón y los ángeles (Ap 12,7-9). Los que lo aceptan se salvan; los que no lo reciben, se condenan a sí mismos. La primera venida de Jesús es para salvar a quien cree en Él; la segunda venida será para juzgar a los incrédulos. Los judíos siguen sin entenderlo porque creen de antemano que conocen las respuestas (34). Jesús hace un llamado a caminar en la luz; es la última oportunidad para salir de las tinieblas. Jesús se escondió (36); solamente lo encontrarán en la confrontación final de la pasión.
El evangelista hace un resumen del libro de las señales. Éstas no bastan para llevar a la fe. Una disposición interna positiva es necesaria. El rechazo por los judíos, previsto por los profetas, fue providencial. Jesús es la palabra y la luz venida al mundo. El que no la recibe permanece en la oscuridad. El que la recibe conoce por experiencia que proviene de Dios, del Padre.

9. CATENA AUREA, CITAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA, DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

- Jn 12,20-26 -


Beda.
El templo del Señor, construido en Jerusalén, era tan celebrado, que en los días de fiesta concurrían a él no solamente los vecinos, sino otras muchas gentes de lejanos países, como se lee en los Hechos de los Apóstoles del eunuco de Candace, reina de los etíopes. En fuerza de tal costumbre, habían venido aquí para adorar los gentiles de que nos ocupamos. "Y había allí algunos gentiles de aquellos que habían subido a adorar en el día de la fiesta".

Crisóstomo In Ioannem hom., 65.
De los que estaban dispuestos a hacerse luego sus prosélitos. Y así, habiendo oído hablar de Cristo, quieren verlo. "Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo: Señor, queremos ver a Jesús".

San Agustín In Ioannem tract., 51.
He aquí que los judíos quieren matarlo, y los gentiles lo quieren ver. Pero, por otra parte, de entre los judíos eran los que clamaban (Jn 12,13): "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!". Los unos se han sujetado a la ley de la circuncisión, los otros son incircuncisos. Son como dos murallas de distinto origen y que vienen a reunirse por un ósculo de paz en la misma fe de Cristo.
"Vino Felipe y le dijo a Andrés".

Crisóstomo ut supra.
Felipe le comunica el asunto a Andrés, pues éste le precedía. Pero él había escuchado esas palabras: "No vayáis a camino de gentiles" (Mt 10,5). Entonces refiere al Maestro lo que habla con el discípulo, de donde se sigue: Andrés y Felipe dijeron a Jesús.

San Agustín In Ioannem tract., 52.
Oigamos la voz de la piedra angular, que es la siguiente: "Y Jesús les respondió diciendo: viene la hora en que sea glorificado el Hijo del hombre". Quizá creerá alguno que El dijo glorificado porque los gentiles querían verlo. Pero no es así, sino que veía que los gentiles en todas las naciones habían de creer en El, después de su pasión y de su resurrección. Con ocasión, pues, de estos gentiles que deseaban verlo, anuncia la futura plenitud de las naciones y promete que ya es llegada la hora de esta glorificación en los cielos, después de la cual las naciones habían de creer, conforme a aquellas palabras del profeta (Sal 56,6; 107,6): "Seas ensalzado, oh Dios, sobre los cielos, y sobre toda la tierra tu gloria". Pero convino que se manifestara la exaltación de su gloria de tal manera que estuviera precedida de la humildad de su pasión. Y por eso añade: "En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho fruto”. El decía de sí que era el grano que debía triturar la infidelidad de los judíos, pero que la fe de las naciones debía multiplicar.

Beda.
Porque El ha sido sembrado en este mundo de la semilla de los profetas, esto es, se encarnó para que, muriendo, resucitase multiplicando. El murió solo y resucitó acompañado de muchos.
Crisóstomo ut supra.
Y como con las palabras no podía convencerlos suficientemente, se vale de un ejemplo, porque el trigo da mucho más fruto después que muere. Y si esto sucede en las semillas, con mayor razón en Mí. Por otra parte, como debía enviar a sus discípulos a las naciones y ve a los gentiles abrazar la fe, les manifiesta que ya es tiempo de acercarse a la cruz. No los envió a las naciones sin que antes los judíos se estrellasen contra Él y lo crucificasen. Y como previó que sus discípulos habían de contristarse por lo que les había dicho acerca de su muerte, para mayor abundancia les dice: No solamente debéis soportar con paciencia mi muerte, sino que vosotros mismos debéis morir, si es que queréis conseguir algún fruto. Y esto es lo que quiere significar por aquellas palabras: "Quien ama su alma la perderá".

San Agustín ut supra.
De dos maneras puede entenderse este pasaje: el que ama, perderá; esto es, si amas perecerás; si deseas vivir en Cristo, no temas morir por Cristo. Y también de este otro modo: el que ama su alma, la perderá. No la ames en esta vida, para no perderla en la eterna. Este último me parece que es el sentido del Evangelio, pues añade: "Y el que aborrece su alma en este mundo", etc. Luego, lo dicho más arriba, se entiende en este mundo.

Crisóstomo In Ioannem hom., 66.
Ama su alma en este mundo aquel que pone por obra los deseos desordenados, y la aborrece el que resiste sus malas pasiones. Y no dijo aquel que no cede a ella, sino aquel que la aborrece. Y a la manera que nosotros no podemos ni aun soportar la voz ni la presencia de aquellos que aborrecemos, del mismo modo debemos apartar nuestra alma cuando nos induce a que hagamos cosas contrarias a Dios, y que por lo mismo le desagradan.

Teofilacto.
Mas como era demasiado duro oír que "es necesario aborrecer al alma", da el consuelo con las palabras "en este mundo", enseñando la circunstancia de tiempo, pues no manda que aborrezcamos eternamente al alma, y a continuación señala la recompensa: "Para vida eterna la guarda".

San Agustín In Ioannem tract., 51.
Pero mira, no te asalte la tentación de querer matarte a ti mismo, entendiendo que de este modo aborreces en este mundo a tu alma; de aquí toman motivo muchos malignos y perversos homicidas para entregarse a las llamas, arrojarse al agua o por un precipicio, y perecen. No es esto lo que enseñó Cristo: antes, por el contrario, al diablo, que le sugería para que se arrojase desde una altura, le respondió (Mt 4,10): "Vete, Satanás". Pero cuando las circunstancias sean tales que se te ponga en la alternativa de obrar contra la Ley de Dios, o salir de esta vida amenazándote con la muerte el perseguidor, entonces es cuando debes aborrecer tu alma en este mundo para conservarla en la otra vida.

Crisóstomo ut supra.
Cara es esta vida para aquellos que están apegados a ella; pero si alguno elevase los ojos al cielo, considerando que allí es donde están todos los bienes, menospreciará pronto la vida presente. Porque cuanto más claro se viere lo mejor, se desprecia lo peor. Y esto es lo que Cristo quería infundirnos,

cuando añade: "El que me sirve, sígame", esto es, imíteme. Dice esto de la muerte y de la imitación por medio de las obras, porque es preciso que el que sirve siga a aquel a quien sirve.

San Agustín ut supra.
Qué sea servir a Cristo, lo encontramos en sus mismas palabras: "Si alguno me sirve", etc. Ahora bien, sirven a Jesús los que no buscan su gloria propia, sino la de Jesucristo. Esto es lo que quiere decir "sígame"; ande mis caminos, no los suyos, haciendo por Cristo no solamente aquellas obras de misericordia que pertenecen al cuerpo, sino hasta aquélla de sublime caridad, que es dar la vida por sus hermanos. ¿Pero cuál será el fruto de esto? ¿Cuál la recompensa? Hela aquí: "Y en donde yo estoy, allí también estará mi ministro". Amese de balde a fin de que el precio de la obra con que se sirve sea estar con Él.

Crisóstomo ut supra.
Manifiesta de esta manera que la resurrección sucederá a la muerte. "En donde yo estoy" dice, porque antes de la resurrección Cristo estaba en los cielos; elevemos, pues, allí, nuestro corazón y nuestra alma.
"Y si alguno me sirviese, le honrará mi Padre".

San Agustín ut supra.
Estas palabras debemos tomarlas como explicación de lo que antes había dicho: "Allí también estará mi ministro". Porque, ¿qué mayor honra puede recibir el hijo adoptado que la de estar allí en donde está el Único?

Crisóstomo ut supra.
No dijo, pues, Yo le honraré, sino "le honrará mi Padre"; porque aún no tenían de El la opinión que convenía, y creían que era mayor la gloria del Padre.

- Jn 12,27-33 -

Crisóstomo In Ioannem hom., 66.
Como el Señor había exhortado a sus discípulos a la muerte, a fin de que no se diga que viendo de lejos los sufrimientos, como hombre le es fácil filosofar sobre este punto y darnos consejos, quedándose El seguro de todo peligro, se nos manifiesta en su agonía, y no temiendo la muerte por los bienes inmensos que de ella había de reportar. Por eso dice: "Ahora mi alma está turbada".

San Agustín In Ioannem tract.,.
Yo creo escuchar: el que aborrece su alma en este mundo, para la vida eterna la guarda, y arde en deseos de menospreciar al mundo, y ante mi vista nada son los bienes de este mundo por muy duraderos que sean. Todas las cosas temporales me parecen viles y despreciables por amor a las eternas. Y otra vez vuelvo a escuchar al Señor, que dice: "Ahora mi alma está turbada". Me mandas que acompañe a tu alma y veo que tu alma está turbada; ¿cuál será mi fundamento si la piedra sucumbe? Reconozco, Señor, vuestra misericordia, porque turbándoos por un exceso de caridad, consoláis así a muchos que forman parte de vuestro cuerpo y que no pueden menos de turbarse a causa de debilidad. Vos les consoláis a fin de que no perezcan por la desesperación. Sobre sí, pues, quiso nuestra cabeza tomar todas las enfermedades de sus miembros, y por eso no ha sido turbado por nadie, sino que, como se indica, "se turbó a sí mismo" (Jn 11,33).

Crisóstomo ut supra.
Al aproximarse a la cruz, hace ver lo que en Él hay de humano, y a la naturaleza que no quiere morir, porque está apegada a la vida actual, enseñando que El no está libre de las pasiones humanas, y que no es un crimen desear la vida presente, como tampoco lo es el tener hambre. Cristo tenía su cuerpo limpio de pecado, pero no estaba exento de las necesidades de la naturaleza. Esto era efecto de la economía de su encarnación y no pertenecía a la divinidad.
San Agustín ut supra.
Por último, el hombre que quiera seguir, oiga en qué hora debe hacerlo. La hora terrible se acerca quizá; se presenta la ocasión, o de cometer la iniquidad, o de soportar el sufrimiento. El alma débil se turba. Oye, pues, lo que añade: "¿Y qué diré?".

Beda.
¿Qué otra cosa es esto, sino instruir a mis seguidores? "Padre, sálvame de esta hora".

San Agustín ut supra.
Te he enseñado a quién debes invocar, y a cuya voluntad debes someter la tuya; y no te parezca que El se haya rebajado de su inefable alteza porque te eleva de lo profundo de tu bajeza, sino que tomó sobre sí las enfermedades humanas, a fin de poder enseñar al desgraciado a que exclame (Mc 14,36): "No lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres". Y luego añade: "Por eso vine en esta hora".

Crisóstomo ut supra.
Como si dijera: nada tengo que decir para sustraerme a vuestras súplicas, dado que para eso vine en esta hora; palabras que pueden interpretarse: aunque nuestra alma se vea turbada y tengamos que padecer muchos males, no nos es lícito huir la muerte; porque yo, turbado también ahora, no la evito, sino que estoy presto a sufrir lo que venga. No digo, líbrame de esta hora, sino al contrario: "Glorifica tu nombre". Enseñó también cómo se muere por la verdad, llamando a esto gloria de Dios, y así fue, en efecto; pues que había de suceder que después de la cruz todo el orbe se convertiría, y conocido el nombre del verdadero Dios, le adoraría. Esto redundaba en gloria, no sólo para su Padre Eterno, sino también para el Hijo, si bien El lo calla.
Y sigue: "Una voz se oyó que desde el cielo decía: Le he glorificado y de nuevo le glorificaré".

San Gregorio Moralium 28, 2
En estas palabras, Dios habla por ministerio de un ángel, de modo que si los ojos nada ven de su inefable esencia, los oídos escuchan las divinas palabras. Sin embargo, hablando de cosas celestiales, quiere que sus palabras sean escuchadas por todos, sirviéndose del intermedio de una creatura racional.

San Agustín In Ioannem tract., 52.
Glorifiqué, se refiere a una época anterior a la creación, y de nuevo le glorificaré, cuando resucite de entre los muertos. O, según otra interpretación: le glorifiqué, cuando nació del seno de una Virgen; cuando ejerció estupendos milagros; cuando el Espíritu Santo descendió sobre El, tomando forma de paloma. Y de nuevo le glorificaré, cuando resucite de entre los muertos; cuando suba a los cielos a manera de Dios que es, y cuando su gloria se esparza por los ámbitos del mundo.
"La turba que rodeaba, escuchando, decía que era un trueno".

Crisóstomo In Ioannem hom., 66.
La voz era bastante clara y significativa, pero pasó como un relámpago sobre aquellos hombres groseros, presa de la molicie y de la pereza. Estos escucharon tan sólo el sonido de la voz; otros pudieron entender que era voz articulada, a pesar de no comprender su significación, y a éstos se refiere cuando añade: "Otros decían: Un ángel le ha hablado".
"Respondió Jesús, y dijo: No por mí se ha dejado oír esa voz, sino por vosotros".

San Agustín ut supra.
Con estas palabras se manifiesta que esta voz no se dirigía a indicar a Jesús lo que ya sabía, sino a aquellos que tenían necesidad de que se les indicase. Y así es como la voz había hablado, no a causa de Él, sino por ellos.

Crisóstomo ut supra.
La voz del Padre se dirigía a destruir la afirmación de los que decían que Jesús no procedía de Dios. ¿Cómo no ha de proceder de Dios Aquel que es glorificado por Dios? Considera que estas cosas humildes fueron hechas a causa de ellos, pero no porque el Hijo necesitase de tal auxilio. Dice "glorificaré", y manifiesta en seguida el modo de la glorificación. Y prosigue diciendo: "Ahora es el juicio del mundo".

San Agustín ut supra.
El juicio que se espera para el fin, será de premios y de penas eternas, y así hay dos clases de juicios: el de condenación y el de separación, y a éste se aludía; porque Jesús había segregado a los redimidos por El del poder del demonio. Tal es el sentido de lo que sigue: "Ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera". No vayamos a creer que el diablo sea llamado príncipe del mundo porque se le haya concedido poder alguno sobre el cielo o la tierra, sino que aquí se entiende por mundo las almas de los perversos que llenaban el mundo. Las palabras príncipe de este mundo, quieren, pues, decir de los hombres malos que habitan en el mundo. También se llama mundo con relación a los buenos, que asimismo llenan el mundo, y en este sentido dice el Apóstol (2Cor 5,19): "Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo". Estos son aquellos de cuyos corazones ha de desalojarse el príncipe del mundo; porque el Señor preveía que después de su pasión y glorificación habían de creer en El todos los pueblos de la tierra, en cuyos corazones el diablo tenía a la sazón alojamiento, y que sería arrojado de ellos cuando los hombres, renunciando al diablo, abrazaran la fe. Mas, ¿por ventura, no fue arrojado fuera de los corazones de los antiguos justos? ¿Cómo, pues, se dice que ahora se arrojará, sino en el sentido de que lo que antes se había hecho con pocos, ahora se predice que se hará con muchos y grandes pueblos? ¿Acaso, dirá alguno, porque el diablo sea arrojado fuera, ya no tienta a ninguno de los fieles? Antes al contrario, no cesa de tentarlos; pero una cosa es reinar dentro del alma, y otra sitiarla exteriormente.

Crisóstomo ut supra.
Cuál sea este juicio por el que el diablo es arrojado fuera, lo hará manifiesto con un ejemplo: Si un acreedor apalea y mete en la cárcel a sus deudores, usa de un derecho. Pero si impulsado por ciego furor hace lo mismo con otras personas que nada le deben, en ese caso tendrá que responder no sólo de éstos, sino de aquellos. Del mismo modo, el diablo será castigado de las cosas hechas contra nosotros, por haberse atrevido contra Cristo. Pero ¿cómo, dirá alguno, será arrojado fuera, si te ha vencido? Por eso continúa: "Cuando yo fuere elevado sobre la tierra, atraeré todas las cosas a mí". ¿Cómo ha de considerarse vencido el que lo atrae todo a sí? El decir esto es más que decir resucitaré, porque esto último no supone el atraer a los pueblos a sí; pero diciendo atraeré supone ambas cosas.

San Agustín ut supra.
¿Mas qué cosas son éstas que debe atraer sino las personas de quienes ha sido desalojado el diablo? Y adviértase que no dice todos, sino todas las cosas, porque no todos estarán en posesión de la fe, y porque no se refiere a todo el conjunto de los hombres, sino a la integridad de su naturaleza, esto es, al espíritu, al alma y al cuerpo; a aquello por cuyo medio entendemos, a aquello por cuyo medio vivimos, y a la parte física sujeta a los sentidos externos. Y si por la palabra todos hubiéremos de entender los mismos hombres, diremos que son los predestinados a la salvación, o aquella especie de hombres que, estando exentos de pecado, se distinguen de los demás hombres por innumerables diferencias específicas

Crisóstomo ut supra.
¿Y cómo dice Jesucristo en otra parte que el Padre atrae? Porque en realidad, el Padre atrae cuando atrae el Hijo. Dice atraeré, como si los hombres, aherrojados por un tirano, no pudiesen por sí mismos librarse del cautiverio para ir a Él.

San Agustín ut supra.
Mas, "si yo fuere, dice, levantado de la tierra", esto es, cuando sea levantado. Puesto que Jesús no puede dudar de que se han de cumplir las cosas que ha venido a realizar, y su exaltación no es otra cosa que su muerte en la cruz. De aquí las palabras del evangelista, que añade: "Esto lo dijo, porque había de morir de muerte violenta".

10. COMENTARIO DE GARRIGOU-LAGRANGE

CAPÍTULO TERCERO - LA MORTIFICACIÓN SEGÚN SAN PABLO. RAZÓN DE SU NECESIDAD


La doctrina del Evangelio sobre la necesidad de la mortificación está largamente explicada por San Pablo en sus epístolas. Con frecuencia se han citado estas palabras de la I Cor., IX, 27: "Castigo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado." En otro lugar dice (Galat, y, 24): "Y los que son de Cristo tienen crucificada su propia carne con los vicios y las pasiones. Si vivimos por el Espíritu, procedamos también según el Espíritu."

Y no sólo afirma San Pablo la necesidad de la mortificación, sino que da varios motivos por los cuales debemos hacer penitencia.

Al repasar estos diversos motivos, veremos lo que es para San Pablo la mortificación interior y exterior; está ésta relacionada con distintas virtudes, ya que cada una excluye los vicios contrarios, pero particularmente con la virtud de penitencia, cuyo objeto es destruir en nuestras almas las reliquias del pecado en cuanto es ofensa de Dios; penitencia que debe ir inspirada por el amor del mismo Dios.

CONSECUENCIAS DEL PECADO ORIGINAL

San Pablo hace en primer lugar un paralelo entre Jesucristo, autor de nuestra salud, y Adán, causante de nuestra ruina, y nota, a continuación, las consecuencias del pecado original. Dice así (Rom., y, 12): "Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte". (Ibid., 19-21): "Por la desobediencia de un solo hombre, fueron muchos constituidos pecadores... Pero cuanto más abundó el pecado, tanto más ha sobreabundado la gracia... por Jesucristo Nuestro Señor."

La muerte es una de las consecuencias del pecado, junto con las enfermedades y dolencias, así como la concupiscencia, de la que habla San Pablo cuando dice: "Proceded según el espíritu, y no satisfaréis los apetitos de la carne. Porque la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu" (Galat., y, 17).

Que es lo que se ve, según expresión del Apóstol, en el viejo hombre, es decir en el hombre tal como nació de Adán, con su naturaleza caída y rebajada. Leemos en la Epístola a los Efesios, IV, 22: "Habéis aprendido a desnudaros del viejo hombre viciado, siguiendo la ilusión de sus pasiones. Renovaos, pues, ahora en el espíritu de vuestra mente y alma, y revestíos del hombre nuevo, que ha sido creado conforme a Dios en justicia y santidad verdadera." Y en la Epístola a los Colosenses III, 9: "No mintáis los unos a los otros, desnudaos del hombre viejo con sus acciones, y vestíos del nuevo, de aquel que por el conocimiento se renueva según la imagen del que lo creó."

También escribe a los Romanos, VII, 22: "De aquí es que me complazco en la ley de Dios según el hombre interior. Pero echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu, y me sojuzga a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?".

El viejo hombre, tal como nace de Adán, encierra un desequilibrio no pequeño en su naturaleza herida. Lo vemos claramente si consideramos lo que era el estado de justicia original. Era una armonía perfecta entre Dios y el alma creada para conocerle, amarle y servirle, y entre el alma y el cuerpo; en tanto el alma guardaba esa sumisión a Dios, las pasiones de la sensibilidad permanecían también sometidas a la recta razón iluminada por la fe, y a la voluntad vivificada por la caridad; el cuerpo participaba por privilegio de esta armonía, y no estaba sujeto ni a la enfermedad, ni a la muerte.

Esta armonía fue destruida por el pecado original. El primer hombre, por su pecado, como lo dice el Concilio de Trento, "perdió para sí y para nosotros la santidad y la justicia original", y nos trasmitió una naturaleza caída, privada de la gracia y herida. Sin caer en las exageraciones de los jansenistas, preciso es reconocer, con Santo Tomás, que venimos al mundo con la voluntad alejada de Dios, inclinada al mal, débil para el bien, con una razón que fácilmente cae en el error, y la sensibilidad violentamente inclinada al placer desordenado y a la cólera, fuente de injusticias de toda clase.

De ahí el orgullo, el olvido de Dios, el egoísmo en todas sus modalidades, un gran egoísmo demasiado frecuente y casi inconsciente, que a todo trance busca encontrar la felicidad aquí abajo, sin acordarse del cielo. En este sentido es verdad lo que dice la Imitación, III, 54: "Natura se semper pro fine habet, sed gratia... omnia pure propter Deum facit. La naturaleza todo pretende reducirlo a sí misma, mientras que la gracia todo lo dirige a Dios." Santo Tomás dice igualmente: "El amor desordenado de sí mismo es causa de todos los pecados".

Según los Padres, en particular el venerable Beda, en su comentario a la parábola del buen Samaritano, el hombre caído está, no solamente despojado de gracia y de los privilegios del estado de justicia original, sino que también está herido en su naturaleza, "per peccatum primi parentis, homo fuit spoliatus gratuitis et vulneratus in naturalibus."

Esto se explica sobre todo por el hecho de que nacemos con la voluntad aversa a Deo, desviada directamente del fin último sobrenatural e indirectamente del último fin natural; porque todo pecado contra la ley sobrenatural va indirectamente contra la ley natural, que nos obliga a obedecer a Dios en cualquier cosa que nos ordene.

Este desorden y esta flaqueza de la voluntad del hombre caído se manifiesta en que no nos es dado, sin la gracia que sana, amar eficazmente, y más que a nosotros mismos, a Dios autor de nuestra naturaleza.

Existe, también el desorden de la concupiscencia, que es tan palpable que Santo Tomás ve en él "una señal bastante probable del pecado original", serial que viene a confirmar lo que la revelación nos enseña acerca del pecado del primer hombre. En lugar de la triple armonía original entre Dios y el alma, entre el alma y el cuerpo, entre el cuerpo y las cosas exteriores, nació el triple desorden de que nos habla San Juan cuando escribe (I Jn II, 16): "Porque todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; lo cual no nace del Padre, sino del mundo."

El bautismo nos sanó, indudablemente, del pecado original, aplicándonos los méritos del Salvador y dándonos la gracia santificante y las virtudes infusas; así, por la virtud de la fe, nuestra razón fué sobrenaturalmente esclarecida, y, por las virtudes de esperanza y caridad, nuestra voluntad se volvió hacia Dios; también recibimos las virtudes infusas que ponen orden en la sensibilidad. No obstante, aun continúa, en los bautizados en estado de gracia, la debilidad original y las heridas en vías de cicatrización, que a veces hacen sufrir, y que nos han sido conservadas, dice Santo Tomás, como ocasión de lucha y merecimientos.

Que no es otra cosa que lo que dice San Pablo a los Romanos, VI, 6-13: "Nuestro hombre viejo fué crucificado juntamente con él —con Cristo—, para que sea destruido el cuerpo del pecado, y ya no sirvamos más al pecado... No reine pues el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias."

A este "hombre viejo", no sólo hay que moderarlo y someterlo; es preciso mortificarlo y hacerle morir. De lo contrario, nunca conseguiremos el dominio sobre nuestras pasiones, y siempre seremos esclavos suyos. Y habrá oposición y perpetua guerra entre la naturaleza y la gracia. Si las almas inmortificadas no se dan cuenta de esa guerra, serial es de que la gracia lleva en ellas vida muy raquítica; la naturaleza egoísta es su dueña y señora absoluta, aunque posean algo de la virtud de la templanza y ciertas buenas inclinaciones naturales que se toman por verdaderas virtudes.

La mortificación nos es, pues, necesaria contra las consecuencias del pecado original, que continúa existiendo aun en los bautizados, como ocasión de lucha, y hasta de lucha indispensable para no caer en pecados actuales y personales. No tenemos por qué arrepentimos del pecado original que no fué voluntario sino en el primer hombre; pero debemos esforzamos por hacer desaparecer las pecaminosas consecuencias de ese pecado, en particular la concupiscencia, que inclina a los demás pecados. Si lo hacemos así, las heridas, de que antes nos hemos ocupado, se van cicatrizando más y más con el aumento de la gracia que sana y que, a la vez, nos levanta a una nueva vida: gratia sanans et elevans. Muy lejos de destruir la naturaleza, por la práctica de la mortificación, la gracia la restaura, la sana y la vuelve más dócil en las manos de Dios.

NECESIDAD DE LA IMITACIÓN DE JESÚS CRUCIFICADO

Uno de los motivos por cual nos es necesaria la mortificación, es la necesidad de imitar a Jesús crucificado. El mismo nos dijo: "Si alguno quiere ser mi discípulo, lleve su cruz todos los días".

San Pablo añade (Rom VIII, 12-18): "Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo; con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados. A la verdad, yo estoy persuadido de que los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros."

Es evidente que este espíritu de desprendimiento nos obliga tanto más cuanto estamos llamados a vida interior más alta, más fecunda y comunicativa, en la que debemos seguir muy de cerca los ejemplos de Jesucristo, que vino, no a la manera de un filósofo o un sociólogo, sino como Salvador; y que, como tal, por salvarnos quiso morir en la Cruz. No vino a realizar obra humana de filantropía, sino una obra divina de caridad, hasta el sacrificio supremo, que es la mejor prueba del amor.

Este es el sentido de las enseñanzas de San Pablo.

El Apóstol de los Gentiles vivió profundamente lo que enseñó. Por eso pudo escribir (II Cor IV, 7-10), narrándonos su vida llena de sufrimientos: "Mas este tesoro lo llevamos en vasos de barro, para que se reconozca que la grandeza del poder (del Evangelio) es de Dios, y no nuestra. Nos vemos acosados de toda suerte de tribulaciones, pero no por eso perdemos el ánimo; nos hallamos en graves apuros, mas no desesperamos; somos perseguidos, mas no abandonados (por Dios); abatidos, mas no enteramente perdidos. Traemos siempre en nuestro cuerpo por todas partes la mortificación de Jesús, a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos... Así es que la muerte imprime sus efectos en nosotros, mas en vosotros la vida."

Santo Tomás en su Comentario a esta II Epístola a los Corintios escribe: "Si los Apóstoles hubieran sido ricos, poderosos y nobles según la carne, toda su obra hubiera sido atribuída a ellos mismos y no a Dios. Pero como fueron pobres y despreciados, todo lo que de sublime hubo en su ministerio, es atribuído a Dios. Por eso quiso el Señor que estuvieran expuestos a las tribulaciones y a la mofa... Y por haber tenido confianza en Dios y esperanza en Jesucristo, no fueron confundidos... Soportaron pacientemente las pruebas y los peligros de muerte para alcanzar así, como el Salvador, una vida gloriosa: Semper mortificationem Jesu Christi in corpore nostro circumferentes, ut et vita Jesu manifestetur in corporibus nostris...”

San Pablo (I Cor., , 9): "Pues yo tengo para mí que Dios a nosotros, los Apóstoles, nos trata como a los últimos hombres ... Nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la sufrimos con paciencia; nos ultrajan, y retornamos súplicas; somos, en fin, tratados hasta el presente, como la basura del mundo, como la escoria de todos."

Lo que aquí describe San Pablo fue la vida de los Apóstoles, desde el día de Pentecostés hasta el de sus martirios. Así se lee en los Hechos de los Apóstoles, v, 41: "Entonces los Apóstoles se retiraron de la presencia del concilio muy gozosos, porque habían sido hallados dignos de sufrir aquel ultraje (los azotes) por el nombre de Jesús."

Verdaderamente llevaron sus cruces y fueron así formados a imagen de Jesús crucificado, para continuar la obra de la Redención con los mismos medios que empleara el Redentor.

Este espíritu de desprendimiento a imitación de nuestro Divino Redentor, fué notabilísimo durante los tres siglos de persecución que siguieron a la fundación de la Iglesia. No hay sino repasar las cartas de San Ignacio de Antioquía y las actas de los mártires.

Idéntico espíritu de menosprecio del mundo e imitación de Jesucristo se vuelve a encontrar en los santos todos, antiguos y modernos; en un San Benito, Bernardo, Domingo, Francisco de Asís, Teresa y Juan de la Cruz; más tarde en San Benito José de Labre y el santo Cura de Ars, y en los últimamente canonizados, como San Juan Bosco y San José Cotolengo.

Este espíritu de desasimiento y de abnegación es la condición de una estrecha unión con Dios, de la que se desborda, siempre renovada, la vida sobrenatural, a veces prodigiosa en favor del bien eterno de las almas. Esto nos lo demuestra la vida de los santos, sin excepción, con cuyos ejemplos deberíamos alimentar cada día nuestras almas.

El mundo tiene necesidad, no tanto de filósofos y sociólogos, como de santos que continúen siendo la viva imagen del Redentor entre nosotros.

Tales son manifiestamente las razones que abogan por la necesidad de la mortificación o abnegación según San Pablo: 1º, las consecuencias del pecado original que nos inclinan al mal; 2º, las consecuencias de nuestros pecados personales; 3º, la infinita elevación de nuestro fin sobrenatural; 4º, la necesidad de imitar a Jesús crucificado. Y éstos son justamente los cuatro motivos olvidados por el naturalismo práctico que ha vuelto a brotar, hace algunos años, en el americanismo y el modernismo.

Estos cuatro motivos de mortificación pueden reducirse a dos: aborrecimiento del pecado y amor de Dios y de nuestro Señor Jesucristo. Tal es el espíritu de santo realismo y, en el fondo, de cristiano optimismo que ha de inspirar la mortificación externa e interna de la que hemos de hablar más detenidamente. La

verdadera respuesta al naturalismo práctico es la del amor de Jesús crucificado, que inclina a hacerse semejantes a él y a salvar las almas por los mismos medios que él empleó.

Así entendida, la mortificación o abnegación, lejos de destruir la naturaleza, la hace libre, la restaura y la sana. Nos hace además comprender el profundo sentido de la máxima: servir a Dios es reinar, es decir, reinar sobre nuestras pasiones, sobre el espíritu del mundo, sobre sus falsas máximas y ejemplos, sobre el demonio y su malignidad. Es reinar con Dios, participando más y más de su vida íntima, en virtud de esta gran ley: Si la vida no desciende, va subiendo.

El hombre no puede vivir sin amor; y si renuncia al inferior que conduce a la muerte, es que abre más y más su alma al amor divino, y a las almas en Dios. Que es lo que dijo el Salvador: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba; y ríos de agua viva saldrán de su corazón" para provecho eterno de las almas.

(G. Lagrange, Tres edades de la vida interior, Ediciones Palabra, Madrid, 1982. págs. 331 - 345)

San Agustín de Hipona (354-430).
Obispo, Padre y Doctor de la Iglesia

Jn 12,20-33: ¿Dónde se estará bien sin él o mal con él?


Pero convenía que la excelsitud de la glorificación fuese precedida por la humildad de su pasión. Por eso añadió: En verdad os digo que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda él solo; pero, si muere, da mucho fruto (Jn 12,24). Se estaba refiriendo a sí mismo. Él era el grano que tenía que morir y multiplicarse: morir por la infidelidad de los judíos, y multiplicarse por la fe de los pueblos.

Luego, exhortando a seguir las huellas de su pasión, dice: Quien ama su alma la perderá. Lo cual puede entenderse de dos modos: Quien la ama, la pierde, es decir, si la amas, la pierdes. Si quieres tener vida en Cristo, no temas morir por Cristo. También de otro modo: Quien ama su alma, la perderá. No la ames si no quieres perderla; no la ames en esta vida para no perderla en la otra. Esta última interpretación parece estar más de acuerdo con el sentido evangélico, porque dice a continuación: Y quien odia su alma en este mundo, la guarda para la vida eterna (Jn 12,25). La frase precedente, pues, hay que entenderla así: «Quien la ama en este mundo»; ése la pierde; en cambio quien la odia, también en este mundo, la guardará para la vida eterna. Profunda y admirable afirmación que indica de qué modo tiene el hombre en su mano el amor al alma para hacerla perecer y el odio, para que no perezca. Si la has amado mal, entonces la has odiado; pero si la has odiado rectamente, entonces la has amado. Felices quienes la odiaron mirando el salvarla, para no perderla enfrascados en su amor.

Pero cuida mucho de no caer en la tentación de quererte amar a ti mismo por entender que de este modo debes odiar a tu alma en este mundo. Con esas miras algunos malignos y perversos, más crueles y más criminales homicidas para consigo mismos, se arrojan a las llamas, se ahogan, se tiran por barrancos y perecen (1). No son éstas las enseñanzas de Cristo; antes bien, al demonio que le instigaba a precipitarse, le respondió: Aléjate, Satanás, porque está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios» (Mt 4,7). Y a Pedro, indicándole el género de muerte con que iba a glorificar a Dios, le dijo: Cuando eras joven te ceñías e ibas a donde no querías; mas cuando envejezcas, otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras (Jn 21,18-19). Claramente ha indicado que quién quiera seguir las huellas de Cristo no se ha de dar la muerte a sí mismo, sino que ha de ser otro quien se la dé. Pero cuando se halle en la alternativa y sea forzoso al hombre escoger entre transgredir la ley de Dios o morir bajo la espada del perseguidor, elija entonces morir por amor a Dios, antes que vivir teniendo a Dios ofendido; entonces debe odiar su alma en este mundo, a fin de guardarla para la vida eterna.

El que me sirve, sígame (Jn 12,26). ¿Qué quiere decir sígame, sino imíteme? Cristo padeció por nosotros, dice el apóstol Pedro, dejándonos el ejemplo para que sigamos sus huellas (1 Pe 2,21). Esto es lo que significa: El que me sirve, sígame. ¿Cuál es el fruto? ¿Cuál la recompensa y el premio? Y donde yo estoy, allí estará también mi servidor, dice. Amémosle desinteresadamente, para que el premio de ese servicio sea el estar con él. Porque ¿dónde se estará bien sin él o mal con él? Óyelo más claramente: Si alguno me sirve, el Padre le honrará. ¿Con qué honor, sino con el de estar en compañía de su Hijo? Las

palabras mi Padre le honrará parecen ser una explicación de las anteriores: Donde yo estoy, allí estará también mi servidor (Jn 12,26). ¿Qué mayor honor puede esperar el hijo adoptivo que estar donde está el Hijo único, no igualado en la divinidad, pero sí asociado a su eternidad?

Debemos indagar más bien qué se entiende por servir a Cristo, a cuyo servicio se promete tan gran recompensa. Si por servir a Cristo entendemos preparar lo necesario para el cuerpo, o cocer y servir los alimentos que ha de comer, o darle la copa y escanciar la bebida, estas cosas las pudieron hacer quienes goza-ron de su presencia corporal, como Marta y María, cuando Lázaro era uno de los comensales. Pero de este modo también el perverso Judas sirvió a Cristo, pues él era quien llevaba la bolsa, y, aunque hurtase culpablemente de las cosas que en ella se metían, por su medio se preparaba lo necesario (Jn 12,2.6)... Por lo tanto, en modo alguno diría el Señor de tales servidores: Donde estoy yo, allí estará también mi servidor y Si alguno me sirve, mi Padre le honrará, pues vemos que Judas, servidor de tales cosas, más que honrado fue reprobado.

Debemos buscar en este mismo texto qué significa servir a Jesús, sin tener que recurrir a otros. Cuando dijo: Si alguno me sirve, sígame, indicó lo que quería decir: Si alguno no me sigue, ése no me sirve. Sirven, pues a Cristo los que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo (Flp 2,21). Sígame, es decir, vaya por mis caminos y no por los suyos, según lo escrito en otro texto: Quien dice que permanece en Cristo debe caminar como él caminó (1 Jn 2,6). Si da pan al pobre, debe hacerlo por caridad, no por jactancia; no buscar en ello más que la buena obra, de modo que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha (Mt 6,3); esto es, que se aleje la codicia de la obra de caridad. El que sirve así, sirve a Cristo y se le dirá con justicia: Lo que hiciste a uno de mis pequeños, a mí me lo hiciste (Mt 25,40). Y no sólo quien hace obras de misericordia corporales, sino todo el que ejecuta cualquier obra buena por amor de Cristo —sólo serán buenas porque el fin de la ley es Cristo para justicia de todo creyente (Rom 10,4) — es siervo de Cristo, hasta que llegue a la máxima obra de caridad que es dar la vida por los hermanos, es decir, darla por Cristo. También esto lo ha de decir Cristo refiriéndose a sus miembros: Cuando se lo hicisteis a ellos, a mí me lo hicisteis. Él mismo se dignó hacerse y llamarse servidor de esta obra, cuando dice: Como el Hijo del hombre que no vino a ser servido, sino a servir y a entregar su vida por muchos (Mt 20,28). De donde se sigue que para servir a Cristo hay que hacer sus mismos servicios. Y a quien sirva a Cristo de este modo, el Padre le honrará con el extraordinario honor de estar con su Hijo y su felicidad será inagotable.

Hermanos, no penséis que el Señor dijo: Donde yo estoy, allí estará también mi servidor, pensando sólo en los obispos y clérigos buenos. También vosotros podéis servir a Cristo viviendo bien, haciendo limosnas, enseñando su nombre y su doctrina a cuantos os sea posible, haciendo que todos los padres de familia sepan que, por este nombre, deben amar a su familia con afecto paternal. Por el amor a Cristo y por la vida eterna amoneste, enseñe, exhorte, corrija, sea benevolente y mantenga la disciplina entre todos los suyos. Ejerza en su casa este oficio eclesiástico y en cierto modo episcopal, sirviendo a Cristo para estar con él eternamente. Ya muchos de los que se contaban entre nosotros prestaron a Cristo el máximo servicio de padecer por él; muchos que no eran obispos ni clérigos; jóvenes y doncellas, ancianos con otros de menor edad. Muchos casados y casadas, muchos padres y madres de familia, entregaron sus almas en servicio de Cristo por el martirio y con los honores del Padre recibieron coronas de gloria.

Comentarios sobre el evangelio de San Juan 51,9-13.
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(1) Se está refiriendo a los donatistas, que se procuraban la muerte para ser venerados como mártires.


Suma Teológica
Santo Tomás de Aquino (1225-1274)
Doctor de la Iglesia, presbítero, fraile dominico

Suma Teológica - II-IIae (Secunda secundae)

CUESTIÓN 85
Los sacrificios


Vamos a tratar ahora de los actos con que se ofrecen a Dios cosas exteriores (cf. q.84 introd.). Cabe a propósito de ellos una doble consideración: la primera, acerca de lo que los fieles dan a Dios; la segunda, acerca de los votos con que le prometen algo (q.88). Trataremos, con respecto a lo primero, de los sacrificios, obligaciones (q.86), primicias (q.86 a.4) y diezmos (q.87).
Cuatro problemas plantearemos respecto a los sacrificios:

1. ¿Es de ley natural ofrecer sacrificios a Dios?
2. ¿Sólo a Dios se han de ofrecer sacrificios?
3. Ofrecer sacrificios, ¿es un acto especial de virtud?
4. ¿Todos están obligados a ofrecer sacrificios?

ARTÍCULO 1 ¿Es de ley natural ofrecer sacrificios a Dios?

Objeciones por las que parece que el ofrecer sacrificios a Dios no es de ley natural.
1. Porque lo que es de ley natural es común a todos. Pero esto no sucede con los sacrificios, pues leemos que algunos, como se nos dice de Melquisedec (Gén 14,18), ofrecieron a Dios en sacrificio pan y vino, y que unos ofrecían una clase de animales y otros otra. Luego la oblación de sacrificios no es de ley natural.
2. todos los justos guardaron lo que es de derecho natural. Pero no consta que Isaac ofreciera sacrificios; ni tampoco Adán, de quien se dice, sin embargo (Sab 10,2) que la sabiduría lo liberó de su delito. Luego la oblación de sacrificios no es de ley natural.
3. San Agustín dice en el libro X De Civ. Dei que los sacrificios son ofrendas significativas de algo. Pero las palabras, que son las principales entre los signos, como él mismo escribe en el libro De Doct. Christ., no tienen un significado natural, sino convencional, según el Filósofo. Luego los sacrificios no son de ley natural.
Contra esto: está el que en cualquier época y en cualquier nación los hombres ofrecieron siempre sacrificios. Pero lo que hay en todo lugar y tiempo parece ser natural. Luego también la oblación de sacrificios parece ser natural.
Respondo: Que la razón natural dicta al hombre, a causa de las deficiencias que experimenta en sí mismo, en las que necesita ayuda y dirección de un ser superior, el que se someta a él. Y cualquiera que éste sea, es a quien todos llaman Dios. Y al igual que, en las cosas naturales, naturalmente las inferiores se someten a las superiores, del mismo modo la razón natural dicta, conforme a la natural inclinación del hombre, que dé muestras a su modo de sumisión y honor a quien está por encima de él. Ahora bien: lo connatural al hombre es servirse de signos sensibles para expresarse, por ser de lo sensible de donde recibe sus conocimientos. Luego, según la razón natural, el hombre debe servirse de cosas sensibles y ofrecerlas a Dios como signo de la sumisión y del honor que le debe, asemejándose con tal proceder a quienes ofrecen algo a sus señores en reconocimiento de su señorío. Pero esto pertenece esencialmente a la idea de sacrificio. Y, por tanto, la oblación de sacrificios pertenece al derecho natural.
A las objeciones:
1., como dijimos antes (1-2 q.95 a.2), hay cosas que, aunque en general son de derecho natural, su determinación en cada caso es de derecho positivo. La ley natural, por ejemplo, ordena que se castigue a los malhechores; pero el que se les imponga este o el otro castigo depende de la ley divina o humana. De modo semejante, la oblación de sacrificios en general es de ley natural, y es por lo que en esto están todos de acuerdo; pero la determinación de los sacrificios en cada caso es de institución divina o humana, y es por lo que en esto hay diferencias.
2. Adán e Isaac, al igual que los demás justos, ofrecieron sacrificios a Dios del modo que convenía en la época en que lo hicieron, como consta por lo que dice San Gregorio, según el cual, en la antigüedad, se perdonaba el pecado original a los niños mediante la oblación de sacrificios. Mas no se hace mención en la Escritura de todos los sacrificios de los justos, sino de aquellos únicamente en que hubo algo especial.
Sin embargo, la razón por la que no se lee en la Escritura que Adán haya ofrecido sacrificios puede ser ésta: porque no se lo considere como origen del pecado y se simbolice en él al mismo tiempo el origen de la santificación. Y, en cuanto a Isaac, fue figura de Cristo por haber sido ofrecido en sacrificio (Gén 22,9). No convenía, por tanto, representarlo ofreciendo sacrificios.
3. Expresar con signos sus conceptos es connatural al hombre, mientras que la determinación de tales signos es algo convencional.

ARTÍCULO 2 ¿Sólo al Dios supremo se han de ofrecer sacrificios?

Objeciones por las que parece que no sólo al Dios supremo se han de ofrecer sacrificios.
1. Porque, debiendo ofrecerse el sacrificio a Dios, parece que también debe ofrecerse a quienes se hacen partícipes de su divinidad. Pero también los santos se hacen partícipes de la naturaleza divina, como se nos dice en 2 Pe 1,4; y de ahí también lo que de ellos leemos en el salmo 81,6: Yo dije: sois dioses. Y asimismo a los ángeles se los llama hijos de Dios, como nos consta por las palabras de Job 1,6. Luego a todos éstos se les deben ofrecer sacrificios.
2. cuanto mayor es la persona, tanto mayor es también el honor que se le debe. Pero los ángeles y los santos son mucho mayores que cualquiera de los príncipes de la tierra, a quienes, no obstante, sus súbditos, postrándose ante ellos y ofreciéndoles presentes, les rinden un honor mayor que lo que supone la oblación de un animal u otra cosa en sacrificio. Luego con mayor razón pueden ofrecerse sacrificios a los ángeles y a los santos.
3. se construyen los templos y altares para ofrecer sacrificios. Pero hay templos y altares edificados en honor de los ángeles y santos. Luego se les puede también ofrecer sacrificios.
Contra esto: está lo que se nos dice (Ex 22,20): Quien ofrece sacrificios a dioses distintos del único Señor, es reo de muerte.
Respondo: Que, como ya expusimos, la oblación del sacrificio se hace con la idea de significar algo, pues el sacrificio que se ofrece exteriormente es signo del sacrificio interior espiritual con que el alma se ofrece a sí misma a Dios, conforme a aquello del salmo 50,19: Es un sacrificio a Dios el corazón contrito, ya que, como antes dijimos (q.81 a.7; q.84 a.2), los actos exteriores de la religión se ordenan a los interiores. A su vez, el alma se ofrece a Dios en sacrificio como a su principio creador y a su término beatificador, y, conforme enseña nuestra verdadera fe, Dios solo es el creador de nuestras almas, como queda dicho en la Primera Parte (q.90 a.3; q.118 a.2). También es verdad que sólo en El consiste la bienaventuranza de nuestra alma, como ya dijimos (1-2 q.1 a.8; q.2 a.8; q.3 a.1, 7,8). Por tanto, así como sólo al Dios altísimo debemos ofrecer el sacrificio espiritual, a Él solo también se le han de ofrecer los sacrificios exteriores: lo mismo que, cuando oramos o alabamos, dirigimos nuestras voces significativas a aquel a quien ofrecemos en nuestro interior las mismas cosas que significamos, como dice San Agustín en el libro X De Civ. Dei. Vemos asimismo que así es como se procede en todos los estados, donde se honra a su jefe supremo con un honor especial, y quien lo rindiera a otro sería reo de lesa majestad. Por ello, en la ley divina, se establece la pena de muerte para quienes rinden a otros el honor debido a Dios (Ex 21,20; 30,31).
A las objeciones:
1. El nombre de Dios se aplica a algunos seres, pero no en condiciones de igualdad con El, sino por participación. Y, en consecuencia, no se les debe igual honor que a Dios.
2. En la oblación del sacrificio no cuenta el precio del animal inmolado, sino el significado de la acción, en cuanto que se pretende honrar con ella al supremo Rector de todo el universo. De ahí que, como dice San Agustín en el libro X De Civ. Dei, Los demonios no disfrutan con el tufo que exhalan las víctimas, sino con los honores divinos que se les rinde.
3. Como escribe San Agustín en el libro VIII De Civ. Dei, no erigimos templos y sacerdocios en honor de los mártires, porque no a ellos, sino al Dios de ellos, es a quien nosotros tenemos por Dios. Por este motivo, el sacerdote no dice: Te ofrezco a ti, Pedro, o a ti, Pablo, este sacrificio, sino que damos gracias a Dios por los triunfos que ellos obtuvieron y nos animamos a imitarlos.

ARTÍCULO 3 ¿La oblación de sacrificios es acto especial de virtud?

Objeciones por las que parece que la oblación de sacrificios no es acto especial de una virtud.
1. Porque dice San Agustín en el libro X De Civ. Dei: Verdadero sacrificio es toda obra que realizamos con el fin de unirnos en santa alianza con Dios. Pero no toda obra buena es acto especial de una virtud determinada. Luego la oblación de sacrificios no es acto especial de una virtud determinada.
2. la maceración del cuerpo con ayunos pertenece a la abstinencia; la llevada a cabo mediante la continencia es acto de castidad; la que se soporta en el martirio pertenece a la fortaleza. Todo esto parece incluir en sí la oblación del sacrificio, según aquello de la carta a los Rom 12,1: Presentad vuestros cuerpos como hostia viva. Y lo que dice asimismo el Apóstol (Heb, últ., 16): No os olvidéis de la beneficencia y buenas relaciones de unos con otros, pues con tales víctimas os ganáis el favor de Dios. Ahora bien: la beneficencia y buenas relaciones de unos con otros pertenecen a la caridad, a la misericordia y a la liberalidad. Luego la oblación de sacrificios no es acto especial de una virtud determinada.
3. parece que es sacrificio lo ofrecido a Dios. Pero a Dios se le ofrecen muchas cosas, tales como la devoción, la oración, los diezmos, las primicias, las ofrendas y los holocaustos. Luego el sacrificio no parece ser un acto especial de una virtud determinada.
Contra esto: está el que en la Ley se dan preceptos especiales acerca de los sacrificios, como puede verse en el comienzo del Levítico.
Respondo: Que, tal como antes expusimos, cuando el acto de una virtud se ordena al fin de otra, la primera participa en cierto modo de la especie de la segunda, lo mismo que, cuando alguien roba para fornicar, su robo recibe en cierto modo la deformidad de la fornicación, de suerte que aun en el supuesto de que en algún caso el robo no fuese pecado, lo sería por ordenarse a la fornicación. Así, pues, el sacrificio es un acto especial cuya bondad moral depende del fin con que se hace: honrar a Dios. Por este motivo, pertenece a una virtud determinada: la religión. Pero sucede también que los actos de otras virtudes se ordenan asimismo a la honra de Dios; por ejemplo, cuando por Dios da uno limosna de sus propios bienes; o cuando alguien mortifica su propio cuerpo de algún modo para honrar con ello a Dios. En casos así, también a los actos de otras virtudes se les puede llamar sacrificios. Hay algunos actos, sin embargo, que no son moralmente buenos, a no ser porque con ellos se pretende honrar a Dios. A éstos es a los que con propiedad se llama sacrificios, y pertenecen a la virtud de la religión.
A las objeciones:
1. Este mismo deseo de unirnos en santa alianza con Dios queda dentro del ámbito de la reverencia divina. Y precisamente por esto, porque se obra con la intención de unirse en santa alianza con Dios, los actos de cualquier virtud tienen razón de sacrificio.
2. Son tres los bienes del hombre. El primero, el bien del alma, que se ofrece a Dios como sacrificio interior mediante la devoción, la oración y otros actos interiores de esta clase. Este es el acto principal. El segundo es el bien del cuerpo, que se ofrece en cierto modo a Dios por medio del martirio y por la abstinencia o continencia. El tercero son las cosas exteriores, materia del sacrificio, que se ofrecen a Dios, ya directamente, cuando de forma inmediata ofrendamos a Dios nuestros bienes, ya mediatamente, cuando los compartimos con el prójimo por Dios.
3. Llamamos propiamente sacrificios a las ofrendas hechas a Dios cuando sobre ellas recae alguna acción: como matar los animales, partir el pan, comerlo o bendecirlo. Esto es lo que significa la palabra sacrificio, pues sacrificar, etimológicamente, es hacer algo sagrado. En cambio, al acto de ofrecer alguna cosa a Dios, sin practicar sobre ella acción alguna, es a lo que llamamos directamente oblación. En este sentido, se habla de ofrecer sobre el altar dinero o panes sin ningún rito especial. De esto se deduce que todo sacrificio es oblación; pero no toda oblación es sacrificio. Las primicias, pues, son oblaciones, porque, como leemos en Dt 26, se las ofrecía a Dios; pero no son sacrificios, ya que ningún rito sagrado se practicaba sobre ellas. Los diezmos, hablando con propiedad, no son ni sacrificios ni oblaciones, porque no se ofrecen inmediatamente a Dios, sino a los ministros del culto divino.

ARTÍCULO 4 ¿Están obligados todos a ofrecer sacrificios?

Objeciones por las que parece que no todos están obligados a ofrecer sacrificios.
1. Escribe el Apóstol (Rom 3,19): Cuanto dice la Ley, lo dice a los que están bajo la Ley. Pero la ley acerca de los sacrificios no se dio a todos, sino sólo al pueblo hebreo. Luego no todos están obligados a los sacrificios.
2. los sacrificios se ofrecen a Dios para significar algo. Pero no todos entienden su significado. Luego no todos están obligados a ofrecer sacrificios.
3. a los sacerdotes se los llama sacerdotes por ofrecer sacrificios a Dios. Pero no todos son sacerdotes. Luego no todos están obligados a ofrecer sacrificios.
Contra esto: está el que la oblación de sacrificios es de ley natural, como ya queda dicho (a.1). Pero lo que es de ley natural obliga a todos. Luego todos están obligados a ofrecer sacrificios.
Respondo: Que son dos las clases de sacrificios, como antes se dijo (a.2). La primera y principal la constituye el sacrificio interior, que obliga a todos, pues todos están obligados a ofrecer a Dios un espíritu devoto. Consiste la segunda en el sacrificio exterior, que, a su vez, se subdivide en dos. Uno es el que tan sólo es laudable, porque con él ofrecemos algo exterior como testimonio de nuestra sumisión a Dios. A ofrecerlo están obligados, aunque de manera diferente, quienes viven bajo la ley nueva o la antigua y los que no están bajo la ley. En efecto, los que están bajo la ley están obligados a ofrecer determinados sacrificios conforme a los preceptos de la ley. En cambio, aquellos que no tenían ley ninguna estaban obligados a expresar con prácticas exteriores su deseo de honrar a Dios, tal como convenía que se hiciera entre las gentes con quienes vivían; pero no con estas u otras prácticas determinadas. El segundo sacrificio exterior es aquel en que se emplean los actos externos de las otras virtudes para honrar a Dios. De éstos, unos caen bajo precepto, y obligan a todos; otros, a los que no todos están obligados, son de supererogación.
A las objeciones:
1. No todos estaban obligados a aquellos sacrificios determinados que preceptuaba la Ley; pero sí lo estaban, como acabamos de decir, a ofrecer algunos sacrificios interiores o exteriores.
2., aunque no todos conozcan claramente el valor del sacrificio, sí lo conocen implícitamente, del mismo modo que tienen fe implícita (q.2 a.6-8).
3. Los sacerdotes ofrecen, no sólo por sí mismos, sino también por los demás, los sacrificios que se ordenan especialmente al culto divino. Y que hay otros sacrificios que puede ofrecer cualquiera por sí mismo a Dios, como consta por lo dicho (sol.; a.2).

LECTIO DIVINA SEMANAL
DE SAN JUAN 12,20-33

LECTIO (Lee la Palabra de Dios ¿Qué dice el texto bíblico en su texto y contexto?)

UNOS GENTILES DESEAN VER A JESÚS.

DISCURSO DEL SEÑOR


PETICIÓN DE UNOS PROSÉLITOS PAGANOS (20-22). — Y había allí, en el Templo, probablemente en el atrio de los gentiles, que atravesaría Jesús al querer salir del Templo, algunos gentiles de aquellos que habían subido a adorar en el día de la fiesta. Por lo mismo, habían subido a adorar al Dios verdadero, y ofrecerle los sacrificios especiales que se consentían a los gentiles y que no importaban comunión con el pueblo de Dios. Los armenios creen que eran enviados de Abgar, rey de Edesa; pero no es ello probable, por más que críticos de nota hayan concedido valor histórico a las cartas que envió dicho rey a Jesús: si hubiesen sido enviados de aquel rey, no lo hubiese callado el Evangelista, tan minucioso en este pequeño relato. Más probable es que se tratara de prosélitos.

Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea: se llegan a Felipe porque sería el primero que encontraron, no pudiéndose atribuir a una razón especial: Y le rogaban, diciendo: Señor, queremos ver a Jesús: le piden les sirva de intermediario para presentarles a Jesús y rendirle sus homenajes. Vino Felipe, y lo dijo a Andrés, por ser el más antiguo de los discípulos, o el más familiar de Jesús y como el mayor de todos: Y Andrés y Felipe lo dijeron a Jesús. Esta minuciosidad de detalle es prueba indudable de la autenticidad e historicidad del cuarto Evangelio. No consta del Evangelio si lograron los gentiles su objeto. Ello fue causa del siguiente:

DISCURSO DE JESÚS: ANUNCIA SU MUERTE (23-26).—-La presencia de aquellos paganos evoca en el alma de Jesús el pensamiento de su misión universal: la defección de los judíos no será obstáculo a la glorificación del Señor; solicitado el Evangelista por la importancia de las ideas que emite Jesús en aquel momento, no habla ya más de los gentiles que le pidieron audiencia: Y Jesús les respondió, diciendo: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre : es la hora de su muerte, condición y comienzo de su gloria (Lc. 24, 26): los milagros en ella ocurridos fueron magnífico testimonio de la divinidad de Jesús; a más, ella es el gaje de la salvación y santificación del mundo; ella es el punto inicial de la predicación del nombre de Jesús a las naciones.

Pero antes de la glorificación es preciso pasar por la tortura y la humillación; lo que propone Jesús con un símil, exacto y profundo: En verdad, en verdad os digo , fórmula de aserción solemne, que si el grano de trigo que cae en la tierra no muriere, él solo queda: mas si muriere, mucho fruto produce : el grano de trigo que no se esconde en el seno de la tierra y no se corrompe, no da fruto; de un solo grano que se siembra nace lozana espiga, con muchos granos. Jesús es el grano que ha de morir y ser sepultado; sin que haga presa en él la corrupción, su muerte será germen fecundo de vida, para él y para los que crean en él; toda la vida sobrenatural de los hombres, toda la gloria que en el cielo disfrutan, de la muerte de Jesús arranca.

De la muerte que va a sufrir, pasa Jesús a la mortificación y si es preciso, a la misma muerte de sus discípulos: quien quiera participar de su gloria, debe ser partícipe de su pasión; quien quiere la vida eterna, no debe temer la muerte temporal. Quien ama su alma, la perderá: y quien aborrece su alma en este mundo, para la vida eterna la guarda. Este seguimiento de Jesús, hasta la muerte si él la reclamare, es condición indispensable en aquellos que se ponen a su servicio: Si alguno me sirve, sígame, imíteme; no podrá servirme debidamente quien no pueda seguir mis pisadas. En cambio, el premio será, en la proporción debida, el mismo que él goza: Y en donde yo estoy, allí también estará mi servidor: Él está en el cielo (Ioh. 3, 13), en el seno del Padre (Ioh. 1, 18); allí gozará quien le siga, de su compañía inefable. El mismo Padre de Jesús, que es el que da el reino celestial (Lc. 12, 32), honrará a los que siguieren a su Hijo, dándoles la gloria bienaventurada: Y si alguno me serviere, le honrará mi Padre .

TURBACIÓN Y GLORIFICACIÓN DE JESÚS (27-32). — La aprehensión de la muerte dolorosísima y llena de afrenta que le aguardaba había ya turbado el alma de Jesús en otras ocasiones (Lc. 12, 50; Ioh. 11, 33.38); dentro de dos días la acongojará en Getsemaní en forma terrible e insólita. También en este momento en que habla de ella y la ve cercana, se turba el alma santísima de Cristo y dice: Ahora mi alma está turbada: es la pasión del temor sensible y de la tristeza que, sin perturbar la razón antes con pleno conocimiento y voluntad, invaden el alma en su parte emocional. Y ¿qué diré?, exclama Jesús, ¿qué socorro invocaré? como suelen hacerlo los que se hallan en inminente peligro de morir. La respuesta es análoga a la de Getsemaní: Padre, sálvame de esta hora, líbrame de la muerte, pasa de mí este cáliz: es la voz de la pasión. Pero se sobrepone en seguida la parte superior del espíritu, y dice, a semejanza de lo que dirá en el huerto: Mas, por eso, para sufrir pasión y morir, he venido con voluntad deliberada a esta hora, aceptando la que me tienes señalada. Y añade esta breve plegaria, que ya no es hija del temor, sino de la razón y de la libertad; Padre, glorifica tu nombre: aunque yo sé que para que sea glorificado he de sufrir tormentos y muerte; de ellos depende la redención, la predicación del Evangelio, la institución del Reino de Dios en el mundo.

Entonces ocurrió un suceso maravilloso: vino una voz del cielo, que dijo: Ya lo he glorificado, mi nombre, y otra vez lo glorificaré. Es la voz del Padre, que, como se dejó oír a orillas del Jordán, cuando el bautismo de Jesús, al inaugurar su ministerio público, así se deja oír ahora, cuando está para terminarlo. Se dice voz del cielo, porque se oyó en la región superior del aire. La voz «dijo», y por lo mismo fue una locución clara de un concepto: el de la glorificación del nombre del Padre, que ya había tenido lugar por la predicación y milagros de Jesús y principalmente por su santísima vida, y que se renovará en los misterios posteriores de su vida, su resurrección y ascensión, la misión del Espíritu Santo y la predicación del Evangelio en todo el mundo, con toda la gloria que consigo lleva en la historia.

Pero las gentes que estaban allí , muchas de ellas distraídas, ocupadas en otros negocios, en medio del murmullo confuso de las multitudes, cuando oyeron la voz, decían que había sido un trueno , tan recia fue la voz, aunque no percibieron sino un ruido confuso. Otros, que habían oído distintamente las palabras, decían: Un ángel le ha hablado, como solían los ángeles hablar a los profetas en el Antiguo Testamento (Gen. 16, 9; 21, 17; 22, 11; Núms. 22, 32; lud. 2, 1, etc.). A éstos, que habían entendido los conceptos expresados por la voz, respondió Jesús, y dijo: No ha venido esta voz por mí, para decirme lo que yo ya sabía en virtud de mis relaciones con el Padre, sino por vosotros, para que no podáis negaros a creer en mí en virtud de este testimonio del cielo.

Explicado el sentido de esta voz milagrosa, Jesús se para un momento en la visión de la trascendencia de aquella hora: Ahora , dice con énfasis que revela la próxima repetición del mismo adverbio, es el juicio del mundo , la crisis del mal por decirlo así: porque es la hora de mi victoria sobre el mundo porque lo es de mi victoria sobre Satanás, cuyo espíritu informa al mundo: Ahora será lanzado fuera el príncipe de este mundo (Gen. 3, 15; Rom. 16, 20; Col. 2, 15; Hebr. 2, 14): lo será por derecho en la hora de mi muerte; de hecho, lo será en la perduración de los siglos. A esta victoria sobre el espíritu infernal el levantamiento triunfal de todas las cosas con el propio levantamiento de Jesús: Y si yo fuere alzado sobre la tierra, cuando seré clavado en la cruz y alzado en ella, todo lo atraeré a mí mismo: hombres, instituciones, leyes, costumbres, todo lo atraerá Jesús hacia sí, como él es atraído por el Padre, de cuyas alturas había todo caído.

LECCIONES MORALES. — A) v. 21. — Queremos ver a Jesús. — He aquí, dice San Agustín, que los gentiles quieren ver a Jesús, y los judíos quieren matarlo. Pero también eran judíos los que poco antes decían: « Bendito el que viene en el nombre del Señor ». Unos vienen del prepucio, otros, de la circuncisión, como dos paredes que vienen de partes opuestas y que se juntan en el ósculo de la fe de Cristo. Viene en ello representada la universalidad de la redención, la justicia de Dios, que no es aceptador de personas, y especialmente, la fortísima y dulcísima atracción de la persona y de la palabra de Jesús, imán del mundo, que ha aglutinado así a las gentes más diversas por la raza, costumbres, la civilización, las creencias religiosas.

B) v. 24. — Si el grano de trigo que cae en la tierra no muriere, él solo queda... — Jesús es la divina semilla que sale de los patriarcas, dice San Beda, y que fue sembrada en el campo de este mundo cuando se encarnó, para que, muriendo, resucitara multiplicado: porque murió solo, resucitó con muchos. Es asimismo, dice San Agustín, el grano que debía morir en el campo de la infidelidad de los judíos, y que debía multiplicarse por la fe de los pueblos gentiles. Pero sepamos que no se multiplicará en nosotros Jesús, ni resucitaremos con El de una manera necesaria y automática: porque Jesús se multiplica en nosotros cuando nosotros voluntariamente nos adherimos a Él. Ni resucitarán con El sino los que voluntariamente se han hecho de Él, por la fe y por el amor. Caben aquí las palabras de Santo Tomás, aplicadas a la comunión eucarística: «El cuerpo de Cristo aumenta cuando se le come», porque la Santa Eucaristía es la aplicación personal de la redención y el medio más eficaz de que se multipliquen en nosotros sus frutos.

C) v. 25. — Quien ama su alma, la perderá... Nada debe haber tan querido para el hombre como la propia alma: el profeta la llama « su única » (Ps. 21, 21; 34, 17). Desde el punto de vista de nuestro ser, el alma es el asiento de las facultades específicas del hombre: la racionalidad y la voluntad; bajo el aspecto moral, el alma es el hombre, buena o mala, hace al hombre bueno o malo; si atendemos a nuestro fin, todo él se reduce a salvar el alma: « ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? » (Mt. 16, 26). Pero, ¡ay del que ama su alma indebidamente!, es decir, haciendo de ella la regla y el fin de su vida. La perderá, malogrará sus destinos, hasta el punto de que mejor le fuera no haber nacido; porque Dios quiso que poseyéramos nuestra alma a condición de que no la sustrajéramos a su ley: y que la amáramos en forma de que subordináramos el alma a la ley y al amor de Dios. Si queremos no perderla, pongámosla en las manos de Dios, que nos la dio.

D) v. 27. Ahora mi alma está turbada. — Cuando se acerca la hora de la cruz, túrbase Jesús, demostrando que el hombre pasible, porque a la naturaleza repugna morir, y está apegada a la presente vida, dice el Crisóstomo. Con ello demuestra que no estaba sin pasiones, porque como no es pecado el tener hambre, así tampoco lo es apetecer la vida. Jesucristo estaba libre de pecado, pero no quiso librarse de las humanas necesidades. En lo que, dice San Agustín, debemos admirar la misericordia del Señor, quien al sufrir esta turbación por voluntad de caridad, consuela y libra de la desesperación a aquellos que con tanta frecuencia y por tantos motivos sienten turbación. Turbóse a sí mismo. El, que es nuestra cabeza, para recibir y sustentar en sí todos los afectos de nosotros sus miembros.

E) v. 28. — Lo he glorificado, y otra vez lo glorificaré. — Dios es el glorioso por esencia y comunica su gloria a quien quiere. Se la comunicó a su hijo Jesús, en el Jordán, en el labor y sobre todo en la resurrección y ascensión; y más que todo en esta gloria, que supera toda gloria de pura criatura y de las

criaturas juntas y que constituye «Rey de la gloria, Jesucristo», como canta la Iglesia en el « Gloria » de la misa. Pero nosotros, miembros de Jesucristo, también seremos glorificados, hechos partícipes y herederos y compañeros de su gloria: seremos «conglorificados», dice el Apóstol (Rom. 8, 17). La gloria es el fin del nombre; Dios nos glorificara comunicándonos una fuerza especial de orden intelectual y sobre natural, el « lumen gloria e », para que le podamos ver cómo es; y de aquí resultará el gozo que nos hará gloriosos y que redundará hasta en nuestra pobre carne mortal. La realidad de la glorificación de Jesús es gaje de nuestra futura glorificación.

(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1967, p. 410-417)

MEDITATIO (Medita la Palabra de Dios ¿Qué me dice el texto bíblico en su contexto?)

EL FRACASO - Si no muere el grano de trigo que cae en la tierra… (Jn 12,24ss)

Hemos preguntado por la forma de la existencia de Jesús. Hemos creído encontrarla en que «estuvo de paso», en el tránsito. Jesús estuvo en el mundo, entró en todo lo que constituye el mundo, se entregó a la existencia humana en lo que ésta tiene de más hondo y de más externo. Se hizo realmente uno de nosotros, «semejante en todo a sus hermanos, excepto el pecado». Pero la manera como lo fue, la figura de su existencia en el mundo de los hombres, fue la del estar de paso, el tránsito. Y si nos adentramos en ello, sentimos la sublime extrañeza que desde ahí nos habla. Vamos a plantear de nuevo la misma pregunta, y ahora en esta forma: ¿Cómo se cumplió su obrar, su luchar y su crear? La respuesta reza: En forma de fracaso.

¿No es ya una predestinación al fracaso el hecho de que él, que quería ser salvador del mundo, naciera en Palestina, un rincón del mundo de entonces? Cuando los acusadores de Jesús gritan y gesticulan ante el gobernador romano porque éste ha de hacer esto o lo otro, Pilato les contesta: « ¿Es que soy yo judío?». En esta respuesta del romano percibimos todo el desprecio por este pedazo del mundo que no puede tomarse seriamente en consideración. Y dentro de este rincón del mundo, todavía nació o se crió en la parte más despreciada por el propio pueblo judío: en Galilea. Cuando Felipe va a Natanael y le dice: «Hemos encontrado al que anunció Moisés en la ley y los profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45ss); Natanael, sorprendido, replica: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». ¿Algo que merezca ser tomado en serio?

Para la forma de una existencia, significa ya una determinada decisión el hecho de que empiece en el plano abierto del mundo o en un rincón, en las zonas de vida intensa o a trasmano...

Mas ya que le estuviera previsto ese origen, hubiera sido un «éxito» salir de Galilea hacia aquellos ámbitos de su propia tierra en que se tomaban las decisiones espirituales e históricas. Más aún, que se hubiera arrancado de su tierra judía rumbo al ancho mundo. La cosa hubiera sido posible. Cuando dice a los judíos: «Donde yo voy no podéis ir vosotros» (Jn 7,34ss), aquéllos cuchichean: «Acaso va a irse con los que están dispersos entre los griegos, a predicar a los griegos?». Pero Jesús no abandonó su tierra. Sólo una vez atravesó tierra de gentilidad por el territorio de Tiro y Sidón. El viaje hubo de producir profunda impresión. Allí debió de sentir el ancho mundo y una humanidad mucho más abierta. Todavía se percibe un eco de ello en las imprecaciones a las ciudades galileas: « ¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón hubieran ocurrido los milagros que ha habido en vosotras, hace mucho que, con saco y sentadas en la ceniza, se habrían convertido» (Lc 10,13). El Señor hubo de sentir lo mismo que a veces tan pesadamente nos oprime también a nosotros, que la humanidad más amplia, más noble, más recta no se halla siempre en los dominios de la ortodoxia... Pero su misión quería que permaneciera entre «los hijos de la casa de Israel».
Es más: ni siquiera fue a Jerusalén, a los sabios de su pueblo, a los escribas de la ley, a los cultos. Todos los cuales no se citan aquí en sentido despectivo. No es rasgo bueno, aunque se halla no raras veces entre personas religiosas, el de despreciar lo que en el mundo hay de grande, los trabajos del espíritu, los valores de la vida creadora, las luchas de la existencia histórica. También estas cosas proceden de Dios y están destinadas a su gloria... Mucho de serio, mucho de sabiduría, mucho de conciencia de responsabilidad y espíritu de sacrificio había entre los escribas y fariseos —dentro de toda la dureza, estrechez e hipocresía que Jesús fustiga en ellos—. Ellos custodiaban la herencia del pasado y llevaban la responsabilidad del pueblo. Humanamente hablando, hubiera valido la pena ir a ellos. Jesús no lo hizo. En Jn 7,24 percibimos algo de su posición, cuando sus hermanos, con incredulidad burlona, le dicen: «Deja esto y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque nadie actúa en lo oculto si busca a la vez ser conocido. Si haces estas cosas, muéstrate al mundo». Jesús no se mostró «al mundo». Su vida entera permaneció entre gentes humildes. Y a la verdad, permanecer de por vida en el mundo de las gentes humildes significa renunciar a cosas muy grandes y muy nobles. ¡Mucho de estrechez, mucho de pequeñez, mucho de justicia propia y arrogancia hay en ese mundo! ¡Cuánto generoso impulso, cuánta poderosa idea se han ahogado en su aire! Y, sin embargo, Jesús no era verdaderamente «un hombre humilde». ¡Venía de alcurnia de reyes!

¿No significa espantosa limitación que viviera tan corto tiempo?

Aceptamos como cosa natural que hasta los treinta años viviera en la oscuridad de la vida oculta, trabajara luego durante un tiempo muy corto y muriera en la flor de la edad. Pero tratemos de representarnos lo que hubiera sido el hecho de que Jesús «creciera en edad y sabiduría delante de Dios y de los hombres», pero no sólo hasta el comienzo de los treinta años, sino siempre más. Momento a momento se hubiera levantado sobre sí mismo. Escalón tras escalón de la humana existencia se hubiera ido desenvolviendo en su personalidad y, con ello todas las posibilidades del hablar, del crear, del luchar... ¡Allí está finalmente en sus ochenta, en sus cien años! ¡Hubiera sido algo enorme, un Jesús a la edad de Abrahám, un Jesús a la edad de Moisés! ¡Qué plenitud de sabiduría, qué violencia del amor, qué fuerza de creación, qué majestad de porte no hubiera surgido ahí, en una suprema cima! En lugar de todo ello, unos cuantos breves arios. ¡Todas esas posibilidades enterradas!... Este ser maravilloso constantemente oprimido, coartado... ¡Y, finalmente, apenas iniciada su verdadera creación, destruida!

Pero ¡pase lo del corto tiempo! Por lo menos, que fuera tiempo de gloria radiante, de victoria irresistiblemente arrolladora. Pero, en realidad de verdad, no temamos decirlo, fracasó en todo. Apenas empezaron a obrar y atraer a los hombres les fuerzas divinas que había en él, se forma también la resistencia contra él. La desconfianza lo acecha. La hostilidad se coaliga y ello de parte de los que representan la autoridad y la responsabilidad.

¿Cuál hubiera sido el «éxito»? El éxito hubiera sido que él, entrando en la lucha con sus adversarios, que desde luego eran hombres de valor, los hubiera persuadido por la fuerza de su espíritu, por la luz de Dios que irradiaba en él, por la pureza de su amor, en una palabra: por ser el que era, y ellos hubieran reconocido: Verdaderamente, «éste es el que ha de venir». Realmente, persuadió a uno que otro. Así, al doctor de la ley que, tras la respuesta de Jesús a la pregunta sobre el mayor de los mandamientos, replicó: «Maestro, has hablado bien»; y Jesús pudo responderle: «No estás lejos del reino de los cielos...». O aquellos de que nos habla Juan que creyeron, y algunos otros. Así debieron haber sido ganados todos. Eso hubiera sido victoria. Pero Jesús no la logró. Sus contrarios no se dejaron persuadir. Estaban convencidos de que era un impostor, y ello tanto más firmemente cuanto mayor fuerza sentían que obraba en él.

Éxito hubiera sido si, al menos, por el vigor de su personalidad, los hubiera reducido al silencio, si hubieran ellos tenido que retirarse y dejarle hacer. Pero tampoco sucede esto. Cierto que enmudecen de momento, cuando les llega certera su respuesta; pero ahí están otra vez inmediatamente. Y, a la postre, ellos son los que triunfan: lo envuelven en un proceso y lo llevan a una muerte no sólo espantosa, sino ignominiosa, y así queda, al parecer, aniquilado en lo que tenía que ser más importante para su pueblo, cuyo salvador pretendía ser.

Jesús se dirigió al pueblo... ¿Cuál hubiera sido aquí el éxito y la victoria? El éxito hubiera sido haberse ganado, con su amor sin límites, con su infalible firmeza divina, el corazón del pueblo. Que el pueblo se hubiera convencido de que en él estaba la salud. Pero no fue así. El mismo penetra los motivos porque el pueblo afluye a él: «Me buscáis no porque visteis seriales, sino porque comisteis el pan y os hartasteis» (In 6,26). Deseo de salud indudablemente; sentimiento, indudablemente, de la cercanía divina; pero todo vacilante, gusto de novedad, sentido terreno. Y cuando luego, después de los primeros éxitos, empieza el trabajo de los adversarios que saben adónde van, se pone bien de manifiesto que el pueblo es la masa sin rumbo... Victoria hubiera sido haber logrado que el pueblo lo hubiera defendido.

Que por lo menos una parte hubiera resistido a su lado. Pero, a la postre, ¡todos prefirieron al héroe de bandidos!

Es más: ¿Venció Jesús por lo menos en el corazón de los suyos? La victoria hubiera aquí significado con-quistarlos íntimamente. Que ellos le hubieran comprendido profundamente. Que se hubieran rendido con amor y lealtad inconmovible... ¡Pero ya sabemos lo que pasó! ¡No! La verdad es que él era la luz; pero las tinieblas se alzaron ante él, como una muralla, y él no las forzó! —si entendemos «forzar» a la manera humana—. No rompió por ella en una acción histórica, de suerte que la luz pasara triunfante e irradiara en éxito visible.

Y aún hemos de mirar más hondo.

Miremos la batalla que, bajo acontecer histórico, se desarrolla en plano invisible: la batalla contra los poderes demoníacos. Al comienzo, en el desierto, se le acerca el enemigo. El Señor lo vence. Pero el evangelista advierte: «Terminada toda tentación, el diablo se retiró de él, hasta su oportunidad» (Lc 4,13). Y volvió. Volvió en las fuerzas demoníacas que operaban en los hombres enfermos; las fuerzas que con sus palabras daban gloria a Cristo y a la vez trataban de engañar a los que le rodeaban... Volvió en el odio enconado de sus adversarios, para los que en definitiva todo medio era bue-no... Volvió en el alma del traidor. Y, por fin, él mismo dice: «Esta es vuestra hora y el dominio de la tiniebla» (Lc 22,53).

En el sentido de que hubiera triunfado brillantemente sobre el mundo de las tinieblas, de manera visible, Jesús no venció. En sentido histórico, sucumbió a él... Eso sí, en Dios él sabe: «Yo he vencido al mundo». El talante de la vida de Jesús es el fracaso, el sucumbir. Humanamente hablando, jamás fracasó como él una gran personalidad, llena, por otra parte, de toda la gloria del espíritu, llena de todo el poder de la salvación. Es menester que nos abramos a este hecho; de lo contrario, la figura y la vida del Señor resultan algo minúsculo e idílico. Se pierde toda su inmensa grandeza.

Jesús mismo lo supo. Así lo ponen de manifiesto palabras como éstas: «El que pierde su alma, la ganará; el que la guarda, la perderá». Y otra vez: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo», se queda en mero grano. Jesús habla a todo oyente del misterio de la vida cristiana en general, que pasa por el dolor, y al perecer terrenamente produce abundancia divina. Pero habla también desde el misterio de su propia existencia: «¿No era necesario que el Cristo padeciera todo eso para entrar en su gloria?» (Lc 24,26).

El fracaso radica profundamente en la figura de la vida de Jesús. Ese fracaso nos remite, lo mismo que el tránsito, el estar de paso, a lo que él es propiamente.

Romano Guardini, Jesucristo, Ed. Lumen, Bs. As. 1989)

ORATIO (Ora la Palabra de Dios ¿Qué me hace decirle a Dios esta lectura?

Salmo 125

Cuando Yahvé repatrió a los cautivos de Sión,
nos parecía estar soñando;
entonces se llenó de risas nuestra boca,
nuestros labios de gritos de alegría.

Los paganos decían: ¡Grandes cosas
ha hecho Yahvé en su favor!
¡Sí, grandes cosas ha hecho por nosotros
Yahvé, y estamos alegres!

¡Recoge, Yahvé, a nuestros cautivos,
sean como torrentes del Negueb!
Los que van sembrando con lágrimas
cosechan entre gritos de júbilo.

Al ir, van llorando,
llevando la semilla;
y vuelven cantando,
trayendo sus gavillas.

CONTEMPLATIO (Contempla la Palabra de Dios, pistas para el encuentro con Dios y el compromiso.)

A MENOS QUE EL GRANO DE TRIGO CAIGA EN TIERRA Y MUERA

La reputación de Jesucristo creció rápidamente y gente de otros países fue atraída por sus enseñanzas y por los milagros que Él estaba haciendo. Eran paganos que serían transformados por sus palabras y se volverían sus seguidores.

Jesús le pidió a su Padre Celestial que glorificara su nombre, entonces su Padre respondió diciendo: “Yo lo he glorificado, y lo glorificaré de nuevo.” Aquellos que escucharon la voz pensaron que estaban escuchando truenos, algunos pensaron que un ángel le estaba hablando. Su Padre hizo que se sintiera su presencia para darle fe a los no creyentes, para testificar de que Él era el Hijo del Dios vivo, su Eterna Palabra que tiene que ser escuchada, para que cada uno pueda ser salvado.

La hora había llegado para que el Hijo de Dios fuera glorificado, pero era difícil que ellos entendieran que Él tenía que morir para ser glorificado como el Salvador del mundo, aquel que da la vida eterna a quienes están muertos en sus pecados. Jesús ilustró como, a menos que un grano de cebada caiga a la tierra y muera, permanece solo un grano; pero si muere, da mucho fruto. De la misma manera Él tuvo que sufrir y morir por los pecados de la humanidad, para que con su propia muerte El destruyera el pecado, el demonio y la muerte, para poder así compartir el poder de la resurrección con cada uno que le sigue.

Jesús dijo, aquellos que aman su vida la perderán, y aquellos que odian su vida en este mundo, por causa suya, la conservarán para la vida eterna. El hombre que ama su vida y vive para la carne y los placeres de este mundo perderá su vida. El hombre que mortifica sus sentidos por causa de su alma, que se niega a sí mismo y lleva la cruz de su voluntad, saboreará la vida eterna como su recompensa.

Querida alma, si tú verdaderamente le amas, no tengas temor de la muerte. La muerte es la puerta a la vida eterna y Él está allí esperándote para recibir tu alma y bendecirte por toda la eternidad. Por eso vive tu vida con desprecio por el mundo, purifícate a ti mismo con pensamientos celestiales, aspira a poseer el reino de los cielos en tu corazón, acepta la voluntad de Dios y reza constantemente porque tu liberación está cerca.

ACTIO (Actúa y conserva la Palabra en la vida ¿Qué es lo que tengo que hacer?)...

SANTA GEMMA GALGANI. Gemma significa: joya preciosa.

El 12 de abril de 1903 fue sepultada Santa Gemma Galgani, una de las santas modernas más famosas. Había nacido en Lucca, Italia en 1878.

Muy niña, cuando apenas tenía ocho años quedó huérfana de madre, y en medio de su gran tristeza se arrodillo ante un imagen de la Santísima Virgen y le dijo: "Madre celestial, ya no tengo a mi mamá de la tierra. ¿Quieres tú reemplazarla y ser mi madre de ahora en adelante?". La Virgen María aceptó su petición y durante toda su vida la ayudó y la consoló de manera impresionante.

Su padre murió de tuberculosis y esta enfermedad se la transmitió a la hija y la hizo sufrir terriblemente durante toda su existencia. Al morir su padre, la niña quedaba muy desprotegida, pero una familia muy católica la recibió en su casa y la atendió siempre con especial cariño, más como una hija que como una sirvienta.

Siendo muy joven se sintió atacada por una serie de enfermedades que los médicos declararon incurables. Entonces rezó con toda su fe a San Gabriel de la Dolorosa y quedó curada instantáneamente.

Quiso ser religiosa, pero por su salud bastante débil no fue admitida en la Comunidad, y entonces dispuso quedarse en el mundo, pero viviendo con la santidad y el recogimiento y la pureza de una fervorosa religiosa.

Gemma fue dirigida espiritualmente por un Padre Pasionista, y por orden de su director espiritual escribió los fenómenos espirituales que le sucedían. Dice así en sus memorias: "En el año 1899, de pronto sentí un profundísimo arrepentimiento de todos mis pecados y se me apareció Jesucristo con sus cinco heridas y de cada una de ellas salían como llamas de fuego que vinieron a tocar mis manos y mis pies y mi pecho, y aparecieron en mi cuerpo las cinco heridas de Jesús". Desde 1899 tuvo permanentemente las cinco heridas de Jesús Crucificado que ella ocultaba cuidadosamente. Sus manos las cubría con unos sencillos guantes.

Desde entonces, cada semana, desde el jueves a las 8 de la noche hasta el viernes a las tres de la tarde, aparecían por toda su piel las heridas de los latigazos y en la cabeza las heridas de la corona de espinas y sentía en el hombro el peso de una gran cruz que le producía dolor y heridas y la hacía encorvarse dolorosamente.

Desde pequeñita, Gemma tuvo una gran devoción a la Pasión y Muerte de Jesús. Cuando joven bastaba oír leer la Pasión de Jesús para que ella se entusiasmara enormemente. Y más tarde cuando tenía angustias o la insultaban, le bastaba dedicarse a pensar en la Pasión de Cristo para hallar paz y consuelo. Siempre había deseado sufrir las mismas heridas que sufrió Nuestro Redentor y a los 21 años empezó a sentir en su propio cuerpo una serie de heridas que coincidían exactamente con las que mostraba el crucifijo ante el cual se arrodillaba a rezar.

La salud de Gemma en sus últimos años fue desastrosa. Un tumor canceroso en la columna vertebral era para ella un tormento de día y de noche. Vomitaba sangre y le llegaban terroríficas tentaciones de blasfemia (a ella que desde pequeña le bastaba escuchar una blasfemia o una palabra grosera para desmayarse de espanto y de horror). Perdió la vista y quedó ciega. Pero cuando cesaban los ataques del infierno, ella gozaba de una paz interior y sentía que Cristo y la Virgen María venían a hablarle y a consolarla. El Señor cumplía con Gemma lo que prometió en la S. Biblia: "Dios, a los hijos que más ama, los hace sufrir más, para que ganen mayor premio para la eternidad". Gemma es patrona de los que se emborrachaba y hacía emborracharse a muchos más. Pero el hombre no daba muestras de querer convertirse. Y sucedió que un día cuando ella iba de su casa a la iglesia, alguien la insultó muy salvajemente y la joven no respondió ni una palabra a aquellos insultos y lo ofreció todo por la conversión de los pecadores. Al llegar al templo oyó que Nuestro Señor le decía: "El sufrimiento por ese insulto era la cuota que faltaba para que el tabernero se convirtiera. Me lo has ofrecido con paciencia y ahora ese hombre cambiará de comportamiento".

Al día siguiente los que estaban en el templo oyeron en un confesionario que un hombre lloraba fuertemente. Era el tabernero que había venido a confesarse muy arrepentido y en adelante vivió santamente. La paciencia de una mujer insultada había sido el último empujón que lo llevó a la conversión.

Y así como este, muchos más se convirtieron a causa de las oraciones y de los sufrimientos que Gemma ofrecía por la conversión de los pecadores. Fueron numerosas las personas que llegaron donde ella movidas únicamente por la curiosidad y volvieron a sus casas transformadas y convertidas. Porque la oración y el sufrimiento que se ofrecen a Dios nunca quedan sin conseguir conversiones y salvación para otros.

El Sábado Santo 11 de abril de 1903 cuando apenas tenía 25 años, Gemma Galgani, sencilla mujer seglar que con sus sufrimientos había tratado de pagarle a Dios sus propios pecados y los de muchos otros, voló a la eternidad a recibir el premio de sus sufrimientos y del gran amor que tuvo siempre a Jesucristo y a la Santísima Madre de Dios.

La gente empezó a considerarla como una verdadera santa y el Papa Pío XI la declaró beata apenas 30 años después de su muerte (en 1933). Pío XII la canonizó en 1940.

Gemma Galgani: alcánzanos de Dios que meditemos frecuentemente con gran amor en la Pasión y Muerte de Jesucristo: que tengamos enorme confianza en la protección de nuestra Madre Celestial María Santísima y que ofrezcamos todos nuestros sufrimientos por la salvación de las almas y la conversión de los pecadores.

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