U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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viernes, 17 de julio de 2009

San Enrique Emperador, Patrón de los oblatos seglares de San Benito


SAN ENRIQUE
emperador, confesor y patrono de los oblatos seglares benedictinos

(† 1024)

Fiesta: 13 de Julio según el Calendario Ordinario, y 15 de Julio según el Tradicional.


En la primavera del año 973 el ducado de Baviera celebraba con grandes festejos el nacimiento del príncipe heredero. Este niño, que llegaría a ser emperador y santo, era hijo de Enrique el Batallador, duque de Baviera, y de la princesa Gisela de Borgoña.

Podemos fácilmente imaginarnos los primeros años del niño príncipe: las fiestas, la caza, los trovadores, la guerra, en el marco poético del Medievo.

La vida de San Enrique parece que comienza como un bonito cuento de hadas, pero aquellos tiempos no eran de pura poesía; guerras y pestes se dejaban sentir y la lglesia atravesaba lo que se ha llamado su "edad de hierro". La sociedad sufría violentos vaivenes y, en uno de ellos, nuestro pequeño Santo tuvo que sufrir durante algunos años la persecución, mientras su padre, vencido en guerras familiares, era condenado al destierro.

Recobrada la calma y restablecido su padre en el trono de Baviera, el joven Enrique se dedicó al cultivo de las artes y las letras, bajo la custodia del santo obispo de Ratisbona, San Wolfgang, que había sido su padrino de bautismo y se cuidó de darle una esmerada educación cristiana.

A la muerte de su padre ocupó el trono nuestro Santo, que contaba por entonces veintidós años. Era uno de los príncipes más instruidos de su tiempo; joven y fuerte, su fama corrió pronto por toda Alemania, ganándose la simpatía general. Para completar el cuadro gozó también del amor, casándose con la princesa Cunegunda, con quien vivió tan santamente que hoy veneramos a ambos en los altares.

San Enrique fue un verdadero padre para sus súbditos; su ímpetu de mozo no le hizo olvidar la responsabilidad de ser rey.

Cuando algún señor feudal o alguna ciudad se sublevaban, cosa, por lo demás, harto frecuente en aquellos tiempos, sus jefes militares le aconsejaban destruir tales ciudades o fortalezas para castigo de su orgullo y escarmiento de los demás, pero el joven rey contestaba con calma:

—Dios no me dio la corona para hacer mal, sino para corregir a los que lo hacen.

Así poco a poco su gobierno se consolidaba cada vez más y su buena fama corría de boca en boca.

Una noche se le apareció en sueños su padrino, San Wolfgang, y le hizo leer en la muralla: "Después de seis", desvaneciéndose inmediatamente la aparición.

San Enrique creyó que se trataba de un anuncio de su próxima muerte en el plazo de seis días y redobló sus acostumbradas penitencias, poniéndose en las manos de Dios. Pero el sentido exacto de la aparición lo comprendió sólo después de seis años, ya que exactamente a los seis años de la aparición, el 1 de enero del año, 1002, fue proclamado emperador de Alemania. Acababa de morir el emperador Otón III y, como no dejaba descendencia directa, correspondía por derecho a San Enrique ocupar el trono del Imperio romano-germánico.

Reunidos los electores del Imperio declararon emperador a San Enrique, con gran gozo de todos sus súbditos. Sin embargo, para ocupar el trono al que tenía todos los derechos se vio obligado a hacer algunas guerras familiares contra otros pretendientes.

La situación del Imperio en aquellos momentos no era nada halagüeña. Numerosos señores feudales, marqueses u obispos, se hacían la guerra mutuamente, asolando el país con sus razzias. A su vez, el rey de Polonia intentaba invadir Alemania y los bizantinos presionaban en las fronteras del sur del Imperio.

Para poner fin a todo esto, San Enrique organizó un formidable ejército y poco a poco logró imponer la paz en todos sus dominios, haciendo, además, tributarios a los reyes vecinos. San Enrique contaba entre sus dotes personales un gran genio militar.

Interesado en la reforma espiritual del clero, el año 1007 convocó en Francfort un concilio general para tratar este tema. De todos los puntos del Imperio acudieron numerosos prelados. Cuando San Enrique entró en la sala del concilio se postró en tierra ante todos los obispos en humilde y pleno reconocimiento de su potestad en todos los asuntos espirituales; tal gesto de humildad no lo había hecho ningún emperador germano. Bajo la protección imperial el concilio dictó severas normas disciplinares y San Enrique se encargó de hacerlas cumplir.

El emperador fundó espléndidamente numerosos monasterios y nuevas iglesias. Por todas partes florecían nuevos claustros, en que los monjes se entregaban a sus obras de piedad y de cultura, y desde todos los rincones del Imperio miles de campanas volteaban dando gracias al emperador. En Alemania todavía se conservan muchas de las grandes catedrales de entonces. Sobre las antiguas ciudades se destaca su imponente masa, como auténticas fortalezas, y su silueta marca siempre dos torres o dos ábsides iguales, simbolizadores de los dos poderes: la Iglesia y el Imperio.

Pero en Italia los Estados Pontificios no gozaban de la misma paz. Toda Italia era un hervidero de luchas fratricidas y en los Estados del Papa reinaba la más completa anarquía.

San Enrique pasó a Italia con un fuerte ejército para restablecer el orden, pero tuvo que salir de nuevo hacia Polonia para sofocar la sublevación de aquella parte del Imperio. Toda la vida del Santo transcurre en un continuo zigzaguear de marchas militares y batallas para restablecer la paz y castigar a los malhechores.

San Enrique era amigo de la paz; tal vez por contraste con su azarosa vida amaba la delicia de un claustro silencioso y le gustaba darse a la oración completamente solo. Podía parecer que le gustaba ser monje.

Cierta vez, estando en Estrasburgo, en el año, 1012, maravillado de la piedad de los canónigos de la catedral quiso ser canónigo, y así se lo pidió al obispo que presidía el cabildo.

El obispo vio las buenas disposiciones del emperador, pero prefirió tomar su petición en broma y, siguiendo el juego, le pidió una promesa de obediencia:

—¿Estáis, señor, dispuesto a obedecerme en todo?

Y a decir verdad que el rey estaba bien dispuesto a renunciar a todo para hacerse miembro de aquel santo cabildo.

—Pues bien; yo os ordeno, en virtud de santa obediencia, que continuéis rigiendo el Imperio como hasta ahora, porque el Señor os ha destinado para rey y no para canónigo.

El rey obedeció, pero fundó una rica prebenda para que un canónigo se ocupara siempre de rezar por el rey, con el título de "rey del coro" y los honores consiguientes. Tal tradición se conservó en Estrasburgo hasta bien entrado el siglo XIII.

Entretanto murió en Roma el papa Sergio IV y fue elegido sucesor el papa Benedicto VIII, pero éste fue expulsado de Roma por el antipapa Gregorio y tuvo que refugiarse junto al emperador, el cual hizo una marcha sobre Roma para colocar al verdadero Papa en la Santa Sede. El Papa, en agradecimiento, le regaló un globo de oro adornado con piedras preciosas, representando su soberanía sobre el mundo, y desde entonces ése fue el símbolo de los emperadores. En tal ocasión San Enrique y su esposa fueron ungidos y coronados como emperadores de la cristiandad. Roma celebró con gran júbilo aquellas fiestas; parecía como si, bajo signo cristiano, hubiera resucitado otra vez el antiguo Imperio de Roma. Era el 14 de febrero del año 1014.

Seguramente pocos reyes pudieron gozar como San Enrique del amor de sus súbditos, y sus vasallos recibieron como un don del cielo el tener tan buen rey.

A su muerte, el emperador hizo llamar a los padres de su esposa y a los grandes de la corte y, tornando dulcemente la mano a Santa Cunegunda, les dijo: "He aquí a la que vosotros me habéis dado por mujer ante Cristo, como me la disteis virgen, virgen la pongo otra vez en las manos de Dios y en las vuestras". Luego dictó su testamento y fue a reunirse con los santos.

En Grona las campanas tocaban a muerto el 13 de julio de 1024. Mientras tanto una gran procesión trasladaba los restos de San Enrique emperador a la catedral de Barnberg, donde todavía se conservan.

LUÍS PÉREZ ARRUGA, O. P.

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EPIDEMIA EN MÉXICO, LA OTRA VERSIÓN

LAS CAUSAS DEL DESORDEN MUNDIAL

La decadencia mortal que sufre nuestro mundo (y que el optimismo humanista confunde con progreso) es la consecuencia última de un estado de apostasía que, perfectamente descrito por los Romanos Pontífices en sus causas, a lo largo de un siglo (desde Pío IX hasta Pío XII) es ahora verificado (...) en los oscuros umbrales de este siglo XXI.

La causa primera (y, en rigor, única) de esta debacle moral a la que asistimos no es otra que el rechazo formal de Dios (fuente de toda verdad), de su redención restauradora (la gracia cristológica) y aún del mismo orden natural que de Él procede.

No es extraño, por lo tanto, que contemplemos impávidos la catarata de crímenes atroces y perversos en el seno de una sociedad oficialmente descreída (sin Dios), y filantrópica (sin caridad sobrenatural). Sin embargo, sí resulta aterrador comprobar que esos delirios de necedad son justificados y propagados en nombre de doctrinas cuyas propuestas no permite el más elemental análisis metafísico.

Es que el mal de la época, aunque se manifieste principalmente en situaciones extremas que comprometen la proyección ética del hombre, pertenece antes que nada, a un oscurecimiento voluntario de las inteligencias. Son ellas las que ya no ven (ni quieren ver) la luz de la verdad.

Por ello han caído ya -y seguirán precipitándose- en la tenebrosa región de las mentiras o, más propiamente, de las fábulas, tal y como está claramente profetizado por el Apóstol “porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades, apartarán su oídos de la verdad y se volverán a las fábulas...” (II Tim.4, 3-4), versículo que muchos exegetas de otros siglos dieron por cumplida (pues el misterio de iniquidad obra a lo largo de la historia) pero que con toda propiedad sólo corresponde a estos aciagos días y a los que todavía sobrevendrán ya que, ciertamente, estamos mal… pero estaremos peor o, como lo dijera con su acostumbrado estilo el P. Castellani: “no hay que afligirse ni tomar poca pena porque todo lo que está pasando pasará…¡y cosas más horrendas vendrán!”

La síntesis de los errores y pecados que acompasan al mundo parece que se puede enunciar en los siguientes males, cuya siniestra interdependencia atraerá y prepara ya la aparición del “hombre impío” a que alude también san Pablo en Tes.II,3-4, esto es, “el hijo de perdición, el adversario, que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto”, acotando estas estremecedoras palabras que alguna vez – ya muy pronto - serán realidad literal: “hasta el extremo de sentarse él mismo en el santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios”.

Algunos males de nuestro tiempo serían:

1. Agnosticismo: actitud empecinada del entendimiento que niega “a priori” su capacidad para indagar en lo real y alcanzar el conocimiento y enunciación de una verdad objetiva. Es, en principio, una disposición intelectual pero que termina comprometiendo todo el orden práctico.

2. Relativismo ético: es la consecuencia natural del agnosticismo y conlleva a la negación de toda medida moral que no provenga del más desenfrenado hedonismo – placer - que desemboca, en definitiva, en la calificación neutral de las conductas.

3. Soberanía del pueblo o democracia popular: mito cuantitativo de justificación social sometido a la ligereza de las mayorías electorales que, al negar la primacía de una legitimidad fundada en la justicia, arremete contra todo el acervo de la tradición y se erige en última “razón” de una legalidad desconectada no solo del orden natural sino, básicamente, de todo orden.

4. Secularización: subproducto final de una apostasía de la fe católica gestada desde la Ilustración del siglo XVIII y cuyas manifestaciones rezagadas son el laicismo de los Estados y el indiferentismo religioso en la masa general de la población.

5.Evolucionismo cultural: hijo lejano pero legítimo de la dialéctica hegeliana que pretende fundar la “organización” de la comunidad en un evolucionismo de estructuras que brota sólo de las inclinaciones “culturales” del hombre, reducida la “cultura” a una factura puramente artificial, como la llamada ideología del Género.

6.Desintegración de la familia: concepción de un modelo de familia que ya no está fundado en las tendencias específicas de la naturaleza humana sino en el relativismo moral y en las inclinaciones del “Género”.

7.Matrimonio homosexual: engendro estéril de vida en común sin arraigo alguno mas que en una deformación aberrante y antinatural concepción del amor y que, más allá de toda fáctica orientación sexual de las personas, emerge como un paradigma de la catastrófica involución demográfica de la Unión Europea.

8.Aborto: satánico genocidio (asesinato premeditado, alevoso y con traición) de inocentes no nacidos pero que son ya hombres y mujeres perfectos y completos desde la fecundación de un óvulo y un espermatozoide y que señala con meridiana claridad la hipocresía de una “ciencia” que conoce en nuestros días lo que los escolásticos ignoraban y, sin embargo, propugna la legitimación de semejante crimen colectivo en ofrenda perfecta a Satanás.

9.Y lo que falta en la vía de manipular la genética para pretender, como en los tiempos primeros, asemejarse a Dios, y que llevó al Creador a arrepentirse de haber creado al hombre y de borrarlo de la tierra.¿ Se repetirá la historia?

Luis Eduardo López Padilla

17 de Julio del 2009

Fuente: Apocalipsis mariano

miércoles, 15 de julio de 2009

San Benito y la apostasía sociológica post-moderna

Este sábado 11 de Julio la Iglesia celebra a San Benito de Nursia, Patrono de Europa. Escribió una Regla de monjes, en la cual su sabiduría de vida lo convirtió en Padre de los monjes de Occidente. Hoy la Confederación Benedictina cuenta con unos 10.000 monjes y monjas, y ha dado a la Iglesia una treintena de Papas.

San Benito es uno de los «arquitectos» de la gestación de un mundo nuevo. El Imperio Romano estaba corroído por dentro y por eso pudo ser devastado por fuera mediante las invasiones de los pueblos bárbaros. De la conversión de tales invasores nació la Cristiandad Medieval.

Los autores espirituales enseñan que Dios concede a los fundadores vivir en forma anticipada lo que van a transmitir a sus hijos. ¡Qué obra tan grandiosa ha realizado el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de San Benito para que su vida haya sido a tal punto fructífera e imperecedera! Para penetrar en el misterio de este gran santo, quiero invitarlos a realizar un recorrido hacia la interioridad de San Benito. Un recorrido que comience en el mundo actual y desde él se dirija hacia la vida de nuestro santo. Es un caminar en dirección contraria que ha de ayudarnos a tener mayor luz y a ampliar nuestra reflexión sobre los grandes problemas y luces de la historia del mundo. Dicho de otra manera, espero que esta mirada nos ayude a comprender, desde el estado final de nuestra civilización occidental, aquello que se gestó en el corazón del Patriarca y Patrono de Occidente y que dio origen a los mil años de soberanía social de Cristo Rey, como fue la Cristiandad medieval.

Pérdida de interioridad y vida sobrenatural. Siguiendo en algunos aspectos el análisis que el filósofo ruso existencialista Nicolás Berdiaeff realiza en su obra Una nueva Edad Media, podríamos decir que el proceso que ha dado a luz la modernidad comenzó en el Renacimiento cuando el hombre comenzó a disociarse de las fuentes espirituales de la vida, emprendiendo un itinerario que condujo a la reducción del hombre espiritual al hombre natural. El hombre se sometió a su «materialidad» pero quedando disociado de su interioridad, de su vida sobrenatural. El triunfo del hombre natural sobre el espiritual en la historia moderna nos condujo a la esterilidad creadora, es decir, al fin del Renacimiento y con posterioridad a la autodestrucción del hombre en un humanismo suicida en la modernidad y post-modernidad (guerras mundiales, exterminios de millones de personas, el genocidio masivo del aborto, etc). El vacío a que ha conducido esta existencia superficial y «descentrada» donde se ha proclamado la muerte de Dios, no ha llevado a que Dios muera, sino a la muerte del hombre mismo. Fue así que para el supuesto engrandecimiento del hombre, este humanismo antropocéntrico le privó de la semejanza divina y le sometió a la sola necesidad natural. Así, según Berdiaeff, el hombre no tuvo de dónde sacar nada creador de las fuentes de su interioridad porque ya no puedo acceder a ella; quedó relegado a la superficie. Esclavo de lo material y prisionero del conocimiento sensible no tuvo como acceder al mundo espiritual y acabó eliminándolo tanto en la especulación filosófica como en la vida práctica. La proclamación de la muerte de la metafísica terminó reduciendo su conocimiento de la naturaleza al ámbito de las matemáticas—como dijo Galileo: «el universo está escrito con caracteres matemáticos»—, a una comprensión de los entes vivos como si fueran un mero reloj, cuyo funcionamiento es meramente extrínseco. Ciertamente, el problema ya lo veía San Pablo cuando dice: el hombre animal no puede comprender las cosas que son del espíritu de Dios, pues para él todas son una necedad. Y no puede entenderlas, puesto que se han de discernir con una luz espiritual que no tiene. Sólo el hombre espiritual puede ser un verdadero creador sumergiendo sus raíces en la vida infinita y eterna (cf. 1 Cor 2,14-16).

La historia moderna ha sido edificada con la ilusión de que el hombre podría desarrollarse y hacer un mundo más humano disociado del mundo sobrenatural, del mundo divino. De aquí que vuelto al mundo material, se ha llegado a invertir la subordinación de lo natural a lo sobrenatural. Así el error de la modernidad no se debió a las cosas auténticamente santas de la Iglesia católica. Fue el hombre quien, por sus caídas, alteró y desfiguró el cristianismo, y finalmente se alzó contra él, haciéndolo responsable de sus propias culpas y pecados. Esto es digno de ser meditado. Robert Hugh Benson en su libro El alba del cristianismo dice que el mundo moderno ha de llegar a destruirse a tal punto que finalmente no le queda otra solución que una disyuntiva final: «O la Iglesia católica o nada».

«Habitare secum», vuelta a la interioridad. San Gregorio Magno nos dice que «hubo un varón de vida venerable, bendito —en latín, Benedictus— por gracia y por nombre, dotado desde su juventud de una prudencia de anciano, quien prefiriendo sufrir las injurias del mundo a sus alabanzas y verse por Dios agobiado de trabajos que ensalzado por los favores de esta vida, se fue a vivir en soledad». Dice también que «pudiendo gozar libremente de los bienes temporales, despreció como árido el mundo con sus flores», y que abandonóRoma —la capital del Imperio— «conscientemente indocto y sabiamente inculto». Probablemente, por obra del Espíritu Santo, tomó esta decisión asqueado por la degradación de costumbres de un mundo que ya estaba deshecho y lleno de inmoralidades, parecido a lo que vamos viendo hoy. En esa soledad viviendo solo con el Solo, es decir, solo con Dios, vive vida eremítica o solitaria durante 3 años, una vida que San Gregorio describe con las profundas palabras de «habitare secum», esto es: «habitar consigo mismo». Son exactamente las mismas palabras que el hijo pródigo se dice a sí mismo, y que posibilitan el camino de retorno al Padre: esto es su conversión. San Benito en Subiaco hizo su camino de conversión, de descubrimiento de la interioridad, del encuentro con Dios que posibilita el encuentro consigo y «la auto posesión» de sí mismo. Esto quiere decir que estando iluminadas y gobernadas las facultades espirituales —entendimiento y voluntad— por el Espíritu Santo, las inferiores se someten pacíficamente y el hombre recobra la paz original, la paz interior, la Pax. En la Santa Regla propone a sus hijos el mismo itinerario del hijo pródigo: «volver por el trabajo de la obediencia, a Aquel de quien nos habíamos alejado por la desidia de la desobediencia» (cf. Prólogo). Este es el camino monástico benedictino, un camino singular inserto en el núcleo mismo de la vida cristiana, un camino de interioridad que conduce a la paz. Una paz que no es un equilibrio que esconde profundas divisiones como lo que ofrece el mundo actual, sino la «quies», la tranquilidad del orden por la redención intrínseca de la gracia divina y la reconciliación con Dios.

¿Qué ha pasado con Europa? Ahí tenemos a San Benito, que ha realizado un camino hacia Dios que in-habita en su alma por gracia, un camino inverso al anti-itinerario por el que comenzó a caminar Occidente desde el Renacimiento y que lo va llevando cada vez más al colapso final. El resultado de este camino de San Benito fue que el Monasterio por él propuesto se convirtió en una especia de «Civitas Dei», de una Ciudad de Dios como la descrita por San Agustín, que dio origen a las ciudades que conformaron Europa sobre todo a partir de Carlo Magno. El modelo del Monasterio propuesto por San Benito engendró un mundo cristiano fundamentado en una síntesis entre antigüedad clásica y Evangelio, entre fe y razón, entre contemplación y trabajo que fue capaz de dar vida a una civilización cristiana y constituir el elemento aglutinante de los hombres y de los pueblos de Europa durante 1000 años. Sin duda, San Benito cuando escribió su Regla no previó que un día sus monjes habrían de ser, de alguna manera, los gestores de un mundo nuevo, de un mundo socialmente convertido a Cristo. Pero Europa fue de hecho poblada de Monasterios (en Francia, por ejemplo, estudios revelan que habría existido uno cada 25 kms.). La abadía de Cluny en el siglo XI llegó a tener unas 1000 Casas filiales y Citeaux en el siglo siguiente otras tantas. Estos Monasterios tenían una divisa tan grandiosa como elemental para todo cristiano: «No anteponer nada al amor de Cristo». Los pocos que han sobrevivido, y las ruinas de muchos, aun testimonian que Europa tuvo un día un alma cristiana… ¿Qué ha sucedido desde entonces hasta ahora?

Hoy día, por vez primera en la historia de la humanidad, la influencia de esta cultura occidental ha llegado a todos los confines de la tierra. Este proceso globalizador ha hecho más evidente que la «crisis de la conciencia europea» —a la que hacia referencia el historiador Paul Hazard—, ha llegado a ser la crisis del mundo contemporáneo. Un mundo que camina hacia una gran unidad, pero una unidad sin centro ni punto de referencia, unidad que hace necesariamente conflictiva toda la riqueza de la pluralidad de culturas. Ante esta situación, lo primero que cabe a Europa y a nosotros los monjes es un serio examen de conciencia. Tenemos la responsabilidad de volver a encontrar las raíces que nos permitan desempeñar nuevamente una tarea evangelizadora, y por tanto civilizadora. Desde esta perspectiva, tiene una renovada actualidad recordar el patronazgo que San Benito tiene sobre Europa y Occidente. Y recordar que esta influencia del mismo San Benito comenzó por un camino de conversión en la soledad y silencio de Subiaco, como el hijo pródigo. Es ahí donde debemos volver a encontrar la linfa vital, nosotros los monjes y también los laicos, si aun no hemos capitulado frente al influjo secularizador del mundo contemporáneo. Que la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, nos alcance la gracia de este camino de conversión personal y social bajo la dulce guía del Patriarca de los monjes y Patrono de Europa. Amén.

P. Petrus Paulus Mariae Silva

Fuente: Infocatólica

martes, 14 de julio de 2009

Lo que los protestantes dicen del “rito ordinario” de la misa (misa nueva o de Pablo VI)


DECLARACIÓN DEL CONSISTORIO PROTESTANTE DE AUGSBURGO RESPECTO DE LA MISA DE PABLO VI

“Estimamos que en las presentes circunstancias, la fidelidad al Evangelio y a nuestra tradición no nos autoriza a oponernos a la participación de los fieles de nuestra Iglesia en una celebración eucarística católica. ( Lo que quiere decir que en las presentes circunstancias, la nueva Misa ya no se opone a la tradición protestante. N.T.) “Es necesario, sin embargo, obrar con discernimiento y sabiduría. No debería aceptarse la invitación de otra Iglesia más que cuando pueda reconocerse, personalmente, en su celebración eucarística, la celebración de la Cena tal como el Señor la instituyó. (Es decir, tal como Lutero lo entendió. N.T.) Dadas las formas actuales de la celebración eucarística en la Iglesia Católica y en razón de las presentes convergencias teológicas, (Ya que las dos teologías convergen y la de los protestantes no ha variado; resulta claro que la teología de la nueva misa, para ellos, se ha puesto del lado de la teología protestante que niega los Dogmas eucarísticos. N.T.) muchos de los obstáculos que habrían podido impedir a un protestante la participación en su celebración eucarística, parecen estar en vías de desaparición. Hoy en día debería ser posible para un protestante reconocer en la celebración eucarística católica la Cena instituida por el Señor. (Es decir, la Cena protestante). En particular nos corresponde velar, por los siguientes puntos: El carácter evangélico de la celebración en la que el protestante pueda participar debe ser manifiesto (Es el caso de la nueva misa, para ellos, puesto que la aceptan. N.T.). Nosotros defendemos firmemente la comunión bajo las dos especies, no sólo por fidelidad al Evangelio y a la Reforma, sino porque para nosotros esta práctica se opone a una cierta apariencia de clericalismo (En otras palabras, en la comunión bajo las dos especies ven sobre todo una oposición declarada al Concilio de Trento. N.T.). Nos atenemos al uso de las nuevas plegarias eucarísticas bajo las cuales nos reconocemos y que tienen la ventaja de matizar la teología del sacrificio que teníamos por costumbre atribuir al catolicismo (Matizar la teología del sacrificio, es decir, no confesar el carácter propiciatorio de la Misa. N.T.). Estas oraciones nos invitan a reconocer una teología evangélica del sacrificio (Es decir, una teología protestante que niega el carácter propiciatorio del sacrificio. N.T.)” (Revista Roma)
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La pregunta que surge ante la Declaración es lógica: ¿se han vuelto católicos los protestantes o se han vuelto protestantes los católicos? Lo primero, parece ser que no, sin embargo, sólo un necio o un cretino se atrevería a negar la protestantización que han sufrido millones de católicos después del Concilio Vaticano II y del Novus Ordo. ¿De quién es la culpa y a qué se debe? Cada uno que saque sus propias conclusiones. Lo cierto es que una serie de doctrinas extrañas al catolicismo se han hecho dominantes en la misma Iglesia. Lo cierto es que la idea de Cena ha sustituido casi por completo a la noción de Sacrificio, en lo que se refiere a la Santa Misa. Lo cierto es que se ha desplazado a Dios y se ha puesto al hombre en el centro del mismo culto. Lo cierto es que el sentido de lo sagrado brilla por su ausencia en multitud de celebraciones católicas. Lo cierto es que un vocabulario novedoso ha sustituido la terminología tradicional católica, cuyo máximo exponente es el sacerdote transformado en presidente de una asamblea, o en un animador litúrgico. Y lo cierto es que todavía hay muchos que se empecinan en defender lo indefendible. ¿Es qué en verdad no te dice nada que los mismos protestantes se nieguen a participar en la Misa de siempre, en la Misa de los Santos, y no tengan el más mínimo reparo en participar en el Novus Ordo? Cuánto veneno y cuánto analgésico se ha inoculado en los corazones y en las mentes de los católicos en los últimos cuarenta años…

fuente textual: Veritas Vencit