U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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jueves, 14 de mayo de 2009

En Defensa de la Monarquía y de la Legitimidad Proscrita

S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, Duque de Aranjuez, Infante de España, Príncipe de Parma y de Plasencia, Gran Maestre de la Orden de la Legitimidad Proscrita, Antiguo Caballero Legionario, Regente de la Comunión Tradicionalista, Abanderado de la Tradición.

Su Alteza Real Don Sixto Enrique se apellida de Borbón y Borbón-Busset, de Braganza y de Kerret, de Borbón-Artois y de Mailly-Nesle, zu Löwenstein-Wertheim-Rosenberg y de Saboya, de Calonne y de Courtebonne, de Borbón y de Lefèbvre de la Faluere, de Borbón y de Lonlay, zu Hohenlohe-Langenburg y Vespre.

MANIFIESTO DE S.A.R. DON SIXTO ENRIQUE DE BORBÓN



En esta fecha en que mi padre, en nombre de mi tío abuelo el Rey Don Alfonso Carlos, dio la orden al Requeté de sumarse al Alzamiento Nacional, cumplo con mi deber de dirigirme a vosotros de nuevo para llamaros a cerrar filas en torno a nuestra Comunión Tradicionalista, medio providencial que ha garantizado y ha de asegurar la continuidad y restauración de las Españas.

En mi manifiesto del día de Santiago Apóstol de mil novecientos ochenta y uno os decía: "El destino ha puesto en mis manos la bandera limpia e inmaculada de nuestra Tradición. Fiel a esta bandera he de vivir en el cumplimiento de la alta misión de la que la Providencia me ha hecho depositario y con la firme promesa de que ningún interés o inclinación personal jamás me apartarán de esa entrega que a España y al Carlismo debo como representante y Abanderado de la Comunión Tradicionalista". Mucho ha sido lo acontecido desde entonces, y no con mi indiferencia, aunque en ocasiones me haya parecido más adecuado guardar silencio e intervenir por el consejo personal o por el consentimiento tácito.

Tras la defección de mi hermano Carlos Hugo, durante años he esperado con vosotros que mis sobrinos, sus hijos Don Carlos Javier y Don Jaime, enarbolasen la bandera de la que yo he sido depositario tras la muerte de mi padre, nuestro llorado Rey Don Javier. No he perdido la esperanza. Pero esta situación de Regencia no puede ni debe perpetuarse. A ellos y a vosotros recuerdo los fundamentos de la legitimidad española, tal como los definió mi tío abuelo el Rey don Alfonso Carlos en el Decreto en que instituyó la Regencia en la persona de mi padre:

"I. La Religión Católica, Apostólica Romana, con la unidad y consecuencias jurídicas con que fue amada y servida tradicionalmente en nuestros reinos;

II. La constitución natural y orgánica de los estados y cuerpos de la sociedad tradicional;

III. La federación histórica de las distintas regiones y sus fueros y libertades, integrante de la unidad de la Patria española.

IV. La auténtica Monarquía tradicional, legítima de origen y ejercicio;

V. Los principios y espíritu y, en cuanto sea prácticamente posible, el mismo estado de derecho y legislativo anterior al mal llamado derecho nuevo."


Para mejor servir estos principios y reorganizar eficazmente nuestra Causa, he decidido nombrar una Secretaría Política que actuará bajo la dirección de don Rafael Gambra. Espero de los carlistas que, deponiendo toda diferencia, le presten la más leal colaboración.

Parece haberse adueñado de los españoles una indiferencia teñida a veces de falso optimismo que les impide ver la gravedad de los males que afligen actualmente a España. La entrega de la confesionalidad católica del Estado ha acelerado y agravado el proceso de secularización que le sirvió de excusa más que de fundamento, pues éste -y falso- no es otro que la ideología liberal y su secuencia desvinculadora. De ahí no han cesado de manar toda suerte de males, sin que se haya acertado a atajarlos en su fuente. La nueva "organización política" -que en puridad se acerca más a la ausencia de orden político, esto es, al desgobierno- combina letalmente capitalismo liberal, estatismo socialista e indiferentismo moral en un proceso que resume el signo de lo que se ha dado en llamar "globalización" y que viene acompañado de la disolución de las patrias, en particular de la española, atenazada por los dos brazos del pseudo-regionalismo y el europeísmo, en una dialéctica falsa, pues lo propio de la hispanidad fue siempre el "fuero", expresión de autonomía e instrumento de integración al tiempo, encarnación de la libertad cristiana, a través del vehículo de la denominada por ello con toda justicia monarquía federativa y misionera.

En las Españas, la Hispanidad repartida por todos los continentes, que ha sido la más alta expresión de la Cristiandad en la historia, radica nuestra principal fuerza. A la reconstrucción de su constitución histórica y a la restauración de un gobierno según su modo de ser debemos dedicar todos nuestros empeños. Desde que una parte creciente de los españoles los olvidara, a partir de los días de la invasión napoleónica, sólo hemos tenido decadencia e inestabilidad. La actuación del Carlismo impidió que la decadencia se consumase en agotamiento, quizá fatal. Porque, aunque nuestros antecesores no llegaran a triunfar, su resistencia, aquel "gobernar desde fuera" que practicaron, impidió la muerte de nuestro ser. No puede ser otro el papel de nuestra Comunión, baluarte desde el que confiamos conservar los restos que -si Dios lo quiere- nos permitan el triunfo, el ciento por uno de nuestros desvelos, además de la vida eterna que es -por encima de todo- lo que deseamos alcanzar. Como escribió mi padre en su Manifiesto de tres de abril de mil novecientos cincuenta y cuatro: "Aun con nuestra limitada visión humana, tenemos que entender que obedece a un plan providencial la conservación sorprendente de esta selección de hombres que a lo largo de un siglo ha mantenido la pureza de sus ideales frente a la persecución, la derrota y el hastío". De esta pureza de ideales, y no de la cesión a cualesquiera de las tentaciones de adaptación que por doquier nos acechan, ha de nacer la victoria que necesitamos. Que este siglo que comienza sea el de nuestras Españas.

En el exilio, a diez y siete de julio del año dos mil uno.


Sixto Enrique de Borbón

lunes, 11 de mayo de 2009

Se “Cancela” la Gracia de Dios

La alerta sanitaria que se determinó en la Ciudad de México hace poco más de una semana en virtud de la aparición de un nuevo virus de influenza, hasta ahora nos deja varias enseñanzas que conviene tener presente no sólo para los ciudadanos mexicanos sino para la conducta que se habrá de asumir en un futuro cercano.

En primer lugar, los resultados han arrojado que esta cepa viral ha sido más que benigna, lo que ha ocasionado la lamentable pérdida de 22 vidas humanas. (Cualquier vida humana que se pierde es lamentable, pero en el contexto actual y dada las circunstancias, el número de decesos es mínimo. Más muertes hay diario por el terrorismo, narcotráfico, aborto, diabetes, neumonías típicas, Sida, enfermedades sexuales o accidentes de tráfico). Por tanto, resultó desproporcionado a todas luces las medidas adoptadas por el gobierno local del D.F., y que resultaron en un contrasentido y descoordinadas con el resto del país.; no así las que tomó el gobierno federal por indicación protocolaria de la Organización Mundial de la Salud, como la cancelación de las actividades escolares a todos niveles. Por eso, una toma de decisiones de esta naturaleza no debe de recaer al capricho de los responsables de los estados y/o municipios del territorio nacional, sino concentrarse en una autoridad superior sanitaria, como ocurre por ejemplo en los Estados Unidos.

Las decisiones del gobierno del D.F. son tan absurdas que el cerrar restaurantes, por ejemplo, demostraron ser medidas extrema, injustas y no necesarias, pues resulta una falta de coordinación que estén cerrados comercios debidamente establecidos que sí pagan impuestos, y queden abiertos un sinnúmero de fondas informales y puestos de comida callejeros de los que hay miles en la Ciudad de México, y que no pagan impuestos y que no cuentan tampoco con las medidas de salubridad mínimas requeridas, pero cuyos dueños y trabajadores son los que mayormente apoyan en las marchas y concentraciones del partido político al que corresponde el gobierno del D.F. Asimismo, resulta un contrasentido que se cierren los restaurantes de la zona metropolitana pero estén abiertos los de la zona conurbada que pertenecen a otro estado territorial, el Estado de México, pero que virtual y de hecho todo mundo entiende que se encuentran en la Ciudad de México, como son los que está ubicados en la zona norte. Y esto sin contar con la afectación económica y la pérdida millonaria para todos estos establecimientos comerciales. Estas medidas pudieran tomarse si fuera un caso verdaderamente extremo, pero no en el caso presente.

A vistas de los resultados de la benignidad del virus, y tomando en cuenta todas las medidas adoptadas, se crea una psicosis interna y un pánico externo al extremo de que ciudadanos de la capital al salir al extranjero, o incluso fuera de la Ciudad de México, son vistos como potenciales transmisores de un virus “mortal”, que ni es tal, que tiene cura y que resulta verdaderamente escandaloso todo lo que se ha hecho para anunciar que sólo ha habido 22 muertes, en una ciudad que tiene, para el lector que no lo sepa, 20 millones de habitantes.

Esto se agrava por el hecho de que el día de mañana cuando verdaderamente brote un virus mortal, incurable, desconocido y que tome cientos de miles y millones de personas, ocurrirá entonces lo del cuento del lobo, que ya no se asumirá con seriedad, pues la percepción del pueblo mexicano es que nos dieron - como se dice coloquialmente - “atole con el dedo”, pues como se ha dicho hay una inconsistencia entre las medidas adoptadas y el mal que se ha atacado.

Pero lo más grave no es esto. Lo que resultó para asombro y vergüenza son las medidas que adoptó la Jerarquía de la Iglesia en México, pues se “canceló” la Gracia de Dios en momentos que más lo necesita el hombre, el fiel cristiano. Entonces resulta que sin estar obligado a ello, la Iglesia determinó que se cancelaba y se suspendía el culto público tanto el domingo 26 de abril como el día de hoy, 3 de mayo. Además, se impuso que la comunión fuera recibida en la mano. Como sucede con frecuencia, esto se llevó al extremo para “tomarse unas vacaciones”, pues muchas iglesias cerraron toda la semana y no hubo celebraciones litúrgicas, confesiones, ni impartición de otros sacramentos, pues estamos, se decía, en máxima alerta sanitaria. Efectivamente, 22 muertos, ¡máxima alerta sanitaria!... Más aún, he recibido muchos correos de fieles que me han comentado que en otras ciudades de la República Mexicana también se suspendieron, sin razón alguna, la celebración de la Santa Misa, y han obligado a los fieles a tomar forzosamente la comunión en la mano.

Así las cosas, los fieles hemos quedado desamparados, solos, sin asistencia pastoral, y solo con algunas iglesias abiertas o recorte de celebraciones litúrgicas, y los domingos sin poder cumplir con el precepto de la Santa Misa. Se comentó vagamente de un llamado a hacer una novena, pero quedó en el olvido porque muy pocos se enteraron ni que existía, y mucho menos de qué se trataba.

Qué lejos quedan aquellos tiempos en que hombres y mujeres enamorados de Dios, por llevar el Evangelio de Cristo, el Amor de Dios y la impartición de los sacramentos de la confesión y de la Eucaristía a los fieles, expusieron sus vidas al contagio de verdaderas enfermedades mortales e incurables, como fue el caso por ejemplo del Beato Damián de Veuster, sacerdote belga que misionó en las islas hawaiianas, particularmente en Molokai, y de ahí la película que se hizo sobre su vida y obra: Molokai, la Isla Maldita, cuyos habitantes estaban enfermos de lepra; todo esto a mediados del siglo XIX. En este caso particular del virus de la influenza en México, ni es mortal, ni es incurable y ha mostrado, repetimos, una marcada benignidad, al extremo de que solo ha muerto 1 persona en los Estados Unidos.

Me parece que se debió de haber asumido otra postura distinta que sin violar las disposiciones del gobierno federal, básicamente de evitar las concentraciones masivas de personas, pudiera haberse aprovechado esta coyuntura de una especie de Semana Santa prolongada en la Ciudad de México (sin restaurantes, sin teatros, sin cines, sin bares, sin recreación alguna, sin espectáculos deportivos, sin bodas, sin fiestas, etc.) para hacer un verdadero llamado de parte de la Iglesia para que el hombre volviera a Dios, confiara en Él, se reconciliara con Él, y cualesquiera otras normas para que el hombre entendiera que todo esto que está sucediendo, al final de cuentas, debería contribuir a buscar la Gracia de Dios para estar preparados ante posibles futuras eventualidades que pudieran verdaderamente acercarnos a nuestro encuentro personal con Dios.

La voz de la Iglesia se apagó y esto no puede volver a suceder, pues como se ha dicho en anteriores colaboraciones, grandes catástrofes por desastres naturales le esperan al hombre de hoy, por su alejamiento de Dios, por su obstinada vida de pecado, por el rechazo a las leyes divinas, y que como sabemos, en México tristemente se han establecido conductas que responden a estos actos lamentables de inmoralidad y falta de fe.

No sabemos si habrá un rebrote o no de este virus que pueda traer en el futuro cercano muchas muertes, pero estamos seguros y ciertos que como dice la Virgen en sus mensajes: “el sufrimiento será necesario, la oración y el sacrificio serán mandatorios”. Se vienen tiempos mucho muy difíciles donde simultáneamente y de forma sucesiva ocurrirán grandes eventos que ocasionarán angustia, zozobra, carencias físicas, desastres, sufrimiento, enfermedad y muertes, tanto de índole física como espiritual. A la Iglesia y al Papa les esperan grandes pruebas y sufrimientos. Socialmente habrá levantamientos y revoluciones en el mundo completo y los gobiernos se preparan para la guerra y la muerte. El egoísmo humano ha alcanzado dimensiones insospechadas y en este mundo de “no ser” podemos esperar de todo, pues hombres malvados preparan un tiempo de gran desolación para hacerse del poder mundial con verdadera instigación satánica a costa de la humanidad completa . De igual forma, hombres malvados planifican la oscuridad de la Iglesia y el Santo Padre y el trono de Pedro correrán gran peligro.

Dicho en otras palabras, una inmensa nube tenebrosa y maléfica cubre la tierra entera. El hombre sólo encontrará en la fe su salvación, pero no una fe filosófica ni teórica ni de libro o de memoria, sino vivencial, una fe profunda en hombres de oración y sacrificio profundo capaces de estar sin comer varios días y semanas, de no dormir por varias noches, o dormir a la intemperie y en medio de grandes carencias y desolación. Si el hombre no se reviste con una armadura sólida de oración y sacrificio no podrá resistir a lo que vendrá pues emocionalmente no lo aguantará, pues estamos acostumbrados a todo, a comer 3 veces al día, a dormir 8 horas, a tener techo, luz y agua, a que no nos falte nada y no nos hemos acostumbrado y preocupado en llevar una vida de negación personal, de sacrificio intenso, y al final de cuentas, de virtud probada.

Por eso insistimos en que la Iglesia en México debió de aprovechar esta circunstancia para contribuir en el desarrollo moral y espiritual de los fieles que le han sido encomendados. Lo menos indicado era tomar la decisión de cancelar todo culto público, es decir, la gracia de Dios, cuando más necesitado está el hombre de Dios, de voltear a Él, pues es el único consuelo y esperanza que nos puede proveer de la fe necesaria para verdaderamente salir adelante ante este tipo de eventualidades y las que vendrán en situaciones mucho más graves que la que se ha afrontado en estos días, particularmente en la Ciudad de México. Ojalá y cada uno tome conciencia de esta necesidad ante lo que está por venir y particularmente también saquemos el propósito de rezar por los sacerdotes y obispos de nuestra Iglesia en México para que despierten del letargo espiritual, pues su responsabilidad adquiere mayor peso en estos tiempos difíciles en que vivimos y ante otros eventos que verdaderamente sí probarán la fe y la paciencia.

Luis Eduardo López Padilla

3 de Mayo del 2009

www.grocities.com/apocalipsis_mariano

El gran fraude del ecumenismo mal entendido: "Fuera de la Iglesia no hay salvación"


05/05/09 Hoy nos enteramos, gracias a la agencia de noticias Zenit, del último encuentro ecuménico que ha tenido lugar en la capital de Argentina, de la mano del cardenal de la ciudad, el jesuita Jorge Mario Bergoglio. Uno de los obispos más progresistas de la Iglesia hispanoamericana que saltó a la fama mundial tras la celebración del último cónclave (en el que resultó elegido Joseph Ratzinger) por las filtraciones que éste realizó a la prensa internacional saltándose todas las prescripciones del ordenamiento canónico.

Fiel a sus compromisos fundacionales, SECTOR CATÓLICO quiere denunciar, una vez más, el gran fraude que supone para el conjunto de los fieles cristianos el ecumenismo mal entendido. Un ecumenismo que no busca la adhesión de la inteligencia del hombre a Dios, dando origen así a la fe del creyente, sino que pretende establecer cauces de diálogo por el diálogo, sin que se produzcan avances sustanciales.

Esos avances sustanciales se refieren siempre a la conversión personal y a la plena aceptación por parte de los apóstatas y herejes de la Revelación de Dios, que la Iglesia Católica custodia íntegra desde que recibiera este depósito del mismo Señor Jesucristo, y que fue posteriormente transmitido a todas las generaciones a través de sus sucesores, los obispos, con el Papa a la cabeza.

Pretender presentar la Fe despojándola de su radicalidad, de su integridad, de su hermosura y vigor, es un flaco favor que hacemos los católicos cuando no sabemos dar razón de nuestra esperanza. Hacer concesiones a no se sabe qué, a no se sabe quiénes, para no se sabe qué no es algo que la Iglesia deba hacer. Vamos, ni puede ni debe hacerlo. La Iglesia debe siempre presentar el verdadero rostro de Cristo a todos los hombres enseñándoles a guardar todo lo que el mismo Jesús nos enseñó. Lo contrario sería un fraude. Un fraude que ni ellos ni nosotros merecemos, y menos, lo merece Dios.

De ahí, que que el único ecumenismo que vale es aquel que tiende a llamar a la conversión a aquellos que se encuentran fuera de la barca de Pedro, para que depongan su actitud y se adhieran fielmente a las enseñanzas de la Iglesia, porque fuera de la cual no hay salvación: Extra Ecclesiam nulla salus.

Fuente: Sector católico