martes, 25 de agosto de 2009

Recordando al Cardenal Alfredo Ottaviani a los 30 años de su fallecimiento


Una cierta historiografía ideologizada ha intentado olvidar a uno de los grandes eclesiásticos del siglo XX

- Eminencia, ¿sabe que está considerado como el más obstinado conservador del Vaticano?
- ¿Cómo no, hijo mío? Sólo faltaría que precisamente yo me pusiese a querer cambiarlo todo. Yo he sido puesto aquí, en el Santo Oficio, para custodiar el tesoro de la Iglesia, es decir dogmas, posiciones doctrinales, ciertas leyes, ciertos artículos del Derecho Canónico que forman la verdad católica o los medios de tutela de esta verdad. Yo soy el carabiniere que custodia la reserva de oro. ¿Cree usted que cumpliría con mi deber desertando, dejando la vigilancia, descabezando sueños, cerrando un ojo? ¿Y cree usted que estaría bien que precisamente yo respaldase los movimientos que aportan mutaciones en los principio, o bien que favorecen reformas que a la larga pueden dar un significado diferente a los principios? La Iglesia vive un tránsito. Tenía ciertas leyes y ciertas convicciones. Mientras estaba en curso una “constituyente”, yo las he custodiado y las he defendido. ¿Ha comprendido?

Este diálogo tuvo lugar en 1967, en el curso de una entrevista concedida por el entonces prefecto de la flamante Congregación para la Doctrina de la Fe en el Palacio del Santo Oficio, pegado al recinto de la Ciudad Leonina, al influyente periodista italiano Alberto Cavallari, en aquella época director de Il Gazzetino de Venecia (y futuro director de Il Corriere della Sera). La respuesta del gran purpurado define lo que fue su vida entera al servicio de la Santa Sede, del Papado, de Roma, para él conceptos equivalentes. Roma es impensable sin el Papado y es al servicio de éste al que está la Santa Sede, que es como el gabinete ministerial de la Iglesia Católica. La estrella de Ottaviani se hallaba ya declinante, pero como los grandes astros agonizantes, emitía un fulgor deslumbrante. Nunca fue más grande este cardenal que cuando dejó de tener poder y debió hacer mutis por el foro. Se mostró leal a toda prueba a pesar de las ingratitudes y las decepciones. Se mantuvo adherido a la roca de Pedro con la fuerza de un molusco, a prueba del embate de las olas (y Dios sabe qué tempestades azotaron entonces las costas del Catolicismo).

En unos provocaba recelo; en otros, rechazo; en otros, en fin, conmiseración, la que se concede a los que se cree que no tienen remedio. Pero estos sentimientos nacían muchas veces de la ignorancia sobre la persona, postergada por la importancia decisiva del cargo que ejercía, ciertamente poco cómodo e ingrato, porque corregir al que yerra –aunque sea una de las obras de misericordia– resulta antipático. El cardenal Ottaviani puede ser considerado como el gran desconocido de entre los personajes que desempeñaron un papel importante en Historia de la Iglesia del siglo XX. Contribuir en dar a conocer su figura y su obra en su auténtica envergadura y lejos de los tópicos que demasiado tiempo las han rodeado es el objeto de estas líneas.

Los Ottaviani eran, a finales del siglo XIX, una de esas familias orgullosas de su romanidad de pura cepa, que se remonta por generaciones y generaciones hasta perderse en lo profundo de los siglos: lo que llama ser “romano di Roma”. La secular vecindad y sumisión al Papado hizo católicos sinceros y practicantes pero sin mojigatería; más bien con un sano desparpajo y desenfado en el trato con el clero que chocaría a cualquiera que no conociese la idiosincrasia de los romanos, que lo han sido visto todo: desde la santidad más acreditada hasta el triunfo de la más descarada mundanidad. Lutero vino a la Roma de Julio II y se escandalizó; los romanos simplemente se alzaban de hombros; si acaso, componían pasquines, pero nunca se les hubiera pasado por la cabeza rebelarse en nombre de una reforma. Su catolicismo es instintivo; quizás mezclado con algún resabio de la proverbial superstición de sus antepasados más antiguos, pero franco y sólido. No es casual que Roma sea la città delle edicole, de esas pequeñas capillitas u hornacinas adornadas con la imagen de la Madonna que campean en lo alto de las esquinas de sus edificios.

Enrico Ottaviani no era un hombre pudiente; se ganaba la vida con su oficio de fornaio (panadero). Había formado una familia numerosa con Palmira Catalini, la típica massaia dedicada a su hogar, a cuya economía contribuía no sólo con su sabia administración doméstica, sino con el empleo de bustaia (confección de sobres de carta), que podía llevar a cabo en casa en las pocas horas libres que le dejaba la atención de su extensa prole. Diez hijos había ya dado a luz cuando nació, el 29 de octubre de 1890, un niño al cual, siguiendo la extraña costumbre familiar, pusieron el nombre germánico de Alfredo (y todavía seguiría otro vástago). Muchos años después, el futuro cardenal bromearía sobre ello en plena polémica alrededor de la encíclica Humanæ Vitæ de Pablo VI: “Si mis padres hubieran pensado como los que hoy defienden la píldora seguro que yo no estaría en este mundo”. El hecho tuvo lugar en una morada en la Via dei Vecchiarelli en el romanísimo rione Ponte, el mismo donde algunos años antes había visto la luz otro romano di Roma que se haría célebre y que marcaría la vida de Alfredo Ottaviani: Eugenio Pacelli. Aquél, sin embargo, siempre se consideró trasteverino. Y es que siendo aún muy pequeño, la familia se trasladó a vivir al popular barrio de la orilla derecha del Tíber donde no se puede ser más romano.

El Trastevere es, junto con el Borgo, lo que queda de más auténtico de la Roma del popolino. Allí, en la estrecha Via dei Vascellari, cerca del antiguo puerto fluvial de Ripa Grande, donde atracaban las embarcaciones (i vascelli) puso su casa y panadería Enrico Ottaviani y allí, en medio de otras gentes modestas y trabajadoras, crecieron sus hijos, que se hicieron al genio y a la lengua romanescos, cantados por Gioacchino Belli y Trilussa. El romanesco o romanaccio es el dialecto propio del romano di Roma y una de sus inequívocas señas distintivas y el futuro cardenal del Santo Oficio lo llegaría a conocer bien y a hablarlo. El pequeño Alfredo cursó la educación primaria con gran aprovechamiento, pero no se crea que fuese lo que se suele decir un “empollón”. Tenía facilidad para el estudio y se sentía inclinado a él, pero, fiel a la antigua máxima clásica que asevera mens sana in corpore sano, dedicaba parte de su tiempo al ejercicio físico, al que, como Pacelli, atribuía una gran importancia, cultivándolo hasta la vejez. Sólo que a diferencia del que se convertiría en Pío XII, que era delicado de constitución, Ottaviani era fuerte y recio. Competía con sus compañeros de juegos en las típicas luchas cuerpo a cuerpo, que tanto gustan a los ragazzi, como atestiguan fotos de aquel tiempo.

Superada con las mejores notas la scuola elementare y fuertemente inclinado a la religiosidad, sus padres dieron su asentimiento para que ingresara en el Seminario Romano, dirigido entonces por monseñor Domenico Spolverini. Con sede en el antiguo Palacio de Letrán, el papa Pío X ha querido unirle el prestigioso y benemérito Seminario Pío, fundado sesenta años atrás por el papa Mastai-Ferretti bajo la protección de la Inmaculada. La institución resultante será un campo fértil del que se cosecharán ilustres dignatarios de la Iglesia. Los alumnos se nutrían intelectualmente con una enseñanza profunda y estaban en contacto con las autoridades más altas de la Iglesia. No era raro, pues, que apenas ordenados tuvieran ya un destino en la Curia Romana e hicieran una brillante carrera. También es de notar que estamos en plena época del antimodernismo, por lo cual se tenía especial cuidado en escoger el cuerpo docente para imbuir el sentido de la sana doctrina en los seminaristas, lo cual en Alfredo Ottaviani se logró con indudable éxito. Siempre recordaría con gratitud a los maestros que le enseñaron a distinguir e identificar los peligros contra la fe. Después de haber cursado con gran provecho la Filosofía y la Teología, fue ordenado sacerdote el 18 de marzo de 1916, celebrando su primera misa el día siguiente, festividad de san José, en medio del regocijo de su familia, superiores, amigos, condiscípulos y la buona gentarella de su amado Trastevere.

En estos años se muestra como un observador atento de su tiempo: estamos en plena época bélica. El Guerrone temido por san Pío X alcanza proporciones inauditas y se ha convertido en una trágica sangría, segando una cantidad sin precedentes de jóvenes vidas. También los clérigos deben partir al frente, como por ejemplo: Domenico Tardini, compañero de Ottaviani y Angelo Giuseppe Roncalli. Otros, como el mismo Ottaviani y su amigo Pietro Parente, logran librarse del servicio militar. Ello posibilita al primero continuar sus estudios para sacar la licenciatura en Derecho, especializándose en el Eclesiástico, sobre todo el público, del cual será con los años un brillante exponente. Al mismo tiempo desarrolla su apostolado entre el pueblo sencillo, al que le une una gran simpatía y afinidad. Ni aun como cardenal renegará de sus orígenes, recalcando siempre que su padre era “operaio panettiere” (“obrero del pan”). Por esta época inicia su ministerio pastoral en el Pontificio Oratorio de San Pedro, institución creada para educar y orientar a los niños y adolescentes pobres que pululaban en el Trastevere y el Borgo, lo que los monseñores vaticanos llaman con benevolencia la sacra canaglia, hacia los que siempre demostrará Ottaviani un paternal y abnegado afecto.

En 1919 entra a formar parte del engranaje de la Curia Romana llamado a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide en calidad de minutante bajo la guía del cardenal holandés Willem van Rossum, que quería desgajar la acción evangelizadora de los misioneros del colonialismo europeo. Aquí adquiriría Ottaviani ese sentido misional y de universalidad que plasmaría años más tarde Pío XII en su gran encíclica Fidei donum. Dos años más tarde, es señalado por monseñor Borgongini-Duca a la atención del papa Benedicto XV, que lo transfiere a la primera sección de la Secretaría de Estado. El 15 de marzo de 1922 entra a formar parte de la corte pontificia como chambelán privado de Su Santidad. Entre 1926 y 1928 será rector del Pontificio Colegio Bohemo, familiarizándose con la siempre cambiante y precaria realidad de los pueblos de la Mitteleuropa y del Este. Obtiene el tratamiento de monseñor anejo al título de prelado doméstico de su Santidad el 31 de mayo de 1927 por gracia de Pío XI. Tras la promoción episcopal de monseñor Ciriaci, nombrado nuncio apostólico, monseñor Ottaviani ocupa su puesto como sub-secretario de la sagrada Congregación para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios durante dos años, hasta que el 7 de junio de 1929, el año de la Conciliación, es nombrado Substituto de la Secretaría de Estado. En 1931 llega el título de protonotario apostólico, con lo cual, a los 41 años, es ya un prelado conocido y respetado, que ha aprendido en la escuela de la Secretaría de Estado a conducirse con exquisita diplomacia permaneciendo inequívocamente fiel a los principios.

Su entrada en el Santo Oficio data del 19 de diciembre de 1935 en calidad de asesor. Aprendió a montar guardia en torno al depositum fidei y en los siguientes treinta años no defraudó las expectativas cifradas en él para este delicado encargo. Su biógrafo Emilio Cavaterra traza de él un retrato de esta época que será válido para lo sucesivo: “Abierto y cordial en las relaciones humanas, severo e intransigente en materia de fe y de costumbres, caritativo y disponible para los humildes, los pobres, los marginados, pero también para los arrepentidos de la Iglesia”. A principios de 1937, se manifestarán los primeros síntomas de la afección ocular que, andando el tiempo, lo dejará casi ciego. Es tratado por el profesor Riccardo Galeazzi-Lisi, oculista al que el cardenal secretario de estado Pacelli ha confiado su salud como médico de cabecera. Ese mismo año trabaja sin tregua en la encíclica que Pío XI está preparando contra el comunismo. El estudio de la documentación y los informes que llegan sobre la tiranía en la Rusia soviética no le dejan lugar a dudas al asesor del Santo Oficio: se trata de un sistema “intrínsecamente perverso”, como en efecto lo definirá el papa Ratti.

Publicada la encíclica Divini Redemptoris, monseñor Ottaviani se toma un período de descanso y viaja a los Estados Unidos, que acababan de ser visitados el año anterior por Pacelli el “cardenal transatlántico panamericano” como lo llamó Pío XII. Visita Nueva York, Washington, Boston, Buffalo y llega a ver las cataratas del Niágara. De regreso a Italia en el Vulcania, toca Portugal, Gibraltar, Argelia y España. En ésta es recibido por el cardenal Segura, que, expulsado por la República, había podido regresar a la zona nacional. El purpurado español le cuenta las atrocidades de la persecución religiosa que están llevando a cabo los rojos, es decir, los comunistas, informaciones que el siempre despierto y atento monseñor de la Curia Romana tendrá siempre muy en cuenta.

Desembarcado en Nápoles, toma el tren para Roma y se incorpora de nuevo a la rutina del trabajo, por razón del cual es recibido en audiencia regularmente por Pío XI. La salud de éste no es buena y da no pocos sobresaltos entre mejorías inesperadas y agravamientos alarmantes. Se diría que el Papa declina al mismo ritmo que la paz en Europa. Como siempre, monseñor Ottaviani observa y anota los acontecimientos que se precipitan: el Anschluss, la conferencia de Munich, la anexión de los Sudetes y la constitución del Protectorado alemán de Bohemia y Moravia, acontecimientos estos dos últimos a los que fue especialmente sensible el que había sido rector del Pontificio Colegio Bohemo. También en Italia las cosas empeoran: Mussolini adopta las leyes raciales y hostiga a la Iglesia. Pío XI muere en un estado de cosas que está apunto de estallar. Para sucederle es elegido el cardenal Pacelli, prácticamente designado por su antecesor. Toma el nombre de Pío XII y será el papa de Ottaviani.

Cambiaron los tiempos en el mundo y en la Iglesia, pero el Cardenal permaneció “Semper Idem”

Los primeros años del pontificado pacelliano estuvieron lógicamente condicionados por la Segunda Guerra Mundial, que estalló a escasos seis meses de la elección de Pío XII, que, al igual que su predecesor Benedicto XV, intentó en vano detenerla hasta el último momento, sin que los grandes de este mundo prestaran atención a su conjuro: “Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra”. La Secretaría de Estado tuvo que desarrollar un trabajo mucho más intenso que de ordinario para mantener la neutralidad de la Santa Sede y a la vez defender los intereses de los católicos en los países beligerantes y organizar la ayuda a las poblaciones afectadas a través de la red de las nunciaturas apostólicas, que demostrarían su utilidad y eficacia en un contexto de extrema precariedad.

Monseñor Ottaviani, en su calidad de asesor del Santo Oficio, era recibido regularmente por el Santo Padre en audiencia, por lo que fue un testigo de primera mano de todo lo que se vivió en el Palacio Apostólico en aquellos años trágicos, sobre todo del terrible dilema que tenía ante sí Pío XII de denunciar claramente a la barbarie nazista y provocar con ello, como represalia, su recrudecimiento, o bien mantener una actitud de indirecta censura –sin acusaciones estentóreas– que le permitiera continuar prestando y aumentar su valiosa ayuda concreta a las víctimas. Tanto Ottaviani como el cardenal Maglione, secretario de Estado, y sus colaboradores más inmediatos, los monseñores Tardini y Montini, se mostraron de acuerdo con la vía elegida por el Papa: la de actuar amparado en la discreción, lo cual a la postre resultó de mucho mayor provecho para los perseguidos.

En 1942, en pleno fragor bélico, celebró el Papa su jubileo episcopal. Se filmó para la ocasión un documental sobre él y sobre la vida cotidiana en el Vaticano. La dirección estuvo a cargo de Romolo Marcellini, que le puso por título el lema que en la profecía de san Malaquías correspondía a Pío XII: Pastor Angelicus. En diciembre se proyectó la película, justamente en el Pontificio Oratorio de San Pedro con la complacencia de monseñor Ottaviani, que la juzgó “óptima”.

Acabada la terrible contienda quedaba todo por reconstruir. La Iglesia se alzaba entonces como la única autoridad moral incólume y el Romano Pontífice lanzó una cruzada para que el nuevo orden de Europa y del mundo se levantara sobre las bases de la civilización cristiana, tanto más necesaria cuanto que acechaba amenazante un peligro muy real: el del comunismo soviético, vencedor con los Aliados (después de haberse entendido con la Alemania nazi durante dos años) y que había cobrado su parte del botín invadiendo los países del Este de Europa y sojuzgándolos bajo su tiranía a vista y paciencia de un Occidente complaciente, que no quería ver que la ideología misma del marxismo era internacionalista y tenía vocación de expansionismo. Donde no podía plantar su bota de momento, el gigante soviético infiltraba su ideología deletérea a través de los partidos comunistas.

En Italia el riesgo de asalto al poder del comunismo era muy real como se vio durante la auténtica guerra civil que azotó la Emilia-Romaña en 1945 y 1946. Además, en las elecciones plebiscitarias de este último año el PCI de Palmiro Togliatti obtuvo un alarmante 19% de los votos. Pío XII creyó su deber apoyar con todo el peso de su autoridad a la Democracia Cristiana para contrarrestar el avance de los comunistas, cuyo sistema era responsable de los indecibles sufrimientos de la Iglesia del Silencio. Monseñor Ottaviani era de la misma idea. Era necesario, además, recordar a los creyentes sus deberes políticos y su obligación de no apoyar a ideologías o partidos contrarios a la doctrina cristiana. El asesor del Santo Oficio se puso entonces manos a la obra y elaboró el decreto de excomunión de los católicos que colaboraran con el comunismo, sea afiliándose al partido, que difundiendo su propaganda o votando a sus listas en las elecciones, considerándoselos como apóstatas de la fe. Pacelli aprobó la medida y mandó a Ottaviani que se publicase, lo cual hizo éste el 1º de julio de 1949. De esta manera, se hacía operativa la encíclica Divini Redemptoris de Pío XI, de la cual el decreto del Santo Oficio no era sino la lógica consecuencia.

Un aspecto poco conocido del pontificado pacelliano fue el proyecto de un concilio ecuménico que completara el Vaticano I (suspendido por causa de la toma de Roma por los piamonteses en 1870), lo cual le fue sugerido al Papa por el cardenal Ernesto Ruffini a principios de 1948, siendo monseñor Ottaviani quien insistió ante aquél para que lo llevara a cabo con el objeto de condenar los errores modernos, especialmente el comunismo, actualizar el Derecho Canónico e impulsar el apostolado seglar y la Acción Católica. El concilio sería, además, el marco adecuado para la proclamación del dogma de la Asunción. Pío XII nombró una comisión presidida por Ottaviani para estudiar las posibilidades y alcances de la futura asamblea. La conclusión a la que se llegó fue que el trabajo era enorme y requería una preparación cuidadosa, que fue confiada a cinco comisiones nuevas (teológica, pastoral, canónico-litúrgica, misional y de cultura y acción cristiana) bajo la dirección de la comisión original convertida en central y presidida esta vez por monseñor Borgongini-Duca. El Santo Oficio y su asesor tuvieron parte importante en los trabajos, cuyos resultados fueron remitidos en enero de 1951 al Papa, quien, sintiéndose demasiado delicado de salud como para emprender una empresa de semejante envergadura, desistió de convocar el concilio. Fue quizás una oportunidad perdida, ya que si el Vaticano II hubiese tenido lugar en este momento en el que la autoridad de la Iglesia era firme y monolítica, no se hubieran dado las condiciones para una aplicación rupturista de sus decretos como pasó después.

Pío XII era muy consciente de que, a pesar de las apariencias, existía un movimiento de socavamiento en el interior de la Iglesia, llevado a cabo por los herederos de los modernistas: los partidarios de la llamada Nouvelle Théologie. Era necesario atajarlos y lo hizo mediante la encíclica Humani generis de 1950, para la que el Pontífice contó con el valioso asesoramiento de monseñor Ottaviani y el Santo Oficio. A éste, que era entonces el más importante dicasterio de la Curia Romana (hasta el punto que se le llamaba Suprema Sagrada Congregación o simplemente la Suprema), atribuía Pacelli una gran importancia, tanta que en cierta ocasión dijo a monseñor de Castro Mayer, obispo de Campos, estas clarividentes palabras: “El día que la sagrada congregación que vigila la Fe afloje la mano habrá llegado el momento del futuro ataque a la Iglesia perpetrado por aquellos elementos incrustados en su propio seno”.

Un asunto en el que intervino decisivamente Ottaviani fue la supervivencia de la Soberana Orden Militar de Malta, que, a principios de los años cincuenta, fue objeto de los ataques de dos poderosos cardenales de la Curia: Nicola Canali y Giuseppe Pizzardo. Se le negaba el carácter religioso, aduciendo que era tan sólo una orden caballeresca y se pretendía fusionarla con la Orden del Santo Sepulcro. La resistencia de Fra Angelo de Mojana di Cologna, sucesor –en calidad de Lugarteniente– del príncipe Ludovico Chigi della Rovere Albani, Gran Maestre (muerto en 1951), provocó la intervención del Papa, que hizo instruir un proceso en el que monseñor Ottaviani fue el promotor de Justicia. Su ardiente defensa, basada en una apología histórico-jurídica de la benemérita Orden Sanjuanista, fue determinante en la salvación de ésta y el 24 de junio de 1952, el Tribunal compuesto de cardenales y prelados dio su dictamen positivo a favor de los Caballeros de Malta.

En el consistorio del 12 de enero de 1953, Ottaviani fue creado cardenal por Pío XII, quien le asignó la diaconía de Santa María in Domnica. Una vez en posesión del rojo capelo, fue promovido a pro-secretario del Santo Oficio (de hecho era él quien llevaba el peso de esta congregación desde hacía tiempo). De esta manera se convertía en uno de los personajes más influyentes y con más predicamento de la Curia. Pero no se crea que el nuevo príncipe de la Iglesia olvidó su humanidad con la púrpura. De su mensa cardenalicia pagaba las pensiones y los estudios de no pocos muchachos de su amado Oratorio de San Pedro, del que se constituyó en protector y al que favoreció cuanto pudo, atrayendo hacia él, además, el interés de otros benefactores, como el cardenal Francis Spellman, amigo de Pío XII, y que disponía de importantes recursos financieros gracias a la caridad de los católicos estadounidenses.

Al morir Pío XII el 9 de octubre de 1958, se abría una difícil sucesión. Muchos veían en el cardenal Siri de Génova, que le era absolutamente devoto, al que aseguraría la herencia pacelliana, pero su extrema juventud para la época hizo temer un pontificado demasiado largo y se barajaron otros nombres como el armenio Agagianian, prefecto de Propaganda Fide (al que primero apoyó Ottaviani), y Elia Dalla Costa, el combativo arzobispo de Florencia. El ala más a la izquierda del cónclave quería papa al arzobispo de Milán, monseñor Montini, antiguo y estrecho colaborador de Pío XII y de formación liberal y democrática, pero el problema de su elección consistía en que no era cardenal y desde 1378 no se había hecho papa a ninguno fuera del Sacro Colegio. El cardenal Ottaviani se fijó entonces en el patriarca de Venecia, el cardenal Roncalli y le dio su apoyo, convirtiéndose así en el gran elector de Juan XXIII, en quien todos vieron a un ideal papa de transición.

Pero el bueno de Roncalli sorprendió a todos con una inusitada energía. El 25 de enero de 1959 anunció en la basílica de San Pablo Extramuros la convocación de un concilio ecuménico que no sería la continuación del Vaticano I, sino una asamblea pastoral para poner al día la Iglesia (lo que se llamó el aggiornamento), a fin de que respondiera a los retos planteados por la sociedad moderna. El cardenal Ottaviani habló entonces al Papa del proyecto elaborado bajo Pío XII, convenciendo al Papa de la necesidad de que la Curia Romana preparase los trabajos conciliares, en lo cual Roncalli estuvo de acuerdo. Se formó una comisión anteprepatoria presidida por el cardenal Tardini, secretario de Estado, y con monseñor Pericle Felici como secretario, ambos amigos del pro-secretario del Santo Oficio, que fue promovido a secretario en noviembre de aquel año. La comisión se encargó de ordenar la inmensa documentación que llegó de la consulta hecha a los obispos de todo el mundo sobre los temas a tratar y sentó las bases del trabajo de la comisión preparatoria que la substituyó en noviembre de 1960. Se confeccionaron setenta esquemas que se presentarían a la discusión en el aula conciliar, todos satisfactorios desde el punto de vista del Santo Oficio aunque no para el ala liberal de la Iglesia, capitaneada por el cardenal Joseph Frings de Colonia (que se había llevado como peritus a un teólogo bávaro llamado Joseph Ratzinger).

El beato Juan XXIII es tenido como un papa de vanguardia y como precursor de la revolución post-conciliar. Nada más desacertado. Su preparación teológica era tradicional y su estilo muy conservador, incluso en las formas. Como su predecesor en la sede patriarcal de Venecia y en el solio de Pedro san Pío X, era una persona de gran humildad y sencillez, pero no quiso prescindir del boato de la corte pontificia porque sabía distinguir a la persona de la función y tenía una alta idea de su investidura como Vicario de Cristo. En 1960 quiso hacer una especie de ensayo de lo que debía ser el concilio ecuménico y convocó el Sínodo Romano (cosa que no se hacía desde 1725), cuyas actas son todo menos revolucionarias. El Papa estaba tan satisfecho de los resultados que mandó encuadernar lujosamente de su propio peculio el libro con los documentos sinodales para regalarlo a sus visitantes. También Juan XXIII quiso impulsar el estudio del latín (que empezaba a ser contestado) mediante una solemne constitución apostólica Veterum sapientia de 1962. El Papa de la paz y de la distensión, que recibía a la hija y al yerno de Kruschev y contribuía a conjurar la crisis de los misiles era el mismo que en 1959 había renovado, con gran satisfacción de Ottaviani, el decreto del Santo Oficio de 1949 contra el comunismo. Y aunque se consideraba a sí mismo más pastor que teólogo, sabía reconocer el peligro de la Nueva Teología y puso su firma en el monitum que había preparado el cardenal de la Suprema por el que se condenaba las obras del P. Teilhard de Chardin (imbuidas de un extraño evolucionismo).

El 15 de abril de 1962, mediante el motu proprio Cum gravissima, el Papa dispuso que todos los cardenales del Sacro Colegio debían ser obispos y procedió personalmente a la consagración episcopal de doce de ellos, entre los cuales se contaron Alfredo Ottaviani y el gran latinista Antonio Bacci, que iban a tener juntos un papel protagónico en el futuro en uno de los episodios más controvertidos del post-concilio. Pero no adelantemos hechos. Ottaviani recibió la plenitud del sacerdocio el 19 de abril de 1962 en la basílica de San Juan de Letrán, habiendo sido precedentemente preconizado arzobispo titular de Berrea en Macedonia. Co-consagrantes suyos fueron los cardenales Pizzardo y Aloisi Masella. Ahora era cuestión de aprestarse a participar en el Concilio del papa Juan y sólo Dios sabía las batallas que le estaban deparadas al secretario del Santo Oficio.

Juan XXIII inauguró el concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962 con un discurso en el que no dudó en fustigar a los que recelaban de los peligros que para ellos suponía la llamada civilización moderna, que temían que contagiase a la Iglesia: «En el cotidiano ejercicio de Nuestro pastoral ministerio, de cuando en cuando llegan a Nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida.... [...] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente».

¿A quiénes se refería el Papa? Algunos vieron al cardenal Ottaviani como el principal blanco de estas palabras contundentes. Y es que en los últimos dos años se había ido produciendo un distanciamiento entre Roncalli y el que había sido su principal promotor en el cónclave de 1958. No ciertamente en cuestiones de fondo (Juan XXIII tenía plena confianza en el trabajo del Santo Oficio bajo la guía de su secretario, tanto que firmaba los decretos que éste le presentaba sin repasarlos), pero sí de actitud. El Pontífice era un optimista nato y demostró en no pocas ocasiones su ingenuidad respecto de situaciones y personas. Ottaviani, en cambio, siempre vigilante, no era entusiasta sobre la tendencia aperturista en materia política y religiosa que iba manifestándose. En el entorno papal era malquisto y ciertos personajes se encargaban de sembrar cizaña entre él y Juan XXIII, como el cardenal tuvo más de una ocasión de comprobar.

Ya desde las primeras reuniones en el aula conciliar se manifestó una clara división polarizada en dos alas: la tradicional de la Curia y la liberal del Rin (que abarcaba a los padres de Alemania, el Benelux y el Norte de Francia). En medio había una extensa franja de obispos que podría llamarse neutral, pero no por una equidistancia entre las dos posiciones enfrentadas (la mayoría era más bien conservadora), sino porque no sabían cómo actuar en una asamblea de la importancia y envergadura del Vaticano II. En el ala tradicional destacaban los cardenales Ottaviani, Siri, Browne y Ruffini, mientras el ala liberal estaba liderada por Frings, Suenens, Alfrink y Liénart. Aunque los liberales comenzaron siendo una minoría en el concilio, estaban muy bien organizados y contaban con la simpatía de una opinión pública inclinada a posiciones de vanguardia por influjo de los medios de comunicación. Así las cosas, decidieron tomar las riendas desde el principio.

Comenzaron por descartar las listas de los representantes de las distintas comisiones conciliares, exigiendo nuevas elecciones, que se llevaron a cabo y en las que, gracias a una campaña de propaganda bien orquestada dirigida a captarse a la mayoría neutral, lograron acaparar el 75% de los puestos. El segundo golpe fue el descarte de prácticamente todos los esquemas pacientemente elaborados por las comisiones pre-conciliares. Eran más de setenta documentos desechados sin más con la anuencia del mismo Papa que apenas unos días antes había afirmado que «tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo de las modernas condiciones de la fe [...] Nos han aparecido como una primera señal y un primer don de gracias celestiales». Así, el fruto de esos tres años se quedaba en nada y el que había sido encomiado como el concilio mejor preparado de la Historia debía comenzar prácticamente de cero.

El único esquema que sobrevivió al general naufragio fue el de Sagrada Liturgia, el primero en ser propuesto a los padres conciliares y que dio lugar a las más ásperas discusiones entre los defensores de la continuidad y evolución homogénea del culto católico y los partidarios de las teorías del moderno movimiento litúrgico (muy distinto del que había fundado Dom Prosper Guéranger). El latín como lengua litúrgica fue motivo de una de las más ardientes batallas. El cardenal Ottaviani tomó la palabra el 30 de octubre de 1962 y se dirigió a los padres con verbo admonitorio sobre los drásticos cambios que se pretendía introducir en el ordinario de la misa: “¿Estamos acaso buscando suscitar maravilla o incluso quizás hasta escándalo entre el pueblo cristiano introduciendo cambios en un rito tan venerable y aprobado después de tantos siglos y que ahora nos es familiar? El rito de la Santa Misa no debe ser tratado como si fuera una prenda de vestir que deba ser remodelada según el gusto de cada generación”. Como refiere el P. Ralph Wiltgen en su libro The Rhin flows into the Tiber: “Hablando sin texto, debido a su parcial ceguera, excedió el límite de diez minutos que se había dicho a todos que se respetara. El cardenal Tisserant, decano de los presidentes del Concilio, mostró su reloj al cardenal Alfrink, que era quien presidía aquella mañana. Cuando el cardenal Ottaviani llegó a los quince minutos, el cardenal Alfrink hizo sonar la campanilla en señal de atención, pero el orador estaba tan enfrascado en su tema que no la oyó o hizo como que no la oía. A una señal del cardenal Alfrink, un técnico desconectó el micrófono. Después de comprobar que no funcionaba golpeándolo con los dedos, el cardenal Ottaviani, humillado, cayó pesadamente sobre su silla. El más poderoso cardenal de la Curia Romana había sido hecho callar”.

Otro episodio del que Ottaviani fue protagonista se desarrolló en torno al esquema llamado De las fuentes de la Revelación, que el secretario del Santo Oficio defendía con brío. El ala del Rin logró que una mayoría de los padres lo rechazaran, pero no se alcanzaron los dos tercios necesarios de votos para eliminar un esquema presentado con la autoridad del Papa. El cardenal Bea acudió a Juan XXIII y éste decidió retirarlo, nombrando una comisión bicúspide presidida por Ottaviani y Bea, para que se pusieran de acuerdo las dos corrientes enfrentadas en el Concilio sobre un nuevo esquema (que fue la base de la constitución Dei Verbum). La libertad religiosa también fue un capítulo polémico. El cardenal del Santo Oficio, que era un excelente canonista, era partidario de la doctrina tradicional de la tolerancia, porque, de otro modo, admitido un derecho irrestricto a la libertad religiosa se lesionaba el Derecho público de la Iglesia. La Declaración conciliar que el cardenal Bea quería sacar adelante sobre el tema le parecía a Ottaviani que anulaba los concordatos que la Santa Sede tenía con países como Italia y España, en los cuales la Iglesia gozaba de una posición privilegiada, y así lo manifestó dramáticamente en el aula conciliar.

En medio de las discusiones, se había organizado un grupo de padres conciliares bajo la protección del cardenal Ottaviani y de sus colegas del ala de la Curia. Se llamó el Coetus Internationalis Patrum y comprendía unos 450 prelados, entre los que destacaron el entonces superior general de la congregación del Espíritu Santo, monseñor Marcel Lefebvre, monseñor Luigi Maria Carli (obispo de Segni), y dos jerarcas brasileños particularmente aguerridos: Dom Geraldo de Proença Sigaud (arzobispo de Diamantina) y Dom Antonio de Castro Mayer (obispo de Campos). Desgraciadamente, sus iniciativas eran sistemáticamente saboteadas desde la presidencia central del concilio. El cardenal Siri nos ha dejado el testimonio más autorizado sobre la actuación del secretario del Santo Oficio, el padre conciliar más criticado dentro y fuera del aula del Vaticano II: “El cardenal Ottaviani siempre tomó parte en la defensa de la verdad. Estábamos a menudo en relación yo, él, Browne y Ruffini. Estábamos unidos para resistir a las presiones. En él la firmeza de las decisiones se manifestaba en aspectos oratorios más bien fuertes: no tenía miedo a nada y no era el miedo el que lo hacía intervenir; su temperamento en defensa de la verdad era combativo. Había un pleno acuerdo entre nosotros. Era evidente que se trataba de un hombre que ardía de adhesión a la Fe y a su integridad. Querría insistir en esta palabra: ardía”.

El Concilio se acabó en 1965 bajo otro papa: Pablo VI, al que Ottaviani, en su calidad de cardenal protodiácono, había impuesto la sacra tiara el 30 de junio de 1963, en lo que sería la última ceremonia de coronación de un romano pontífice. Al final, los documentos conciliares fueron textos de compromiso en los que quedaba, sí, salva la ortodoxia (prueba de ello es que el cardenal Ottaviani firmó las actas conciliares en su totalidad, como haría también, por cierto, monseñor Lefebvre), pero que constituían un campo sembrado de lo que Michael Davies llamó “bombas de relojería”, que serían hechas estallar oportunamente en el momento de la aplicación práctica del Vaticano II. El papa Montini, había tenido él mismo que imponer su autoridad cuando mandó insertar como apéndice a la constitución sobre la Iglesia una nota explicativa previa para aclarar el tema de la colegialidad, que no quedaba claro en el texto aprobado por los padres, dejando resquicios por los que se podía colar la idea de que el Romano Pontífice no era sino un primus inter pares.

Pablo VI había estado a las órdenes de Ottaviani en los comienzos de su carrera en la Secretaría de Estado y tenía buenos recuerdos de esa etapa porque el entonces su superior de entonces era una persona afable y cordial y no hacía pesar su autoridad. Después las carreras de ambos se separaron al entrar éste en el Santo Oficio. En la Curia Romana siempre había habido dos tendencias: la de los zelanti (que priorizaba la defensa de la fe y de la moral) y la de los politicanti (que prefería las vías de la diplomacia). Estaban representadas respectivamente por el Santo Oficio y la Secretaría de Estado. Pío XII había mantenido un sabio equilibrio entre ambas, pero después del Concilio la situación había cambiado. Pablo VI, papa personalmente ortodoxo (ahí están su Credo de Dios y la encíclica Humanæ Vitæ, por poner un par de ejemplos), pensaba que la Iglesia debía ser flexible en el ámbito de las realidades concretas, sobre todo en sus relaciones con un mundo en tensión. Así pues, quiso potenciar la autoridad de la Secretaría de Estado, haciendo de ella el primer organismo de poder en el Vaticano, una especie de super-dicasterio. Emprendió para ello una profunda reforma de la Curia Romana de la cual fue la principal perjudicada la congregación que presidía Ottaviani. Ya en febrero de 1966 se le había cambiado el nombre de Santo Oficio por el de Doctrina de la Fe, convirtiéndose su secretario en pro-prefecto. Pero por el motu proprio Regimini Ecclesiae universae de 1967, se le quitó el carácter de Suprema y se determinó que, en lo sucesivo, ya no sería el Papa su prefecto, sino un cardenal (lo cual representaba una capitis deminutio en toda regla).

Ottaviani, era respetuoso de las conveniencias y entendió el mensaje, poniendo su cargo a la disposición del Papa. Pero éste, que en el fondo lo apreciaba y necesitaba a alguien con su temple en la defensa de la fe católica, puesta en entredicho por el nuevo secularismo, lo nombró prefecto de la congregación así remodelada en agosto de 1967. Pero no duró mucho en el cargo porque no se sintió con la libertad de acción de la que había gozado bajo Pío XII y el beato Juan XXIII para la defensa de la Fe. Había visto caer una a una las barreras contra el error: el Índice de libros prohibidos, la censura eclesiástica previa para los escritos doctrinales, el juramento antimodernista… Y él era un hombre de principios. No podía honestamente seguir ejerciendo un cargo teniendo atadas las manos y padeciendo a menudo las cortapisas provenientes de la Secretaría de Estado. El cardenal que había defendido el Derecho público de la Iglesia y se había constituido en el gran adversario del comunismo ateo no podía, por supuesto, estar de acuerdo con el desmantelamiento de los Estados católicos y la Östpolitik promovidos desde el tercer piso del Palacio Apostólico. El 6 de enero de 1968, a los 78 años de edad y después de más de treinta defendiendo el dogma católico, presentó su dimisión al Papa, que la aceptó, pero le concedió el título honorífico de “Prefecto emérito”.

Los diez últimos años de su vida los transcurrió el cardenal Ottaviani en un retiro activo, dedicado a su querido Oratorio de San Pedro y al Oasis de Santa Rita –orfanato y casa de reposo fundado por él en Frascati– y siempre atento a la evolución de los acontecimientos eclesiales. En 1969, al promulgar Pablo VI un nuevo Misal Romano, le dirigió juntamente con el cardenal Antonio Bacci, un Breve Examen Crítico del Novus Ordo Misæ. En 1970 se vio afectado por la medida papal que establecía la exclusión de los cardenales del cónclave al cumplir los 80 años. Pablo VI, a pesar de la divergencia de estilo, mostró siempre su aprecio al antiguo “carabiniere della chiesa”. Poco después de la publicación del Breve Examen Crítico, fue a visitarlo en su convalecencia de una operación relacionada con su afección ocular. El 15 de marzo de 1976, le dirigió una afectuosa carta de felicitación por los sesenta años de su ordenación sacerdotal. Pero el anciano príncipe de la Iglesia sobreviviría al papa Montini y tendría aún tiempo de conocer a otros dos pontífices.

El último año de su vida, su salud declinó considerablemente hasta el punto que debió quedarse recluido en su apartamento en el Palacio del Santo Oficio y tuvo que espaciar la celebración de la misa. A principios del verano hubo de ser hospitalizado y fue claro que ya no se recuperaría. Empezó a sumirse en un sopor de cual sólo se despertaba brevemente al susurro de las oraciones de sus visitantes. El viernes 3 de agosto de 1979 rendía su alma a Dios este intrépido defensor de la fe católica y de los derechos de la Iglesia, cuyo lema había sido “Semper Idem”, expresión no de inmovilismo, sino de fidelidad. El papa Juan Pablo II quiso celebrar personalmente sus exequias en la Basílica Vaticana el siguiente lunes 6 (antes de que recibiera sepultura San Salvatore in Ossibus, la iglesia del capítulo canonical vaticano), pronunciando una homilía cuyas primeras palabras definen a la perfección quién fue Alfredo Ottaviani y con las que ponemos punto final a esta semblanza de:

«Ecce sacerdos magnus, qui in diebus suis placuit Deo et inventus est iustus (cf. Sir 44, 16-17): Son éstas las primeras palabras que espontáneamente me vienen a los labios en el momento en que ofrecemos a Dios el sacrificio eucarístico y nos disponemos a dar el último adiós al venerado hermano cardenal Alfredo Ottaviani. Realmente ha sido un gran sacerdote, insigne por su religiosa piedad, ejemplarmente fiel en el servicio a la Santa Iglesia y a la Sede Apostólica, solícito en el ministerio y en la práctica de la caridad cristiana. Y ha sido al mismo tiempo un sacerdote romano, es decir, adornado de ese espíritu típico, quizá no fácil de definir, que quien ha nacido en Roma —como él nació diez años antes de finalizar el siglo XIX— posee como en herencia y que se manifiesta en una adhesión especial a Pedro y a la fe de Pedro e incluso en una exquisita sensibilidad por lo que es y hace y debe hacer la Iglesia de Pedro».

Tomado de Schola Veritatis

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