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jueves, 19 de marzo de 2009

¿Por qué mi hijo no me obedece?


Algunas formas de ejercer la autoridad sobre los hijos pueden ser equivocadas y desprestigiar a los padres. Aquí se muestra una que es frecuente, y se ofrece en su lugar una forma que suele dar buen resultado, y puede ayudar a los hijos a crecer en la responsabilidad, que es un tema de gran importancia para su formación.

¿Por qué mi hijo no me obedece?

Razonarle todo a los niños puede no ser adecuado a largo plazo

Probablemente lo más natural en un niño pequeño sea dejar las cosas como le han quedado cuando ha terminado de jugar. Entonces es bueno que los padres les acostumbren a hacer que dejen lo que han usado en su sitio. Bastantes veces se consigue que lo hagan, y suele representar poco esfuerzo para los padres si se hace desde que son pequeños.

Sin embargo puede haber determinados casos o épocas, en que el hijo no quiere hacerlo. Entonces es cuando el padre o la madre deben usar sus mejores habilidades para conseguir que obedezcan. Así, además de enseñar a obedecer y a practicar el orden, se refuerza la autoridad de sus padres.

Lo que ocurre algunas veces

Algunos padres, sin embargo, antes situaciones de cierta rebeldía reaccionan perdiendo parte del control, y de esa forma pierden parte de su autoridad ante su hijo. Veamos un poco cómo sucede el hecho.

Le dicen primero de forma normal que ordene las cosas. El hijo manifiesta que no quiere hacerlo o sencillamente no lo hace. Entonces algunos padres insisten muchas veces y muestran cada vez mayor impaciencia o se lo explican y piden por favor. A veces, este sistema da resultado. Pero en la mayor parte de los casos no lo da. En general, yo diría que este no es el mejor sistema.

Me parece que esta forma de actuar no sólo hace perder autoridad a los padres delante de los hijos, sino que produce un desgaste en los padres que puede dar lugar al hastío. Y me parece que con razón. En el fondo, al actuar así, los padres se sitúan al mismo nivel de los hijos; y los hijos se acostumbran a que sus padres se sitúen a su mismo nivel.

Y eso es un grave error, que si perdura, hará que el niño se crea con el derecho de que sus padres se lo razonen todo, y si no está convencido de lo que se le dice que haga, o no está de acuerdo, pasará de sus padres o incluso los mandará a la porra.

Una buena forma de actuar

Creo que el sistema correcto es muy otro. Al niño se le indica primero, si puede ser con un gesto, lo que tiene que hacer. Si no responde, no porque no lo haya entendido, sino porque no quiere, se le dice con pocas palabras. Y si no lo hace, se le dice de forma clara y explícita, de forma que no haya lugar a dudas.

Si no obedece, lo mejor es no insistir. El mal ya lo ha hecho, y nosotros no tenemos que desgañitarnos, ni interna ni externamente, para convencerle de que obedezca. Ya llegará el momento de aplicar, sin más, el correctivo. Y éste consiste, generalmente, en que la primera vez que quiera algo, se le dice sencillamente, si es pequeño, que hasta que no haga lo que se le dijo en su momento, que no tendrá eso que pide.

Si ya es un poco mayor, o lo consideramos suficientemente listo, quizá baste con decirle que no va a tener lo que pide y que piense qué es lo que ha hecho mal, o no ha hecho, para que no se le dé eso. De esta manera, el niño se queda pensativo, y tiene que tomar parte activa en deducir qué es lo que ha pasado, que tiene malas consecuencias para él. En la mayor parte de los casos, si nuestra apreciación ha sido correcta sobre la capacidad de deducir del niño, él será capaz de saber cuál ha sido la causa de que no se le dé lo que ahora pide.

Si es así, hemos conseguido la primera de una serie de victorias que van a hacer que crezca en el niño, el valor de las consecuencias de sus actos, es decir, la responsabilidad. Que no hay acto que no tenga consecuencias. Así el hijo nunca tendrá la tentación de pensar “si hago algo mal, no pasa nada; porque mis padres me solucionarán las papeletas que yo deje sin resolver”. Al contrario, sacará la conclusión de que “lo que yo hago mal, o lo que dejo de hacer, soy yo quien tiene que arreglar o hacer, porque está claro nadie lo va a hacer por mi; y además es lógico”. Esta es una de las mejores lecciones que podemos legar a los hijos. Es un verdadero “doblón de oro” que les estamos regalando.

El bien llama al bien

Me preocupa que, en ocasiones, a algunos padres no les hace ilusión tener más hijos porque “no pueden” con los que tienen, y pienso que no les han sabido educar en este terreno: saber actuar de forma que ellos mantengan la autoridad sobre los hijos, y los hijos hayan aprendido, con hechos, por un lado lo que es la responsabilidad, y por otro a obedecer a sus padres. Si aprenden a educarlos –que es todo un arte–, que vengan más hijos se ve como una bendición de Dios.

La virtud de la responsabilidad está en el núcleo de la formación de toda persona humana y por tanto en la correcta formación de los hijos.


carlesclavell@yahoo.es

Blog: http://www.educacionhijos.blogspot.com

Carles Clavell

Fuente: Canal Social

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