U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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viernes, 8 de abril de 2011

LIBRO ¿CISMA O FE? Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga (1899-1976) [2]


El Último Sínodo en Roma

(Páginas 14 a la 30)
Sobre el primer acontecimiento, me voy a permitir repetir aquí las mismas ideas, que expresé en Roma, durante los días del pasado Sínodo. "Nosotros, los católicos tradicionalistas, ante la novedad de estos sínodos episcopales, establecidos periódicamente por Paulo VI, consideramos que esta modificación estructural de la Iglesia es incom­patible con la institución hecha por Cristo de Su Iglesia. Estos sínodos son una institución de origen humano, que transforman substancialmente la institución divina”.
¿Cuál es la institución divina de la Iglesia?Jesucristo hizo a su Iglesia monárquica, no democrá­tica. Entre sus discípulos escogió a los "doce", para que continuasen su obra en todo el mundo y hasta la consu­mación de los siglos. A estos "doce" les dio tres prerroga­tivas, tres poderes divinos: la prerrogativa del Magisterio; la de la jurisdicción y la del sacerdocio. Todas estas pre­rrogativas son participación o subdelegación de los pode­res mismos de Cristo.
Entre estos "doce" escogió a uno, a Pedro, para que fuese el fundamento de su Iglesia. A él y sólo a él le dio las llaves del Reino de los Cielos. Si Pedro abre, nadie pue­de cerrar; si él cierra, nadie puede abrir. A él, finalmente, independientemente de los demás apóstoles, dio la supre­ma jurisdicción en su Iglesia: "todo lo que atares en la tie­rra será atado en el cielo; todo lo que desatares en la tie­rra, será desatado en el cielo".
La prerrogativa de la jurisdicción y la del Magisterio es, pues, en Pedro independiente, de los demás apóstoles, de los obispos y de los sacerdotes todos; mientras que la prerrogativa de los obispos, así de su jurisdicción, como de su Magisterio es siempre dependiente de Pedro, aunque enseñen o manden colegialmente.
Es evidente que, en el ejercicio de su misión sublime, el Papa puede consultar, antes de pronunciar su última y decisiva palabra, a los obispos, a los teólogos, a las facultades de teología de las Universidades Católicas, pero sin tener obligación de hacerlo, supuesto el don de la infali­bilidad didáctica, cuando habla ex cathedra, en cuestiones de fe y de moral y definiendo, es decir, diciéndonos que esa verdad que él enseña, concreta y definida, es una ver­dad revelada por Dios, la cual debe ser creída por todo aquel católico que busque su eterna salvación.
En realidad, los Papas siempre han consultado, en sínodos o concilios o reuniones de obispos, unas veces; y otras, en consultas escritas o verbales, con personas de ciencia, de santidad y de experiencia. En esto no hay in­conveniente alguno. Lo grave está en haber establecido Paulo VI, con un "Motu proprio", esos sínodos permanen­tes y periódicos (cada dos años), como una institución que adultera la constitución orgánica de la Iglesia establecida, no por los hombres, sino por el mismo Hijo de Dios. Esa institución humana viene a hacer una Iglesia democrática, parlamentaria, contra la institución monárquica que Cristo quiso dar a su Iglesia. La autoridad del Papa, la autoridad de los Concilios no puede tanto; no puede transfor­mar la constitución divina de la Iglesia. Al establecer esa institución permanente, Paulo VI no sólo ha usurpado poderes que no le pertenecen, sino ha contribuido personal­mente a la demolición de la Iglesia. Este abuso de autori­dad es contra la Verdad Revelada.
Convocar un sínodo o varios sínodos sí está dentro de los poderes del Pontífice, como nos enseña la más sólida teología; pero establecer un sínodo periódico y permanen­te para determinar el ejercicio de su Magisterio o de su jurisdicción, esto no puede hacerlo el Papa, por la razón evidente que ya expuse: esto es cambiar la constitución misma de la Iglesia, fundada por Cristo, no por los hombres. El Papa y el Vaticano II no pueden establecer la democracia en el régimen de la Iglesia.
Dirá alguno: Paulo VI es tímido, es indeciso; el peso de tremenda responsabilidad le hace consultar frecuentemente a sus venerables Hermanos y convocar estos sínodos. Concedamos, por un momento, esta hipótesis. No hay conveniente teológico en esas consultas, ni en que Paulo y convoque, cuando le plazca un Vaticano III o un nuevo sinodo. La dificultad está en la institucionalización perma­nente y periódica de esos sínodos. La dificultad está en es­tablecer un parlamento en la Iglesia, para gobernar la Iglesia.
Por otra parte, —mirando las cosas humanamente y teniendo en cuenta los terribles resultados del Vaticano II, parece que la convocación de nuevos sínodos o concilios, lejos de contribuir al gobierno de la Iglesia y a la tranquili­dad de las conciencias en la reafirmación de nuestra fe, sólo serviría para aumentar la confusión reinante y la pérdida de la fe de innumerables almas.
Supuesto esto, nadie debe ya sorprenderse de las dis­putas escandalosas, de las que dieron cuenta los periódicos y revistas de todos los países, acaecidas en el último Síno­do y que, en cierto modo, superaron las increíbles inter­venciones del Vaticano II, pues en ese parlamento no es­taba, ni podía estar el Espíritu Santo.
Los puntos principales propuestos al estudio o dis­cusión de los Padres sinodales eran: la problemática del clero, la justicia social en el mundo y la nueva estructura­ción del Derecho Canónico.
"La atención del público mundial sobre el Sínodo (el de 1971) ha sido polarizada, por influencia de los me­dios de comunicación en un par de puntos —quizá los más marginales— al tema general del sacerdocio (como celibato y conveniencia o no de ordenar hombres casados), dejando en penumbra y, a veces hasta inaludidos, otros sustanciales temas más directamente delineables de la imagen del sacerdote y mejor definitorios de su misión apostólica". Así escribe "Ecclesia", Órgano de la Acción Católica Española, (nº 1565, 30 de octubre 1971).
En realidad la problemática del clero no tenía mucho que estudiarse. De sobra sabemos lo que debe ser un sacerdote, lo que debe hacer un sacerdote para cumplir su mi­sión divina. Si algo deberían haber tratado en el Conci­lio y en el sínodo nuestros venerables Prelados es la ma­nera eficaz y oportuna para evitar esa "desacralización", esa "secularización", esas libertades que se han dado a los jóvenes recién ordenados y que a tantos de ellos han Ilevado a abandonar su ministerio, a colgar los hábitos y escandalizar a tantas almas con esos matrimonios autori­zados y bendecidos por las mismas personas, que, por su autoridad y responsabilidades, deberían cuidar con espe­cial esmero a sus sacerdotes. Si algo deberían haber pedido a la Santa Sede era la restricción de tantas facili­dades que hoy se brindan a los sacerdotes infieles, para que puedan contraer nupcias con las personas a las que antes confesaban y dirigían espiritualmente.
El Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, Arzobispo Pri­mado de Toledo, presentó la síntesis de la discusión sinodal acerca de los problemas prácticos del ministerio sacerdotal. He aquí el panorama de esos problemas, a juicio del dis­cutido Primado de España:
"Para que la visión de conjunto sea clara se ordenarán los problemas, según el orden seguido en la relación introductoria. Por eso, ante todo, se habla de la naturaleza específica del sacerdote”.
Se ha puesto de relieve, con suficiente unanimidad, la dimensión misionera del ministerio sacerdotal en la Iglesia considerada como sacramento universal de salvación. Se reconoce de este modo, la íntima e integral conexión entre la evangelización y la celebración de los sacramentos si bien se atribuya una cierta primacía a la predicación, en cuanto la palabra de Dios es el principio de la vida cris­tiana y engendra la fe".
Detengámonos un poco a hacer algunas observacio­nes a las palabras anteriores del Cardenal Tarancón. "Se habla, dice, de la naturaleza específica del sacerdote. Se ha puesto de relieve, con suficiente unanimidad, la dimen­sión misionera del ministerio sacerdotal en la Iglesia, considerada como sacramento universal de salvación". Todo esto es lenguaje progresista. En el lenguaje tradicional, hubiéramos dicho: El sacerdote, por su consagración a Dios, a la salvación de las almas, está obligado a trabajar intensamente no sólo en su propia salvación, sino también en la salvación de las almas. Este es el fin de la Iglesia y este debe ser el fin de los sacerdotes de la Iglesia.
No es posible que un solo sacerdote pueda tomar a su cargo la salvación de todas las almas. Mucho hará si, según los dones recibidos, dedica su tiempo, su vida, su actividad completa a santificarse y salvar y santificar a las almas que le han sido confiadas.
Y prosigue el Primado de España: "Se reconoce, de este modo, la íntima e integral conexión entre la evangelización y la celebración de los sacramentos". Ninguna novedad nos da Mons. Taracón. La fe, como sabemos por la Escritura y por la Tradición, tiene que ser viva, operativa, en orden a la salvación eterna.. Y, sin la gracia de Dios, el hombre es impotente para tener un solo pensamiento conducente a su salvación, según las palabras de San Pa­blo: "No porque seamos capaces, por nosotros mismos, de pensar cosa alguna como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios". Ahora bien, esta capacidad, de la cual habla el Apóstol, nos la da Dios, según la economía de la presente Providencia, por medio de los Sacramen­tos, instituidos por Cristo y, especialmente, por el Santo Sacrificio de la Misa. De nada sirve la predicación, si no hay el Sacrificio Eucarístico y la administración asidua de los Sacramentos.
Es buena, es necesaria la predicación de la palabra de Dios; pero, en orden a la salvación, no tiene otra prima­cía, que la que puede tener la simiente, de donde brota el árbol. Lo que cuenta en la eternidad son los frutos, no la raíz. La fe muerta no salva. Por otra parte, se olvidan estos nuevos teólogos de que en el bautismo, con la gracia santificante, la nueva naturaleza, recibimos las tres virtu­des teologales, que son operativas, que dan valor a nuestros actos conducentes a nuestra salud. Es claro que se ne­cesita, llegado el uso de razón, conocer aquellas verdades de nuestra fe de una manera explícita, para salvarnos. La virtud infusa de la fe teologal es ya la raíz, la única raíz, de donde ha de brotar y crecer el árbol frondoso y cargado de frutos de nuestra eterna salvación. Las palabras del purpu­rado de Toledo, mal entendidas, nos suenan a pelagianismo.
Muy conveniente, muy necesario es el instruir al pue­blo en su religión, según los alcances de las diversas per­sonas; pero, de nada serviría la instrucción sin la virtud in­fusa de la fe y, en cambio, esta virtud infusa, aunque carez­ca de instrucción, puede dar y de hecho da óptimos y abun­dantes frutos de santificación, aun en los ignorantes y los niños.
Predicación sin sacramentos, sin Sacrificio incruento del Altar es protestantismo; es fe muerta. Si los sacerdotes se dedican a predicar y olvidan la administración de los Sacramentos, la celebración del Santo Sacrificio de la Mi­sa, como fue enseñado por Trento, el ministerio sacerdotal, equiparado al ministerio de los pastores protestantes, será estéril; insensiblemente sembrará la irreligión en el pueblo.
Y continua el Primado de España: "Pero, porque la gracia se confiere realmente no en ocasión del ministerio, sino con el ministerio, se ha insistido por los padres en que el valor de la palabra depende también de la calidad de la experiencia humana y cristiana de quién la anuncia".
Aquí de nuevo, con el respeto debido a los Venera­bles Padres sinodales, afirmo que la gracia no se confiere hablo de la gracia santificante, habitual, no de las gracias actuales— "con el ministerio" de la palabra, sino con los sacramentos, con el Santo Sacrificio de la Misa, y no “depende de la experiencia humana y cristiana de quien la anuncia", sino de la eficacia, ex opere operato, de los Sacramentos y del Santo Sacrificio. Las mismas gracias actuales, en realidad, aunque dadas en ocasión del ministerio, dependen principalmente, no de las "experiencias humanas y cristianas" del sacerdote, sino de la bondad gratuita del Señor, según las palabras de San Pablo:"Igitur non volentis, neque currentis, sed miserentis est Dei". (Así es que no es obra del que quiere, ni del que co­rre, sino de Dios que tiene misericordia).
Los que tenemos alguna experiencia del ministerio de la predicación, en misiones, en ejercicios espirituales, en sermones de otro género, sabemos muy bien que la misma predicación, unas veces hace maravillas en las al­mas y otras, en cambio cae, como la semilla de la pará­bola evangélica, en el camino, entre piedras, o entre es­pinas. Hay que tener también en cuenta el misterio de la libertad humana.
Continuemos en el discurso del Primado de España: "Se ha afirmado (supongo que por los Padres sinodales) que la predicación no puede limitarse al sólo ámbito litúr­gico que —según otros— reclamaría nuevas adaptacio­nes, de un modo parecido a lo que concierne a la praxis del sacramento de la Penitencia".
Lo que podemos deducir de estas palabras es lo si­guiente: o hacemos nuevas adaptaciones a la liturgia, pa­ra que el ministerio de la palabra tenga amplio margen o hacemos otras asambleas, exclusivamente dedicadas a la palabra. Nos acercamos más al ministerio protestante y a los servicios religiosos que ellos tienen. Necesaria, sin duda alguna, es la predicación de la palabra de Dios, pe­ro, mucho más necesaria es la gracia divina que fecundi­za la palabra del sacerdote o del obispo, según aquellas palabras del Apóstol: "Yo planté, Apolo regó, pero Dios dio el crecimiento. Y así, ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento. El que planta y el que riega son lo mismo; y cada uno recibirá su galardón en la medida de su trabajo". (I Cor. 3-8).
Y prosigue Don Vicente Enrique y Tarancón: "Han subrayado algunos la libertad, incluso la audacia, la iluminación del Espíritu Santo para promover la conversión de los corazones y la renovación de las estructuras".
Ya salió otra vez, mezclada con conversión de cora­zones y con iluminación del Espíritu Santo, "la libertad, la audacia" para promover "la renovación de las estructu­ras". Con estas palabras quedan a salvo todos esos pre­dicadores de la justicia social, verdaderos demagogos, que han convertido el ampón en una tribuna de socialismo ba­rato. No nos vengan a decir ahora que la Iglesia no hace política, que la Iglesia no quiere usufructuar los derechos exclusivos del Estado. Claro que no es la Iglesia, sino los hombres de la Iglesia, los Padres sinodales los que, se­cundando las directivas que salen de las múltiples orga­nizaciones vaticanas, quieren —con los Estados, sin los Estados o contra los Estados— hacer el cambio audaz y violento de las estructuras, sociales, políticas y aún reli­giosas.
Prosigue el Arzobispo de Toledo: "Alguno pide que se aclare más: a) el aspecto universal del sacerdocio ministe­rial. b) El aspecto de unidad, unido al problema de las re­laciones entre el ministerio sacerdotal y otras actividades". No puedo ver en qué consista este esclarecimiento de la universalidad del sacerdocio ministerial. Yo no conozco ese sacerdocio; yo sólo he conocido el sacerdocio jerárquico, el que instituyó Jesucristo, que con el carácter indeleble, recibido en el día de su ordenación y con los poderes di­vinos a ese carácter unidos, tiene que cumplir su ministe­rio de ser operario en la viña del Señor. Ese sacerdocio mi­nisterial suena de nuevo a protestantismo. La connotación de "universal" puede tener tantos sentidos, que sería im­posible, en este estudio, estudiarlos todos. Pero, para ser franco, no encuentro ningún sentido que le acomode, fue­ra de aquél que implica su consagración a Dios y a la obra apostólica.
Donde encuentro mayor sofisma es en querer esta­blecer una unidad entre el ministerio sacerdotal y "otras actividades". ¿Acaso puede el sacerdote dejar de ser sa­cerdote para dedicarse a otras actividades que no son pro­pias de su sacerdocio o que, por lo menos, son distintas a su sacerdocio? Yo creo que el sacerdote es siempre sacerdote lo mismo cuando dice su Misa o administra los sacramentos, que cuando predica, enseña o se dedica a cualquier otra labor apostólica. El sacerdote, sin perder su carácter sagrado, deja de ser sacerdote cuando se dedica a hacer política, subversión o cuando cambia su sotana por el fusil o por el uniforme de guerrillero.
Notemos bien lo que añade el Primado de España, en el Sínodo de Roma: "todos reconocen que el ministerio sacerdotal, y especialmente la predicación, debe tener cierta conexión con la política y el desarrollo cultural, porque la Iglesia tiene el mandato de salvar en Cristo toda la realidad". He aquí el gran sofisma del progresismo. Que me digan en qué parte del Evangelio mandó Cristo a sus apóstoles el hacer política y el salvar toda la realidad humana.
En la "Inmortale Dei" (lº nov. 1885), León XIII nos hace ver la influencia saludable que el Evangelio y la doctrina de la Iglesia, que de él se deriva, tiene, como la historia lo comprueba, en la constitución y gobierno de la sociedad civil. ¡Cuánto convendría que leyesen esa encíclica los que ahora quieren defender doctrinas anticatólicas, no sólo separando del todo el Estado de la Iglesia, rechazando los privilegios que ésta tenía en los países católicos, rompiendo o restringiendo los concordatos, sino que, asociándose con la subversión, en nombre del Evangelio, en nombre de la Iglesia de los pobres, en nombre del cambio de estructuras, en nombre de la igualdad social, se dedican a implantar el socialismo comunizante!. Citemos algunas palabras de esa admirable Encíclica, que compendia y expresa la doctrina católica sobre punto tan importante:
"Así que todo cuanto en las cosas y personas, de cualquier modo que sea, tenga razón de sagrado; todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, bien sea tal por su naturaleza o bien que lo sea en razón del fin a que se refiere, todo ello cae bajo el dominio y arbitrio de la Iglesia; pero, las demás cosas, que el régimen civil y político, como tal, abraza y comprende, justo es que estén sujetas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios"...
Más adelante cita el Papa un pasaje hermosísimo de San Agustín, en el que el Doctor de Hipona nos describe los bienes materiales o temporales que redundan a todos de la doctrina y práctica del Evangelio: ", dice San Agus­tín hablando con la Iglesia Católica, instruyes y enseñas dulcemente a los niños, generosamente a los jóvenes, con paz y calma a los ancianos, según lo sufre la edad, no tan solamente del cuerpo, sino también del espíritu. Tú some­tes la mujer al marido con casta y fiel obediencia, no como cebo de la pasión, sino para propagar la prole y para la unión de la familia. Tú antepones a la mujer el marido, no para que afrente al sexo más débil, sino para que le rinda homenaje de amor leal. Tú los hijos a los padres haces servir, pero libremente, y los padres sobre los hijos dominar, pero amorosa y tiernamente. Los ciudadanos a los ciudadanos, las gentes a las gentes, todos los hombres unos a otros, sin distinción ni excepción, aproximas, re­cordándoles que, más que social, es fraterno el vínculo que los une; porque de un solo primer hombre y de una sola primera mujer se formó y desciende la universalidad del linaje humano. Tú enseñas a las autoridades civiles a mi­rar por el bien de los pueblos y a los pueblos a prestar acatamiento a las autoridades civiles. Tú muestras cuida­dosamente a quién es debida la alabanza y la honra, a quién el afecto, a quién la reverencia, a quién el temor, a quién el consuelo, a quién el aviso, a quién la exhorta­ción, a quién la blanda palabra de la corrección, a quién la dura de la increpación, a quién el castigo, y manifiestas también en qué manera, como quiera que sea verdad que no todo se debe a todos, hay que deber, no obstante, a todos caridad y a nadie agravio".
Y cita León XIII otras palabras de San Agustín, que vienen muy al caso: "Los que dicen ser la doctrina de Cris­to nociva a la república, que nos den un ejército de solda­dos, tales como la doctrina de Cristo manda; que nos den asimismo regidores, gobernantes, cónyuges, padres, hi­jos, amos, siervos, autoridades, jueces, tributarios, en fin, y cobradores del fisco, tales como la enseñanza de Cristo los quiere y forma; y una vez que los hayan dado, atrévan­se, entonces a decir que semejante doctrina se opone al in­terés común. Antes bien, habrán de reconocer que es la gran prenda para la salvación del Estado, si todos la obe­deciesen".
¡Qué palabras más sabias y convincentes! Pero, hoy, los nuevos redentores del progresismo, al echar a vuelo las campanas del libertinaje, tratan de enfrentar nueva­mente a los dos poderes —Iglesia y Estado— predicando desde los ampones, desde los sínodos, desde las Confe­rencias Episcopales la justicia social, precisamente como ellos la conciben, como ellos han decretado imponerla en el mundo entero. Los que me creen exagerado, los que casi me han excomulgado, que lean y comparen minucio­samente la doctrina inmutable que León XIII nos da en suInmortale Dei y los documentos que nos ofreció el CELAM, después de su reunión de Medellín o los documentos que el último Sínodo nos ha brindado; entonces podrán seña­lar con fundamento mis errores.
Hay otro punto gravísimo en la exposición del Pri­mado de España, que merece también algún estudio. Ha­bla el purpurado de "la acción conjunta en la Iglesia" y dice: "Los padres sinodales concuerdan generalmente en este problema. Muchas palabras (comunión, fraternidad, corresponsabilidad y también colegialidad) expresan la exi­gencia, tanto de ejercitar evangélicamente la autoridad, como la convergencia de todos en la formación del pue­blo de Dios".
Una vez más, la idea de la colegialidad, llevada has­ta los extremos evidentemente falsos y heréticos de la “corresponsabilidad" del Cardenal Suenens, vuelve a pug­nar por imponerse en el gobierno responsable de la Iglesia, adulterando lastimosamente la misma constitución divina de la obra de Cristo. "Casi todos (los padres sinodales)piensan que la misión del presbítero debe ejercerse con el obispo o, mejor, en colaboración con todo el orden de los obispos, con los otros presbíteros, con los laicos: con unión fundada en la misma misión, participada en diversos mo­dos, no sobre bases psicológicas". Según estas palabras, la acción de la Iglesia está fundada entre obispos, pres­bíteros y laicos (no excluyendo al Papa) en "la misma mi­sión", "participada de diversos modos". Es decir, la dis­tinción no es meramente psicológica, ni tampoco es esen­cial, es cuestión de modo, es cuestión de grados. Desapa­rece así la distinción, que, por voluntad de Cristo, debe haber entre la Iglesia docente y la Iglesia discente, entre la Iglesia jurisdiccional y la Iglesia que debe ser regida; entre pastores y ovejas.
Una de las novedades inauditas del Vaticano II y del último Sínodo fue la presencia, esta vez activa, de la mu­jer. Tanta es la actividad de la mujer en la nueva Iglesia, que no sólo lee las epístolas, distribuye la Sagrada Comu­nión, bautiza y tiene a su cargo algunas parroquias, sino que toma parte en estas reuniones sinodales, con voz por ahora, mañana tal vez con voto. Se llegó a hablar según decía la prensa, en el Sínodo, de la posibilidad de ordenar in sacris a la mujer, para llenar el vacío, que en las filas clericales ha hecho la creciente deserción de tantos cléri­gos, que han cambiado el altar por el tálamo. Las pala­bras anteriormente citadas del Arzobispo de Toledo pare­ce que comprueban esta suprema aspiración del progresismo. ¡Todo es cuestión de tiempo!
Por eso, añade Mons. Tarancón: "Algunos padres (sinodales) sostienen que deben institucionalizarse las rela­ciones". ¿De qué relaciones habla el Primado de Espa­ña? Evidentemente, según el contexto, de las relaciones que nacen “de la unión fundada en la misma misión", entre obispos, sacerdotes y laicos (hombres y mujeres). ¡Qué sorpresas nos va a dar el nuevo Derecho Canónico, que actualmente nos prepara una de las múltiples Comisiones del Vaticano! "Pero, si deben constituirse organismos, dicen, es necesaria la acción del Espíritu, para que se salve y se robustezca la libertad de los hijos de Dios". Ya no se habla, en el nuevo lenguaje postconciliar, de la acción del Espíritu Santo, sino del Espíritu, que bien podría designar al maligno.
"En tal contexto los padres (sinodales) atribuyen una particular importancia al Consejo Pastoral y piden que las funciones de ambos Consejos (Presbiteral y Pastoral) se especifiquen mejor, para que su acción sea más eficaz". Seguimos en la borrascosa época de la "pastoral", desentendidos del dogma y de la moral y de la disciplina de la Iglesia. El pensamiento comprometido de los Álvarez Icaza, de los Avilés, de los Genaros o de las nuevas consejeras de la pastoral nos va a conducir, después de ser debidamente institucionalizado, por los caminos novedosos, para regir y amplificar la Iglesia Santa. Por eso se impone ahora cierta fusión entre el Consejo Presbiteral, de Obispos y presbíteros con el Consejo Pastoral, al que también entran los laicos, con voz, con voto y hasta con mando. ¡La corresponsabilidad del Cardenal Suenens ha triunfado, se ha impuesto en la Iglesia! La metáfora del "pueblo de Dios" nos ha homogeneizado a todos y pretende que el sacerdocio laical se confunda con el sacerdocio jerárquico.
"Se desean diócesis más pequeñas; algunos recomiendan asociaciones sacerdotales, mientras otros subrayan los peligros de las mismas; se afirma la necesidad de cierto pluralismo, pero se subraya igualmente su equivocidad, respecto especialmente a tutelar la unidad de la Iglesia universal".
Aquí tenemos una prueba del juego dialéctico, que caracteriza al progresismo: algunos recomiendan las asociaciones sacerdotales, otros subrayan los peligros de las mismas; afirman la necesidad del pluralismo, otros subrayan su equivocidad respecto a tutelar la unidad de la Iglesia. Afirmación y negación, tesis y antítesis. Esta fue lo dialéctica conciliar, que nos dejó la confusión en el equí­voco.
Prosigue el Primado de España: "Se dibuja también la cuestión de la relación entre el ministerio sacerdotal y las demás actividades; a este propósito está bastante di­fundida la opinión: 1) De que no pueden servir verdadera­mente a la misión de la Iglesia, sino en cuanto sirvan a la comunidad cristiana ya aquellos que no han recibido aún el mensaje evangélico; 2) De que deben conciliarse con la vocación a la unidad, propia del ministerio de Cristo".
Este comunitarismo, que, a partir del Vaticano II, tan­to se encarece, es claro que puede tener y de hecho tiene un sentido perfectamente ortodoxo y católico. La misión sacerdotal, los privilegios o prerrogativas que en la orde­nación recibimos, como las que recibieron inmediatamente de Cristo los Apóstoles, no se nos dieron en beneficio pro­pio, sino en beneficio de las almas. La Iglesia, por el minis­terio de sus sacerdotes, cumple en el mundo su misión salvífica. Pero el comunitarismo y el servicio, de que tanto nos hablan, parece como una adaptación a una humani­dad socializada, según el marxismo-leninismo, cuyas ideas fueron ya equiparadas, por el jesuita José Porfirio Miranda y de la Parra, con la palabra de Dios.
Dado el dogma católico de la Comunión de los Santos, existe indudablemente una intercomunicación de orden so­brenatural y divino entre todos los miembros de la Igle­sia, así triunfante, como purgante y militante: todos for­mamos parte del Cuerpo Místico de Cristo; y, en este sen­tido, toda nuestra actividad, que tiene relación hacia la vi­da eterna, contribuye, como dice el Apóstol, in aedificationem Corporis Christi, en la edificación del Cuerpo de Cristo. Este es el verdadero comunitarismo de la Iglesia de Cristo; de esta fuente ha de brotar nuestro servicio al pró­jimo para que tenga un sentido y un valor de eternidad.
Incluye el resumen del Primado de España la labor ecuménica, cuando dice que el ministerio y las demás actividades sacerdotales "no pueden servir verdaderamente a la misión de la Iglesia sino en cuanto sirvan a aquellos que no han recibido aún el mensaje evangélico". Indiscutiblemente, todo sacerdote, por su propia y específica vocación, debe procurar llevar el mensaje evangélico a todas las almas, que en su paso encuentre, según aquellas palabras del Divino Maestro: "Vosotros sois la luz del mundo... Así brille vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras obras buenas, glorifiquen a vuestro Padre del Cielo". (Mat. V, 14-16).
Pero, no es ése el "ecumenismo" del Vaticano II, ni el de la Iglesia postconciliar, que ha venido a suplantar la “catolicidad" de la Iglesia, su fuerza expansiva, por ese nuevo movimiento a la "unidad" de las sectas protestantes que no es incompatible ni con la diversidad y multiplicidad de los credos, ni con la pluralidad de los ritos, ni con la carencia de la sucesión apostólica, en los que así se llaman obispos o pastores protestantes. "Hoy dice el Vaticano II, existe un movimiento de "unidad", llamado "ecumenismo". Con todo, el Señor de los tiempos, que sabia y pacientemente prosigue su voluntad de gracia para con nosotros los pecadores, en nuestros días ha empezado a infundir, con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí, la compunción de espíritu y el anhelo de unión. Esta gracia ha llegado a muchas almas dispersas por todo el mundo, e incluso entre nuestros hermanos separados ha surgido, por el impulso del Espíritu Santo, un movimiento dirigido a restaurar la unidad de todos los cristianos. En este movimiento de unidad, llamado ecumenismo, participan los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador, y esto lo hacen no solamente por separado, sino también reunidos en asambleas, en las que oyeron el Evangelio y a las que cada grupo llama Iglesia suya y de Dios. Casi todos, sin embargo, aunque de modo diverso, suspiran por una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo para que el mundo se convierta al Evangelio y se salve para gloria de Dios". (Decr. Unitatis redintegratio,1,2).
He aquí lo que la Iglesia postconciliar entiende por 'ecumenismo" y al que, según el Primado de España, ha de estar subordinado nuestro ministerio sacerdotal, para ser auténticamente católico. Ese movimiento ecuménico, del que habla el Vaticano II, ese Concilio Mundial de las Iglesias, nada tiene que ver con los deseos de Cristo, ni con la doctrina tradicional de la Iglesia Católica. Evidente­mente, deseamos la unidad; pero no el entreguismo. De­seamos la conversión de los "separados", pero no la mu­tilación o claudicación de nuestros dogmas o su silenciamiento; ni mucho menos la adulteración fraudulenta y sacrílega de nuestros sagrados ritos y, en especial, del Santo Sacrificio de la Misa. No podemos atribuir a la acción del Espíritu Santo ese movimiento anticatólico del ecumenis­mo protestante, que no ha beneficiado, sino positivamente ha dañado la fe de muchísimos católicos.
Pero, volvamos al discurso del Arzobispo de Toledo: "La mayoría de los padres insisten en la vocación espiri­tual del sacerdocio y denuncian el peligro de un clerica­lismo o neoclericalismo, así como también de un cierto mesianismo, o, según se dice, horizontalismo. Otros sostienen que deben adoptar responsabilidades directas en materias técnicas o políticas".Según estas palabras, parece que los padres sinodales centraron muy bien el sacerdocio católico, tal como corres­ponde a los designios divinos; sin embargo, vemos de nue­vo la contradicción dialéctica. Se habla de "vocación es­piritual del sacerdocio" es decir, de que el llamamiento que Dios nos hizo, fue para dedicarnos a las cosas del al­ma, no a las cosas materiales; se denuncia el "clericalis­mo' o neoclericalismo, o sea la injerencia indebida del clero en los asuntos del Estado, de la política. Pero, a renglón seguido, se sostiene que los sacerdotes deben adoptar "res­ponsabilidades directas en materias técnicas o políticas". ¿Qué responsabilidades directas pueden o deben tener los sacerdotes católicos en "materias técnicas o políticas"? ¿Se intenta derrocar a los gobiernos o sustituir los regímenes imperantes por la socialización comunizante? ¿Van los cu­ras, abandonando su ministerio sacro, a dedicarse a ha­cer política, a encabezar movimientos revolucionarios, a dirigir la técnica de las industrias?
Hay una tesis peregrina, sostenida por algunos pa­dres sinodales, de la cual nos dice el Primado de España: "Se ha invocado un sano espíritu creativo o inventivo, sin prescindir de la certeza y de la seguridad jurídica; final­mente se dice que el espíritu de comunión debe penetrar la codificación del nuevo Derecho". Esta terminología, es­ta ideología no son católicas; son innovaciones y reformas, que parecen destruir toda la estructuración canónica de la Iglesia. Dejar al espíritu creativo e inventivo de cada sa­cerdote, de cada obispo, la doctrina, la moral, la liturgia, la disciplina de la Iglesia, es destruir la Iglesia, con los ex­perimentos y mudanzas de los hombres. ¿Es compatible este espíritu inventivo y creativo con la certeza y seguri­dad de la ley de Iglesia?
Tampoco entiendo ese "espíritu de comunión", que, a juicio de los padres sinodales, debe penetrar la codificación del nuevo Derecho Canónico. ¿Quieren los padres sinodales decir que la "corresponsabilidad", que supera la misma "colegialidad" de los destacados corifeos del pro­gresismo, va a imponerse en el nuevo Derecho Canónico? ¡El gobierno de la Iglesia Universal en manos, no tan sólo del colegio de obispos, entre los cuales Pedro tan sólo es primus inter pares, el primero entre los iguales, sino en participación también de los Genaros, de los Álvarez Icaza y de todos esos pontífices mínimos de la Iglesia post­conciliar!
Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
¿Cisma o Fe?
1972




jueves, 7 de abril de 2011

VIDA, PENSAMIENTO Y OBRA DEL REV.P. JOAQUÍN SÁENZ Y ARRIAGA SJ ( 5 )


CAPITULO V.- PRUEBA DE TEMPLE IGNACIANO

Al dejar la dirección de las Congregaciones Marianas y la UFEC, don Joaquín acató el traslado a su nuevo destino, esta vez a la ciudad de Puebla. El Instituto de Oriente regenteado por jesuítas, sufría cierto grado de decadencia, no sólo académica, sino religiosa y aun social. El padre Esteban Palomera Quiroz, S. J., había sido nombrado rector. Don Joaquín colaboró estrechamente con él desde el día de su arribo a la capital angelopolitana. En el templo del Espíritu Santo, mejor conocido como "La Compañía", el padre Sáenz asumió el cargo de director de las Congregaciones y, en el Instituto, atendía la dirección espiritual de los jóvenes.
En julio de 1948, sufrió un accidente automovilístico; sus lastimaduras le producían intensos dolores en la espalda y tuvo que ser internado en el sanatorio Santa Mónica de la ciudad de México, y de allí, para su mejor atención, fue trasladado al Sanatorio Español. Permanecía casi inmovilizado, cosa que le irritaba. Su temperamento sanguíneo, su dinamismo intelectual y la pasividad de médicos y enfermeras sacáronlo de quicio. En tal situación vino a recordar las deficiencias, las mezquindades de algunos miembros de su Orden que miraban más por su particular beneficio que por la gloria de Dios. Y él sin poder actuar, limitado al reducido espacio de su cuarto de enfermo, privado de su labor docente. Así las cosas, "siguiendo el diagnóstico de un médico anónimo, sin conciencia ni escrúpulos" el padre Rossi, S. J., dictaminó la conveniencia de cambiar al enfermo de sanatorio, aunque esta vez a uno para enfermos mentales.
No era, don Joaquín, el único miembro de la Compañía que se había enfrentado a tan radical procedimiento. Ya he citado al padre Carlos M. Heredia quien para dedicarse a desenmascarar espiritistas, tuvo que profundizar en este arte del engaño por lo cual sus hermanos lo tildaron de loco. No le quitaron tan dañina fama hasta que les demostró lo contrario con un certificado de cordura. Y no ha sido el único caso.
A don Joaquín le inyectaron un somnífero y, adormecido, lo trasladaron al sanatorio del doctor Manuel Falcón, ubicado en la avenida Ixtaccíhuatl número 180, colonia Florida, Distrito Federal. Este lugar, aunque céntrico, tiene grandes avenidas que cruzan en las inmediaciones. Es tranquilo, poco transitado. La fachada del edificio y sus interiores son de estilo "colonial"; es amplio, arbolado y limpio, atendido por religiosas.
El indefenso paciente fue internado el día 28 de julio. Pasados los ciertos del anestésico, es de imaginar cuan enojado se pondría. Sentíase víctima del abuso de sus superiores jerárquicos. Ciertamente, durante los últimos días, se había mostrado nervioso, irritable, pero su conducta no justificaba que, de pronto, sin su conocimiento ni mucho menos consentimiento, lo internasen en un hospital psiquiátrico. Considerábase a sí mismo no sólo humillado, sino destruido; comprendía que después de su internamiento en este lugar podría quedar impedido de ejercer su sagrado ministerio. Medía las graves consecuencias de su crítica situación.
El padre Martínez Provincial de la Compañía, previendo un posible escándalo, prohibió a todos los jesuitas que lo visitasen; el único que se atrevió a desobedecer tan injusta orden fue el padre Julio Vértiz, aunque en forma discreta, para evitar ser sancionado.
Don Joaquín se negaba a someterse a las pruebas y a la disciplina comunes en estas clínicas, hasta que llegó a visitarlo el doctor Luis Sáenz Barroso, su sobrino, reconocido neurólogo. Conversaron sin trabas ni disimulos y el médico le hizo ver que su explicable intransigencia, lejos de favorecerle, más lo perjudicaba, por lo que le convenía aceptar su situación y someterse a todas las pruebas que quisieran hacerle para demostrar su cordura. Así sucedió. El doctor Falcón, competente facultativo, lo examinó, le hizo un encefalograma, análisis clínicos, y todo resultó normal. A continuación, prescindiendo del examen físico, don Joaquín fue sometido a un examen psiquiátrico para demostrar que padecía paranoia: su exaltación, su violencia verbal "demostraban" tal diagnóstico. La paranoia es un trastorno mental que va de la simple y manifiesta vanidad, la exaltación del propio yo, hasta el estado delirante de un empecinado que discute y nunca cede a razones. No es imposible provocar un estado paranoico en cualquier persona, por cuerda que se diga, sometida a presiones psicológicas tales como la humillación, la extrema disciplina, el rigorismo de la obediencia frente a opciones legítimas. La supuesta paranoia de don Joaquín —supuesta en cuanto al calificativo de trastorno mental— resultó adecuado recurso para tratar de contenerlo, de domeñarlo y hacerlo dócil instrumento de las consignas inexcrutablcs de los jesuitas enquistados en puestos clave de la Orden.
Algunos de sus amigos no lo desampararon, ni le faltaron consuelos espirituales. Estuvieron a verle, sacerdotes que le testimoniaron su aprecio en aquellos días de amargas experiencias. Cuando el encierro comenzaba a convertirse en castigo injusto e inmerecido, don Joaquín encomendó secretamente a un empleado se comunicase con su hermana Lupe y le pidiese su intervención. Ésta se comunicó, a su vez, con el arzobispo, doctor Luis María Martínez, gran amigo de la familia Sáenz Arriaga desde su juventud, pues vivió algún tiempo en su casa de Morelia. Monseñor Martínez visitó a su amigo, que conocía desde niño, y gestionó su inmediata salida del sanatorio.
Don Joaquín no estaba demente y así quedó comprobado. La única disculpa que obtuvo al final de esta pesadilla se fundó en que se había cometido un "lamentable error humano". ¡Y tan lamentable!
Permaneció en la ciudad de México atendiendo la Casa de Ejercicios de San Francisco Javier, en Coyoacán. En esta residencia tuvo sus comienzos la Universidad Iberoamericana y ahora alberga a catedráticos de dicha universidad. El padre Sáenz pasó largos meses en constante meditación y estudio, empleándose en impartir continuas tandas de los saludables ejercicios espirituales creados por el santo fundador de la Compañía. Sólo una vocación como la suya, dispuesta al sacrificio; sólo una voluntad fortalecida con la fe; sólo un tálenlo capaz de medir la mediocridad ajena fue capaz de perdonar y sostener su voto de obediencia a quienes lo habían injuriado y quisieron hundirlo en el desprestigio de la irracionalidad y la locura.
Retornó a la ciudad de Puebla, a sus amadas congregaciones de la Santísima Virgen de Guadalupe y de San Luis Gonzaga.
En septiembre de 1950, al frente de un grupo de peregrinos visitó la Ciudad Eterna y tuvo ocasión de entrevistarse con el Santo Padre Pío XII. El día 13, a bordo de un avión de la compañía Iberia, escribió estas líneas a su madre en México: "Hoy salimos de Roma. Me tocó Ver a Su Santidad cinco veces. Tengo mucho que contar. Todos estamos bien. Un viaje sin novedad. Saludos a todos. Tu hijo, Joaquín."

Foto después de la ordenación sacerdotal del P. Joaquín Sáenz y Arriaga. De izquierda a derecha:
Mons. Joaquín Saénz Arciga, Deán de la Catedral de Morelia, tio del P. Joaquín Sáenz
Mons. Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara.
Padre Joaquín Saénz y Arriaga
Mons. Leopoldo Lara Torres, obispo de Tacámbaro.



Instalado en Puebla, ingresó al Instituto de Oriente para dar lecciones de Ética, de Sociología, de Lógica. Publicó y dirigió la revista Forja, del Instituto. Escribía los editoriales y algunos artículos que hacía aparecer como de sus alumnos.
Fue creador y ejecutor del proyecto del Centro Cultural Scintia, de gran importancia académica y social en Puebla, pues en él se daban conferencias, conciertos y todo evento relacionado con los fines propios de este tipo de instituciones.
Se rodeó de amigos y discípulos que lo seguían y estimaban. Como demostración de afecto, el día de su santo —20 de marzo de 1951—, le ofrecieron un banquete en su honor, en el local del Centro. Asistieron distinguidos profesionistas, alumnos y exalumnos del prestigiado director.
No paraban ahí sus actividades; también atendía las obras de las Congregaciones: hospitales, auxilio espiritual a los enfermos, visitas a los presos, catecismo y, con especial esmero, dirección religiosa a los jóvenes, fuesen o no del Instituto de Oriente. Según testimonios de importantes individuos de aquella generación, atesoraba la simpatía y confianza de las almas puestas a su cuidado. Nadie que no poseyera su inteligencia, su fortaleza y su voluntad podría desempeñar una labor múltiple y completa como la suya. Es natural que con tanto trabajo se mostrase nervioso; pero ni aun entonces dejó de disciplinarse a quienes ejercían SU autoridad en la Compañía de Jesús.
El padre Esteban J. Palomera, S. J., rector del Instituto de Oriente, conocía las capacidades del padre Sáenz y le confiaba la redacción de sus discursos, cuando la ocasión lo exigía. Tenía puesta en él su voluntad, hasta que dos envidiosos, los padres Cervantes y Cavazos, director éste de la primaria, se dedicaron a deteriorar su imagen. El rector se dejó convencer y, al finalizar el año 1951, ya era evidente su adversión personal contra el dinámico e intransigente catedrático.
El colegio había recuperado su buena fama, muy menguada basta un año atrás. La disciplina y sobriedad de educadores y educandos parecía haberse restablecido. El padre Sáenz, riguroso y eficaz, había colaborado en este resurgimiento momentáneo. En el quinto año de bachillerato dictaba las cátedras de Ética, Sociología y Lógica. Con el distanciamiento del rector y don Joaquín retornó la mala fama del Instituto. El padre Palomera pasaba buena parte de su tiempo fuera del colegio. El padre Cervantes, que lo sustituía, les era antipático a los muchachos, quebrantándose así la disciplina. Los jesuitas lejos de dar buen ejemplo, sin autoridad valedera, participaban en juegos de baraja con apuestas, que organizaba el padre Cavazos.
Cesó la dirección espiritual del padre Sáenz y, para colmo, "María Villar, pública y escandalosa pecadora, cuyo hijo natural estaba en el Colegio de la Compañía", encabezaba los festivales de beneficencia. En medio de este relajamiento se dieron casos de indisciplina y escándalo a los que no se decidía a poner fin el veleidoso rector. El personal docente era heterogéneo. En la primaria, maestritas jóvenes adelantándose al uso actual, trataban con familiaridad manifiesta al director. Éste, engreído con su autoridad, caía en extremos impropios de un auténtico educador. Su rigidez era inconstante y en veces extremosa, como en cierta ocasión en que un grupo de alumnos de secundaria sustrajo del colegio los cuestionarios de unas pruebas enviadas por la Secretaría de Educación Pública. ¿Cuántas veces no han sucedido estos hurtos poco originales para salvar el año académico o, simplemente, asegurar buena calificación? El castigo en estos casos consiste generalmente en burlar a los infractores cambiándoles la prueba para neutralizar la ventaja. Pues bien, al enterarse el rector se encolerizó y mandó que en la camioneta del colegio se recogiese de sus hogares a cada uno de los implicados y se les condujese a la casa de la comunidad, no al Instituto, para ser interrogados individualmente, amenazándolos con denunciarlos a las autoridades civiles por allanamiento de morada, daños en propiedad ajena, robo y cohecho -¡nada menos!—, mientras el inquisitivo rector saciaba su refinada inquina grabando las declaraciones de los delincuentes, para dar aviso posterior a la Secretaría de Educación. Luego, en bochornoso acto público, "delante de todos los alumnos del colegio, con desprestigio intolerable para los inculpados y para sus familiares, el rector, después de un discurso por demás imprudente y ofensivo, expulsó a más de veinte muchachos inodados en el crimen, entre los cuales había alumnos excelentes, que siempre habían merecido las mejores calificaciones." (1) Y a esto, que no atino a calificar, el padre Palomera lo llamaría ¡disciplina al modo jesuíta. . .!
Las amargas quejas no se hicieron esperar. Tales procedimientos herían a las víctimas y atemorizaban a todos cuantos llevaban relaciones con el Instituto de Oriente, y daban ocasión a prejuzgar con malicia la conducta de maestros laicos y religiosos.
En una ciudad como la de Puebla en aquella época, era fácil conocer a toda persona en contacto con el público: funcionarios, profesionistas, maestros de escuela, agentes de tránsito, etc., etc. Para uso del colegio adquirieron los jesuítas una camioneta en la que salían a pasear estos señores, con gran disgusto del padre Sáenz quien, informado de las críticas externas que se hacían a su amada Compañía, denunció al rector los hechos. Ambos tuvieron acalorada discusión, sin resultados satisfactorios para alguno de los contendientes. Don Joaquín pidió permiso, por teléfono, para ir a San Cayetano —seminario de la Orden en el Estado de México— para entrevistarse con el Padre Provincial. El padre Palomera se enfureció aún más con la osadía del padre Sáenz, y optó ir con él. Al llegar a la oficina del padre Guerra, Provincial de la Compañía, Palomera se adelantó. Don Joaquín comprendió la inoportunidad de aguardar en la antesala para ser recibido y dejó, para mejor ocasión, su propósito de dar a conocer al Provincial las graves anomalías que estaban sucediendo en Puebla.
No habría de presentársele tal ocasión, y los acontecimientos posteriores confirmaron sus recelos sobre la conducta de sus superiores, conducta que explicaría así más tarde: "La Provincia de México ha estado gobernada últimamente por Superiores que se empeñan en considerar a sus subditos como anormales mentales y en buscar en la psiquiatría el secreto de su gobierno. Es el naturalismo (esta denuncia fue formulada en 1952, diez años antes de lo ocurrido en el convento de Lemercier, en Cuernavaca) que desconoce o se olvida de la fuerza de la gracia. Naturalmente que las consecuencias que para los subditos ha traído esta neurótica visión y actitud de los que tienen sobre ellos absolutos poderes, han sido y son muy variados: desde el abandono en sus enfermedades reales hasta el internado en sanatorios mentales, para ser ahí sujetados a tratamientos de resultados y licitud muy discutibles, como los electrochoques y los choques insulínicos. Yo pregunto: ¿Puede un Superior, sin el consentimiento de los interesados, sujetarlos a estos inhumanos tratamientos, que pueden destruir totalmente la personalidad psíquica de los indefensos pacientes?"
Notas
(1) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. Correspondencia privada. Carta de fecha 28 de julio de 1952, dirigida al R. P. Tomás Trevi, S. J, a Roma. Pág. 6.

martes, 5 de abril de 2011

PARA QUE ÉL REINE DE JEAN OUSSET COMPLETO - POR PRIMERA VEZ EN INTERNET - [4]



NOTA: Dejamos constancia pública que las alusiones del autor al antipapa Juan XXIII, Angelo Roncalli, como "Papa" legítimo, citando alguna de sus "encíclicas", se debe a que en el momento en que esta obra fue escrita no era aún de público conocimiento la ilegítima elección e inválido ascenso de ese antipapa al Trono de Pedro. 


Capítulo IV

Clérigos y laicos


DOCTRINA OBLIGATORIA, OPINIONES LIBRES

La tesis católica es invencible en el campo de la doctrina. Por lo tanto, rara vez es combatida en ese terreno.


Todo el mal viene, prácticamente del empleo de fórmulas equívocas, por ejemplo:

« La Iglesia no hace, ni debe hacer política » [1].

Esta fórmula constituye un excelente medio para dar a entender (más que para decir) que en este terreno sólo es admisible una regla: la libertad... Si hemos de creer a los que la emplean, la Iglesia no tiene por qué ocuparse de problemas políticos, ya que, en estas materias, no hay, o no puede haber, o no se puede alcanzar la verdad.

De ahí que la elección sea libre. Cada uno con su opinión. Todas son buenas a condición de ser sinceras. Que cada cual vote según su conciencia; esta libertad integral es esencial a toda actividad política.

Partiendo del principio de que «en las cosas dudosas» la libertad es necesaria, «in dubiis libertas», se aprovecha la euforia provocada por la prudencia de esta fórmula para presentar como dudosas, las evidencias más claras y las conclusiones más ciertas.

Y pasando al capítulo de la enseñanza de la Iglesia, se proclama no atenerse ni dar importancia más que a las « verdades de Fe ».

« Es de Fe... No es de Fe... », se hará observar; pero de tal suerte que se pueda creer fácilmente que es así como se ha de señalar el límite que separa lo que es cierto de lo que no lo es (por lo tanto, de lo que es libre...).

¡Pero qué pensar de aquellos que se complacen en limitar tan sólo a los Dogmas de Fe solemnemente definidos por la Iglesia (mínimo que hay que creer bajo pena de herejía o de apostasía), el conjunto de verdades a las cuales debamos someter nuestro espíritu y nuestro corazón! [2].

Es un gran error considerar como de libre opinión todos los puntos de doctrina y de interpretación sobre los cuales la Iglesia no ha dado su definición expresa.

Pío XII, en su Encíclica Humani generis, no ha dejado de señalarlo: « Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las Encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento pretextando que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: « El que a vosotros oye, a Mí me oye »; y la mayor parte de las veces lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya—por otras razones—al patrimonio de la doctrina  católica. Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos » [3].


¿Puede hablarse con mayor claridad?

Pero no se trata en ese texto más que de la enseñanza específicamente religiosa de la Iglesia.

Se comprende que si hay quien no duda en ejercer su impertinencia en el dominio de la fe, no reconocerá límites en el plano de la mera razón. Si, en efecto, con respecto a las « Verdades de Fe », algunos se permiten considerar como  «dudosas » las proposiciones de la Iglesia que no llevan el sello apostólico de la infalibilidad, a fortiori, el testimonio de la inteligencia, de la razón o de la simple experiencia puede ya ser recusado.

Según la frase de monseñor Pie: « la Iglesia no está menos atenta a mantener los atributos ciertos de la naturaleza y de la razón que a salvar los derechos de la Fe y de la Gracia ».

« Desde este punto de vista, la Iglesia ha condenado como escandalosa y temeraria la opinión de quienes sostienen que pueda haber un pecado puramente filosófico, que sólo sería una falta contra la recta razón, pero sin ser una ofensa a Dios » [4].
Si se medita algunos minutos esta decisión no se tardará en ver la importancia de sus repercusiones.

Es equivocado creer que fuera de la enseñanza explícitamente religiosa de la Iglesia comienza el pantanoso terreno de esas «cosas dudosas» donde el liberalismo podría valer como Ley.

León XIII lo asegura sin la menor ambigüedad en la Encíclica Libertas:

« Las verdades naturales, como son los primeros principios y los deducidos inmediatamente de ellos por la razón, constituyen un como patrimonio común del género humano; y puesto que en él se apoyan como en firmísimo fundamento las costumbres, la justicia, la religión, la misma sociedad humana, nada sería tan impío, tan neciamente inhumano como el dejar que sea profanado y disipado ».

La Iglesia ha considerado siempre como deber suyo el enseñar estas verdades naturales.

La proposición 57 del Syllabus[5] recuerda la condenación en que incurre quienquiera pretendiese que « que la ciencia de las cosás filosóficas y morales, y aun las leyes civiles, pueden y deben prescindir de la autoridad divina y eclesiástica » [6].

« Enseñar la religión y luchar perpetuamente con los errores. Tal es—dice León XIII en la Encíclica Aeterni Patris—la finalidad de los « diligentes trabajos de cada uno de los Obispos, de las leyes y decretos promulgados en los Concilios, y sobre todo de la cotidiana solicitud de los Romanos Pontífices...

« Pero, como según el aviso del Apóstol por la filosofía y la vana falacia suelen ser engañadas las mentes de los fieles cristianos y es corrompida la sinceridad de la fe en los hombres, los supremos pastores de la Iglesia siempre juzgaron ser también propio de su misión promover con todas sus fuerzas las ciencias que merecen tal nombre, y a la vez proveer con singular vigilancia para que las ciencias humanas se enseñasen en todas partes según la regla de la fe católica, y en especial la filosofía, de la cual depende, sin duda, en gran parte, el  buen método de las demás ».

Por lo tanto, y puesto que la Iglesia reivindica el derecho de enseñar todas las ciencias humanas, es difícil comprender por qué únicamente la ciencia política deba escapar a su magisterio.

¿No rechazaba enérgicamente monseñor Freppel la idea de que « las  formas de gobierno, sus cambios, sus modificaciones, sus sucesiones..., sean lo que menos importe a la Iglesia »?

También la proposición 57 del Syllabus, ya citada, nos recordaba que « la autoridad divina y eclesiástica » rehusaba el dejarse sustraer «la ciencia de las cosas filosóficas y morales, ASÍ COMO LAS LEYES CIVILES » [7].

Esto sí que es claro y permite prever que si, en cierto sentido es exacta [8]  la fórmula: «la Iglesia no debe hacer política », ello no significa que la Iglesia no tenga ningún derecho, ningún poder que ejercer, nada que decir en lo relativo al gobierno y a la organización del Estado.

Bastará con recordar que la Iglesia y los Papas han condenado, reprobado o proscrito los principios de 1789, el laicismo o naturalismo político, el estatismo totalitario, el liberalismo, el socialismo, el comunismo, la doctrina política del Sillón [Movimiento de Le Sillón, de Marc Sagnier], el nazismo y todo nacionalismo inmoderado. Uno se preguntará, sin duda, qué más pruebas, podrían exigirse para admitir que la Iglesia no cree conveniente desinteresarse de la vida o de la suerte de las sociedades civiles.

Si se meditan estas condenaciones y se piensa en las repercusiones prácticas que acarrean se comprobará que constituyen una red tan tupida que es capaz de impedir que pasen la mayoría de las teorías políticas que hoy se profesan.

TRASCENDENCIA DE LA IGLESIA, PERO NO INDIFERENCIA

Ahora que sabemos por qué y en qué sentido es falso decir que «la Iglesia no hace o no debe hacer política », nos queda por estudiar cómo debe ser entendida esta fórmula para poder ser aceptable.
Puede ser legítima si con ella se quiere afirmar que la Iglesia, en lo que tiene de esencial, es trascendente; que su fin, su misión, su acción, son sobrenaturales; que para llegar a ese fin, cumplir esa misión, proseguir esa acción, no tiene la Iglesia necesidad, por esencia, de ninguna colaboración política; que es una sociedad perfecta; que, por consecuencía, no podía ser tributaria de ninguna potestad inferior y que en caso necesario podría ejercer su Divino Ministerio, a pesar de la indiferencia, a pesar incluso de las persecuciones de los poderes temporales.
Pero, digámoslo una vez más, esta trascendencia no significa indiferencia [9].
La Iglesia tiene por suprema misión la salvación de las almas. Más exactamente, en esta inmensa sociedad que es la Iglesia, compuesta de clérigos y laicos, aquellos que son en toda la plenitud del término « gentes de Iglesia », o sea los « eclesiásticos », tienen como misión el cuidado y la salvación de las almas.
En lo sucesivo, esta distinción entre clérigos y laicos[10] va a sernos indispensable. Porque la Iglesia en la persona de los eclesiásticos, tiene por misión el cuidado y la salvación de las almas; la Iglesia, repetimos, en la persona de los eclesiásticos, desde el Soberano Pontífice hasta el menor clérigo, no puede quedarse indiferente ante el régimen del Estado.
Nuestra historia abunda en pruebas de esta solicitud. Desde los primeros obispos de la Galia, desde San Germán, San Cesáreo, San Avito, San Remigio, hasta San Vicente de Paúl, pasando por Suger y sin omitir a Richelieu, los clérigos se han unido gustosamente a los laicos para la salvación, tanto espiritual como material del Estado [11].
¡Felices costumbres de los siglos de Fe!
Doscientos años de naturalismo, de liberalismo, de laicismo triunfantes han destruido la armonía de esta colaboración. En todas, o en casi todas partes, el poder civil ha querido separarse del poder religioso. Se ha abierto un foso, cada vez más profundo, entre clérigos y laicos. Estos últimos llamaron « rapiñas y usurpaciones» a los beneficios prestados por los primeros a la ciudad temporal.
« La Iglesia (entendida como el conjunto de los eclesiásticos) no insistió—prosigue monseñor Pie—en imponer al mundo servicios que el mundo rechazaba... Obligada a abandonar los baluartes, los contramuros y todas las construcciones avanzadas de que se había rodeado en la ciudad temporal, la Iglesia (conjunto de los eclesiásticos) se atrincheró, sobre todo, en el santuario, a fin de fortificarle» [12].
Para evitar todo equívoco, los clérigos no quisieron aparentar que disputaban a los príncipes un poder cuyo ejercicio no tienen como misión principal. Sin embargo, su misión les imponía el deber de adoctrinar a las naciones. « Papas y obispos aplastaron todos los errores bajo el peso de sus anatemas», y no dejaron de recordar o de indicar los prudentes principios que debían presidir tanto el gobierno como la organización de la sociedad. Pero, preocupados por evitar la menor perturbación, cuidando de no aparecer guiados por ninguna ambición temporal, esos mismos Papas y esos mismos obispos se guardaron muy bien de traspasar los límites del papel que se habían fijado. De ahí la altura y el carácter de generalidad que son como la marca y el sello de sus directrices y consejos.

Los clérigos saben cómo el detalle práctico, el diario cuidado de los negocios públicos, la adaptación de los principios eternos de la prudencia política a las diferentes condiciones de tiempo y de lugar, son obra particular de los laicos, acción propia del Estado, justo dominio de su autonomía y de su competencia. Saben que si penetran en ese terreno, a título de su propia autoridad eclesiástica, sería entonces cuando se podría acusar y gritar: he ahí el «clericalismo »; es decir, la intrusión de los «clérigos » en la gestión directa de lo temporal, en el ejercicio práctico del poder civil. La Iglesia, entonces, « haría política » en el sentido impugnable de la fórmula.

Ahora bien, cosa curiosa: en lugar de reconocer la delicadeza de tal reserva, buen número de «laicos » tienden a reprochar a la Iglesia, en la persona de sus clérigos, ese carácter de generalidad que sus directrices guardan siempre en materia política. ¿No ven acaso estos laicos que con tales reproches lo que subrayan es su propia incuria, así como su desconocimiento de los deberes que les impone precisamente su estado de laicos?

Esa precisión en los detalles, esas soluciones concretas que piden, ¿no ven los laicos que son ellos quienes deben descubrirlas, quienes deben extraerlas, aunarlas de algún modo en la línea recta de los sabios principios de toda sana y santa política recordados por el magisterio eclesiástico? Lo que reprochamos a los clérigos debemos considerar que nos corresponde averiguarlo y precisarlo por nosotros mismos.

¿Cómo podrían los Romanos Pontífices desde la cátedra de San Pedro, proponer para el planeta entero soluciones políticas con detalles rigurosamente fijados?

La Iglesia, además, es prudente. Sabe cuánto tiempo y paciente perseverancia necesitan las reformas sociales para ser sabias y fecundas. Los clérigos podrían, sin duda, llevar adelante, hasta en sus menores detalles, la enseñanza de la sana doctrina política o, para emplear la expresión de León XIII, el estudio minucioso de «la filosofía del Evangelio aplicada al gobierno de los Estados ». Esto hubiera sido peligroso.

La enseñanza de la ciencia política, por desinteresada que sea, no es como la enseñanza de las otras ciencias, un simple trabajo dogmático lleno de serenidad. Difundir, profesar una doctrina política, es ya, inevitablemente, hacer una propaganda..., y por eso mismo, comprometerse, al menos de lejos, en las luchas y en la acción políticas.
Siendo esto así se comprenderá la reserva de la Iglesia.  
Además, tales indicaciones, tales reformas, tales instituciones, aunque legítimas por sí mismas y verdaderamente deseables, tienen el riesgo de provocar catástrofes sociales si son dadas, emprendidas o fundadas torpemente o a destiempo.
Recuérdese la esclavitud antigua y los desórdenes que hubieran estallado si los primeros Papas hubieran declarado explícitamente, sin más, que era ilegítima. Se podrían multiplicar los ejemplos contemporáneos que ilustrarían los rasgos de una prudencia similar. Nada de oportunismo, en el mal sentido de la palabra, sino afán de evitar un mal mayor.

No reprochemos, pues, a las Encíclicas, una cierta imprecisión en el detalle práctico o incluso su silencio sobre asuntos que, para nosotros los laicos, nos parecen decisivos, porque sean temas de inmediata resolución. Pensemos en los movimientos de odio, en las palabras injuriosas que provocaron los consejos tan delicados y sabios que Pío XII se dignó dirigir a las « Semanas Sociales » de Estrasburgo.

No exijamos—digámoslo de una vez—del Soberano Pontífice lo que debe ser precisamente nuestra tarea, lo que nos impone nuestro estado de «laico ».
        
Las Encíclicas no contienen—porque no deben contenerlo—un curso explícito de doctrina política minuciosamente pormenorizada; pero sí contienen los principios, las grandes líneas, el bosquejo de esa doctrina. A los laicos nos corresponde desenvolver y desarrollar sus consecuencias.

El Vicario de Jesucristo, así como los obispos, no han de descender más allá de un cierto grado. Su misión es muy distinta a la de publicar todos los meses un boletín de formación o de orientación política. Los « clérigos » no tienen que hacer esa tarea de «laicos ».

« Le hace falta al clero—nos dice Pío XII [13]—reservarse, ante todo, para el ejercicio de su ministerio propiamente sacerdotal, en el cual nadie puede suplirle. Una ayuda proporcionada por laicos al apostolado, es, por tanto, de necesidad indispensable. »

Esta labor de desarrollo, de explicación de la doctrina social de la Iglesia, corresponde a nosotros realizarla, sin cesar, precisamente por ser católicos, esto es, debemos pensar, hablar, actuar como católicos y hacer labor de política católica.
De tal manera que, sin que el magisterio eclesiástico tenga que com-prometerse y corra el riesgo de verse envuelto en las vicisitudes e inevitables decepciones de los asuntos temporales, el reino de Cristo o, lo que es lo mismo, el reino de la Iglesia, pueda, sin embargo, extenderse a toda la vida política.

APOSTOLADO PROPIO DE LOS LAICOS

Porque, también nosotros, los laicos o seglares, somos la Iglesia. Y eso que se llamó en el siglo XIX el « repliegue de la Iglesia al Santuario » no es, en realidad, más que la deserción de la gran masa de los seglares cristianos del combate por una « ciudad católica ».
« Bajo este aspecto—ha podido decir Pío XII [14]—, los fieles, y más  concretamente los seglares, se hallan en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; PARA ELLOS LA IGLESIA ES EL PRINCIPIO VITAL DE LA SOCIEDAD HUMANA. Por esto, especialmente, deben tener un convencimiento cada vez más claro NO SÓLO DE QUE PERTENECEN A LA IGLESIA, * SINO DE QUE SON LA IGLESIA; es decir, la comunidad de los fieles en la tierra, bajo la dirección del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia, y por esto ya desde los primeros tiempos de su historia, los fieles, con el consentimiento de sus Obispos, se han unido en asociaciones particulares concernientes a las más diversas manifestaciones de la vida. Y la Santa Sede no ha cesado jamás de aprobarlas y de alabarlas » [15].

« Sería desconocer la naturaleza real de la Iglesia y su carácter social —escribía más recientemente Pío XII [16]—distinguir en ella un elementó puramente activo, las autoridades eclesiásticas, y por otra parte, un elemento puramente pasivo, los laicos. Todos los miembros de la Iglesia como Nos hemos dicho en la Encíclica Mystici Corporis Christi, están llamados a colaborar en la edificación y en el perfeccionamiento del Cuerpo místico de Cristo » (cf. A. A. S. a. 35, 1943, página 241). Todos son personas libres y deben ser, por lo tanto, activos... « El respeto a la dignidad del sacerdote fué siempre uno de los rasgos más típicos de la comunidad cristiana ». Por el contrario, también el laico tiene sus derechos, y el sacerdote debe reconocerlos por su parte. El laico tiene derecho a recibir de los sacerdotes todos los bienes espirituales, con el fin de lograr la salvación de su alma y llegar a la perfección cristiana. Cuando se trate de los derechos fundamentales del cristiano, puede hacer valer sus exigencias; el sentido y la finalidad misma de toda la vida de la Iglesia se hallan aquí en juego, así como la responsabilidad ante Dios tanto del sacerdote como del laico...

« ...Es verdad que hoy más que nunca deben prestar esta colaboración con tanto más fervor para la edificación del Cuerpo de Cristo » (Efesios, IV, 12) en todas las formas de apostolado, especialmente cuando se trata de hacer penetrar el espíritu cristiano en toda la vida familiar, social, económica y política...

« Por otra parte, apartándonos del problema que crea el reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares. La « consecrado mundi » ES, EN LO ESENCIAL, OBRA DE LOS SEGLARES MISMOS, de hombres que están mezclados íntimamente en la vida económica y social, participando en el gobierno y en las asambleas legislativas...».


Sin duda alguna, el « Príncipe de este mundo » debe temerlo todo, de un ejército de seglares verdaderamente católicos y decididos a combatir de veras por el reinado de Cristo sobre las instituciones.
La ignorancia religiosa de los seglares es el auxiliar más seguro de Satanás. Y, cuando no puede conseguirla, tiende a hacer callar a los que saben.
Este es el secreto de cierto « testimonio » que algunos quisieran vernos prestar..., pero a condición de que fuese mudo.
Hablar—dicen—no corresponde al laico; sólo el clérigo tiene potestad de enseñar.
Piensan que basta dar testimonio de existencia, aun cuando este testimonio se exteriorice sólo por actos de beneficencia o por un esfuerzo para la obtención de una mayor justicia y caridad humanas. Pero, ¿no sería equívoco semejante testimonio si no deja entrever la fuente profunda donde se alimenta? Por no expresar la fe que le anima, favorecerá a veces un respeto humano que se ignora y quedará con frecuencia ineficaz, desde el punto de vista cristiano, en un mundo que recusa lo sobrenatural...
« Erigir en principio que es preciso silenciar lo sobrenatural, es exponerse, en realidad, a testimoniar contra ello. Se llegará fácilmente a la conclusión o de que no creemos en lo sobrenatural o que lo consideramos sin importancia »[17].
Santo Tomás pensaba, muy al contrario, que « cada uno está obligado a manifestar públicamente, su fe, ya sea para instruir y animar, a los otros fieles, ya para rechazar los ataques de los adversarios.» [18].
Y León XIII precisa[19]: « Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levantan incesantes clamores para oprimir a la verdad, propio es o de hombres cobardes, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa... Bien poca cosa se necesitaría, a menudo, para reducir a la nada las acusaciones injustas y refutar las opiniones erradas; y si quisiéramos imponernos un trabajo más serio, estaríamos siempre ciertos de vencerlas.
« Lo primero que ese deber nos impone, es profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla, cada uno según sus fuerzas[20]. Porque, como repetidas veces se ha dicho, y con muchísima verdad, nada daña tanto a la doctrina cristiana como el no ser conocida; pues siendo bien entendida, basta ella sola para rechazar todos los errores...

« Por derecho divino la misión de predicar, es decir, de enseñar, pertenece a los doctores, esto es, a  los obispos, que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios. Por encima de todo, esa misión pertenece al Romano Pontífice, Vicario de Jesucristo, encargado con poder soberano para regir la Iglesia universal como Maestro de la fe y de las costumbres. A pesar de ello, no se debe creer que esté prohibido a los particulares cooperar, en una cierta manera, a este apostolado, sobre todo si se trata de hombres a quienes Dios ha otorgado, junto a los dones de la inteligencia, el deseo de hacerse, útiles.  

« Cuantas veces lo exija la necesidad, pueden éstos con facilidad, no, ciertamente, arrogarse la misión de los doctores, sino comunicar a los demás lo que ellos mismos han recibido, y ser, por así decirlo, el eco de la enseñanza de los maestros. Por otra parte, la cooperación privada ha sido juzgada por los Padres del Concilio Vaticano, de tal modo oportuna y fecunda que no han dudado en reclamarla... Que cada uno, pues, recuerde que puede y que debe difundir la fe católica con la autoridad del ejemplo, y predicarla mediante la profesión pública y constante de las obligaciones que ella impone »[21].


La verdadera misión del laico cristiano es hablar, hacer suyo todo lo que es de la Iglesia. Esta identificación es indispensable para la plena expansión del reinado social de Nuestro Señor.
El orden divino es tan perfecto que esos deberes del laico se encuentran unidos entre sí por un interés más directo, cuyo saludable impulso tal vez no experimente el clérigo.
Monseñor Pie lo presentía ya cuando exclamaba: « Llegará el día en que la sociedad, la familia, la propiedad rechazarán aún más enérgicamente que nosotros mismos, ciertos axiomas de secularización exclusiva y sistemática, que les habrán sido más funestos que a la misma Iglesia »[22].
El laico, en cierto sentido, está más directamente interesado en el triunfo de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, y esto por razón de que el laico se encuentra, más que el clérigo, inmerso en el orden temporal, en el orden civil, en el orden secular; más comprometido en los problemas sociales y más directamente interesado en materia política...
En el fondo de todo ello puede haber una buena parte de egoísmo. Lo que no obsta para que este reflejo de simple interés pueda ser, como el temor de Dios, principio de sabiduría.
Forzando la nota, puede ocurrir que, por un sentido un tanto estrecho de vida contemplativa y del reino de Dios, algún clérigo encuentre más cómodo hallarse reducido al santuario.
Así nos lo han dado a entender con bastante frecuencia exclamaciones como esta: « Estamos mucho más tranquilos ahora, ahora que la Iglesia está separada del Estado... » ¡Como si esta tranquilidad pudiese ser un ideal de la Iglesia militante!
Por lo tanto, es una gracia concedida al laicado, el no poder reposar en semejante abandono y el verse más directamente sacudido por la conmoción del orden civil, que es su propio dominio.
Una vez más tenía razón el Cardenal Pie: «llegará un día... ». Y consideramos que ha llegado ese día... en que los laicos tienen que rechazar, más enérgicamente acaso que ciertos clérigos, esos axiomas de secularización, laicismo, liberalismo, socialismo, que son como el cáncer de la sociedad moderna.
Y esta reacción no expresa, en modo alguno, una iniciativa temeraria, incluso anárquica, del laicado. Muy al contrario, los infortunios que nos atrajo nuestra desobediencia a las enseñanzas de la Iglesia son frutos que nos empujan hoy a los seglares a volver a su orden y a su verdad. Hijos pródigos, sin duda, poco ufanos de las catástrofes que han venido sobre el mundo por nuestra negativa a escuchar las enseñanzas de los Soberanos Pontífices desde hace más de dos siglos; pero hijos pródigos llenos de confianza y sin inquietud alguna por la acogida que saben les está reservada. Confianza que se apoya, también, sobre el principio de un derecho fundamental; porque es justo, en efecto, en el orden moral que a todo deber corresponde un derecho. Somos seglares. Nuestro deber es la obediencia. Pero, como contrapartida inmediata tenemos un derecho. Y es el derecho a esa maternidad de la Iglesia a la cual debemos sumisión como hijos. Derecho a la verdad, a la Verdad integral que detenta. Derecho a toda la doctrina católica, tanto social como privada.
Derecho a que la Iglesia sea nuestra Reina, puesto que tenemos el deber de ser sus súbditos.


[1] Precisaremos más adelante el sentido real de esta fórmula. A este sentido no nos referimos en la primera parte de este capítulo.
[2] La 22.a proposición del Syllabus condena a los que sostienen que « la obligación a que sin excepción están sometidos los maestros y escritores católicos se limita únicamente a los puntos propuestos por el juicio infalible de la Iglesia como dogmas de fe, que deben ser creídos por todos ».

Una carta de Pío IX al arzobispo de Munich (21 de diciembre de 1863) recordaba muy claramente: «Cuando se tratare de esta sumisión que exige un acto de fe divina, no debe limitarse a las cosas que han sido definidas por los decretos formales de los concilios ecuménicos o de los Pontífices romanos y de la Sede Apostólica, sino que debe extenderse también a las cosas que son propuestas por el magisterio ordinario de toda la Iglesia extendida en el mundo, como reveladas por Dios, y que el consentimiento universal y constante de los teólogos católicos considera como pertenecientes al dominio de la fe. » (Denzinger, núm. 1.683.)

El derecho canónico no es menos explícito. Bastaría citar todo el canon 1.321.

[3] Documentation Catholique, núm. 1.077, c. 1.159, p. 3.
[4] Cf.: Denzinger, 1290.
[5] Cf.: Aloc. Maxima quidem, 9 junio 1862.
[6] Denzinger, núm. 1.757.
[7] Denzinger, núm. 1.757.
[8] Que estudiaremos más adelante.
[9] « Las grandes cuestiones que deciden la suerte de la sociedad no podrán encontrar a la Iglesia indiferente ». Monseñor Pie, Oeuvres, t. I, p. 206.

[10] Bien entendido, que la palabra « laico » está aquí tomada en su verdadero sentido, el pleno sentido católico. Los « laicos» en la Iglesia se distinguen de los « clérigos », pero no dejan de ser católicos y de actuar en todo y por todo como católicos.

[11] (48 bis) La revista argentina VERBO (núm. 5), al llegar a este pasaje, recuerda la actuación de los grandes Santos de España, Hermenegildo, Leandro o Isidoro de Sevilla, y de los prelados y gobernantes del tipo del Cardenal Cisneros, Santo Toribio, arzobispo de Lima, o Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, hasta Fray Mamerto Esquiú, en los que puede verse una larga tradición de clérigos que trabajaron para asegurar la felicidad espiritual y material de la ciudad terrena.
[12] Monseñor Pie, Oeuvres, t. I, p. 207.
[13] Discurso al Primer Congreso del Apostolado Seglar (14 de octubre de 1951).
[14] Discurso a los nuevos Cardenales (20 de febrero de 1946).
[15] Cf., aquí todavía, el importante discurso de Pío XII al Primer Congreso del Apostolado Seglar (14 de octubre de 1951): «Hay quienes gustan de decir frecuentemente que durante los cuatro últimos siglos la Iglesia ha sido exclusivamente  «clerical», por reacción contra la crisis que en el siglo XVI había pretendido llegar a la abolición pura y simple de la Jerarquía; y, como consecuencia, insinúan que ya le ha llegado (a la Iglesia) el tiempo de ampliar sus cuadros. Semejante juicio está tan lejano de la realidad, que precisamente a partir del santo Concilio de Trento es cuando el laicado se ha encuadrado y ha progresado en la actividad apostólica. Ello es fácil de comprobar; basta recordar dos hechos históricos patentes entre muchos otros: las Congregaciones Marianas de hombres que ejercitaban activamente el apostolado de los seglares en todos los terrenos de la vida pública y la introducción progresiva de la mujer en el apostolado moderno... De manera general, en el trabajo apostólico es de desear que reine entre sacerdotes y seglares la más cordial inteligencia. El apostolado de los unos no es una competencia con el de los otros. Hasta, a decir verdad, la expresión emancipación de « los seglares » que se oye acá y allá no Nos agrada. Ya de por sí la palabra no suena con agrado; además, históricamente es inexacta... Es evidente que, en todo caso, la iniciativa de los seglares en el ejercicio del apostolado ha de mantenerse siempre en los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes. »
[16] Discurso al Segundo Congreso Mundial del Apostolado Seglar (Roma, 5-13 octubre 1957).
[17] Rapport doctrinal presentado por Monseñor Lefebvre, arzobispo de Bourges, a la asamblea del Episcopado francés (abril 1957).
[18] (55 bis) Suma Teologica, lIa, Ilae, q. III, a. 2, ad 2. Esta frase de Santo Tomás, está recordada explícitamente por S. S. Juan XXIII, en la Encíclica Princeps Pastorum, sobre las misiones (1959). (Extracto sobre la función del laicado, en el número 109 de Verbo.)
[19] Sapientiae Christianae; párrafos 20 a 23.
[20] Cf.: Théologie de l'Apostolat, por Monseñor León Suenens.
(Desclée de Brouwer): «¿A qué esperamos para llevar socorros? ¿La ocasión? Pues abunda. ¿La llamada? Pues hay angustias mudas más elocuentes que los gritos más penetrantes. ¿Es preciso que el herido desvanecido en el camino vuelva en sí y pida ayuda para que el que pasa se pare junto a él y cure sus heridas?¿Conocéis esta queja de un socialista austríaco, recientemente convertido, publicada en forijia de carta?...: «He encontrado a Cristo a los veintiocho años de edad. Considero los años que han precedido a este encuentro como años perdidos. Pero esta pérdida ¿me es imputable a mí sólo? Escuchad: Nadie me ha pedido jamás que me interesara por el cristianismo. He tenido amigos y conocidos cristianos practicantes que tenían plena conciencia de todo lo que aporta la religión en la vida humana... Pero ninguno de ellos me ha hablado nunca de su fe. No obstante, se sabía que yo no era ni un aventurero, ni un libertino, ni un burlón de quien se pudieran temer los sarcasmos... ¿Sabéis por qué he tardado tanto tiempo en descubrir la verdad? Porque la mayor parte de los creyentes son demasiado indiferentes, demasiado apegados a su comodidad, demasiado perezosos. »
...«Cómo no pensar aquí en las palabras de Monseñor Ancel: «Con frecuencia se dice: no se puede hablarles de Cristo... no están preparados. Esto puede ser verdad...; pero, con más frecuencia, somos nosotros los que no estamos preparados. »
[21] ¿Es necesario añadir que si el cristiano tiene el deber de hablar, este deber es inseparable del de estudiar y aprender?
« Juzgamos muy útil y muy conforme a las circunstancias presentes—escribía León XIII en Sapientiae Christiartae—el estudio diligente de la doctrina cristiana según las posibilidades y capacidad de cada uno y el empeño por alcanzar un co nocimiento lo más profundo posible de las verdades religiosas accesibles a la sola razón.»
« Todo cristiano debe estar convencido—escribe S. S. Juan XXIIII (Princeps Pastorum, 1959)—de su deber fundamental y primordial de ser testigo de la Verdad en la cual cree y de la gracia que le ha transformado. » ... «Tal es el deber de TODOS los cristianos del mundo entero... »

[22] Opus. cit., t. II, p. 135-136.