U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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lunes, 18 de mayo de 2009

LIBERTAD RELIGIOSA, LIBERTAD DE OPINION, LIBERTAD DE PENSAMIENTO

En la tierra de las libertades la mejor demostración de como funcionan las cosas.
Arresto a sacerdote: impresionante video del escándalo Notre Dame


Un sacerdote mayor, vestido de sotana y cargando una cruz, con seguidores que portaban estandartes de la Virgen de Guadalupe, fue arrestado por la policía estadounidense. En el video se puede apreciar como besa la cruz antes de ser arrestado, y luego canta: Ave María, a lo que se le unen los fieles. La Universidad católica de Notre Dame estaba condecorando al abortista Obama como “doctor honoris causa”.

Ojalá de mucha verguenza a los católicos cobardes que no se atreven a protestar ante el Stablisment del poder mundial anticristiano.



Visto en Catholic Church Conservation

Y Santa Iglesia Militante

Cuidado, su cerebro está siendo bombardeado – Parte I


Guerra de Cuarta Generación:

Cuidado, su cerebro está siendo bombardeado – Parte I

La cuarta guerra mundial ya comenzó. Mientras Ud. descansa, mientras Ud. consume, mientras Ud. goza de los espectáculos que le ofrece el sistema, un ejército invisible se está apoderando de su mente, de su conducta y de sus emociones. Su voluntad está siendo tomada por fuerzas de ocupación invisibles sin que Ud. sospeche nada. Las batallas ya no se desarrollan en espacios lejanos, sino en su propia cabeza. Ya no se trata de una guerra por conquista de territorios, sino de una guerra por conquista de cerebros, donde Ud. es el blanco principal. El objetivo ya no es matar, sino controlar. las balas ya no apuntan a su cuerpo, sino a sus contradicciones y vulnerabilidades psicológicas. Su conducta está siendo chequeada, monitoreada, y controlada por expertos. Su mente y su psicología están siendo sometidas a operaciones extremas de guerra de cuarta generación. Una guerra sin frentes ni retaguardias, una guerra sin tanques ni fusiles, donde Ud., es a la vez, la víctima y el victimario.

1. Guerra de Cuarta Generación

Guerra de Cuarta Generación (Fourth Generation Warfare – 4GW) es el término usado por los analisttas y estrategas militares para describir la última fase de la guerra en la era de la tecnología informática y de las comunicaciones globalizadas.

En 1989 comenzó la formulación de la teoría de la 4GW cuando William Lind y cuatro oficiales del Ejército y del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos, titularon un documento: “El rostro cambiante de la guerra: hacia la cuarta generación”.

Ese año, el documento se publicó simultáneamente en la edición de octubre del Military Review y la Marine Corps Gazette.

Si bien en sus primeros tramos de la década del noventa la teoría no fue precisada ni se expresó claramente qué se entiende por 4GW, el concepto luego fue asociado a la Guerra Asimétrica y a la “Guerra Contraterrorista”.

William Lind escribió su esbozo de teoría, en momentos en que la Unión Soviética ya había sido derrotada en Afganistán e iniciaba su colapso inevitable como sistema de poder mundial.

Por lo tanto, a la Guerra de Cuarta Generación se la visualiza como una hipótesis de conflicto emergente de la pos-Guerra Fría, en tanto que algunos analistas relacionan su punto de partida histórico con los atentados terroristas del 11-S en EEUU.

En cuanto a la evolución de la fases de la guerra hasta la cuarta generación, se la describe así:

Fase inicial: arranca con la aparición de las armas de fuego y alcanzaría su máxima expresión en las guerras napoleónicas. Las formaciones lineales y el “orden” en el campo de batalla constituyen sus principales rasgos y el enfrentamiento entre masas de hombres, su esencia. La Guerra de Primera Generación corresponde a los enfrentamientos con tácticas de líneas y columnas.

Fase segunda: comienza con el advenimiento de la Revolución Industrial y la disponibilidad en el campo de batalla de medios capaces de desplazar grandes masas de personas y de desatar poderosos fuegos de artillería. El enfrentamiento de potencia contra potencia y el empleo de grandes recursos, constituye el rasgo esencial de esta generación. La Primera Guerra Mundial es su ejemplo paradigmático.

Fase tercera: se caracteriza por la búsqueda de neutralización de la potencia del enemigo mediante la detección de flancos débiles con la finalidad de anular su capacidad operativa, sin necesidad de destruirlo físicamente. La Guerra de Tercera Generación fue desarrollada por el Ejercito Alemán en el conflicto mundial de 1939-1945 y es comúnmente conocida como “guerra relámpago” (Blitzkrieg). No se basa en la potencia de fuego, sino en la velocidad y sorpresa. Se identifica esta etapa con el empleo de la guerra psicológica y tácticas de infiltración en la retaguardia del enemigo durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1991, el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Martín Van Creveld publicó un libro titulado “La Transformación de la Guerra”, que aportaría sustento intelectual a la teoría de la 4GW.

El autor sostiene que la guerra ha evolucionado hasta un punto en que la teoría de Clausewitz resulta inaplicable.

Van Creveld prevé que en el futuro las bases militares serán reemplazadas por escondites y depósitos, y el control de la población se efectuará mediante una mezcla de propaganda y terror.

Las fuerzas regulares se irán trasformando en algo diferente a lo que han sido tradicionalmente, señala Van Creveld. También prevé la desaparición de los principales sistemas de combate convencionales y su conversión en conflictos de baja intensidad (también llamados Guerras Asimétricas) .

La variante “contraterrorista”

Tras los ataques terroristas del 11-S en EEUU, la Guerra de Cuarta Generación se complementa con el uso del “terrorismo mediatizado” como estrategia y sistema avanzado de manipulación y control social.

Se produce, por primera vez, el uso sistematizado del “terrorismo” (realizado por grupos operativos infiltrados en la sociedad civil) complementado con Operaciones Psicológicas Mediáticas orientadas al aprovechamiento social, político y militar del hecho “terrorista”.

La “Guerra Contraterrorista” (una variante complementaria de la Guerra de Cuarta Generación) borra las fronteras tradicionales entre “frente amigo” y “frente enemigo” y sitúa como eje estratégico de disputa la guerra contra un enemigo universal invisible diseminado por todo el planeta: el terrorismo.

La lógica del “nuevo enemigo” de la humanidad, identificada con el terrorismo tras el 11-S, se articula operativamente a partir de la “Guerra Contraterrorista” que compensa la desaparición del “enemigo estratégico” del capitalismo en el campo internacional de la Guerra Fría: la Unión Soviética.

La “guerra preventiva” contra el “terrorismo” (como veremos más adelante) produce un salto cualitativo en la metodología y en los recursos estratégicos de la Guerra de Cuarta Generación al servicio de los intereses imperiales de la potencia hegemónica regente del sistema capitalista: EEUU .

La “guerra inter-potencias” (o inter-países”) expresada en la confrontación “Este-Oeste”, desaparece con la Unión Soviética, y es sustituida, a partir del 11-S, por la “Guerra Contraterrorista” librada por todas las potencias y por el Imperio regente (EEUU) contra un sólo enemigo: el terrorismo “sin fronteras”.

El desarrollo tecnológico e informático, la globalización del mensaje y las capacidades para influir en la opinión pública mundial, convertirán a la Guerra Psicológica Mediática en el arma estratégica dominante de la 4GW, en su variante “contraterrorista”.

Las operaciones con unidades militares son sustituidas por operaciones con unidades mediáticas, y la acción psicológica con el “terror” sustituye a las armas en el teatro de la confrontación.

De esta manera, y a partir del 11-S norteamericano, la “Guerra Contraterrorista” y la “Guerra Psicológica”, conforman las dos columnas estratégicas que sostienen a la Guerra de Cuarta Generación, con los medios de comunicación convertidos en los nuevos ejércitos de conquista.

2. Guerra Psicológica (o Guerra Sin Fusiles)

En la definición conceptual actual, la columna vertebral de la Guerra de Cuarta Generación se enmarca dentro del concepto de “guerra psicológica”, o “guerra sin fusiles”, que fue acuñado, por primera vez, en los manuales de estrategia militar de la década del setenta.

En su definición técnica, “Guerra Psicológica”, o “Guerra sin Fusiles”, es el empleo planificado de la propaganda y de la acción psicológica orientadas a direccionar conductas, en la búsqueda de objetivos de control social, político o militar, sin recurrir al uso de la armas.

Los ejércitos militares, son sustituidos por grupos operativos descentralizados especialistas en insurgencia y contrainsurgencia, y por expertos en comunicación y psicología de masas.

El desarrollo tecnológico e informático de la era de las comunicaciones, la globalización del mensaje y las capacidades para influir en la opinión pública mundial, convertirán a las operaciones de acción psicológica mediática en el arma estratégica dominante del la 4GW.

Como en la guerra militar, un plan de guerra psicológica está destinado a: aniquilar, controlar o asimilar al enemigo.

La guerra militar y sus técnicas se revalorizan dentro de métodos científicos de control social, y se convierten en una eficiente estrategia de dominio sin el uso de las armas.

A diferencia de la Guerra Convencional, la Guerra de Cuarta Generación no se desarrolla en teatros de operaciones visibles.

No hay frentes de batalla con elementos materiales: la guerra se desarrolla en escenarios combinados, sin orden aparente y sin líneas visibles de combate, los nuevos soldados no usan uniforme y se mimetizan con los civiles.

Ya no existen los elementos de la acción militar clásica: grandes unidades de combate (tanques, aviones, soldados, frentes, líneas de comunicación, retaguardia, etc).

Las bases de planificación militar son sustituidas por pequeños centros de comando y planificación clandestinos, desde donde se diseñan las modernas operaciones tácticas y estratégicas.

Las grandes batallas son sustituidas por pequeños conflictos localizados, con violencia social extrema, y sin orden aparente de continuidad.

Las grandes fuerzas militares son sustituidas por pequeños grupos operativos (Unidades de Guerra Psicológica) dotados de gran movilidad y de tecnología de última generación, cuya función es detonar desenlaces sociales y políticos mediante operaciones de guerra psicológica.

Las unidades de Guerra Psicológica son complementadas por Grupos Operativos, infiltrados en la población civil con la misión de detonar hechos de violencia y conflictos sociales.

Las tácticas y estrategias militares, son sustituidas por tácticas y estrategias de control social, mediante la manipulación informativa y la acción psicológica orientada a direccionar conducta social masiva.

Los blancos ya no son físicos (como en el orden militar tradicional) sino psicológicos y sociales. El objetivo ya no apunta a la destrucción de elementos materiales (bases militares, soldados, infraestructuras civiles, etc), sino al control del cerebro humano.

Las grandes unidades militares (barcos, aviones, tanques, submarinos, etc) son sustituidas por un gran aparato mediático compuesto por las grandes redacciones y estudios de radio y televisión.

El bombardeo militar es sustituido por el bombardeo mediático: Las consignas y las imágenes sustituyen a las bombas, misiles y proyectiles del campo militar.

El objetivo estratégico ya no es el apoderamiento y control de áreas físicas (poblaciones, territorios, et) sino el apoderamiento y control de la conducta social masiva.

Las unidades tácticas de combate (operadores de la guerra psicológica) ya no disparan balas sino consignas direccionadas a conseguir un objetivo de control y manipulación de conducta social masiva.

Los tanques, fusiles y aviones son sustituidos por los medios de comunicación (los ejércitos de cuarta generación) y las operaciones psicológicas se constituyen en el arma estratégica y operacional dominante.

3- El blanco

En la Guerra sin Fusiles, la Guerra de Cuarta Generación (también llamada Guerra Asimétrica) , el campo de batalla ya no está en el exterior, sino dentro de su cabeza.

Las operaciones ya no se trazan a partir de la colonización militar para controlar un territorio, sino a partir de la colonización mental para controlar una sociedad.

Los soldados de la 4GW ya no son militares, sino expertos comunicacionales en insurgencia y contrainsurgencia, que sustituyen a las operaciones militares por las operaciones psicológicas.

Las balas militares son sustituidas por consignas mediáticas que no destruyen su cuerpo, sino que anulan su capacidad cerebral de decidir por usted mismo.

Los bombardeos mediáticos con consignas están destinados a destruir el pensamiento reflexivo ( información, procesamiento y síntesis) y a sustituirlo por una sucesión de imágenes sin resolución de tiempo y espacio (alienación controlada) .

Los bombardeos mediáticos no operan sobre su inteligencia, sino sobre su psicología: no manipulan su conciencia sino sus deseos y temores inconcientes.

Todos los días, durante las 24 horas, hay un ejército invisible que apunta a su cabeza: no utiliza tanques, aviones ni submarinos, sino información direccionada y manipulada por medio de imágenes y titulares.

Los guerreros psicológicos no quieren que usted piense información, sino que usted consuma información: noticias, títulos, imágenes, que excitan sus sentidos y su curiosidad, sin conexión entre sí.

Su cerebro está sometido a la lógica de Maquiavelo: “divide y reinarás”: Cuando su mente se fragmenta con titulares desconectados entre sí, deja de analizar (qué, porqué y para qué de cada información) y se convierte en consumista de órdenes psicológicas direccionalas a través de consignas.

Los titulares y las imágenes son los misiles de última generación que las grandes cadenas mediáticas disparan con demoledora precisión sobre su cerebro convertido en teatro de operaciones de la Guerra de Cuarta Generación.

Cuando Ud. consume titulares con “Bin Laden”, “Al Qaeda”, “terrorismo musulmán”: su mente está consumiendo consignas de miedo asociadas con “terrorismo”, y su cerebro está sirviendo de teatro de operaciones a la “Guerra Contraterrorista” lanzada para controlar a la sociedades a escala global.

Cuando Ud. consume prensa internacional sin analizar los qué y los para qué, los intereses del poder imperial que se mueven detrás de cada noticia o información periodística, Ud. está consumiendo Guerra de Cuarta Generación.

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(*) Manuel Freytas es periodista, investigador y analista, especialista en inteligencia y comunicación estratégica. Es uno de los autores más difundidos y referenciados en la Web.

Fuente: Radio Cristiandad

El modernismo /teológico) se ha impuesto como si fuera sentido común

Por R.P. Horacio Borjorge sj

El Modernismo afirmó que la revelación de Dios se da en la experiencia.
Hoy, en algunos ambientes, se oye hablar más de experiencias de Dios y de experiencias de oración que de fe y de creer.

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Estimado visitante:

Un breve escrito mío apareció en Internet en el año 2007 para recordar el centenario de la Encíclica Pascendi de San Pío X. Fue retomado por varios sitios amigos de la red. Lo escribí y publiqué año y medio antes de inaugurar el Blog Toma y Lee, por lo cual me parece oportuno modificarlo y albergarlo ahora en el Blog.
Estoy convencido de que sigue siendo esclarecedor. Y de que es necesario seguir avisando que el modernismo es una herejía que exige permanente atención, porque está impuesta y se ha convertido en sentido común de muchos fieles y también, desgraciadamente, de muchos pastores.
Es como un olor ambiental al que nos hemos habituado y ya no lo percibimos.
El dibujo de E. J. Pace, que hemos tomado del Artículo Modernismo (teología) (Wikipedia) muestra, con elocuencia gráfica, cómo descienden los modernistas por la escalera de sus



negaciones, desde la fe cristiana al ateísmo. Ellos niegan:

1) La divina inspiración e infalibilidad de las Sgdas. Escrituras,
2) Que el hombre haya sido creado a imagen de Dios,
3) Que pueda haber milagros,
4) El nacimiento virginal de Cristo
5) La divinidad de Cristo,
6) El carácter expiatorio de su muerte,
7) Su resurrección histórica


De esa manera descienden hasta el agnosticismo y al ateísmo.
Y así recaen, dramáticamente, de la condición de hombre nuevo a la de "hombre viejo". Y descienden desde las luces de la fe a las tinieblas del ateísmo.
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El Modernismo afirmó que la revelación de Dios se da en la experiencia interior del hombre. Con esto restó importancia y hasta invalidó la revelación histórica. Pero además, tuvo un efecto incalculablemente grave:
puso la vida religiosa del ser humano en mano de los psicólogos.

En una entrevista a la Nación, concedida a Silvana Premat, el benedictino alemán Anselm Grün dejó escapar, de pasada, la afirmación de que: "La experiencia de Dios se hace a través del cuerpo".

Los ecos de la afirmación han resonado y se siguen repitiendo ampliamente en la red, como podrá comprobar cualquiera usando un buscador. La expresión no llama la atención porque afirme que Dios sea experimentable, sino porque afirma que lo sea a través del cuerpo.
Pero la sola afirmación de la posibilidad de experimentar a Dios, que ya no resulta llamativa, se aparta de la doctrina de la fe católica, según la cual Dios no es experimentable.
A Dios solamente se tiene acceso desde y por la fe. La doctrina revelada y católica dice que "a Dios nadie lo vió jamás" y que fue Jesucristo quien nos lo reveló, de modo que no tenemos acceso a Él sino por la fe en Cristo. De la fe, pueden luego derivar experiencias. O también, la fe puede interpretar hechos que sin ella no sería inteligibles o perceptibles.
Pero, lo que entiende el modernismo, es que Dios se revela en la experiencia interior, psicológica del ser humano.
Ya me he referido en algunas de las primeras entradas de este Blog, al método de Anselm Grün en su interpretación acomodada de las Sagradas Escrituras [Ver las entradas publicadas el 26 y 27 de diciembre del 2008]. He señalado en ellas que ese método reduce el mensaje revelado de las Sagradas Escrituras primero porque lo interpreta en forma acomodada y segundo porque, mediante este sentido no bíblico, lo homologa con afirmaciones de orden psicológico, haciendo así del Evangelio un libro de autoayuda.
La afirmación de Anselm Grün en la entrevista antes citada, no ha llamado la atención de los pastores. Anselm Grün no es su creador. Es un modo de hablar de uso común en los medios eclesiales de hoy, hablar de experiencia de Dios. Es frecuente ver anuncios de retiros espirituales que se ponen como meta lograr una experiencia de Dios.
No es de admirar, además, que Anselm Grün use esa expresión, porque él no oculta su dependencia de la doctrina psicológica de Carl Jung, un representante de la visión modernista en psicología. Jung hace de Dios un arquetipo del inconsciente colectivo.

Dios en la experiencia moral. Emanuel Kant
Pero mucho antes de estos fenómenos actuales, el modernismo se mostró discípulo de Emanuel Kant, por la convicción kantiana de que Dios es objeto de la experiencia moral del ser humano. Para Kant la religión verdadera debía ser relegada, reducida a la moral, al encerrarla dentro de los límites de la pura razón. La revelación histórica no tiene, afirma Kant, fuerza de convicción universal como tiene la lógica y su fuerza racional. La revelación histórica, y el Dios que en ella se revela, no puede aspirar a ser una religión universalmente aceptada por todos.

De la apelación de Kant a la universalidad de la razón en asuntos de fe y moral, sobreviene más tarde el recurso de los autores modernistas a la "experiencia humana", universal o compartible, como fuente de la revelación o conocimiento de Dios. Sólo que de la conciencia moral, se pasa a explorar la experiencia religiosa en otros campos de la conciencia. De este modo se ofrecía una alternativa que se cosideraba ventajosa frente a la fe, y que acosejaba dejarla de lado, como algo que divide a los hombres y es causa de desacuerdo. Separa a los creyentes de los demás hombres y no puede ser fundamento de un acuerdo universal sobre la base de una experiencia humana universal.

De esta visión modernista de cuño y origen kantiano fueron derivando en estos cien años muchísimos frutos, efectos y consecuencias. Dado que se presentan en sus formas corrientes de "sentido común instalado" ya no se percibe cuáles son sus orígenes y hacia dónde conducen. Ni es fácil a veces percibir su incompatibilidad de fondo con la fe y la espiritualidad católica.

Sucede, que muchos de estos fenómenos del sentido común modernista, se han extendido tambíén entre los católicos, sin que se advierta cuál es su origen y cuáles sus consecuencias. Tanto más cuanto que la inadvertencia acerca de su naturaleza modernista está extendida a menudo hasta en la misma academia teológica y universitaria católica; en la mente de las clases dirigentes intelectuales del catolicismo.

Esto explica que no se haya percibido la naturaleza modernista de las obras de Anselm Grün y que pastores de almas bien intencionados hayan creído que se trataba de un ensayo valioso de conciliación de la "psicología moderna" con la "espiritualidad cristiana". Sorprendidos en su buena fe, se hicieron difusores del pensamiento de Anselm Grün. Algún sacerdote a quien aprecio mucho reaccionó muy fuertemente contra mí, cuando le comuniqué mis reparos frente a la obra de este autor. Según él, Anselm Grün está prestando un gran servicio al conciliar los conocimientos de la psicología actual con la tradición espiritual eclesial.

Esto muestra hasta qué punto, los principios modernistas, convertidos actualmente en sentido común de fieles y pastores, hacen difícilmente perceptible el carácter modernista de muchas afirmaciones hoy corrientes.

Cuando algo se convierte en cultura, sus principios ingresan en la profundidad de los implícitos y, más aún, en la condición de tabúes intocables y que ya no es posible poner en discusión, sin exponerse a aparecer como un cuestionador del sentido común, que es como decir: un loco.

A eso se agrega, que esos métodos se presentan a menudo con una cierta ambigüedad, que permite a la vez entenderlos de manera ortodoxa por unos y heterodoxa por otros. Precisamente porque los principios de los que derivan quedan implícitos y fuera de discusión.

Cuando el Pastor Bohoeffer dice, por ejemplo "redimidos para lo humano", lo humano puede entenderlo el católico a su manera, a la luz de Cristo, verdadero hombre, y el marxista a la suya a la luz de la ideología del hombre nuevo socialista.

Cuando en catequesis se habla de partir del hecho de vida, se puede entender el método de manera correcta, si en la percepción del hecho de vida ya está implicada la mirada, el juicio y la acción de fe. Y si se ha admitido que el gran hecho de vida es la muerte redentora de Cristo en Cruz.

O puede entenderse de manera que se suponga que el anuncio evangélico y la fe que reclama como respuesta, son tan difíciles, que solamente pueden tener lugar si previamente se les ha preparado el terreno con la "revelación" que tiene lugar en la experiencia interior del hombre, para que lo humano haga aceptable lo revelado y propuesto a la fe.

De manera semejante, resulta ambiguo el método del "ver, juzgar y actuar" íntimamente relacionado con el método catequístico que propone algo dogmáticamente que se ha de partir del "hecho de vida", es decir "de la experiencia" humana común, (en cuya génesis puede suponerse sin problema que la fe todavía no interviene) para llegar, por fin a la fe, según algunos lo entienden, o para llegar a la "iluminación del hecho" por la Palabra, que muchas veces funciona como una iluminación de la Palabra por el hecho de vida.

Esto sucede por lo tanto muchas veces en el supuesto, al parecer, de que la fe no ha logrado previamente determinar el ver, de que no sería capaz de hacerlo, por lo que el ver tiene que terminar fundando la racionabilidad o aceptabilidad de la fe.

En ocasión de aproximarse la Conferencia de Aparecida, volvían a oírse voces partidarias de mantener y de volver al método del ver, juzgar y actuar. La Conferencia lo hizo, pero dejando bien claro en su número 19 que: "Este método implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de su Palabra revelada y el contacto vivificante con los Sacramentos, a fin de que en la vida cotidiana, veamos la realidad que nos circunda a la luz de su providencia, la juzguemos según Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, y actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Sacramento Universal de Salvación, en la propagación del Reino de Dios, que se siembra en la tierra y que fructifica plenamente en el Cielo".Ya que, como afirmaba el Papa Benedicto 16 en su discurso inaugural de la Conferencia, el 13 de Mayo de 2007: "Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de realidad".

Nada impide pues emplear el método como enseñan a emplarlo el Papa y los obispos en Aparecida: purificado de ambigüedades dañosas, que puedieron hacerlo funcionar en la perspectiva modernista y no en la católica.
Esto quiere decir: interpretando y explicitando claramente el pleno acuerdo con el método, pero urgiendo que:
1) El ver del que se trata y se trate, sea el ver de la fe, y no un ver previo, que luego va a preguntarle a la fe, por su juicio y su acción, sino que ya desde que ve, ve con fe. El Vaticano primero ya ponía en guardia contra un poner de lado la fe provisoriamente por principio metódico (Denzinger 1815, Dz Schönmetzer: 3036)
2) Que el juicio sea el juicio creyente, de quien ha mirado con fe, sin ponerla de lado en el momento del ver, y por lo tanto entiende y juzga con fe y desde la fe, libre de complicidades con juicios mundanos o de contaminaciones con miras humanas
3) Que la acción sea la vida cristiana, la caridad y la misericordia, pero también la parresía cristiana dispuesta a la confesión, a la prisión y al martirio.

De lo contrario se llega, como muestra la experiencia pasada, por el camino del experiencialismo modernista, a una mirada o un ver, que es el ver de las ciencia humanas construidas a partir de una antropología ajena a la fe (una psicología, una sociología, una economía, una ciencia política, que ignoran el pecado original, que ignoran la existencia de la envidia, de la acedia, del impulso irracional de las pasiones); que juzga de acuerdo a esa mirada glaucomiosa sobre lo humano y que actúa en consecuencia y ¡con qué consecuencias!.

Nos encontramos así, al final de este recorrido desde la pretensión modernista de la revelación de Dios en el alma del hombre, en el drama que señala Benedicto XVI en su discurso en Ratisbona.

Quiero por fin, señalar, que la visión psicológica de Jung según la cual Dios se revela en el alma del hombre casi como una estructura (simplifico forzosamente pero por ahí va) es una concreción del principio modernista de la revelación interior. Es clara la impronta de este pensamiento en el de los discípulos de Jung, entre los que se encuentra Anselm Grün.

Sin embargo no se ha percibido en muchos medios católicos a qué conduce esta visión junguiana que se difunde a través de las obras de Anselm Grün. Por eso me ha parecido urgente avisar que el hoy tan difundido magisterio espiritual del Benedictino alemán Anselm Grün, tributario de Jung y Drewermann, navega en la corriente modernista. Y cunde produciendo desviaciones muy dañinas, por lo parecidas al recto camino de la fe y la espiritualidad católica. De hecho, como me decía un amigo obispo, Anselm Grün, siguiendo a Jung, termina leyendo el evangelio como un librito de auto ayuda.

Lejos de ser conciliables con la fe y la sana espiritualidad católica. como algunos suponen, desvían el alma de los fieles católica por los trillos del modernismo y de una falsa ciencia psicológica, vulgarizados y convertidos en sentido común de la cultura dominante.

Me parece que es necesario seguir avisando que el modernismo es un tema que exige atención, porque está candente. Y cuáles son algunos de los más torrentosos canales por donde se derrama hoy en los medios católicos más ávidos de oración y espiritualidad.

Fuente: Toma y lee

Sobre la verdadera obediencia en el catolicismo


La siguiente es una de las tres cartas que envió el Padre Leonardo Castellani bajo el título Dic Ecclesiae (Dilo a la Iglesia, Mt 18, 17).

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SOBRE LA OBEDIENCIA

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A mis HH. los Profesos de la Prov, Argentina.
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Amados hermanos en Xto. Jesús:

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Entre los "medios para conservar la Compañía", nuestras Constituciones (X, 9) recomiendan "crebra communicatio rerumque mutua notitia", el frecuente y sincero trato epistolar de unos con otros. Este mandato de N. S. Padre no se satisface del todo con las corrientes NOTICIAS DE LA PROVINCIA que son secas, incompletas y aun a veces parciales o fútiles.
No quiero creer lo que me dicen que algún Rector ha parado estas cartas mías escritas con el corazón en la mano en homenaje y amor a la verdad; si así fuera, algún día dará cuenta de su conocimiento del Epítome, canon 849, N° 6°. Yo digo: si a mí no me contestan de Roma, si a mí el Provincial no me oye, y si no puedo tampoco hablar con mis Hermanos acerca de nuestra Provincia tal como la tengo en el corazón, ¿qué clase de Sociedad sería ésta? El que destruye estas cartas tendrá que destruir también, si puede, el canon 849 y muchos otros del Epítome, incluso el 3°. Y es un hombre que tiende a destruirme a mí. Veremos si puede.
Yo de mí sé decir que quisiera hablar con cada uno de los NN. A ninguno le tengo rencor, malquerencia ni antipatía, al contrario. De todos aprendo algo: si dicen cosas originales, aprendo cosas nuevas; si dicen cosas comunes, me confirmo en lo que ya sé. Hasta de las pláticas del P. Rosanas saco fruto. A ninguno niego la palabra ni dejo de contestar las cartas; y considero que estas dos cosas, que por permisión de Dios he tenido que sufrir en carne propia, no son lícitas entre hermanos.
N.M.R.P. General me dijo una vez: "No se meta a reformar donde no tenga autoridad. Limítese a defenderse." El calamar y el periodista se parecen en esto, que se defienden con su tinta. Ahora que Dios N. Señor me concede algún vagar, y tengo que abandonar el periodismo "ad extra", me dedicaré un poco al periodismo epistolar "ad intra", porque no es justo que sólo para los de fuera haya yo aprendido este arte; pidiendo a Dios quiera darme algo útil a decir sin ofensa. Somos hombres, AA.HH., para no ofendernos de la verdad: hombres y soldados. Mas si alguna ofensa o defecto en estas cartas apresuradas se deslizare, con la multiplicación de ellas irán disminuyendo y con vuestra benigna indulgencia serán atenuados y subsanados. Para eso, las pongo bajo la alta protección de San Pedro Canisio, patrón de los periodistas.
Esta carta versará sobre la virtud de la obediencia. Uds. pueden saber más que yo acerca de ella, y la Carta de N P a los de Coimbra es un tratado completo. Pero puede no ser superfluo refrescar algunos conceptos de ella, basándose en la doctrina de Santo Tomás y la Escritura.
Estos conceptos son: la obediencia religiosa está enderezada a la perfección evangélica; sólo puede producirse en el clima de la caridad; y el abuso de la autoridad no solamente la hace imposible sino que constituye una especie de profanación o sacrilegio.
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I
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La definición de "obediencia" de Santo Tomás es "oblación razonable firmada por voto de sujetar la propia voluntad a otro por sujetarla a Dios y en orden a la
perfección."
Esta definición contiene claramente los límites de la obediencia porque no hay que creer, A. H., que la obediencia es ilimitada. Todo lo ilimitado es imperfecto. La obediencia religiosa es ciega, pero no es idiota. Es ciega y es iluminada a la vez, como la fe, que es su raíz y fuente. Sus dos límites son la recta razón y la
Ley Moral.
Ambos límites están también fijados por San Ignacio al afirmar a una mano que físicamente es imposible asentir a algo absurdo, y a otra, que no hay que obedecer cosa en que se viese pecado, no ya mortal solamente, sino de cualquier clase. No se puede ejecutar virtuosamente ninguna cosa donde exista la más mínima porquería, relajamiento, vileza o claudicación moral.
Esto significa simplemente que ningún hombre puede abdicar su propia conciencia moral, como nota el Angélico en De Ver. 17, 5, Ad 4m. "Unusquisque enim tenetur actus suios examinare ad scientiam quam a Deo habet, sive sit naturalis, sive acquisita, sive infusa: omnis enim homo debet secundum rationem ágere."(1) ¡No podemos salvarnos al tenor de la conciencia de otro! ¡No podemos eximirnos de discriminar exactamente con nuestra razón el bien y el mal moral, uno para tomarlo y otro para lanzarlo! ¡No puede ser nuestro guía interior la razón ajena: los actos morales son inmanentes y su "forma" es la racionalidad! Si bastara para salvarse hacer literal y automáticamente lo que otro nos dice ¿cuál sería entonces la función de la fe, de la oración, de la meditación, de la dirección espiritual, del examen y del estudio?
Nuestro Padre Ignacio recogió de los antiguos Padres dos expresiones metafóricas que si se tomaran literalmente engendrarían una monstruosidad. Como bastón de hombre viejo hay que obedecer y a manera de cadáver hay que obedecer: sí señor, pero no antes que la conciencia moral haya asimilado el mandato, colocándolo en la línea de su conocimiento de Dios y haciéndolo escalón de fe y de caridad divina. Es evidente que esto no se puede hacer con una cosa torpe, absurda o ridícula. El "ir a tomar la leona y traerla al superior suyo" podrá haber sucedido en la prehistoria del Cristianismo, aunque por cierto a mí no me consta; pero ningún teólogo sensato lo tendrá por lícito en casos normales.
El obediente verdadero obedece al Superior menor a la luz de la voluntad conocida y amada del Superior mediano; y al Superior mediano a la luz conocida, entendida y amada del Superior Sumo; y la de éste a la luz de las Reglas; y éstas a la luz del Evangelio; y éste a la luz interior que el Espíritu Santo imprime en los corazones y con la cual el Verbo ilumina a todo hombre venido a este mundo; de manera a formar una escala luminosa por la cual cualquier voluntad contingente o ínfima haga actos muy excelentes, superiores a su propia habitualidad tomada separadamente, por su unión con otras voluntades mejores, y en definitiva con la de Dios. Y la voluntad de Dios, no es de derogar el orden natural sino de coronarlo y sobreelevarlo.
Con esto queda dicho que la obediencia no se inventó para que en la vida religiosa se hagan cosas raras, feas o disparatadas; para que el orden natural se vuelva del revés y los necios presuman guiar a los entendidos y "llevarlos al hoyo", como previno N. Señor en la Parábola de los Ciegos. No se inventó la obediencia para substituir en el gobierno de los hombres la inteligencia por el antojo de los ambiciosos o agitados; ni para pretender que el que no sabe un oficio se entrometa a corregir al que lo sabe; ni para destruir en los hombres la conciencia profesional ni la honradez intelectual; ni para permitir que ocupen los comandos los mediocres engreídos, esos "superiores briosos y sin letras" a los cuales la cordura de Mariana atribuía la causa de los desórdenes sociales en la Provincia Española bajo Acquaviva. Si para tales cosas dijera Cristo: "Qui vos audit, me audit"(2) y para eso reglamentara la Iglesia la vida religiosa; pensarlo es blasfemia, porque entonces más valiera que Cristo no hubiera venido.
Los que llevados de cualquier pasión, o por ignorancia o por malicia, sabiéndolo o no sabiéndolo, quieren hacer un "cadáver" literal de sus súbditos; o bien se sujetan al Superior con el servilismo inerte de estólidos "bastones"; pecan, abusan del don de Dios, desacreditan a Cristo. Como toda virtud marcha en medio de dos vicios, así la obediencia camina entre la insumisión por un lado y por otro la sujeción servil, el espíritu de esclavo, la obsecuencia muerta, la dependencia al hombre como hombre, la ignavia (apatía, flojedad) , la pereza de pensar y la cobardía de ser persona, cosas todas que son abominables a Dios y al varón Cristo y que impiden al hombre ser dueño de sí, tomar el timón y ser el capitán de su propia alma.
Lo cual es el principio de toda vida que no sea infrahumana y mucho más de una vida sobrenatural.
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II
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La verdadera obediencia pertenece a la virtud de la religión, la primera de las morales; y por tanto sólo puede producirse en el clima teologal de la caridad. Sin caridad es informe. Una virtud informe es a veces más peligrosa que un vicio, "por ser grande el peligro de la vía espiritual cuando sin freno de discreción se corre por ella". Ésas son las "virtudes locas", que a semejanza de las "verdades locas" de Chesterton, son dinamita.
El P. Genicot pone el caso de un súbdito que notase en el Superior señales inequívocas y habituales de hostilidad o enemistad; y preguntándose si en este caso estaría obligado a obedecerle, responde que no, incluso en los mandatos donde no se vea formidolosidad (temor); pues un enemigo nos desea de suyo la destrucción aun sin saberlo. Cesa la obligación de la obediencia, por incumplimiento por parte de uno de los "contratantes".
Aristóteles enseña (Eth. Nic. IX, 6) que una sociedad cesa de serlo si se deseca en ella la "concordia", que es la amistad social; entre religiosos llamada "caridad".
En ese caso hipotético, el mecanismo de la obediencia se convertiría en un esqueleto sin carne, en una máquina monstruosa que parece humana pero puede ser ocupada de hecho por el demonio: máquina que no puedo considerar sin horror. En efecto, en tal caso, aquel inmenso poder que presta a un mortal la atadura omnímoda y total con que otro se le ha sujetado como si fuese al mismo Dios, moviéndose desordenadamente y sin el control del amor divino y el lubricante del afecto humano, puede producir estragos, puede torturar de una manera increíble; y yo no dudo que puede, permitiéndolo Dios, llegar al homicidio indirecto poco menos. La historia parece confirmarlo. Omnis, qui odit fratrem, homicida est (3).
En efecto, se produce el caso de la madre desnaturalizada, que es, dice Aristóteles, la bestia más cruel que existe: ¿Puede darse este caso? ¿Es posible esta desaparición de la caridad y la consiguiente aberración del poder en lo religioso? Helas, todo es posible al hombre corruptible y el mortal puede abusar de todo, incluso de la Eucaristía, como vemos en la Primera a los Corintios, XI. Esto, hablando en tesis. Hablando en concreto, me parece difícil que acaezca en nuestra Compañía, que parece conservar de San Ignacio una herencia persistente de nobleza y dignidad independiente de la eventual baja cuna o plebeyismo de tales o cuales superiores, y una de las contingencias más temibles de la ambición y el nimio apego al mando.
Sin embargo nuestros enemigos nos han descrito muchas veces con esa figura de máquinas inhumanas, autómatas inertes, conciencias mutiladas. No solamente poetastros delirantes como Eugenio Sué, sino hombres de talento, aunque adversos a nosotros, como Michelet, Quinet, Eduardo Estauniée, Boyd Barret, Aldous Huxley, se han aplicado minuciosamente a hacer grandes retratos odiosos de la Compañía como máquina destructora de la personalidad humana y fabricadora de horrendos "robots" con sotana. ¿Qué veían en ella para poder hacerlos? Veían las reglas sin el interior espíritu de amor y caridad. Veían lo que sería la Compañía si se violase en ella la Regla Primera. Veían lo que puede ser la Compañía de Jesús sin gobierno o con mal gobierno; y lo que tiene el deber gravísimo de evitar la Congregación Provincial y la Congregación General.
A las cuales asisto por medio de esta carta. Porque a mí, la voz pasiva me la podrá quitar el Provincial, pero la voz activa me la dio Dios. El que tiene boca, a Roma va, —dice el proverbio.
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III

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De la misma definición puesta arriba, se deduce la tercera de las propiedades de la obediencia, a saber: que ella ata al Superior lo mismo que al súbdito de tal modo que a causa de ella un mandón indiscreto, un inepto para dirigir, un superior sin luz puede cometer como una especie de profanación o sacrilegio. En efecto, los votos hacen al religioso, según Santo Tomás, "res sacra" (una cosa sagrada) a manera de los antiguos sacrificios. Dios mató a los profanos que comieron los panes de la proposición, que eran panes no consagrados, sino meramente ofrecidos a Dios por el pueblo.
Mi buen amigo el P. Prato O.M.R.C. desenvolvió discretamente esta doctrina de Santo Tomás en el retiro que dio a los PP reunidos para el Capítulo Provincial: probó que un religioso era más sacro que un cáliz, una patena o una custodia, con los cuales consta que se puede pecar aun gravemente por irreverencia o profanación. Es una custodia viviente: para él se han hecho todas las custodias de la tierra. Para el hombre se hizo el sábado.
Si a algo creado se puede comparar, sería a las mismísimas especies sacramentales, depositarías de Cristo. Porque por la gracia no solamente en él vivimos nos movemos y somos, sino que veramente "vivit vero in me Christus" (4); y por la profesión religiosa, somos simpliciter cosa e impersonación suya. Por eso es sacrilegio matar a un clérigo o poner en él violentas manos. Por eso también es profanación tratarlo .como animal o planta.
Ahora bien, el cordón umbilical (si licet) de esta transvitalización no es otro que el voto de obediencia; el cual por consiguiente agarrar con torpeza, manejar con descuido o izar con violencia es cosa gravísima. Usar del mandato bajo santa obediencia de cualquier manera, para cosas absurdas, irrazonables, fútiles, inútiles, inconsideradas o simplemente menores en volumen o ridículas en importancia, es pecado grave según todos los teólogos. Es pecado de irreverencia y desecración.
En la Primera a los Corintios San Pablo explica las frecuentes enfermedades y muertes prematuras de los fieles por las irreverencias y abusos vigentes hacia la Sagrada Eucaristía. De donde arguyen los teólogos que Dios castiga esta especie de pecados con flagelos corporales. "Ideo Ínter vos multi infirmi et imbecilles et dormiunt multi." (5)
Habiendo pues una analogía perfecta entre el Sacra¬mento y el sacro hombre que es el religioso, bien se puede temer en pura fe que un bajón en la pureza, la verdad y la caridad en el modo de mandar, la falta de justicia distributiva en el gobierno, y la flojera e impotencia en reparar las injusticias y las iniquidades, no atraigan el peso del brazo airado de Dios sobre las comunidades religiosas.
He de decirlo aunque sea grave: el terrible destino del Padre Abel Montes, el lento naufragio de esa fina y delicada personalidad —de la salud en la neurosis, de la neurosis a la demencia, de la demencia en la muerte trágica y desolada— pudo muy bien tener como causa las fallas de la caridad en la Provincia y el uso inconsiderable del mandato ciego.
No me consta. Pero tengo suficientes datos para creer, delante de Dios Nuestro Señor, que no es imposible. Y eso ya es bastantemente grave.
Si no me consta, ¿por qué lo digo? Porque debo decirlo. Para que no se me pudra dentro.
Sea ello como quiera, Deus scit, el caso es, AA. HH. míos, que estas consideraciones son verdaderas y no pertenecen al mundo de la estratosfera ni al planeta Marte; y me ha parecido expediente in Dómino hacerlas para mí primero y luego para quien quiera recibirlas.
Si nadie quisiera recibirlas: si la afición al ocultismo y el "tapujismo" vigentes en la Provincia echara tierra encima de esta luz que por el más indigno de sus hijos se hace patente, si los Rectores prudentes se creen con derecho e impedirme la "communicatio crebra" con mis carísimos Hermanos y Padres, después que se me ha excluido de la Congregación Provincial y se me ha difamado por nuestras casas, ¿creen que voy a morir por eso? Ni siquiera me van a parar, juro al cielo. Será peor para todos.
Invenciblemente non sine númine (6) me siento obligado a decir mi verdad, por la vía que me queda abierta, en el momento en que nuestra amada Provincia, como la Compañía toda y la Iglesia por entero se preparan, como dijo su Santidad Pío XII, AL FUTURO PRÓXIMO ENCUENTRO DE CRISTO CON EL MUNDO.
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En unión de oraciones sinceramente
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Professus Mínimus

Notas

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1 Cada uno está obligado a examinar sus actos según la ciencia que ha recibido de Dios, ya sea natural, ya adquirida, ya infusa: pues todo hombre debe actuar según la razón.
2 Quien a vosotros escucha, a mí me escucha (Lucas 10, 16).
3 Todo el que aborrece a su hermano es un asesino (I Juan 3,15).
4 Es Cristo quien vive en mí (Galatas 2,20).
5 Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos (1 Corintios 11,30).
6 No sin inspiración divina.

Padre Cornelio Fabro: el último filósofo


Cornelio Fabro (1911-1995), filósofo, religioso estigmatino y sacerdote nacido en Udine, Italia. Se le reconoce -entre otros méritos intelectuales- haber devuelto el tomismo a sus raíces y haberlo puesto en relación con el pensamiento moderno. Fue, además, uno de los primeros estudiosos del existencialismo, e introdujo en Italia la obra de Kierkegaard, que tradujo directamente del danés.

Magisterio

Fue ordinario de filosofía en la universidad de Perugia, también profesor en la universidad de Letrán y director fundador en la Universidad Urbaniana de Roma del Instituto de Historia del Ateísmo, que fue el primero de su género en Europa. También fue ordinario de filosofía en la facultad de magisterio en la universidad católica de Milán.

Obra

Su principal interés filosófico estuvo dirigido al estudio del acto de ser y de la conciencia, en una especie de diálogo de la filosofía moderna y contemporánea con los textos de Tomás de Aquino, que estudió con especial detalle. De estos estudios surgieron sus obras sobre la noción de participación y sobre la percepción, donde tomaba en consideración la así llamada Gestalttheorie y la relación entre pensamiento y percepción defendiendo su unidad. Sin embargo, su mayor aportación fue hacer ver que las influencias platónicas y aristotélicas en el pensamiento de Tomás de Aquino no eran eclecticismo ni simple paso de un sistema a otro, sino fruto de una síntesis que había enriquecido sobremanera el pensamiento de ambos filósofos griegos. Esto le valió una áspera discusión con el P. Pedro Descoqs, SI.
Luego dedicó su atención sucesivamente a los problemas típicos de la filosofía: Dios, el alma y el mundo (esto a través de rigurosos estudios sobre la historiografía cristiana).
Sin embargo, nunca dejó de lado el diálogo intenso y la confrontación con la filosofía moderna. Estudió el pensamiento de figuras como Kant, Hegel, Marx, Heidegger o Sartre, "no sólo para someterlos a una crítica severa, sino también para recoger aportaciones que pudieran enriquecer o estimular el pensamiento clásico", según observa un comentario publicado tras su muerte en L'Osservatore Romano. Tradujo y comentó obras de Kierkegaard haciendo ver la profunda inquietud religiosa del que era considerado antecesor del existencialismo contemporáneo.
El último período de su producción la dedicó a combatir la aplicación de filosofías heideggerianas a la teología, criticando agriamente a teólogos como Karl Rahner por intentar asimilar el pensamiento de Tomás de Aquino con el del filósofo alemán.
Murió acompañado por sus hermanos en religión en 1995.

Bibliografía

Obras de Fabro

• La nozione metafisica di partecipazione secondo S. Tommaso, Milán 1939.
• Partecipazione e causalità secondo S. Tommaso, Turín 1961.
• La fenomenologia della percezione, Milán 1941.
• Percezione e pensiero, Milán 1941.
• Neotomismo e neosuarezismo, Piacenza 1941.
• Introduzione all'esistenzialismo, Milán 1943.
• Problemi dell'esistenzialismo, Roma 1945
• Tra Kierkegaard e Marx, Florencia 1952.
• Problema di Dio, Roma 1953.
• La storiografia nel pensiero cristiano, Milán 1953.
• Problema dell'anima, Roma 1955.
• Dell'essere all'esistente, Brescia 1957
• Breve introduzione al tomismo, Roma 1960.
• Introduzione all'ateismo moderno, Roma 1961.
• L'avventura della teologia progressista, Milán 1974.
• La svolta antropologica di Karl Rahner, Milán 1974.
• Introduzione a san Tommaso, Ed. Ares, Milán 1983, ISBN 88-8155-142-X
• Le prove dell'esistenza di Dio

También dirigió una colección de Historia de la filosofía, publicada en Roma en 1954
Algunas obras editadas en español:

• El temple de un Padre de la Iglesia ( 2002 ) ISBN 978-84-321-3407-4
• Introducción al tomismo ( 1999 ) ISBN 978-84-321-3259-9
• Introducción al problema del hombre ( 1982 ) ISBN 978-84-321-2131-9
• Drama del hombre y misterio de Dios ( 1977 ) ISBN 978-84-321-1910-1
• Ludwig Feuerbach: la esencia del cristianismo ( 1977 ) ISBN 978-84-265-5311-9
• Percepción y pensamiento ( 1977 ) ISBN 978-84-313-0495-9
• La aventura de la teología progresista ( 1976 ) ISBN 978-84-313-0430-0
• Historia de la Filosofía ( 1965 ) ISBN 978-84-321-0233-2
• El pecado en la Filosofía moderna, ISBN 978-84-321-0827-3

Enlaces externos

Cornelio Fabro, pensador esencial
Universidad de Perugia
Universidad Urbaniana

fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Cornelio_Fabro

El Padre Cornelio Fabro fue amigo del Padre Julio Meinvielle, quien hizo el mayor elogio que se puede hacer a un filósofo diciendo mas o menos así: «es posible que después de siete siglos, tan sólo el Padre Fabro haya redescubierto la verdadera noción del esse ut actus escendi de Santo Tomás».


Mientras en su país natal continua su Opera Omnia, se ha anunciado ahora su traducción al español. Así lo explica Elvio Celestino Fontana, director del «Proyecto Cultural Cornelio Fabro» (www.corneliofabro.org), a Zenit.

Ya en 1966 se previó... Carta Pastoral de Mons. Antonio sobre la Aplicación de los Documentos promulgados por el Concilio Ecuménico Vaticano II


Ya en 1966 se previó...
Carta Pastoral de Mons. Antonio sobre la Aplicación de los Documentos promulgados por el Concilio Ecuménico Vaticano II


Al Revmo. Clero secular y regular, a las Congregaciones Religiosas femeninas, a la Venerable Orden Tercera de Nuestra Señora del Monte Carmelo, a las Asociaciones de piedad y apostolado, y a los demás fieles de la Diócesis de Campos.
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Salutación, paz y bendición en nuestro Señor Jesucristo
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Queridísimos Cooperadores y amados hijos.

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Padres de la Diócesis manifestaron el deseo de tener, por escrito, un comentario del Prelado diocesano sobre los documentos de la cuarta y última fase del Concilio Ecuménico Vaticano II. Esperaban que el Obispo les enviase una Pastoral al respecto, como lo hiciera al presentar la Constitución de la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los instrumentos de comunicación social, promulgados en la segunda fase conciliar, y al explanar, en la instrucción pastoral sobre la Iglesia, la Constitución Dogmática “Lumen Gentium”, cuya discusión se concluyó en la Tercera fase del gran Sínodo, y que trata del asunto central de este Concilio Ecuménico.
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Sucede que, en este último período conciliar, fueron promulgados nada menos que once Documentos, cada uno merecedor de estudio especial, y, en el entretanto, sintetizados todos en la Constitución “Lumen Gentium”. Así, de un lado, se hace casi imposible tratar de todos ellos en una Carta Pastoral; de otra parte, sus principios generales ya fueron expuestos en la Instrucción Pastoral sobre la Iglesia.
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No obstante, el término del Concilio nos convida a reflexionar sobre su naturaleza y finalidad, pues así será fácil comprender los Documentos promulgados, sin incidir en interpretaciones erróneas y peligrosas. Pensamos que semejante reflexión será de gran utilidad para la formación católica y para la eficacia de un apostolado de enfervorización cristiana y de expansión del Reino de Dios en el mundo, obligaciones que incumben a todo fiel.
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Enviamos, pues, esta Nuestra palabra de orientación a Nuestros queridísimos Cooperadores y amados hijos. Creemos con ella atender a la justa expectativa que Nos fue manifestada, y cumplir, también, Nuestro grave deber de Padre y Pastor de las ovejas que el Vicario de Cristo se dignó confiar a Nuestra vigilancia.
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Finalidad del Concilio: renovación, adaptación, ecumenismo
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Para comprender el Concilio Ecuménico Vaticano II, es preciso, antes de todo, tener presente la razón por la que fue convocado por el Santo Padre Juan XXIII, de venerable memoria, y continuado por el actual Papa, gloriosamente reinante, Pablo VI.
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Según el pensamiento de Juan XXIII, el Concilio no tenía por finalidad fijar algún punto controvertido de la doctrina católica. Su razón de ser era otra. Su misión era promover una enfervorización de la vida cristiana, mediante una adhesión más plena y más intensa a la verdad revenada, espléndidamente expuesta, sobretodo por los Concilios de Trento y del Vaticano I. En segundo lugar, el Concilio debería empeñarse por que esa doctrina, sin la menor mutilación, fuese estudiada y explanada según las exigencias de nuestros tiempos. Como fruto del esfuerzo conciliar, el Papa esperaba promover aquella unidad mandada por Dios Nuestro Señor, que desea la salvación de todos los hombres mediante la adhesión a la verdad revelada.
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Ya en su primera Encíclica, Juan XXIII habla sobre la finalidad y las esperanzas del Concilio. Se expresa, entre tanto, como por lo demás era de esperarse, de modo más explícito en la Alocución con que inauguró el gran Sínodo el 11 de octubre de 1962. Este es el tópico de su oración referente más directamente al propósito del Concilio: “El objetivo esencial de este Concilio no es la discusión sobre este o aquel artículo de la doctrina fundamental de la Iglesia (...). De hecho, para tales discusiones, no era menester un Concilio. Presentemente, lo necesario es que toda la doctrina de la Iglesia, sin mutilación, transmitida con aquella exactitud que aparece espléndidamente sobretodo en los conceptos y exposición con que la redactaron los Concilios de Trento y del Vaticano I, sea en nuestros tiempos, por todos aceptada con adhesión nueva, calma y serena; es necesario que, como anhelaron ardientemente todos los sinceros fautores del Cristianismo católico y apostólico, la misma doctrina sea conocida más amplia y más profundamente, de manera a formar las almas, impregnándolas plenamente; es preciso que esta doctrina, cierta e inmutable, a la cual se debe obsequiosa obediencia, sea investigada y expuesta del modo que nuestros tiempos exigen (...). Sin el auxilio de la doctrina revenada, en su integridad, no pueden los hombres realizar una firme y perfecta unión de las almas, unión a la cual está ligada la paz verdadera y la salvación eterna” (AAS 54, pp. 791-793).
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El actual Pontífice, al resolver reabrir el Concilio Vaticano II, en carta al Emmo. Cardenal Eugenio Tisserant, Decano del Consejo de Presidencia del Sínodo Ecuménico, confirmó la meta conciliar establecida por su Augusto Predecesor, acrecentando, en la parte relativa a la exposición de la doctrina católica, los Concilios precedentes y el Magisterio ordinario de la Iglesia. Estas son sus expresiones: “Es necesario que la doctrina de la fe, cierta e inmutable, declarada o definida por el supremo Magisterio de la Iglesia y por los Concilios anteriores, sobretodo por el de Trento y por el Vaticano I, a la cual se debe obsequiosa obediencia, sea expuesta de manera adaptada a nuestros tiempos, para que así se torne más fácil a los hombres de nuestra época el acceso a las verdades revenadas y a la salvación realizada por Jesucristo” (AAS 55, p. 742).
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En fin, la Constitución sobre la Liturgia, primer Documento conciliar promulgado, no su parágrafo inicial recuerda la pluriforme meta del Sagrado Sínodo: enfervorización de la vida cristiana entre los fieles; mejor adaptación a las necesidades de nuestra época, de las instituciones pasibles de cambio; fomento de todo cuanto pueda contribuir para a unión de todos los cristianos; fortalecimiento de todo cuanto pueda conducir a todos los hombres al seno de la Iglesia. (cf. AAS 56, p. 97).
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Jerarquía de los fines. Primacía de la renovación espiritual
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Entre los fines propuestos al Concilio Ecuménico Vaticano II, hay una jerarquía. Juan XXIII lo enunció claramente desde su primera Encíclica “Ad Petri Cathedram” (AAS 51, p. 511). El fin primordial, base y fundamento de los demás, es la renovación íntima del fiel, según el espíritu y el ejemplo de Jesucristo. De hecho, cualquier adaptación de la Iglesia a los tiempos modernos solo puede ser concebida, y fructuosamente realizada, si procede de una renovación espiritual, según los moldes fijados por el Divino Maestro. Cualquier otra adaptación no tendrá el cuño y la autenticidad cristiana.
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Por, eso, Pablo VI puede declarar que la renovación de la vida individual, doméstica y social constituyó el “único fin del Concilio” (Motu propio “Mirificus Eventus” – ed. Typ. Vat., 1965, p. 3); y esa renovación, la entiende como un cambio íntimo, mediante la virtud de la penitencia, la frecuencia de los Sacramentos, el ejercicio de las demás virtudes cristianas, gracias al influjo sobrenatural obtenido en el Sacrificio y en la Mesa eucarísticos, la voluntad firme de imitar a Jesucristo crucificado, y el celo por la dilatación del Reino de Dios (ib., pp. 4-5).
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Iglesia Militante
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No obstante, la meta principal del Concilio, y fundamento de cualquier adaptación auténtica, va siendo relegada al olvido. Se acentúa más el “aggiornamento”, la adaptación a los tiempos actuales, y el ecumenismo, el empeño por la unión de todos los que se glorían del nombre cristiano.
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En semejante hecho, percibimos la presencia del enemigo de Jesucristo, de la Iglesia, de las almas, el demonio que ronda buscando a quién devorar (cf. 1 Ped. 5,8) y anda por el mundo para perder las almas (cf. oración a San Miguel ordenada por León XIII para después de las Misas rezadas).
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La acción del príncipe de este mundo (cf. Jo. 14,30), Queridísimos hijos, no pensemos que se haya retraído frente a la realización del Concilio Ecuménico. Antes, por el contrario. Viendo que la Iglesia se reorganiza nuevamente, y se lanza a la lucha, con mayor ardor, en la realización de la voluntad de su Divino Fundador, revigoriza él también sus huestes, se vuelve más perspicaz, más astuto, redobla sus astutos manejos para impedir el triunfo de Aquel que vino a la tierra para vencerlo (cf. Jo. 16, 33).
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Infelizmente, uno de los grandes peligros que amenazan la salvación de las almas y la paz en el mundo es el debilitamiento de la fe en la existencia del demonio, o la negación, pura y simple, de que haya ángeles malos. Podemos considerar como gran victoria de Lucifer el haber conseguido que la sociedad actual lo ignore: los fieles por tibieza y apego a las comodidades de la vida, los demás por dejarse capturar por una concepción materialista de la existencia. En tales condiciones, el enemigo del género humano tiene una libertad de acción desconocida en tiempos pasados, de fe viva y ardiente. No sin motivo, Juan XXIII, entre los artículos del Sínodo Romano, consignó uno (art. 237) que recomienda tengan presente los fieles que el demonio, príncipe de este mundo, está continuamente actuando en el sentido de perder las almas, y de estorbar la dilatación del Reinado de Jesucristo, ya que no puede impedirlo del todo.
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Actual estrategia del enemigo
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Estamos, por tanto, empeñados en una lucha desigual que con la realización del Concilio Vaticano II, pasó a ser aún más ardua. En efecto, en esta batalla, para vencer, es preciso no perder de vista los ardides con que actúa el enemigo. A semejanza de las quintas columnas, es al interior que procura minar la resistencia de la Iglesia. En el caso actual, intenta fomentar largamente el programa trazado por el Concilio, vaciándole, sin embargo, el contenido. Es lo que hace, enalteciendo una adaptación de los fieles a los tiempos presentes, desligada de su imprescindible base, la renovación interna de la vida cristiana, y empeñándose por que la Iglesia se ajuste enteramente al modo de pensar y ser del mundo de hoy.
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La advertencia es del Santo Padre gloriosamente reinante. De hecho, Pablo VI, en la alocución del 18 de noviembre del año pasado, pronunciada en sesión pública del Concilio, observó que la adaptación a nuestros tiempos, tan deseada por Juan XXIII, y meta conciliar, está siendo tomada en un sentido que importaría en la negación de la obra de Jesucristo. Estas son sus palabras: “Es este el tiempo de la verdadera adaptación, preconizada por Nuestro Predecesor, de venerada memoria, Juan XXIII, que a esta palabra no quería ciertamente atribuir el significado que algunos pretenden darle, como si fuese lícito considerar de acuerdo con los principios del ‘relativismo’, y según la mente profana, todo en la Iglesia de Dios: dogmas, leyes, estructuras, tradiciones. Por el contrario, con su ingenio agudo y firme, tenía él [Juan XXIII] el sentido de la estabilidad doctrinaria y estructural de la Iglesia, de tal forma que hacía de esa estabilidad el fundamento de su pensamiento y de su acción”. (“Osservatore Romano”, edición del 19 de noviembre de 1965, p. 1, col. 7).
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El trecho citado muestra como el Papa está preocupado con el vaciamiento de la meta conciliar. Y notemos, Queridísimos hijos, que el Santo Padre no habla de la posibilidad de una falsa comprensión del tan anhelado “aggiornamento”; sino que llama la atención sobre la existencia de una falsa interpretación del Concilio, como si la Iglesia hubiese renunciado a la inmutabilidad de su doctrina, de su estructura fundamental, del valor salvífico de sus tradiciones, para lanzarse al mar revuelto de la evolución que desvaría a los hombres de hoy, y les hace creer que nada, absolutamente nada, hay de perenne y eterno que se imponga al espíritu humano.
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La adaptación y el crecimiento de la Iglesia
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La adaptación a nuestros tiempos indica ciertamente una novedad en la manera de actuar de la Iglesia, un crecimiento del cuerpo místico de Cristo; no, por eso, una renuncia al pasado, o un cambio radical. La Iglesia, de hecho, es un organismo vivo, cuya alma es el Espíritu Santo. Crece como todo organismo vivo. Pero no cambia. Es como el ser animado, que se enriquece con los años porque su naturaleza se desdobla en nuevas manifestaciones de vida, conservando, sin embargo, siempre la misma naturaleza, la misma esencia. Así, la doctrina y los preceptos confiados por Jesucristo a la Iglesia, y, como consecuencia de ellos, la parte fundamental de su modo de ser, consignado en sus tradiciones. Pueden, doctrina, preceptos, tradiciones, usos, en el decurso del tiempo, mostrar aspectos antes desconocidos. Esos aspectos, entretanto, no pueden ni siquiera implícitamente, negar la doctrina o contradecir la moral que constituyen el Depósito sagrado entregado a la guarda vigilante e infalible de la Iglesia. Pero juzgar que pueda haber una doctrina moderna, católicamente auténtica, que no florezca de la tradición, como las ramas surgen del tronco, es tener de la Iglesia una noción falsa, y rebajar las grandezas de los misterios de Dios a las miserias de las fluctuaciones humanas.
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La doctrina del crecimiento orgánico de la Iglesia hace parte de la tradición católica. Fue admirablemente expuesta por San Vicente de Lerins, en el siglo V, en su “Commonitorium” (n. 28), y la expresión del Lerinense se volvió clásica. Repetida en todos los tratados sobre la Iglesia, fue consagrada en el Concilio Ecuménico Vaticano I (ses. III, cap. 4). Pablo VI, como no podía dejar de ser, se mantiene fiel a la misma tradición. Diríamos que el actual Pontífice se muestra hasta muy preocupado por que se conserve intacta en el mundo conturbado de hoy. El Papa del diálogo con toda suerte de personas, para ganar todos a Cristo (cf. 1 Cor. 9, 19), teme que semejante actitud apostólica venga a ser mal comprendida. Así, en su primera Encíclica, “Ecclesiam Suam”, especialmente en la segunda parte, que trata de renovación de la Iglesia, retorna varias veces sobre este punto: a hacerse no por una acomodación al modo de actuar y pensar modernos, sino por una fidelidad mayor a la austeridad cristiana, predicada por Jesucristo. Solo la imitación fiel del Divino Salvador podrá tornar al cristiano capaz de asimilar lo que de bueno se pueda encontrar en el mundo actual (cf. AAS 56, p. 626 ss.).
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Idéntica preocupación de aliar la adaptación de la Iglesia en el mundo moderno a la renovación interior, por la asimilación de los ejemplos de Jesucristo, expresó Pablo VI en la Alocución del 18 de noviembre que arriba citamos, en la que dice el Papa cómo entiende el “aggiornamento”: “Nos pensamos – dice el Santo Padre – que la nueva psicología de la Iglesia debe desenvolverse en esta línea: Clero y fieles encontrarán magnífico trabajo espiritual a que entregarse para la renovación de la vida y de la acción, según Cristo Nuestro Señor. Y para la realización de ese trabajo, convidamos a Nuestros Hermanos y Nuestros hijos: aquellos que aman a Cristo y a la Iglesia, para que, en unión íntima con Nosotros, hagan la profesión de la verdad, según la doctrina que Jesucristo y los Apóstoles nos transmitieron. Acrecienten a esa profesión el celo por la disciplina eclesiástica y por la unión profunda y cordial que nos confirme como miembros del cuerpo Místico de Cristo” (“Oss. Rom.” Cit., p. 2, col. 1).
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Renovación y crecimiento
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Con la renovación profunda de la vida cristiana, se alía fructuosamente el esfuerzo por asimilar, en la tradición católica, lo que haya de bueno en el modo de ser del hombre de hoy. Fue así, asimilando lo que era pasible de integrarse en la vida cristiana, que la Iglesia actuó al evangelizar los pueblos bárbaros, y, más recientemente, las naciones aún paganas. Es así que Ella ostenta su inagotable vitalidad, su crecimiento, su capacidad de purificar y animar a la sociedad en cuyo seno se encuentra.
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Misión que no es fácil, pues la Iglesia está envuelta, “como por ondas de un mar”, por las transformaciones continuas que afectan los pensamientos y lo íntimo de las almas, y le crean una amenaza capaz de poner en peligro la solidez de su propia estructura (cf. Enc. “Ecclesiam Suam” – AAS 56, p. 618). Esos mismos hechos llevan a mucha gente a abrazar las opiniones más singulares, como si la Iglesia debiese abandonar su misión, y adoptar modelos de vida del todo nuevos e inesperados (cf. loc. cit.). Debe, pues el fiel premunirse contra semejante tentación, empeñándose cotidianamente por una fidelidad siempre mayor a la doctrina, al espíritu y a los ejemplos del Divino Salvador, manteniendo viva en el corazón la exhortación de San Pablo: “No os conforméis con este mundo, sino transformaos con la renovación de vuestro espíritu, a fin de acertar cual es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que Le agrada y lo que es perfecto” (Rom. 12, 2).
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No nos engañemos. Son los santos que reforman el mundo. Condición indispensable para cualquier adaptación católica auténtica es la renovación, la reforma de vida, según el Divino Crucificado. Predicamos, decía San Pablo, “Jesucristo crucificado, para los elegidos, ya sean judíos, ya griegos [esto es, de cualquier nación o categoría social], poder y sabiduría de Dios” (1 Cor. 1, 23-24). Para el individuo, como para la sociedad, fuera de Jesucristo no hay posibilidad de salvación, pues en la tierra no fue dado a los hombres otro nombre en el que alguien pueda salvarse. (cf. At. 4, 12).
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II
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Propended, por tanto, queridísimos hijos, en el orden práctico de las cosas, como hacer para haceros aptos a la realización de los fines queridos por el Concilio Vaticano II. Se trata de alguna empresa ardua, como podéis ver por las advertencias del Santo Padre y del Apóstol, que arriba recordamos. De otro modo, ya el Divino Maestro nos advierte contra las ilusiones de una salvación fácil, al declarar que el “camino de la vida es angosto” y que “su puerta es estrecha” y “pocos entran por ella” (Mat. 7, 14).
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El Decreto “Apostolicam Actuoritatem”, sobre el apostolado de los laicos, promulgado en el Concilio, afirma que “en nuestros tiempos se propagan gravísimos errores que se empeñan en destruir por la raíz la Religión, el Orden moral y la propia sociedad humana: hac nostra aetate (...) gravissimi grasssantur errores qui religioni, ordini moralem et ipsam societatem humanam evertere nituntur” (cap. II, n.º 6, ad finem).
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Los errores actuales: El relativismo
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¿Cuáles son esos gravísimos errores?
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El Santo Padre, en la Alocución del 18 de noviembre, habló del “relativismo”. Ya en la Encíclica “Ecclesiam Suam” señalara el mismo peligro a que estaban expuestos los fieles en el mundo actual.
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Podemos decir que el relativismo es una de las características del modo de pensar del hombre moderno, de manera a constituir una verdadera tentación para los católicos entregados al apostolado en la sociedad de hoy.
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De hecho, uno de los dogmas de la ciencia y de la filosofía dominantes es la evolución. Todo marcha para el frente, sin meta determinada, por eso, y sin continuidad con el pasado; antes, afirmando los nuevos pasos sobre los destrozos de lo que precedió. Como dice el Papa, nada se admite de inmutable y permanente.
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Dogmas, preceptos, costumbres
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Objetivos visados por el ímpetu destruidor del relativismo son, en las palabras del Santo Padre, los dogmas, las leyes y las tradiciones católicas. Podemos ver, en esa enumeración, la indicación de los grados sucesivos de la acción corrosiva a la que la filosofía moderna somete el edificio secular de la Iglesia de Cristo.
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La Iglesia, en efecto, es un todo, uno y orgánico, cuya vida está íntegramente en la dependencia de las verdades de la fe. Son los dogmas que fundamentan la Moral, que constituyen la razón de ser de las leyes, de los preceptos. Estos, siempre en la misma línea de coherencia, dan origen a los hábitos, costumbres, tradiciones. De suerte que toda la estructura de la formación católica envuelve tres elementos: la fe, o sea, las verdades reveladas, dócilmente aceptadas; los preceptos impuestos por esas verdades, seriamente practicados; y las costumbres, la manera de ser y actuar decurrente de esos preceptos.
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El Divino Maestro ilustró esta doctrina, comparando al fiel al hombre que construye sobre la roca. Su casa resistió a los vientos y a las tormentas porque estaba afirmada sobre la palabra de Dios vivida en la existencia cotidiana: “Aquel que oye mis palabras y las pone en práctica es semejante a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, vinieron las inundaciones, soplaron los vientos y envistieron contra aquella casa: ella, por eso, no cayó, porque estaba edificada sobre la roca” (Mat. 7, 24-25). al contrario, el hombre que abandona los principios, las ideas, las verdades de la fe, queda entregado al sabor de las pasiones que, como arena movediza, causan la ruina del edificio construido sobre ellas: “Pero, aquel que oye mis palabras y no las pone en práctica es semejante a un hombre insensato que construyó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, vinieron las inundaciones, soplaron los vientos y envistieron contra aquella casa, y cayó y grande fue su ruina” (Mat. 7, 26-27).
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Los dogmas son el fundamento de la vida cristiana. Vaciado su contenido por el relativismo de la filosofía moderna, se desarticula la Moral. No habiendo solidez en los principios, las normas del comportamiento quedan sujetas a los caprichos de las pasiones. Y estas crean el ambiente a su imagen y semejanza.
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Importancia del ambiente

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Como hay una articulación lógica entre los elementos constitutivos de la mentalidad católica, se puede, a través de uno, conocer los otros. Así, a fe en la providencia genera el despego de los bienes terrenos; la manera como se presenta un fiel manifiesta la convicción íntima de su dignidad de hijo de Dios; la condescendencia mayor o menor con los usos y costumbres sensuales de la sociedad de hoy denuncia el grado de aprecio en que la persona tiene la santa virtud; como la fluctuación, sin motivo y sin resistencia, al sabor de la moda es señal de carencia de convicciones, de falta de personalidad.
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En el conjunto de los elementos constitutivos de la formación católica, no hay duda de que el dogma tiene primacía. En el orden práctico, entretanto, especialmente en el apostolado, la manera de ser, de presentarse, de actuar tiene singular importancia.
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La Escritura nos dice que “por el semblante se reconoce un hombre, por el su aspecto se reconoce un sabio. Los vestidos del cuerpo, la risa de los dientes y el modo de andar de un hombre dicen lo que es” (Ecli. 19, 26-27). Si es por los vestidos, por la sonrisa, por el andar, que se reconoce a un hombre sensato, es igualmente por su modo de ser que irradiará en torno de sí un ambiente sensato. La manera habitual de ser viene a constituir el elemento más eficaz para hacer triunfar una idea, para llevarla a impregnar una sociedad, sin que esta a veces lo perciba.
Son esos hábitos, al lado de otras pequeñas cosas, que crean el ambiente propicio para germinar la simiente de una doctrina. Hace muchos años atrás, hubo en San Pablo una exposición de arte moderna que constituyó un éxito singular para sus promotores, por el número de visitas y ventas con que contó. Remarcaba, en la ocasión, un comentarista que a exposición tuvo un éxito social mucho mayor que el comercial. Pues mucha gente de tradición llevó para su casa cuadros de los pintores modernos. No, evidentemente, para tirarlos en una bodega. Sino, para exponerlos. ¿Donde? En una sala adornada ya con el retrato al óleo de algún antepasado, con la nobleza y la austeridad de los antiguos. Después de algún tiempo, la dueña de la casa percibirá la imposibilidad de mantener juntas dos pinturas tan discordantes. Y... el antepasado se alojará en la bodega. La sala, con eso, habrá cambiado de ambiente. Pasará a permitir lo que antes la censura muda de la austeridad antigua, irradiada por el retrato del antiguo jefe de familia, hacía inadmisible.
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Nadie negará el valor a esa conclusión. Son las pequeñas cosas que crean los ambientes. No solamente las inanimadas, como en el ejemplo anterior, sino principalmente la manera de ser de las personas que o se conforman con el ambiente en que viven, o contribuyen a formar un ambiente nuevo. La sabiduría antigua resumía ese mundo de imponderables en el famoso adagio: “Verba volant, exempla trahunt”.
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La Herejía difusa

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No es necesario observar que el “príncipe de este mundo” de eso tiene conocimiento perfecto, y podemos anticipar que es a través de los ambientes que ejerce su dominio sobre su principado, especialmente en los días que corren.
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De hecho, el tiempo de las herejías claras pasó. Ellas hicieron el mal que el sembrador de la cizaña deseaba causar: dividieron el campo del Padre de familia. Ahora se trata de infeccionar la parte sana. Es necesario actuar con astucia. No ostentar lo horrendo de la cara; sino disimularla, de suerte que no sea desde el principio percibida. Es lo que obtiene por medio de la herejía difusa, que sin concretizarse en proposiciones explícitas, está subyacente y operante en la manera de ser del común de los hombres de hoy, y, a través de la sociedad, se infiltra en los medios católicos.
Es patente que la herejía difusa, que impregna el ambiente moderno, hace aún más ardua y casi neutraliza la acción de la Iglesia. Por lo mismo que es difusa, es difícil precisarla en contornos bien definidos que faculten descargar sobre ella el argumento claro que convence la inteligencia, y mueve la voluntad a detestarla. Y hoy, un pacifismo generalizado, en el cual hay una idiosincrasia no solamente con relación a las guerras sangrientas, sino a cualquier divergencia más puntiaguda, ocasiona, a gran escala, la propagación de la herejía difusa que actualmente es el mayor obstáculo a la implantación del Reino de Jesucristo en la sociedad. Creemos no errar viendo una alusión a la herejía difusa en el trecho de la Encíclica “Ecclesiam Suam”, en que el Papa describe la Iglesia envuelta como por ondas del mar que Le ponen en peligro las propias estructuras, y llevan a mucha gente a pensar que Ella deba abandonar su misión, para ajustarse a modos de ser bizarros, de todo inesperados. (cf. AAS 56, pp. 617-618).
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Convergencia entre la herejía difusa y la mentalidad del hombre actual
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La existencia de la herejía difusa, y su concordancia con la mentalidad del hombre de hoy, son atestadas por teólogos de las corrientes más diversas, y, por eso mismo, autónomos entre sí.
Así, el boletín de la “Fraternité de la Très Sainte Vierge”, que se publica en Atenas, Grecia, en su número de septiembre de 1962, nos habla de la “amplia ola de herejía difusa en la Iglesia”, que habría “aumentado mucho en los últimos años”, como fruto de un deseo desordenado de “interminables adaptaciones de lenguaje y conceptos a los criterios naturalistas e históricos, a la relatividad fundamental de la filosofía profana”, las cuáles terminaron en la formación de una mentalidad errónea que, “sin atacar directamente las formulas dogmáticas, tiende a transformar el misterio de la Encarnación y de la Iglesia, y a desviar la esperanza de la Eternidad hacia la historia” (apud “Sanctifier”, octubre de 1965, pp. 6-7 – señalados nuestros). Más adelante continúa el mismo boletín: “Esta alianza en el error, que surge en todos los campos, prueba que no se trata de una cuestión de ideas, sino de un impulso de liberación, de rompe de grillos, de un deseo de libertad profana y de un deseo de reconciliación, a cualquier precio, con la naturaleza corrompida, pero sin la cruz; fue este impulso de rebelión que permitió la invasión general del evolucionismo y del relativismo que terminan por introducir en la Iglesia una especie de fenomenología cristiana” (ib., p. 7).
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Los mismos conceptos, la misma verificación de la herejía larvada y de una concordancia entre esa especie de herejía y las aspiraciones del hombre moderno vamos a encontrar, expresados de modo más explícito en un teólogo reconocido como de los medios progresistas. Carlos Rahner, jesuita alemán, en su obra “Was ist Haeresie”, así describe la situación de la Iglesia frente al mundo moderno: “... El hombre de hoy vive en un espacio existencial (...) determinado por actitudes, doctrinas, tendencias que deben ser calificadas como heréticas contrastando con la doctrina evangélica. No es preciso que toda esa masa herética, de que el espacio existencial de todo hombre está influenciado, llegue necesariamente a objetivarse en proposiciones teoréticas. Semejante cripto-herejía está viva inclusive en la Iglesia (...). ese tipo de herejía (que no tiene necesidad, para existir, de ser temáticamente explícito) puede encontrarse en todos los miembros, aún en los representantes de la dirección jerárquica”. Significa Rahner con estas palabras que el veneno de la herejía larvada es tan sutil que puede infiltrarse aún en los miembros de la Jerarquía Eclesiástica. Continúa el teólogo jesuita: “El carácter implícito de la herejía latente entre los propios miembros de la Iglesia encuentra un extraño aliado en el hombre de hoy”.
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Neomodernismo
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Iguales consideraciones llevaron al teólogo suizo, Cardenal de la Santa Iglesia, Charles Journet a escribir en 1965 que “la crisis actual es ciertamente más grave que la del ‘modernismo’”. No estaría fuera de la verdad quien afirmase que la crisis actual, esencialmente, no difiere de la crisis modernista, pues es el mismo relativismo modernista que se volvió más actuante, que penetró más profundamente en los espíritus de hoy. “un día, acrecienta el mismo Emmo. Cardenal, los fieles despertarán y tomarán conciencia de que fueron intoxicados por el Espíritu del Mundo” (apud “Sanctifier”, octubre de 1965, p. 6).
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El papel de los modernistas en la herejía difusa
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Podríais preguntar, queridísimos hijos, cómo fue que se creó semejante situación para la Iglesia en la sociedad moderna.
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San Pió X, en el Motu propio “Sacrorum Antistitum”, de 1.º de septiembre de 1910, declara que, inclusive después de la condenación, los modernistas continuaron a agruparse y a reunir adeptos en sociedad secreta (cf. AAS 2, p. 655). El fin del pontificado del gran Santo y la primera guerra mundial impidieron una acción más eficaz contra la difusión del espíritu modernista y sus corifeos. Pudieron, pues, los modernistas, sirviéndose de sus asociaciones secretas, minar la estructura de la sociedad e infiltrarse en los medios eclesiásticos, para crear ahí el ambiente de la herejía difusa.
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Además, la idea de una herejía larvada les pertenece pleno derecho. Fueron ellos, según testimonio de San Pió X, quienes introdujeron el sistema de las medías verdades, esparciendo sus errores como cosas desconexas, cuando hipócritamente ocultaban su pensamiento sistemático y coherente afirmado en una concepción de la Religión, de la fe, del dogma y de la Iglesia, diametralmente opuesta al depósito de la Revelación, y basada en el mismo relativismo hoy reprobado por el Magisterio eclesiástico.
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El papel de los medios de comunicación social
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Nada, pues, impide que culpemos a los modernistas por la actual crisis en materia religiosa. Ni contradice semejante suposición el que Pablo VI haya responsabilizado a los instrumentos de comunicación social como fautores de la difusión del aire pestilente de la herejía en la sociedad y en medios eclesiásticos. Pues, de hecho, el actual Pontífice, en Carta dirigida al Maestro General de los dominicanos, el 30 de junio del año pasado, declaraba: “en nuestros tiempos una manera secularizada y liviana de pensar y actuar, propagada por toda parte por los varios medios de comunicación social, procura penetrar hasta en el recinto de los conventos” (ap. “Itinéraires”, n.º 99, p. 91).
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En nuestra Instrucción Pastoral sobre la Iglesia, del 2 de marzo de 1965, mostramos cómo la prensa, al acompañar la realización del Concilio Ecuménico, sirvió muy bien a los designios del modernismo, procurando debilitar en el corazón de los fieles el amor y la confianza con referencia a la autoridad y al celo del Romano Pontífice (cf. doc. cit., cap. VI).
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Esa desobediencia es, “enfermedad particularísima de nuestra época” (Pablo VI, Carta citada), una característica de los modernistas – pueblo de cabeza dura (cf. Ex. 32, 9) – que perpetua en la tierra el orgullo de la primera desobediencia, lleva al hombre a confiar en sí mismo, lo hace olvidar el pecado original, lo sumerge en el naturalismo y le predispone el espíritu para acoger toda herejía.
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III
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En nuestra Instrucción Pastoral sobre la Iglesia mostramos la infiltración del espíritu modernista, en a rebelión manifiesta contra la estructura monárquica de la Iglesia, en el combate a las devociones particulares, especialmente el Rosario de la Bienaventurada Virgen María.
Nos corresponde ahora señalar como, en la aplicación de los documentos conciliares, no raramente se procura dar a esos Documentos una interpretación que choque el sentimiento religioso tradicional del fiel, dejando revolotearle en el espíritu, medio confusamente, que la Iglesia no goza de aquella infalibilidad que para él fue siempre una base segura de su fe.
“Salvo derecho particular, manténgase el uso del latín en los ritos latinos” (Const. “de Sacra Liturgia”, 36, § 1)
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Obsérvese, por ejemplo, lo que se pasa, en muchos lugares, con la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia en lo que se refiere al latín.
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En la Iglesia Occidental y en las por fundadas esta, el latín fue siempre considerado por los fieles como lengua de la Iglesia. Veían ellos en el latín la envoltura sagrada de un misterio sagrado. En el latín admiraban la unidad de la Iglesia que congraciaba en la misma lengua a los pueblos más distantes por los usos, costumbres e idiomas. Atendiendo a todas estas razones, y a otras más que fueron expuestas en las Congregaciones generales del Concilio, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia mandó que se conservase el uso del latín en los ritos litúrgicos de la Iglesia Latina. Teniendo en vista, entretanto, el eventual beneficio de los fieles, permitió el uso del vernáculo en varias partes de los ritos sagrados, especialmente en las lecciones, amonestaciones, en algunas oraciones y cánticos (Const. “de S. Lit.” 36, § 2). Lo que vale también del Sacrosanto Sacrificio de la Misa. Manda, por eso, el Concilio que se providencie a que el fiel pueda decir o cantar también en latín las partes del Ordinario de la Misa que le competen (Const. “de S. Lit.”, 54).
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A la vista de lo expuesto, sería normal un empeño por que los fieles se habituasen al latín, y, ahora, más de dos años después de la promulgación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, debería ser común verlos en muchos lugares ya habituados a dialogar la Misa en latín. ¿Es lo que vemos?
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La determinación general de la Constitución, declarando que el uso de la lengua latina debe ser conservado en los ritos de la Iglesia Latina, normalmente tendría como consecuencia que, sin motivo razonable, no se emplease el vernáculo, y, de otro lado, se favoreciese lo más posible el conocimiento del texto latino de los libros litúrgicos por parte del pueblo. Lo que notamos, en muchos lugares, es una campaña para hacer olvidar el latín. En breve los fieles no tendrán más facilidad para obtener el texto latino de los ritos Sagrados de la Iglesia Latina. Pues siempre se generaliza más la costumbre de ponerles en las manos únicamente texto en vernáculo.
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Se verifica, por lo tanto, lo inverso de lo que manda la Constitución. Según el Documento conciliar, se debería facilitar el uso del latín, pues es la lengua oficial del rito latino. En la realidad, como aplicación de esta Constitución, se dificulta el uso de la lengua oficial de la Liturgia romana. Convengamos que tal manera de actuar no contribuye para la edificación de los fieles.
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Importancia de la parte disciplinar
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Es verdad que estamos en campo disciplinar, donde puede haber variaciones. Sin embargo, obsérvese, primero, que el campo disciplinar no es libre. En él también nos debemos atener a las decisiones de la Santa Sede. Y la Liturgia es cosa sagrada, diremos sacratísima, por cuanto se trata de la finalidad para la que fue formada la Iglesia del Sagrado costado del Divino Redentor: la alabanza y el culto al Dios Altísimo, a la Trinidad Santísima. Por eso, nadie, ni siquiera el Sacerdote, dice la Constitución conciliar, debe osar introducir en ella modificaciones según su albedrío (Const. “de S. Lit.”, 22, § 3). Está sujeta a la Santa Sede, y, dentro de los límites por ésta establecidos, a las Conferencias Episcopales, y a los Obispos Diocesanos. En segundo lugar, es de mal espíritu, y denuncia la tendencia a sobreponer el propio juicio al de la Sagrada Jerarquía, considerar de menos las cuestiones disciplinares. En estas se manifiesta también el espíritu de la Iglesia, y, por tanto, lo que la Iglesia tiene de esencial. Podemos aplicar a tales cuestiones lo que arriba adujimos de la Sagrada Escritura sobre las relaciones entre lo exterior del hombre y sus disposiciones internas. No sin motivo, el Concilio de Trento, reconociendo sin embargo la necesidad de cuidarse de que los fieles sepan lo que se realiza sobre el altar, afirmó el uso del latín contra los innovadores del tiempo (cf. sess. XXII, cap. 8 e can. 9); igualmente por razón ponderable el reciente Concilio mantiene el latín como lengua oficial del rito latino. A su turno, algún motivo llevaba a los jansenistas a oponerse tan tenazmente a esas manifestaciones disciplinares: idioma propio para los actos litúrgicos, la presentación de imágenes en las Iglesias, multiplicidad de Misas en el mismo templo, etc. (cf. Sínodo de Pistoya).
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Con los ejemplos tomados en la manera de actuar de los jansenistas, tocamos otros puntos que juzgamos conveniente comentar con Nuestros amados hijos, no va y sea que vengan a entender mal el espíritu del Vaticano II.
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El canto gregoriano
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Relacionado con el latín, está el canto gregoriano. Para muchos entendidos, este último no se ajusta al vernáculo; de donde, que la creciente substitución, en la Liturgia, del latín por los idiomas nacionales tendría como consecuencia el alejamiento progresivo del canto gregoriano. Aunque así no fuese, aunque esos entendidos se hubiesen engañado, es cierto que el canto llano va teniendo el mismo destino que la lengua oficial de la Liturgia romana. Y talvez por el mismo motivo, por el mismo gusto de novedad, o por el fondo de rebeldía contra todo lo que es consagrado por la Tradición de la Iglesia, fondo de que hablaba el Santo Padre, Pablo VI, en la Carta al Maestro General de los Dominicanos, que citamos arriba.
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Entre tanto, la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia mantiene, en su artículo 116, la prescripción tradicional sobre la música litúrgica: “La Iglesia, dice la Constitución, reconoce el canto gregoriano como el canto propio de la liturgia romana; el cual, por tanto, en paridad de condiciones, tiene la primacía” (AAS 56, p. 129).
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La melodía gregoriana, enseña San Pío X, contiene, en grado supremo, las cualidades de la música sacra (cf. Motu proprio “Tra le Solicitudini”, de 22 de noviembre de 1903, II), esto es, envuelve el texto litúrgico, propuesto a la inteligencia de los fieles, de manera a auxiliarlos en la devoción, y así a disponerse mejor para recibir los frutos de la gracia, obtenidos en la celebración de los Santos Misterios (ibid., I) tienen, pues, razón, aquellos que ven en el gregoriano la expresión más elevada, en el arte musical, de la espiritualidad católica. Y no sabemos como no aceptar el motivo, que esos autores presentan, para explicar la aversión al canto llano, o sea, el deseo del hombre de hoy de fabricarse una espiritualidad moderna, o mejor, una pseudo-espiritualidad, que se reputa más accesible a la masa, y lo es de hecho, porque poco se preocupa de elevar al pueblo fiel del plano de las realidades terrenas al de las verdades sobrenaturales. Tiene esa pseudo-espiritualidad, como trazo característico, ignorar la adoración. No admira que no pueda expresarse por un arte que es el propio lenguaje de la adoración (cf. André Charlier, “Grégorien et spirritualité”, en “Itinéraires”, enero de 1966, p. 130).
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Por lo mismo que el gregoriano es el lenguaje musical de la adoración, está al alcance de todos. Es, dice San Pío X, suave, dulce y fácil de aprenderse (cf. carta al Em. Card. Vicario Respighi, del 8 de diciembre de 1903), de donde la obligación de hacerlo retornar al uso del pueblo, para que éste pueda, como antiguamente, contribuir con una parte más activa en los oficios litúrgicos (cf. Motu proprio arriba citado, II).
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Deseamos, por tanto, que, de acuerdo con la Instrucción de la Sagrada Congregación de los Ritos de 3 de septiembre de 1958, sobre la Música Sacra y Sagrada Liturgia, n.º 26 (AAS 50, p. 640), se introduzca los domingos y días santos de guarda, en las parroquias, la Misa Cantada en gregoriano. Los Revmos. Vicarios providenciaran, a través del coro parroquial, que haya un grupo que, en medio del pueblo fiel ejecute en canto llano al menos las partes fijas de la Misa. Las partes móviles como permite la Instrucción arriba citada, pueden ser en recto tono. De esa manera el pueblo se irá habituando a las melodías gregorianas.
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Competiéndonos, según el artículo 26 de la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” (AAS 57, p. 32), la orientación de todo el culto público en la Diócesis, queremos que en las Misas cantadas y en las solemnes se conserve el uso del latín, para habituar Nuestras ovejas al gusto por el gregoriano.
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El canto religioso popular
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En el mismo asunto del canto religioso, se observa otra disposición de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia que va siendo ignorada. Es la que se refiere al canto popular. “El canto popular religioso, dice la Constitución, sea sagazmente fomentado, para que en los ejercicios piadosos, y mismo en las acciones litúrgicas, según las normas y los preceptos de las rubricas, pueda ser oída la voz de los fieles” (artículo 118). Entre tanto, la introducción de las melodías modernas, de sabor protestante, va paulatinamente expulsando la manera ya espontánea con que nuestro pueblo expresaba sus sentimientos de adoración, de acción de gracias, de penitencia o de súplica, al dirigirse a la Divina Misericordia, a la Bienaventurada Virgen María y a los Santos patronos. Estos son los cantos populares que la Constitución sobre la Sagrada Liturgia considera en su artículo 118.
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Deseamos, pues, que se observen las prescripciones del Concilio Vaticano II, y que sean mantenidas en uso en nuestras Iglesias y capillas, nuestros cantos religiosos populares.

Piedad y vida comunitaria
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El Concilio tuvo el gran mérito de insistir sobre el misterio de la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, realidad posta en plena luz por Pío XII, en la Encíclica “Mystici Corporis” (AAS 35, pp. 193 ss).
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Como consecuencia, se difundió entre los fieles la conciencia de la solidaridad que hay entre ellos, como miembros que son del mismo Cuerpo. De ahí el nuevo impulso de la piedad litúrgica, propia del cuerpo Místico como tal, y de la vida comunitaria, natural entre los miembros de un mismo organismo. Y en todo eso, saludamos con alegría una nueva fuente de vida de la inagotable riqueza del misterio del cuerpo Místico, ya sea la piedad litúrgica, ya sea la conciencia de la comunión existente entre todos los hijos de la Iglesia, contribuyen para estrechar los vínculos de caridad que hermanan a todos los fieles, hecho fecundo en realizaciones de orden sobrenatural y social.
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También aquí, no obstante, es menester estar vigilante, no se venga a ser presa de los engaños del demonio.
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La vida comunitaria no puede ser llevada tan lejos, que prácticamente venga a anular la personalidad del fiel. Sería hacer una concesión al socialismo, llamado por Pío XII el Leviatán que, en esta segunda mitad del siglo XX, amenaza devorar las personas y las familias (cf. AAS 44, p. 792). La realidad del cuerpo Místico no destruye las características de cada individuo, la responsabilidad personal del fiel, y la inviolabilidad del alma humana en frente de cualquier autoridad terrena.
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La vida comunitaria debe servir para aumentar las riquezas comunes existentes en la Iglesia, a fin de que cada fiel pueda, en ese tesoro, recoger nuevas energías para su santificación personal. Pues que nadie se salva en común, sino que cada uno responde, individualmente, por sus actos delante del Soberano Juez. Lo mismo en la vida en sociedad, cada cual colabora para su enriquecimiento, por el caudal de santidad personal con que hace más intensa la circulación vital en la comunión de los Santos. Pío XII, que Pablo VI declaró de suma autoridad en esta materia teológica (cf. AAS 56, p. 620), supone este hecho en toda la exposición de la Encíclica “Mystici Corporis”. Temiendo, no obstante, una falsa concepción de la unión de los fieles en el Cuerpo Místico, declara explícitamente que la unidad de la Iglesia no destruye la personalidad de éstos. En una atmósfera saturada de socialismo, conviene aducir las propias palabras del gran Pontífice: “En cuanto en el cuerpo natural el principio de unidad junta de tal manera las partes, que cada una queda sin propia subsistencia, en el Cuerpo Místico, al contrario, la fuerza de mutua cohesión, por más íntima que sea, une a los miembros de modo que conservan perfecta y propia personalidad. Más allá de eso, si consideramos la relación entre el todo y los diversos miembros en todo y cualquier cuerpo físico dotado de vida, los miembros particulares se destinan, en último análisis únicamente, al bien de todo el compuesto, al pasó que toda sociedad de hombres, considerando el fin último de su unidad, es finalmente ordenada al provecho de todos los miembros y cada uno de ellos, como personas que son” (AAS 35, pp. 221-222).
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Socialismo en la Iglesia
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No podemos, pues, concordar con una vida comunitaria que venga a apagar las iniciativas individuales, de tal manera que el individuo no pase de ejecutor autómata de una voluntad colectiva, que, en último análisis, no pasa de la voluntad del más hábil, ni siempre lo más próximo de la verdad y de la prudencia.
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La Iglesia defiende la propiedad privada precisamente como atributo de la persona, que permita el ejercicio de la autonomía y de la libertad propias del individuo humano (cf. Pío XII, Disc. y Radiomess., vol. XXIII, p. 734). Por las mismas razones Juan XXIII, en la Encíclica “Mater et Magistra”, pide para los operarios, resguardada la unidad de dirección de la empresa, la posibilidad de iniciativas personales (cf. AAS 53, pp. 423-424).
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Es obvio que semejante concepción de la vida comunitaria no se ajusta bien con la estructura jerárquica que el Divino Salvador instituyó en su Iglesia.
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Vida comunitaria y dirección espiritual
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Menos aún podemos concordar, amados hijos, con un exceso de vida comunitaria que pretenda resolver los casos de conciencia individuales en equipos, en los Cuáles, cada uno, delante de sus semejantes, abra totalmente los arcanos de su alma, a título de combate al individualismo.
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Hay, en cada hombre, algo de íntegramente personal, inviolable, de lo que él no tiene obligación de de dar cuentas a los demás hombres, campo en que es libre de escoger a quien mejor lo pueda encaminar en las vías de la santificación. Un sistema, que desconozca esa realidad íntima de la persona humana, concurre no para la formación del fiel, sino para su despersonalización, por su absorción en un todo amorfo, del cual él no pasa de ser una pieza sin finalidad autónoma. Es precisamente lo que siempre intentaron hacer los totalitarismos, que sacrifican el hombre al Estado, y desconocen la dignidad personal que hay en todo individuo.
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Sobre la indispensable piedad individual, la ascesis y la mortificación personal, como frutos y al mismo tiempo como medios de una fructuosa participación en los actos litúrgicos, no precisamos repetir aquí las advertencias que, basados en enseñanzas pontificias, hicimos, sea en Nuestra Pastoral sobre Problemas del Apostolado Moderno, de 6 de enero de 1953, sea en Nuestras Notas Pastorales sobre los Documentos conciliares promulgados el 4 de diciembre de 1963, o sea, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los instrumentos de comunicación social.
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En este mismo Orden de ideas se encuentra la opinión de aquellos que menosprecian las Misas rezadas particularmente, sin concurrencia de pueblo. También aquí hay resabios de jansenismo (cf. Sínodo de Pistoya, prop. 31 – D. 1531). Fue explícitamente apuntada como errónea por el Santo Padre, en la Encíclica “Mysterium Fidei” sobre la doctrina y el culto de la SS. Eucaristía (cf. AAS 57, p. 755).
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Culto de los Santos, imágenes y reliquias
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Pero especialmente queremos llamar la atención de Nuestros amados hijos para el culto de los Santos, de sus imágenes y reliquias. A propósito, la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia habla en los artículos 111 y 125. En el artículo 111, afirma que es de acuerdo con la tradición de la Iglesia que los Santos sean honrados sean veneradas sus reliquias auténticas y sus imágenes. Sus fiestas, sin prevalecer sobre la conmemoración de los misterios de la salvación, proclaman las maravillas operadas por Cristo en sus siervos, y presentan a nuestra imitación oportunos ejemplos. En el artículo 125, manda el Documento conciliar que se mantenga firme la costumbre de exponer en las Iglesias imágenes a la veneración de los fieles, bien que en número moderado y de manera ordenada, para no crear admiración en el pueblo, ni inducirlo a una devoción menos recta (cf. AAS 56, pp. 127-132).
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No deja de causar extrañeza, queridísimos hijos, el modo como está siendo aplicado ese texto del Concilio en diversos lugares. Se despojaron las Iglesias de las imágenes de los santos y mismo de la Bienaventurada Virgen María, y en las nuevas que se construyen no se planea lugar para ellas.
También en este punto, advertimos Nuestros amados hijos, se insinúa objetivamente – por cuanto estamos seguros de que no hay semejante intención – una condena de la manera tradicional de actuar de la Santa Iglesia, desde los primeros siglos, cuando ya en las catacumbas se veneraban imágenes de la SS. Virgen y de los varones santos del Antiguo Testamento. Con la proscripción de las imágenes, se extenúa naturalmente el culto de los Santos, con gran perjuicio para el progreso espiritual de los hijos de la Iglesia.
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Razón del culto de los Santos
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De hecho, en el culto de los Santos, en la veneración de sus vidas y virtudes, tienen los fieles un gran estímulo para santificarse ellos mismos y darle gloria a Dios. Pues los Santos, como recuerda la Constitución conciliar, son expuestos por la Iglesia a nuestra veneración, explícitamente para ese doble fin. En la contemplación de sus vidas, tenemos un medio de elevarnos a Dios, cuya bondad se refleja en la virtud de los Santos. Así ellos nos sirven de medio para glorificar a Dios Nuestro Señor, consonante con la exhortación del Divino Maestro: “...vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos” (Mat. 5, 16).
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San Agustín, entre las razones de conveniencia presentadas para la encarnación del Verbo, da esta que, por Jesucristo, Dios, trascendente e invisible, se mostró sensiblemente a los hombres (apud Billot, “De Verbo incarnato”, Roma, 1922, p. 24), para que pudieran en el Hijo de Dios humanado adorar la Omnipotencia, la Bondad y la Misericordia del Altísimo. Podemos decir que los Santos están aún más próximos a nosotros. El Hijo de Dios, hecho hombre, asumió, sin duda, nuestra carne mortal; por eso, exenta del pecado, y de las miserias que acompañan nuestra naturaleza caída y nos hacen ardua la práctica de la virtud. No acontece lo mismo con los Santos. Estos estuvieron sujetos a una naturaleza en todo igual a la nuestra. Así, “al ver sus caídas, dice San Ambrosio, los reconozco semejantes a mi enfermedad”. Por eso, ellos se hacen nuestros pedagogos, iniciándonos en el camino de la penitencia, de la mortificación que nos lleva a la imitación del Divino Crucificado. “al verlos semejantes, continúa el Arzobispo de Milán, percibo que debo imitarlos” (Apología de de lavi, c. 2, n.º 7).
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Los Santos son, por tanto, no solamente el espejo donde contemplamos los reflejos de las perfecciones divinas, y con eso nos elevamos a glorificar al Autor de “toda dádiva buena, de todo don perfecto” (Tiag. 1, 17), como, además, el estímulo para que nosotros también nos decidamos a “recorrer la vía de los Mandamientos” (Sl. 118, 32).
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Además, tenemos siempre en los Santos – que son heroicos en todas las virtudes – la posibilidad de encontrarse con un modelo apropiado para el momento presente, que nos ayudará a vencer las ardides tramadas por el demonio para perder las almas, en la época en que vivimos.
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Por todo eso, los sacerdotes deben alimentar en los fieles la devoción a los Santos. Una devoción terna, familiar, por cuanto pertenecemos todos a la misma Familia de Dios, manteniendo siempre el debido respeto a los hermanos que se distinguen por esmerada virtud. Devoción sólida, que no se limite a peticiones egoístas en las necesidades, sino que sea la manifestación del amor que les dedicamos a la vista de sus virtudes, y de la confianza en su intercesión junto a Dios. El mismo Señor Altísimo nos encaminó al culto de los Santos, cuando condicionó el perdón de los amigos de Job a la intercesión del paciente Patriarca (cf. Job 42, 7 ss.), y bien así, cuando aplacó su ira contra el pueblo elegido, delante de las súplicas de Moisés (cf. Ex. 32, 11-14).
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IV
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Ecumenismo

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Como era de esperarse, no hay propósito del Concilio cuya realización esté enteramente a cubierto de las insidias del demonio. Lo que se da con la adaptación, ocurre también con el ecumenismo. La unión de todos los cristianos en la verdadera fe es un ideal sublime, constituye una derrota tan grande para el Infierno, que no es posible pensar que el “príncipe de este mundo” no se haya empeñado por desviar también esta admirable meta conciliar.
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Es lo que, como a propósito de la adaptación, sobre la falsa aplicación del ecumenismo, el Papa advirtió también a los fieles. Según despachos de las agencias telegráficas, el Santo Padre habría observado, en una de sus Alocuciones de las audiencias generales, que el apostolado junto a los hermanos separados no está exento de ilusiones y peligros. Ilusiones, por una esperanza sin fundamento, peligro por la posibilidad de, en el deseo ardiente de obtener la conversión del hereje o del apóstata, falsear el sentido de la verdad revelada, o no exponerla en su integridad. El texto transmitido por las agencias telegráficas es el siguiente: “Hay una toma de posición, también por parte de aquellos que demuestran demasiado entusiasmo, como si los contactos con hermanos separados fuesen fáciles y sin peligro, y cono si bastase no conceder importancia a las cuestiones de doctrina y de disciplina, para conseguir inmediatamente la concordia y la colaboración. Es una actitud errónea, porque puede crear ilusiones, decepciones, flaquezas y conformismos que no son provechosos para la causa verdadera del ecumenismo” (apud “O Estado de Sao Pablo”, de 23 de enero de 1966, p. 2).
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La primera condición para un apostolado fructuoso junto a nuestros hermanos separados es huir a todo y cualquier irenismo doctrinario, aún que implícito. “La salvación de las almas – comenta el boletín de la “Fraternité de La Tres Sainte Vierge” ya citado por nosotros– de todos los hermanos separados no será nunca comprometida por una palabra de la Iglesia pronta, precisa y eterna, que no deja lugar a la duda ni a la perturbación en las almas. (...) al contrario, toadas las almas, mismo de los católicos, corren el riesgo de perderse cuando se vacila y se duda y se continua vacilando y dudando delante de la herejía”. (apud “Sanctitifier”, de octubre de 1965, p. 8).
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Puntos de doctrina definidos
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Con relación al apostolado Ecuménico, recordemos, queridísimos hijos, los puntos de doctrina definidos, que no pueden, por tanto, ser puestos en duda ni implícitamente, por actitudes tomadas en los contactos con los hermanos separados.
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Según San Pablo (1 Tim. 2, 4), Dios quiere sinceramente la salvación de todos los hombres. Por eso Jesucristo murió no solamente por los fieles, como querían los jansenistas, sino por los pecados de todo el mundo (cf. 1 Jn. 2, 2). En virtud de esta voluntad salvífica universal, el Señor concede a todos los hombres la gracia necesaria para cumplir todos los preceptos impuestos por Dios. De manera que nadie se condena sin culpa propia.
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Entre los preceptos divinos, está la obligación de ingresar en la Iglesia Católica, instituida por Jesucristo como medio único de salvación para todos los hombres. Como consecuencia, la condición del católico es esencialmente diferente de la condición del no católico. El católico, por el hecho de pertenecer a la Iglesia verdadera, no tiene motivo alguno para dudar de que esté en la posesión de la verdad. El no católico está en condición perfectamente inversa. El no está de posesión de la verdad, de manera que tiene todo motivo para dudar de su posición religiosa. Y si estuviere de buena Fe, más fácilmente será llevado a percibir la falta de fundamento para sus convicciones.
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Estos puntos son pacíficos en la teología católica, y fueron objeto de enseñanza auténtica del Magisterio Eclesiástico. La excelencia de la condición del católico con relación al no católico, con la consecuente obligación, fue definida por el Concilio Vaticano I (cf. sess. III, cap. III y can. 6).
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De donde, queridísimos hijos, en nuestras relaciones con nuestros hermanos separados, no nos es lícito tomar una actitud que pueda ser interpretada o en el sentido de que no estamos convencidos de que nos hayamos en posesión de la verdad y en el camino de la salvación; o en el sentido de que cualquier Religión agrada a Dios, Nuestro Señor.
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En fin, una obligación grave de caridad nos obliga a evitar todas las ocasiones en que pueda periclitar nuestra perseverancia en la Fe y nuestra adhesión a la Iglesia Católica.
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Normas de acción
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Dentro de esos principios, debemos llevar lo más lejos posible nuestra caridad con los hermanos separados. Sin olvidar la condición de “separados”, esto es apartados de la verdadera Iglesia de Cristo, debemos tener presente a todo momento su prerrogativa de “hermanos”, y esforzarnos por utilizar los puntos que justifican el apelativo de “hermanos”, para llevarlos a una reflexión más profunda sobre las realidades cristianas que aún poseen, a fin de que las comprendan mejor, y perciban que ellas solo adquieren su verdadera autenticidad en la Iglesia Católica.
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Eso en una acción directa que la Providencia podrá exigirnos con nuestros hermanos separados, donde haya un deseo sincero de amar la verdad. Por cuanto, con aquellos que se fijaron en la herejía, y la abrazan conscientemente, un diálogo fructuoso es prácticamente imposible. Podemos aún y debemos compadecernos de ellos, y con nuestras oraciones, penitencias y otras buenas obras, empeñar la misericordia divina, que los ilumine y les conceda la rectitud de voluntad, de que han menester, para llegar a la unidad auténtica del Cristianismo en la Iglesia Romana.
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Lo que debemos evitar – salvas las necesidades de una justa y noble polémica impuesta por el interés de las almas – son las expresiones que puedan, de cualquier forma, herir a nuestros hermanos separados; eso aún cuando debamos soportar con paciencia las consecuencias de una voluntad que la herejía o el cisma hicieron más especialmente áspera con nosotros. Vale en este punto el consejo de San Pablo: procura vencer el mal con el bien (cf. Rom. 12, 21). Mismo, por eso, con los que están de buena Fe, conviene evitar la familiaridad, consonante al prudente y hoy de sobremanera oportuno consejo de S. Tomás: “para que nuestra familiaridad no de a los otros ocasión de errar” (Quodlibetum 10, q. 7, a. 1 c).
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Conclusión
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Os presentamos, queridísimos hijos, estas reflexiones, porque Nos parecen necesarias. Tememos, en efecto, que Nuestra incuria vos exponga a la saña del enemigo de vuestras almas, según se lee en el Profeta Isaías: “Animales de los campos, venid todos apacentaos, como también fieras del bosque. Mis guardas están todos ciegos y no ven nada; son perros mudos incapaces de ladrar, sueñan estirados, gustan dormitar [...] son pastores que nada observan” (Is. 56, 9-11).
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Con la vigilancia a que en esta Pastoral os exhortamos, y sobretodo con la renovación de vuestro fervor en la imitación de Jesucristo, en la desconfianza de vuestras fuerzas y en la docilidad a la gracia, en la humildad y en la oración frecuente, estamos ciertos de que podréis contribuir muy eficazmente para que la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, aumente en santidad y amplíe el número de sus hijos en proporciones que dejen entrever el suspirado día en que habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
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Que la Virgen Santísima os preserve de todo mal y os conceda el fervor de caridad que la obra apostólica, para la cual la Iglesia os convoca por medio del Concilio Vaticano II, de vosotros exige.
Son los votos que con paternal afecto os enviamos con Nuestra Bendición pastoral, en nombre del Padre + y del Hi+jo y del Espíritu + Santo. Amén.
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Dada y pasada en Nuestra episcopal ciudad de Campos, bajo Nuestra señal y sello de Nuestras armas, a los 19 días del mes de marzo del año de 1966, fiesta de San José, esposo de la SS. Virgen María y Patrón de la Iglesia Universal.

+ Antonio, Obispo de Campos