lunes, 9 de mayo de 2011

Respuestas a las objeciones contra la posición católica sedevacantista 12ª y 13 ª Objeción



12ª objeción: ¿Cómo puede ser que toda la Iglesia y todos los cardenales hayan reconocido a un antipapa, como en el caso de Juan XXIII (1958-1963)?

Respuesta: El Papa Pablo IV declaró que los católicos no pueden aceptar a un reclamante herético del Papado, incluso si le llegaran a prestar obediencia “todos” – mostrando por dicha declaración que es posible que en un momento todos le lleguen a prestar obediencia a un antipapa.

Papa Pablo IV, de la Bula Cum ex apostolatus officio, 15 de febrero de 1559: “6. Agregamos, que si en algún tiempo aconteciese que (…) electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, (…) (ii) de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos…”.

¡Pero ya hemos tenido una situación similar en donde todos los cardenales reconocieron a un antipapa! Como fue demostrado anteriormente en el libro, durante el Gran Cisma de Occidente, 15 de los 16 cardenales que habían elegido al Papa Urbano VI le retiraron su obediencia por motivo de que la revoltosa multitud romana había hecho no canónica la elección. El único cardenal que no repudió al Papa Urbano VI fue el cardenal Tebaldeschi, pero murió poco después, el 7 de septiembre – dejando una situación donde ninguno de los cardenales de la Iglesia católica reconocieron al verdadero Papa, Urbano VI. Todos los cardenales luego consideraron inválida su elección[i].

En el siglo XII, el antipapa Anacleto II – que reinó ocho años en Roma mientras que desafiaba con el verdadero Papa, Inocencio II – ganó como sus partidarios la mayoría de los cardenales, el obispo de Porto, el decano del Sacro Colegio, y todo el pueblo de Roma[ii].

13ª objeción: Juan XXII era un hereje, denunciado como hereje incluso por el cardenal Orsini, sin embargo, él continúo siendo el Papa.

Chris Ferrara, “Oposición a la Campaña Sedevacantista”, Catholic Family News, agosto de 2005, p. 21: “Comparen la falta de éxito de la Campaña [sedevacantista] por buscar herejía “manifiesta” en los pronunciamientos de los Papas conciliares con el ejemplo histórico del Papa Juan XXII. En 1331, algunos teólogos franceses y el cardenal Orsini denunciaron a Juan XXII como un hereje, cuando, en una serie de sermones, él enseñó que las animas benditas, después de haber terminado su tiempo designado en el purgatorio, no verían a Dios hasta después del juicio final. El cardenal Orsini convocó un concilio general para denunciar al Papa de hereje, (…)  Enfrentado de esta manera pública, Juan XXII le respondió que no fue su intención de obligar con sus sermones a toda la Iglesia, y preparó una comisión de teólogos para examinar la cuestión. La comisión le informó al Papa que estaba en un error, y se retractó del error, varios años después, en el día antes de su muerte. Sin embargo, a pesar de ser denunciado como un hereje y amenazado con un concilio general para declarar su herejía, Juan XXII nunca dejó de ser considerado por la Iglesia como Papa, y la historia de la Iglesia debidamente lo registra como tal”[iii].

Respuesta: Juan XXII no fue un hereje, y su reinado no es prueba que los herejes puedan ser Papas.

En primer lugar, queremos que el lector se dé cuenta de algo muy interesante: cuando Chris Ferrara (la persona que presenta esta objeción) expone el caso de Juan XXII, nótese que este tema lo ha exagerado. Él no tarda en describirlo como un ejemplo de verdadera herejía. Pero cuando habla de las claras herejías de los “Papas” del Vaticano II, todas ellas son disminuidas al punto que él niega que alguna de ellas constituyan herejía. Por ejemplo:

Chris Ferrara, “Oposición a la Campaña Sedevacantista”, Catholic Family News, agosto de 2005, p. 21: “Pero la Campaña [sedevacantista] ni siquiera llega a la primera base, ya que, como veremos, a pesar de sus esfuerzos tenaces, ha fallado en identificar alguna herejía “manifiesta” de entre las numerosas declaraciones ambiguas y las acciones inquietantes (incluso escandalosas) de Juan Pablo II o Pablo VI…”[iv].

Bueno, entonces ninguna de las evidentes herejías de Juan Pablo II y Pablo VI (p. ej., sus enseñanzas sobre que hay santos en otras religiones; declarando que no debemos convertir a los no católicos; etc.), ni siquiera constituyen herejía, según Ferrara, no obstante, el caso de Juan XXII ciertamente alcanzó – para él –, el nivel de herejía. ¡Qué tonterías! ¿Hay alguien que no vea aquí la profunda hipocresía y la pura deshonestidad? Cuando Ferrara y otros anti-sedevacantistas sienten que es una ventaja desestimar la herejía, ellos elevan el estándar de exigencia para calificar la herejía, tanto así que, básicamente, nada puede alcanzar ese nivel de verdadera herejía. Sin embargo, cuando lo consideran oportuno exagerar una herejía (como en el caso de Juan XXII), porque ellos creen que tendrán éxito de oponerse de este modo al sedevacantismo, y así ellos dramatizan y hacen parecer mucho peor que lo que realmente era.

La verdad es que Juan XXII no era un hereje. La posición de Juan XXII sobre las ánimas benditas que no ven la visión beatífica hasta después del Juicio universal era una cuestión que aún no se había definido específicamente como dogma. Esta definición se produjo dos años después de la muerte del Papa Juan XXII por el Papa Benedicto XII en Benedictus Deus[v], pero al parecer a Chris Ferrara no le pareció importante mencionar este hecho.

El hecho de que el cardenal Orsini denunció a Juan XXII como un hereje no prueba nada, sobre todo si consideramos el contexto de los acontecimientos. Para proporcionar unos breves datos históricos: Juan XXII condenó como herética la enseñanza de “los espirituales”. Este grupo sostuvo que Cristo y los apóstoles no tenían posesiones individualmente o en común. Juan XXII condenó este punto de vista como contrario a las Sagradas Escrituras, y declaró que son herejes todos aquellos que se adhieren persistentemente a ella[vi].  “Los espirituales” y otros como ellos, incluso el rey Luis de Baviera, fueron condenados como herejes.

Cuando aconteció la controversia con respecto a las declaraciones de Juan XXII sobre la visión beatífica, los espirituales y el rey Luis de Baviera se aprovecharon de ello y acusaron al Papa de herejía. Estos enemigos de la Iglesia fueron apoyados por el cardenal Orsini, el hombre a quien Ferrara mencionó en su artículo.

La Enciclopedia Católica, “Juan XXII”, vol. 8, 1910, p. 433: “Los espirituales, siempre en una alianza íntima con Luis de Baviera, se aprovecharon de estos acontecimientos para acusar al Papa de herejía, apoyado por el cardenal Napoleón Orsini. En unión con este último, el rey Luis le escribió a los cardenales, instándolos a convocar un concilio general y condenar al Papa[vii].

Con estos informes, podemos ver que la declaración de Ferrara de que el “cardenal Orsini convocó un concilio general para denunciar al Papa de hereje…” se agrega una luz diferente: Claro, ellos son  el cardenal Orsini y sus buenos amigos, los herejes excomulgados. De hecho, incluso el propio “Papa” de Chris Ferrara, en su libro Teología dogmática, toma nota de que el escándalo fue utilizado por los enemigos de la Iglesia con fines políticos:

“Cardenal” Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), Teología dogmática, 1977, p. 137: “El escándalo [de Juan XXII] fue utilizado con fines políticos en la acusación de herejía introducido por los franciscanos enemigos del Papa [los espirituales] en la órbita de Guillermo de Ockham en la corte del emperador Luis de Baviera”[viii].

Chris Ferrara se ha unido a la compañía de los enemigos de la Iglesia por exagerar el caso de Juan XXII. Juan XXII no era un hereje. Además del hecho de que el asunto aún no se había definido específicamente como dogma, Juan XXII también dejó en claro que a nadie lo obligó a creer en su (falsa) opinión y que no tenía una conclusión definitiva a ese respecto:

La Enciclopedia Católica, sobre el Papa Juan XXII:
El Papa Juan le escribió al rey Felipe IV al respecto (noviembre de 1333), y destacó el hecho que, siempre y cuando la Santa Sede no haya emitido una decisión, los teólogos pudieron gozar de una libertad perfecta sobre este asunto. En diciembre de 1333, los teólogos de París, después de una consulta al respecto, decidieron en favor de la doctrina que las animas benditas veían a Dios inmediatamente después de la muerte o después de que se cumpliera su purificación; señalaron al mismo tiempo que el Papa no había emitido ninguna decisión sobre esta cuestión, sino sólo dio su opinión personal, y que ahora le pidieron al Papa que confirme su decisión. Juan asignó una comisión en Aviñón para estudiar los escritos de los Santos Padres, y para discutir sobre la cuestión en disputa. En un consistorio celebrado el 3 de enero de 1334, el Papa declaró explícitamente que nunca tuvo la intención de enseñar algo contrario a la Sagrada Escritura o a la regla de fe y que de hecho no tenía el fin de emitir cualquier decisión. Antes de su muerte, se retractó de su dictamen anterior, y manifestó su creencia que las almas separadas de sus cuerpos gozan en el cielo de la visión beatífica”[ix].

Todo esto sirve para indicarnos que Juan XXII no era un hereje. Sostuvo una opinión personal que estaba completamente equivocada, cuya opinión él mismo declaró explícitamente que no era más que una opinión. De hecho, a pesar de su error significativo, Juan XXII fue bastante vigoroso contra la herejía. Su condena a los espirituales y al rey Luis de Baviera es prueba de que él sí condenaba la herejía. Compararlo con los antipapas del Vaticano II que ni siquiera creen que exista la herejía es totalmente ridículo. Cómo ya se demostró, ¡Benedicto XVI ni siquiera cree que el protestantismo sea una herejía! ¡Qué burla satánica que alguien obstinadamente afirme (a la cara de estos hechos)  que este hombre sea un católico! El hecho es que en donde busquen los anti-sedevacantistas (ya sea en el dogma del Papado, o en las acciones de Lutero, etc.), ellos serán refutados. Por ejemplo, ya que estamos en el tema de Juan XXII y el Juicio universal, debe recordarse que Benedicto XVI niega el dogma católico – quizá el más central – respecto al Juicio universal: la resurrección de los cuerpos, como lo hemos demostrado en el capítulo anterior (20) sobre sus herejías.

Benedicto XVI, Introducción al Cristianismo, 2004, p. 349: “Esto indica claramente que la médula de la fe en la resurrección no consiste en la idea de la restitución de los cuerpos, a lo que nosotros la hemos reducido; todo esto es válido, aunque la Biblia haya cambiado la representación”[x].

Benedicto XVI, Introducción al Cristianismo, 2004, pp. 357-358: “En pocas palabras, Pablo no enseña la resurrección de los cuerpos, sino de las personas…”[xi].

Así que, cuando los anti-sedevacantistas plantean la cuestión de Juan XXII y el Juicio universal, ellos no hacen nada más que hacernos recordar de otro dogma que Benedicto XVI niega. Y además es una prueba más de por qué él no es el Papa.




[i]  Warren H. Carroll, A History of Christendom, edición inglesa, vol. 3 (The Glory of Christendom [La Gloria de la Cristiandad]), pp. 432-434.
[ii]  The Catholic Encyclopedia, edición inglesa, vol. 1, p. 447.
[iii]  Chris Ferrara, “Opposing the Sedevacantist Enterprise”, Catholic Family News, agosto de 2005, p. 21.
[iv]  Chris Ferrara, “Opposing the Sedevacantist Enterprise”, Catholic Family News, agosto de 2005, p. 21.
[v]  Denzinger 530.
[vi]  Denzinger 494.
[vii]  The Catholic Encyclopedia, edición inglesa, “John  XXII” [Juan XXII], vol. 8, 1910. P. 433.
[viii]  Benedicto XVI, Dogmatic Theology [Teología Dogmática], edición inglesa, The Catholic University of America Press, 1977, p. 137.
[ix]  The Catholic Encyclopedia, edición inglesa, vol. 8, p. 433.
[x]  Benedicto XVI, Introducción al Cristianismo, edición inglesa, p. 349.
[xi]  Benedicto XVI, Introducción al Cristianismo, edición inglesa, pp. 357-358.