U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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sábado, 26 de marzo de 2011

CURSO SUPERIOR DE RELIGIÓN Dogma - Moral - Culto - Apologética -- Lección 11 y 12



Lección 11

42.              Art. 3º EL NUEVO TESTAMENTO

El N. Testamento consta de 27 libros: 5 históricos, a saber: los 4 Evangelios y los Hechos de los Apóstoles; 21 doctrinales, que son las Epístolas; y uno Profético que es el Apocalipsis.


43.              Los Evangelios

Los 4 Evangelios de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan nos refieren la vida y enseñanzas de N. S. Jesucristo.
Ellos deben ser para el católico el libro de mayor estimación y estudio, porque contienen los ejemplos del divino modelo, y las enseñanzas del divino Maestro.

"Tanto enseña Cristo por sus palabras como por sus obras", dice San Agustín. Por eso todo el Evangelio merece ser atentamente meditado.
Avergüenza que tantos que se llaman discípulos de Cristo tengan tiempo y dinero para toda suerte de bagatelas, y no lo tengan para procurarse el Evangelio y aprovechar sus enseñanzas.               (Véase cuadro sinóptico página siguiente).
Digamos una palabra sobre los símbolos con que se representa a los evangelistas. Están tomados de los hechos narrados en el primer capítulo de cada Evangelio.
1º San Mateo empieza su Evangelio por el origen de Cristo en cuanto hombre. Por eso se le dio por símbolo un rostro humano.
2º San Marcos empieza por la predicación de San Juan Bautista en el desierto. Su símbolo es un león, animal del desierto.
3º San Lucas empieza por el sacrificio de Zacarías, padre del Bautista. Su símbolo es un ternero, animal por excelencia de los sacrificios.
4º San Juan empieza con una página sublime sobre la generación eterna del Verbo, símbolo es un águila, animal que se cierne en las alturas.
Lo referente a los cuatro Evangelios, podemos estudiarlo en el siguiente


Cuadro sinóptico

Evangelista
Características de las personas
Características
de sus Evangelios
Fin especial
Fecha e idioma
Mateo

Era cobrador de impuestos. Uno de los 12 Apóstoles

Cita 43 veces el Antiguo   
Testamen­to, haciendo ver
que en Cristo se
cumplieron las pro­fecías.
Relata el sermón de la
mon­taña.

Convertir a los ju­díos, haciéndoles ver que Cristo era el Mesías prometi­do.

Hacia el año 50, en arameo.
Marcos

Era de Jerusalén. fue secretario y compañero de viajes de San Pedro. No fue de los 12.

Se detiene más en los hechos que en las palabras de Cristo.


No aparece en él fin especial.

Hacia el año 55, en griego, en Ro­ma.
Lucas

Médico de Antioquía. Fue secretario y compañero de viajes de San Pablo. No fue de los 12.

Gran narrador: es el que tiene mejo­res prendas litera­rias.
Es el único que re­lata la infancia de Cristo.

Convertir a los pa­ganos, como com­pañero que era de San Pablo. El mis­mo era pagano con­vertido.

Hacia el año 60, en griego, parece que en Roma.
Juan

Pescador de Galilea. Uno de los 12. Fue "el discípulo ama­do" de Cristo.

Da preferencia a la vida divina de Cristo. Es quien mejor descubre los tesoros de su co­razón. Narra los discursos de la pro­mesa de la Euca­ristía y el sermón de la Cena.

Probar la divinidad de Cristo, que em­pezaba a ser ne­gada por los prime­ros herejes. Com­pletar los otros Evangelios.

Hacia el año 100, en griego, en Éfeso.


44.              Los Hechos. Epístolas. Apocalipsis.

Los hechos de los Apóstoles, escritos por San Lucas narran la Ascensión del Señor y los primeros años de la Iglesia, especialmente los trabajos y actividad de San Pedro, el príncipe de los Apóstoles, y de San Pablo, el Apóstol de las gentes.
Las Epístolas son cartas pastorales escritas por los Apóstoles, que encierran importantísimas enseñanzas sobre Dogma, Moral, perfección cristiana y disciplina eclesiástica.

Se entiende por disciplina eclesiástica las reglamentaciones referentes al régimen y gobierno de la Iglesia.
De las Epístolas, M son de San Pablo, 3 de San Juan, 2 de San Pedro, 1 de Santiago y 1 de San Judas Tadeo.

Las Epístolas de San Pablo se distinguen:
a)  Por la excelencia y solidez de la doctrina; algunas llegan a ser verdaderos tratados dogmáticos.
b)  Por el entrañable amor a Cristo que respiran y comunican.
c)  Por el lenguaje ora enérgico, ora tierno, siempre hondo y entusiasta del gran Apóstol.

Son las siguientes: a los romanos, 2 a los corintios (todas tres muy importantes por su extensión y contenido doctrinal), a los gálatas, a los efesios, a los filipenses, a los colosenses,  dos a los tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón y a los hebreos.

El Apocalipsis, escrito por el Apóstol San Juan, es el único libro profético del Nuevo Testamento, y contiene profecías relativas a la futura suerte de la Iglesia y al fin de los tiempos.

LECCIÓN 12

45.              Art. 4º LA IGLESIA DEPOSITARIA DE LAS ESCRITURAS

Tres poderes corresponden a la Iglesia respecto a la Escritura: fijar su canon, determinar su sentido, velar por si: integridad.

Fijar el canon de las Escrituras significa determinar qué libros se deben tener por revelados, y cuáles no.

Canon significa aquí lista u orden de los libros revelados. Cristo, al dejar a su iglesia la facultad de velar por su doctrina, tuvo que darle el poder de determinar en qué libros se hallaba esta doctrina. De otra suerte los fieles no hubieran sabido a qué atenerse en materia de tanta trascendencia. Es de advertir que en los primeros siglos muchos libros no revelados trataron de pasar por revelados.

Determinar el sentido significa interpretar cuál es su verdadero sentido, especialmente en los pasajes obscuros y difíciles.
La Sagrada Escritura es un libro divino y misterioso, en el cual, como dice San Pedro, "Hay cosas difíciles de entender, cuyo sentido falsean los indoctos para su propia perdición". (II, Ptr. 3, 16). "Habrá muchos heresiarcas seguidos por muchedumbres" dice el mismo apóstol (II, Pedro, 2, I y 2).

Velar por su integridad quiere decir estar alerta, para que la Escritura no vaya a sufrir alteración o menoscabo.
Sólo la Iglesia tiene este triple poder, porque sólo a ella confió Cristo el depósito de la fe, y le dio la misión de enseñar.

46.              Falsedad del libre examen

El libre examen de la Escritura, doctrina fundamental del Protestantismo, consiste en admitir que cada uno tiene derecho de interpretar a su gusto la Sagrada Escritura.
El libre examen no puede aceptarse, porque resultarían tantas doctri­nas e Iglesias cuantas interpretaciones; y es evidente que Cristo no quiso fundar sino una sola Iglesia con una sola doctrina.
Como consecuencia del libre examen el Protestantismo se halla di­vidido en innumerables sectas, que profesan doctrinas contradictorias.
Otra prueba de que el libre examen conduce al error, es que los he­rejes de todos los tiempos han pretendido defender sus errores con falsas interpretaciones de la Escritura.
La Iglesia exige dos condiciones en las ediciones de la Sagrada Es­critura, para permitir su lectura a los fieles: a) que lleven su aprobación, porque sólo ella recibió de Cristo la misión de velar por su doctrina, b) Que las ediciones en lengua popular lleven notas explicativas, porque son muchos los pasajes difíciles que de otra suerte pueden ser mal com­prendidos.

Las ediciones que carecen de estas condiciones deben destruirse porque son de origen protestante.

47.              Art. 5º EXCELENCIA, UTILIDAD Y AUTORIDAD DE LA SAGRADA ESCRITURA

Su excelencia se desprende de que es la palabra de Dios, para instruírnos. Merece pues, nuestra mayor veneración. "La palabra de Cristo, dice San Agustín, debe merecernos el mismo aprecio que el cuerpo de Cristo".

2° Su utilidad es muy grande, porque todo en ella ha sido escrito para nuestro aprovechamiento espiritual.
"Toda Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, para convencer, para corregir a los pecadores, para dirigir a los buenos en la justicia". (San Pablo, Tim. 3, 16).
Es de advertir, sin embargo que aunque la lectura de la Sagrada Escritura es muy útil y recomendable, no es indispensable para la salvación, contra lo que ense­ñan los protestantes. La razón es que el medio esencial escogido por Dios para salvar a los hombres, es la predicación o enseñanza de la Iglesia. "La fe nos viene por el oído", enseña San Pablo, Rom. 16, 17 y Dios envió a los Apóstoles, no a escribir libros, sino "a predicar a toda criatura". Mc. 16, 15. Por otra parte los que no saben leer, o no tienen oportunidad de hacerlo, no pudieran salvarse.

La autoridad de la Escritura es máxima en materia de fe y de costumbres, porque siendo Dios su autor, no puede haber error en ella.

Los sacerdotes la citan tantas veces en la predicación por dos motivos:

1º Porque siendo la palabra infalible de Dios, no puede haber para el cristiano argumento de mayor autoridad. 29 Porque Dios ha prometido a su palabra especial poder para mover los corazones hacia El.

"La palabra de Dios es viva y eficaz y más penetrante que espada de dos filos, y llega hasta los pliegues del alma" (San Pablo Hebr. 4, 12). "No es así que mis palabras son como fuego, y como martillo que desmenuza las peñas?" (Jeremías, 23 19).

La Iglesia no prohíbe a los fieles la lectura de la biblia, antes bien la ha recomen­dado siempre, especialmente la del nuevo testamento. Recomienda sí a los jóvenes que su lectura se haga con piedad y con cierto discernimiento, pues hay algunos libros cuya lectura no es recomendable indistintamente para todos, pues por ser his­tóricos refieren a veces cosas delicadas.
San Jerónimo aconsejaba a las matronas romanas el siguiente orden para la lec­tura de los libros del antiguo testamento: El Salterio, Los Proverbios, que dan reglas de vida: el Eclesiastés, que enseña el desprecio del mundo; lob, que enseña la for­taleza y la paciencia; Los Profetas, El Pentateuco, Los Revés, Los Paralipómenos y El Cantar de los Cantares.

viernes, 25 de marzo de 2011

PENSAMIENTO Y OBRA DEL REV.P. JOAQUÍN SÁENZ Y ARRIAGA SJ [4]



DIRECTOR DE LAS CONGREGACIONES MARIANAS


Característica peculiar de la Compañía de Jesús es el sorpresivo traslado de ciudad y la mudanza de labores encomendadas a sus miembros. Al padre Sáenz Arriaga, que tan eficazmente había desempeñado su trabajo cerca de los estudiantes de Guadalajara, lo enviaron a dar clases de español en el Spring Hill College, de El Paso, Texas, y en Mobile Co. de Alabama, provincia eclesiástica de Nueva Orléans. En los Estados Unidos se pasó el año de 1936 y, en 1937, lo mandaron a la casa de ejercicios de Santa María de Guadalupe, en Chihuahua. Con él estaba el padre Guillermo Terrazas, también S. J. y ambos se dedicaron a organizar ejercicios espirituales, no sólo en la capital del Estado, sino en otras ciudades norteñas.
Estudioso de los sistemas sociopolíticos en relación a la doctrina social de la Iglesia, publicó en la revista Christus, editado por la Compañía de Jesús, extenso artículo intitulado Sociología. El comunismo, he allí el verdadero enemigo, en el que, además de exponer las tesis conocidas de Pío XI y Pío XII, dejó constancia de su propio pensamiento, coincidente con el de sus hermanos de religión. Recuérdense las concurridas conferencias sustentadas en aquellos años por el padre Eduardo Iglesias, en el templo de San Francisco, de la ciudad de México.
En 1938 el padre Sáenz marchó a Torreón, Coah., destinado a la Casa de la Santísima Virgen del Monte Carmelo. Ahí tuvo a su cargo las Congregaciones Marianas, la de san Ignacio para varones, y la de San Luis Gonzaga para menores. En razón de este trabajo se dedicaba al catecismo y a cuestiones relacionadas con la parroquia del Carmen.
La política internacional, precursora de la segunda guerra, en la que se iban delineando los campos rivales, llevó al gobierno cardenista a un paulatino disimulo en sus excesos socialistas y, por ende, a una mayor tolerancia con la Iglesia Católica, situación de la que supo aprovecharse el perspicaz jesuita para reforzar la obra de proselitismo religioso que la Sociedad de Jesús, más que ninguna otra orden, realizaba. Con clara visión del mundo contemporáneo, el padre Sáenz auspició la idea de realizar un nuevo congreso nacional de las Congregaciones Marianas de varones —sólo existían dos antecedentes en México, el de 1913 del que surgió la ACJM, y el de 1919—. Este congreso se celebró en la iglesia del Carmen y marcó una nueva etapa en la vida de esta institución, a nivel nacional.
Al año siguiente, en mayo de 1939, la Congregación le Señoritas, establecida en el templo de San Felipe Neri, de la Perla Tapatía, convocó al Primer Congreso Nacional de Congregaciones Femeninas.

"En ambos congresos se aprobó, por unánime y desbordante aclamación, el establecimiento de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas... Tan hermoso; importante proyecto fue acogido con paternal benevolencia y bendecido y aprobado, así por el Venerable Episcopado, como por los Superiores jesuitas." (1)
"El Comité Organizador, encabezado entonces por el R. P. Manuel Cordero. . . lanzó las bases que habían de servir para la organización, para la vida de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas de la República." (2)

En estas múltiples labores, a las que añadía fructíferas misiones por el norte del país, transcurrió el tiempo. A mediados de 1939 regresó a la ciudad de México. Se instaló en la llamada Casa del Sagrado Corazón de Jesús, calle Rivera de San Cosme número 5, residencia de los jesuitas. Preparado como estaba para desempeñar trabajos importantes en la Sociedad de Jesús, fue puesto al frente del Secretariado Nacional de las Congregaciones Marianas y dio impulso definitivo al establecimiento de la Confederación proyectada en los congresos marianos de Torreón y de Guadalajara. Creó y dirigió como órgano periodístico de esta agrupación, la revista Sodálitas (3) en la que publicó una serie de artículos "en los que trataba algunos temas importantes, encaminados a la formación de la juventud, y principalmente aquéllos que se relacionan con el más grave y trascendental problema de los jóvenes, de ellas y ellos, la elección de estado." (4)
El estudioso jesuita comprendía y sabía estimular a los jóvenes, quienes no le escatimaban su aprecio y su respeto. Fruto de su trato frecuente con la juventud católica de México fueron los artículos cuyos títulos dan idea de la sensatez de su pensamiento: "La formación del carácter", "La fuerza de la voluntad", "La vida sobrenatural de las Congregaciones Marianas", "Las normas morales que deben regular el trabajo y las relaciones de los jóvenes de ambos sexos", "Amor que se cotiza, amor que se vende". "El noviazgo, tiempo de preparación", etcétera, etcétera.
Estos artículos, escritos para lectores ubicados dentro de la influencia jesuítica de la época, resultaron lo suficiente importantes para no dejarlos perder en las páginas de una revista forzosamente perecedera y, a sugerencia de sus superiores, el autor integró con ellos un libro al que intituló: Nuestros jóvenes, ellos y ellas, publicado por "Buena Prensa", editorial de la Compañía, en 1945.
Los jesuitas eran, en aquellos años, los principales guías de la juventud católica mexicana. Las agrupaciones juveniles estaban en sus manos: estudiantes, empleados, adolescentes. Cada asociación desarrollaba labores concretas, dentro del primitivo espíritu de la Acción Católica estructurada por Pío XI, según su propia definición: "La participación del laicado en el aposto-lado jerárquico de la Iglesia", es la recristianización de la persona humana, de la familia, de la sociedad y de la nación. Esta es la paz de Cristo en el reino de Cristo.
Era director pontificio de la Acción Católica Mexicana, el Excmo. Señor Ignacio Márquez, arzobispo coadjutor de Puebla y, posteriormente, titular.
Presidía la Junta Central de la ACM el licenciado Mariano Alcocer, hombre de sólida cultura religiosa y social.
Siendo el padre Joaquín Sáenz Arriaga, S. J., director de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas de la República Mexicana, éstas, dentro del territorio de la provincia de México, solicitaron ser incorporadas a la ACM. Firmaron la solicitud, el día 14 de agosto de agosto de 1940, el notario Luis G. Ortiz y Córdova, secretario de la Confederación de las CC. MM. de varones, Luz Formento, secretaria de las CC. MM. femeninas y los respectivos tesoreros.
El 27 de agosto envió su respuesta afirmativa el licenciado Mariano Alcocer al padre director de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas.
La Sociedad de Jesús cumplía cuatro siglos de existencia; cuatro siglos en los que la historia universal le debía no pocas y saludables interferencias. En sus inicios había sido ejército poderoso y disciplinado que se enfrentó a la Reforma protestante, y si no la dominó, por lo menos evitó que se apoderarse de importantes reductos católicos. (5)
Para celebrar en México el cuarto centenario del reconocimiento pontificio de la orden ignaciana, la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas, encabezada, como queda dicho, por el R. P. Joaquín Sáenz Arriaga, S. J., lanzó el proyecto de realizar un magno Congreso Nacional de las Congregaciones Marianas de la República Mexicana.
Aprobada esta iniciativa, el R. P. José María Altamirano y Bulnes, S. J., recibió el encargo de presidir el comité organizador de dicho evento, que quedó programado para la semana del 20 al 27 de abril de 1941.
Este congreso se reunía "en los momentos en que sucede en el mundo una de las más angustiosas crisis por las cuales ha pasado la humanidad —apuntó en su discurso la joven e inteligente congregante Josefina Muriel—; una de las más graves por la enorme trascendencia que sus implicaciones contienen y grave también porque sus convulsiones han adquirido proporciones universales."
Resulta consolador y a la vez alentador que, en medio de tal crisis en la que los valores humanos quedaban subordinados a los intereses materiales, un grupo representativo de cien mil congregantes marianas se entregase a la oración, al planteamiento del servicio al prójimo, a la predicación de la paz, del amor y de la fe única y verdadera.
Participaron los más preclaros talentos de la Compañía y laicos de insospechada ortodoxia católica, entre otros el ingeniero Antonio Santa Cruz.
Con una sesión solemne, celebrada en el frontón México, lleno de bote en bote, se dio fin a esta memorable asamblea. Hablaron Alfonso Junco, Manuel Herrera y Lasso; el presbítero Gabriel Méndez Plancarte, célebre literato, declamó un poema dedicado a Nuestro caudillo:

"Ignacio de Loyola, Capitán esforzado de la invencible Compañía que
lleva el dulce nombre —nombre dulce y terrible— de ¡Jesús como insignia!"

La Comisión Directora del Congreso estuvo integrada por Francisco Robinson Bours, S. J., provincial de la Sociedad de Jesús en México; José María Altamirano y Bulnes, S. J., presidente de la Comisión; Joaquín Sáenz Arriaga, S. J. director de la Confederación Nacional de las CC. MM.; Eduardo Iglesias, S. J. y José Antonio Romero, S. J. Grupo humano coherente y valioso del que fue, el padre Sáenz, el dínamo que produjo la energía para hacer caminar este exitoso congreso nacional.
Año tras año, en tiempos de cuaresma, solían enviar al celoso sacerdote a los lugares más necesitados de espiritualidad. Sabida era la fama que gozaban los jesuitas como educadores y como predicadores, ya que ambas cosas son la misma en la enseñanza del catecismo, guía seguro para llegar al cielo.
La espiritualidad del padre Sáenz se manifestaba en su encendida predicación, en sus tiernos consejos a los penitentes, en sus diáfanas explicaciones sobre la intrincada Teología.
En febrero de 1940 y en marzo de 1941 llegó al puerto de Tampico, y en la catedral participó en las series de ejercicios  espirituales  ofrecidas a la población. Su naciente celebridad atraía principalmente a los jóvenes. Los niños, una vez que le conocían, revoloteaban a su rededor como palomas obedientes a su llamado. Cientos de criaturas acudían a escuchar al bondadoso padre que hacía llegar, a sus corazones, mensajes indescifrables de bondad. Entre aquellos centenares de niños y niñas se encontraba una chiquilla de escasos once años de edad, dotada de talento nada común, de gran receptividad y profunda vocación religiosa que su innata inspiración traducía en místicos poemas. Esta niña, que habría de destacar desde su temprana madurez en el mundo de las letras castellanas, sintióse sobrecogida de admiración y, en su libreta escolar, escribió unos versos dedicados "con gratitud y respeto al padre Sáenz". Su belleza conceptual, sus metáforas vigorosas, su ritmo y su delicadeza no sólo descubren el dominio del verbo en esta precoz poetisa, sino que revelan cuan hondo caló en ella, y supuestamente en todos los niños, la franciscana predicación del padre Sáenz:

Pasas por el jardín de nuestra vida
como un arroyo que al regar las flores
esmalta sus pétalos de mil colores. . .

En ti van a beber los ruiseñores
que cansados prosiguen su camino,
y esperan en tus aguas cristalinas
recobrar las fuerzas que han perdido. . .

Eres cual el brillante sol de primavera
que derrama su luz en la pradera
y ayuda así a fecundar la tierra,
y eres en la tormenta de las almas
el arco iris que la nube ahuyenta
y nos anuncia el fin de la tormenta.

Y haciendo tanto bien en nuestras almas
tú no esperas ninguna recompensa,
mas Dios te premiará en su gloria inmensa.

29 de febrero de 1940

Al año siguiente, a la vuelta del padre, repitió aquella niña sus ejercicios espirituales y, en esta ocasión, no una sino dos poesías dedicó al sacerdote que le inspiraba "una gran confianza para hablarle de (sus) experiencias y deseos interiores..." "Él me iluminó en muchos aspectos y me afirmó en determinaciones fundamentales que influyeron en toda mi vida posterior", recuerda Gloria Riestra a continuación de las copias que de sus extraordinarias poesías me envió; poesías y conceptos, vale recalcarlo, elaborados por una pequeñita de 11 años. El testimonio de esta gran mujer es uno de los muchos que podría citar a lo largo de la existencia del hombre que, frente a la adversidad, frente al desprecio de sus propios hermanos en la fe, al igual que en medio de bonanzas en su celebridad, permaneció fiel a su vocación sacerdotal.
La imagen adusta del padre a pocos engañaba; tras su gesto austero se descubría su innata bondad, su permanente deseo de agradar. Los niños lo querían, los jóvenes sentíanse comprendidos por él, los adultos le respetaban y confiaban en su autenticidad humana, en su dignidad sacerdotal.
Para conmemorar el cuarto centenario de su fundación, la ciudad de Mérida se aprestaba a celebrar el Primer Congrego Eucarístico Arquidiocesano, convocado por Su Excelencia, doctor Martín Tritschler Córdoba, arzobispo de Yucatán, los días 25 al 30 de noviembre de 1942.
Al señor Arzobispo no le alcanzó la vida para ver realizado su piadoso proyecto, pues Dios lo llamó a la eternidad diez días antes de la inauguración del Congreso, que se realizó conforme a los planes por él programados.
Entre los encumbrados monseñores que asistieron se encontraban los padres Joaquín Sáenz y Julio Vértiz. El director de la Confederación de las Congregaciones Marianas escribió en Sodálitas, número correspondiente a enero de 1943:
"Una circunstancia especialísima vino a hacer todavía más inolvidable mi estancia en Mérida: la inesperada y sentidísima muerte del Exmo. y  Rvmo. Sr. Arzobispo Dr. D. Martín Tritschler y Córdova. Describir aquí aquella imponente, grandiosa y espontánea manifestación de duelo, sería del todo imposible. Yo no he visto cosa semejante en ninguna parte. Todos los espectáculos públicos se suprimieron el día de la muerte del Señor, el comercio cerró sus puertas, todas las casas ostentaban en sus puertas la señal de duelo, y el pueblo en masa, durante cuatro días, estuvo rindiendo sus tributos de aprecio, de gratitud, de cariño filial y de dolor profundo al Padre y Pastor, que durante cuarenta y dos años gobernó la Arquidiócesis yucateca."
Eran tiempos de respeto y veneración hacia los guías espirituales —que no políticos— de nuestro pueblo.
Al llegar la cuaresma de 1943, el Padre ocupóse, como en años anteriores, de impartir Ejercicios Espirituales  y visitar las Congregaciones Marianas del interior. Estuvo en Huiramba, Michoacán; y, de regreso a México, pasó por la ciudad de Morelia, donde vivía su tío y homónimo, deán de la Catedral quien, por sus virtudes, monseñor Luis María Martínez, arzobispo de México, había escogido como su confesor.
Joaquín llegó aquella noche a Morelia y visitó a su tío. Monseñor Sáenz Arciga le hizo ver lo inconveniente y dificultoso de partir a las diez de la noche a México, pero el sobrino se empecinó: tenía urgencia de presentarse a primera hora, y en compañía de dos muchachos regiomontanos, alquiló un auto de sitio. A las 11 p.m. emprendieron el viaje difícil y expuesto por lo muy accidentado de la carretera. Al llegar al paraje conocido como Mil Cumbres, en el que una curva pronunciada desemboca en otra más aguda, el conductor perdió el dominio del auto y cayeron en una hondonada. Milagrosamente salieron ilesos los compañeros del padre y el chofer, no así don Joaquín que sufrió golpes y cortadas, algunas en la cabeza que al sangrar dábanle aspecto impresionante. A las 4 de la madrugada estaban todos de regreso en Morelia. El padre fue internado en el Hospital General. Su urgencia se le convirtió en retraso para integrarse a una nueva responsabilidad. Su visita a México la hizo, días después, en compañía de un jesuita y una dama apellidada De la Torre, que se prestó voluntariamente a cuidarlo.
El domingo 9 de mayo se conmemoró el Día Mundial de las Congregaciones Marianas. En el antiguo templo de San Francisco, que ocupaban los padres ignacianos, se celebró una misa solemne. Sáenz Arriaga, aunque maltrecho y adolorido, reapareció en esta ceremonia para dar la bendición con el Santísimo.
Algún run run anclaría ya en los mentideros de la Orden pues don Joaquín recibió ese día un telegrama, suscrito por numerosas corporaciones religiosas de Guadalajara, brindándole su adhesión al "digno cargo" que ocupaba en las Congregaciones Marianas.
Don Joaquín era hombre de ideas firmes, pero a la vez asequible a sujetos de distinto modo de pensar aun en cuestiones de fe, lo cual explica las buenas relaciones que cultivó con personas de alta significación política. Con su paisano Lázaro Cárdenas, situado en las antípodas de su pensamiento, supo hacerse apreciar, en justa reciprocidad al respeto que él mostró a su alta investidura presidencial.
Aunque don Lázaro no gozaba de generales simpatías, es un hecho que entre los michoacanos alcanzó franca y leal estimación, sin que sus coterráneos se sintiesen, por ello, cohibidos para hacerle cuantas reclamaciones y observaciones juzgaban necesarias.
El padre también llevó cordiales relaciones con el general Manuel Ávila Camacho, durante el tiempo que ocupó la presidencia de México, y más aún con su discreta y fina esposa, doña Soledad Orozco de Ávila Camacho. El siguiente episodio recoge el grado de confianza que gozaba don Joaquín con la familia del Presidente.
A las 10 de la mañana del día 10 de abril de 1944, a los acordes de la Marcha de Honor descendía el general Ávila Camacho de su automóvil en el patio del Palacio Nacional. Al acercarse al elevador que lo llevaría a su despacho, el teniente del Ejército, Antonio de la Lama Rojas, se cuadró frente al Primer Magistrado y, acto continuo, sacó su pistola y le disparó un tiro, que rozó la epidermis de don Manuel. El teniente fue desarmado y hecho prisionero. Lo llevaron al cuartel del 6" Regimiento de Caballería y, dizque al querer huir, uno de sus custodios lo hirió de un balazo. Fue conducido al Hospital Militar y, al cabo de dos días, murió, no sin antes ser asistido espiritualmente por el padre Sáenz Arriaga.
Para ayudar a las muchachas estudiantes, además de la JCFM se creó la Unión Femenina de Estudiantes Católicas, a iniciativa del padre José Mier y Terán, S. J., quien asumió la total responsabilidad de esta naciente asociación.
Inauguró los trabajos el día 12 de octubre de 1935. En la asamblea constitutiva resultó electa primera presidenta la joven María de los Ángeles Cosío. Sucediéronla en el cargo, posteriormente, María Angelina Servín de la Mora, Delfina Esmeralda López Sarralangue, Emma Verduzco Velarde y, la última, Carmen Aguayo.
Para un buen observador no pasará inadvertida la preocupación de la Compañía por dirigir a la juventud que habría de ser fermento de la sociedad futura. La aparente repetición de instituciones afines se explica por la divergencia de los medios sociales y económicos de sus miembros.
Mier y Terán murió el 30 de diciembre de 1942. Su obra había alcanzado sólido crecimiento y, para sucederle en tan delicada dirección espiritual y material, la Sociedad de Jesús designó al R. P. Joaquín Sáenz Arriaga quien atendía a la vez, como hemos visto, el Secretariado Nacional de las Congregaciones Marianas. El padre estaba en permanente comunicación con todos los grupos de esta sociedad, almacigo de vocaciones y excelente escuela de vida religiosa para laicos creada por la Compañía de Jesús. Su prolongada permanencia en este cargo da la medida de su capacidad y su dedicación, virtudes que fueron aprovechadas para extender su fecunda actividad, durante cinco años, es decir, desde la muerte del padre Mier y Terán, al frente de la UFEC. En 1947 fue relevado por el padre David Mayagoitia, S. J., cuyo pensamiento social discrepaba sustancialmente del suyo.
Nunca dejó ociosa su pluma y, en aquel tiempo dio a las prensas su obra intitulada Donde está Pedro, está la Iglesia, (6) que demuestra su fidelidad al Papado, piedra clave de la Iglesia romana. Este libro resulta un mentís anticipado a las calumnias de aquellos a quienes interesaba confundir la institución con la persona para acusarlo de herejía.
Es preciso subrayar cómo, a partir de 1944 hasta 1952, van siendo sustituidos los antiguos jesuitas, de formación teológica sólida, preparados y competentes directores de la juventud, por nuevos elementos precursores del desastre progresista en el que caería este instituto religioso que tanto bien hizo a las almas y que ahora parece empeñado, no sólo en negar su brillante pretérito, sino en destruir lo que sus inmediatos predecesores hicieron en bien de la religión y de la patria.
Acababa de terminar la guerra mundial y, en 1946, se realizó en España un congreso de las Congregaciones Marianas, al que asistió el carismático jesuita que estaba al frente de dicha institución en México. Algunos congresistas hicieron una excursión al Escorial y luego al Valle de los Caídos. Las obras de la basílica estaban en sus inicios, más avanzadas las de la Hospedería y Centro de Estudios. El proyecto general del monumento evidenciaba su grandiosidad. No faltó algún compatriota impregnado del espíritu utilitario y laico de las generaciones educadas en "el concepto racional y exacto del Universo", que externase esta opinión:
—Parece mentira que se haya gastado tanto dinero para hacer este monumento, que estaría bien en otros tiempos, pero no después de una guerra.
El padre Sáenz se volvió al que hacía tal comentario y le replicó:
—Para entender esta paradoja se necesita ser católico y español.
Esta grandiosa basílica, coronada con una cruz colosal, no sería la tumba del soldado desconocido, sino justo tributo a la memoria de quienes, en defensa de Dios y de la patria, hicieron desinteresada entrega del mayor y más rico patrimonio del hombre: la vida.
El activo jesuita dirigió el Secretariado y la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas desde el año 1939 al de 1947.
Antonio Rius Facius
EXCOMULGADO
Trayectoria y pensamiento del P. Sáenz y Arriaga

NOTAS
1) Álbum del Magno Congreso de las Congregaciones Marianas de la República Mexicana celebrado en la ciudad de México del 20 al 27 de abril le 1941.
2) Discurso: "Confederación Nacional de la CC. MM. de México", por el R. P. Joaquín Sáenz Arriaga, S. J. Pág. 124 del Álbum.
3) El primer número de Sodálitas apareció en octubre de 1939. Sin interrupción se publicó durante poco más de cuatro años. Además de los editoriales dedicados a los jóvenes de ambos sexos, el prolífero periodista jesuita escribió, en los años 1942, 1943, dos series de no por sencillos menos profundos, estudios mariológicos. Abundan, también, sus notas bibliográficas, sección en la que colaboraron los eruditos Alberto Valenzuela, S. J., José Antonio Romero S.J., Pbro. García Gutiérrez, etcétera.
4) Sáenz Arriaga, S. J., Dr. Joaquín. Nuestros jóvenes, ellos y ellos. Su formación y sus problemas. Editorial Buena Prensa, México, D. F., 1945.
5) La Compañía de Jesús, como fue nombrada originalmente, surgió en la mente del vascuense Yñigo López de Recalde Oñaz y Loyola en 1522; adquirió forma en 1534. Cinco años empleó en organizaría. El papa Paulo III le otorgó su reconocimiento el 27 de septiembre de 1540 y, al cabo de una década, el 21 de julio de 1550, la confirmó solemnemente el pontífice Julio III.
En el proceso de organización, su fundador transmutó su nombre ampuloso en Ignacio de Loyola. Éste murió en Roma, a los 65 años de edad, en 1556. Fue beatificado en 1609 y canonizado en 1622.
6) Sáenz Arriaga, S. J., Dr. Joaquín. Donde está Pedro está la Iglesia.

Fuente: Fundación San Vicente Ferrer