U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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martes, 10 de mayo de 2011

LIBRO: AUTOBIOGRAFÍA DE MONSEÑOR NGO DINH THUC (1)

El CENTRO DE ESTUDIOS SAN BENITO, presenta a usted un libro inédito, gracias a la autorización de su editor, S.E.R. Mons. Luis Alberto Madrigal, obispo descendiente del linaje del Arzobispo Pedro Martín Ngo Dinh Thuc. 

Con ello estamos cumpliendo con hacer un justo y merecido tributo al heroico obispo que la Divina Providencia eligió para preservar la Iglesia Católica Romana, dotándola de obispos con Sucesión Apostólica válida y legítima, luego del gran cisma de la jerarquía modernista y del clero, posterior al fallecimiento del último Papa legítimo, S. S. Pío XII.

Mediante esta publicación queremos despejar dudas, refutar errores y desmentir una propaganda malintencionada y comprometida con la Revolución anticristiana que se ha lanzado, desde hace décadas, para destruir la imagen y obra pública de un Arzobispo valiente que defendió a la santa Iglesia Católica  hasta el ofrecimiento de su propia vida. 

Monseñor Thuc fue el primero y el único obispo en tomar una decisión oportuna y eficaz para proteger a la Santa Madre Iglesia ante la pasividad y falsa prudencia de muchos obispos que observaron  el complot que se orquestaba y no tuvieron las agallas o claridad para enfrentarlo. 

¿Cuál es la verdadera razón de por qué Monseñor Thuc ha sido tan perseguido llegando a influir a católicos ingenuos de ciertos grupos tradicionalistas? La razón no es otra que, hacer fracasar comunicacional, política, jurídica e institucionalmente cualquier intento serio de restauración y reinstalación del catolicismo tradicional en el gobierno central y local de la Iglesia (que el mundo la entiende por tal para su propia condenación y engaño) que comprometa gravemente los planes de dominio mundial anticristiano que vienen orquestando aquellos que no quieren que Cristo reine.

En efecto, sin la existencia de obispos católicos (ortodoxos) verdaderos no puede esperarse que exista una jerarquía católica que dirija a la Iglesia en algún momento.  Este es el error de muchos grupos "católicos tradicionalistas" que en vez de ayudar a recomponer la jerarquía católica en la Iglesia, de un modo realista, siguen esperando que por "generación espontánea" aparezcan buenos obispos de una falsa sucesión, por lo que a la espera de un "milagro" y creyendo estar "dentro" de la Iglesia, siguen prestándole ilusoriamente obediencia a una jerarquía que ya no es católica en su forma de creer, pensar y actuar, salvo un poco en su apariencia para engañar a los buenos y hacer más extensivo su poder en todo el mundo. 

No son pocos, incluso algunos autodenominados "católicos tradicionalistas", los que desautorizan y no perdonan a Monseñor Thuc por haber consagrado obispo a Clemente Domínguez del Palmar de Troya. Es cierto que Monseñor Thuc cometió un error en hacer obispo a Domínguez, pero no es justo hacer responsable de los pecados de Domínguez a Monseñor Thuc por el sólo hecho de haberlo consagrado obispo, si esto fuera así de lógico, entonces tendríamos que hacer responsable a nuestro Señor Jesucristo por los pecados de Judas Iscariote ya que Él lo aceptó como apóstol. 

Leamos, pues, esta Autobiografía dando gracias a Dios por este héroe de la Fe católica en estos tiempos de la Gran Apostasía.

A LOS INTERESADOS DE RECIBIR EL LIBRO EN PDF GRATUITAMENTE EN SU CORREO ELECTRÓNICO ESCRÍBANOS SOLICITÁNDOLO A:





AUTOBIOGRAFÍA 
MONSEÑOR PEDRO MARTÍN NGO DINH THUC



PRESENTACIÓN 

La caridad, dice San Pablo, es benigna, es paciente, todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta. En estas páginas que te presentamos amable lector, encontrarás la figura de un Arzobispo, que verdaderamente ha tenido la ocasión de ser probado, prueba que constituye un galardón tal como los Apóstoles, de hecho es un sucesor de ellos, se gozaban por haber sido dignos de sufrir algo por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. 


Esta vida, escrita por él mismo, está tan llena de las bondades de Nuestro Señor tanto en las victorias, que abundan durante toda su historia- pero sin prescindir de la cruz- como también en los "fracasos" providenciales, en los cuales templa nuestro Señor a las almas que más ama. 

En su infinita misericordia, Dios prepara a sus hijos, a quienes les dará tal potestad que podrán, regir su heredad en la Santa Madre Iglesia católica. Desde su infancia lo hace nacer en un hogar católico, pero de los verdaderos católicos que serán probados contra viento y marea y que serán templados en altas temperaturas. Lo veremos al recorrer las paginas de este libro, donde un católico se consideraba afortunado en poder recibir los sacramentos al menos una vez en su vida. Esto significa que su catolicismo lo vivían en sus hogares y ellos mismos custodiaban sus dogmas y la sacrosanta fe de Nuestro Señor, en cuanto al aspecto de su patria siempre en luchas en contra de las potencias dominadoras de sus tierras. En cuanto a su familia, de sangre real, pero pobre. Pobreza la llevaron con gran paciencia. 

En este entorno nuestro Redentor formaba a sus futuros atletas, dos de ellos particularmente tendrán la ocasión de regir las patrias, uno, Diem la de Vietnam del Sur y otro nuestro biografiado Ngo regir ciudadanos para la patria celestial. Varios miembros de su familia morirán por defender su patria contra los ataques comunistas y el Arzobispo de Hue por defender la Santa Madre Iglesia Católica en manos de los modernistas, como trágicamente se narra en el capitulo ultimo de esta biografía. 

Podrás ver, estimado lector, el temple del alma de Monseñor Ngo Dinh Thuc, alma verdaderamente preparada, pues obtuvo los doctorados en filosofía, en teología y en derecho canónico. Un alma verdaderamente paterna pues atendía a las necesidades espirituales de su clero y de sus fieles y no tan sólo eso sino que tomaba muy particular cuidado de las necesidades materiales, lo verás preocupado de que todos los de su diócesis tengan siempre el pan de cada día, incluso llegara a dar los forros de los ornamentos así como sus propios pantalones para que los fieles puedan asistir al Santo sacrificio de la Misa. 

Durante su vida siempre surgirán los que ponen acechanzas, y lo que permite el buen Dios para que nuestras propias almas no se vanaglorien del bien que pueden hacer a los prójimos. Pero a pesar de esto siempre previsor, con su mente esclarecida y buscando la mejor solución, y esta, lo mas practica posible para los problemas que había que afrontar. El caso ejemplar de lo que aquí decimos es la construcción de la mejor Universidad de Vietnam del Sur, me refiero a la universidad de Dalat. Todo lo que tuvo que hacer para lograr su construcción y como al festejar sus 15 años de su fundación, jamás se mencionó el nombre del fundador. De hecho lo hice por Dios y a Dios sea dada la gloria, menciona él. 

Así transcurrirá su vida en medio de pruebas y triunfos. En un momento de su biografía, habla de fracasos, a los cuales yo doy el mote de providenciales, puesto que marcarán el camino para la continuación de la Santa Madre Iglesia católica. Estos "fracasos" iniciaron con el Vaticano II, pues es escalofriante ver como los que deberían ser iluminados por el Espíritu Santo se la pasaban tomando café y coca cola en las cafeterías. Y después de su estancia en Roma de 1962-64 para el "Concilio" pastoral el gran batallar de puerta en puerta pidiendo posada para ganar el pan de cada día, lejos de su patria, lejos de su gente; los comunistas habían masacrado a su familia y habían derrocado el gobierno de su hermano Diem, y sobre todo imposibilitado para estar con sus fieles en su arquidiócesis de Hue, por la política de Paulo VI en su acercamiento al comunismo. 

Pero me creerás, amado lector, que esto era el inicio de sus dolores, recién comenzaba a ser probada esta alma, pues un dolor mas grande le iba a llegar en lo mas íntimo de su ser: el ver padecer a la Santa madre Iglesia Católica, esposa Inmaculada de Nuestro Señor Jesucristo. Para eso lo había preparado nuestro Señor, por eso tantos triunfos y fracasos, por eso lo hizo nacer, donde el pan de la fe y el pan cotidiano literalmente cuestan sudor y lagrimas, era el momento de entrar en acción y sin ningún temor, y con la firme convicción de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, decide declarar la sede Vacante y rechazar los errores del vaticano II, con un gesto de valentía y de un amor grande a nuestro Señor y a su Iglesia, sin importarle el precio que debía pagar por estas sus acciones: desprecio del mundo, odio de los enemigos de la Santa madre Iglesia católica, asechanzas de los que no quieren que reine nuestro Señor Jesucristo. 

Así, pues, consagra obispo a Monseñor Guerard des Lauriers y el 17 de octubre de 1981 consagró a Monseñor Moisés Carmona y Adolfo Zamora en Toulum Francia. Carmona consagra a Musey y con la asistencia del mismo Monseñor Carmona y Monseñor Zamora, Musey consagra el 24 de agosto de 1982 a Louis Vezelis O.F.M. Monseñor Vezelis se rinde cuenta de la situación que esta viviendo Monseñor Ngo y decide hacer un viaje ex profeso, para platicar con su ilustrísima y ver la forma de retirarlo en medio de los franceses para los cuales El Arzobispo Ngo, primero era un vietnamita (habían estado siempre en pugna franceses y vietnamitas) y posteriormente era un Prelado de la Iglesia Católica. Acepta monseñor Thuc y Monseñor Vezelis lo recoge para darle una vivienda lo mas conforme a su dignidad y en medio de un ambiente religioso. 

El resto de lo acontecido, el libro lo narra minuciosamente, sobre todo lo de su secuestro, y nuestro lector podrá darse cuenta cabal de los acontecimientos narrados por quienes lo vivieron, es decir de primera mano. 

Por ultimo recordamos las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: "Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, no lleva fruto consigo"; "Bástale al discípulo ser como su maestro"; Por eso permitió la Divina Providencia que Monseñor Ngo muriera solo, en tierras lejanas, sin sus parientes, en manos de sus enemigos, sin ninguno de sus bienes. 

Sirvan estad pocas líneas, a manera de introducción, y que el libro que aquí te presentamos rinda algún bien para tu alma. 

+ Monseñor Luis Alberto Madrigal y Madrigal


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INTRODUCCIÓN 


"Este es el hombre del momento" se necesita más que coraje humano para dejar la tranquilidad y el retiro (como lo hizo este patriarca Arzobispo de Vietnam) por la angustia y ansiedad de combatir por la vida de la Iglesia Católica. El puño frío y cruel de los fanáticos ha sido desatado, y no existe diferencia de los enemigos de nuestras tierras, quienes ya han disminuido la esperanza de este hombre. No queda mucho tiempo para que la virtud y el vicio se separen y como la escritura nos lo recuerda: "por sus frutos los conoceréis". En el invierno de esta larga y fructífera vida el Arzobispo Ngo se abandona a la providencia de Dios y sus designios, dejando de lado la comodidad y la paz que aconseja la humana prudencia y se lanza a la batalla. Aquellos que tengan fe lo seguirán y verán con buenos ojos su heroica postura, aquellos que usan la fe para su propia gloria con seguridad lo maldecirán amargamente. El Arzobispo Ngo no es el prelado senil que algunos imaginan. Es un hombre de gran sabiduría y experiencia versátil. Obtuvo su doctorado en Filosofía, doctorado en Teología, y doctorado en Derecho Canónico. 


Obviamente, es un hombre que, en estos campos, no necesita la ayuda de un neófito y sin título. Tampoco es un hombre que necesite apologistas para ensalzarlo. Tampoco es una figura de culto. Su Excelencia ha sido un hombre de grandes logros apostólicos en su tierra de Vietnam. Obispo a los 41 años, cosa muy rara en nuestros días, organizó su diócesis y estableció un seminario. Más tarde, funda y construye la Universidad de Dalat que vino a ser la mejor en todo Vietnam. Fue una víctima de la política impaciente de Montini (Paulo VI) de eliminar oposición a su acercamiento con el comunismo, el Arzobispo Ngo fue forzado a retirarse a la edad de 73 años y en su lugar se colocó Monseñor Philip Nguyen Kim Dien, hijo espiritual de Wojtyla (Juan Pablo II). 


Con pleno conocimiento del desagrado y ataques que pudiera recibir por su postura en defender la Iglesia Católica, el Arzobispo Ngo entró en acción de manera práctica y realista. Pedimos a todos nuestros lectores rezar por este valiente Prelado y por aquellos que él ha consagrado para el servicio de la Iglesia. 


I PARTE 

MISERICORDIAS DOMINI IN AETERNUM CANTABO. 


Con esta aclamación del profeta comienzo la historia de mi alma. Que mis memorias puedan animar a otras almas para tener recurso a esta merced y que puedan convertirse y santificarse. Mi vida espiritual parece un tapiz de lágrimas, las cuales son los rayos de esta misericordia que impregnan el tapiz. Ésta misericordia de Dios que la ha decretado desde toda la eternidad para emitir sus cuidados sobre este átomo (así es mi ser, y sus decretos han venido sobre mi nada). Esta misericordia no ha cesado jamás de circundarme. Ella me ha envuelto aun más estrechamente en estos tiempos cuando mi pobre ser trata de escapar a las bondades de la dulce esposa de mi alma. Podrán otras almas tornar con buenas razones a esta caridad de Dios de tal forma que lo amen y adoren: las almas vírgenes, contemplativas, imbuidas en la santidad, llevadas por los ejemplos de los querubines y serafines. Almas como la de Santa Teresa, San Juan de la Cruz, de San Luis Gonzaga y del Padre Pío, ellas sí tienen ese derecho. Pero, para mi alma pecadora, ella tiene solo lágrimas para ofrecerle a Dios como la Magdalena y cantar las misericordias de nuestro Señor, sea en este mundo como en el próximo. 


El Señor ha sido muy bueno, porque me ha dado demasiado tiempo para arrepentirme y hacer penitencia, me ha dado una larga vida y extremadamente buena salud la cual no ha sido concedida para muchos de mi familia. Tengo 80 años y ninguna enfermedad seria, dotado de mente esclarecida que me ha hecho un ávido estudiante en el seminario menor, y después en la facultad de la Sorbona, la misericordia de Dios me ha concedido tiempo en el conocimiento de los estudios profanos y religiosos que han ayudado a mi conversión. 


Soy vietnamita. Esto explica mi carácter. Así como ser francés ayuda a entender la espiritualidad de la pequeña flor Santa Teresa; así como un habitante de Castilla entiende y explica el carácter de la gran Teresa de Ávila. ¿De dónde vienen los vietnamitas? Si uno revisa los anales de la edad antigua de China, que han sido siempre nuestros enemigos, los Viet ocupaban el territorio conocido ahora como el Pekín. Esta tierra está bañada por el inmenso río Amarillo. Los chinos se movieron hacia abajo a ésta tierra fértil donde los Viet encontraron una vida confortable. Los Viet participaron en la batalla en contra de estos invasores cuyo prolífico número lúe tan grande que los Viet no los pudieron rechazar. Fueron rechazados pero jamás cesaron de resistirlos. 


Los Viet se retiraron al Sur. Su última capital, en el territorio revindicado por China hoy, fue Cantón. El Cantón fue ocupado por los "Celestiales". Los Viet encontraron ahí un terreno adecuado para la defensa: era un estrecho paso que es todavía conocido como "Las Puertas de Annam" donde ellos prohibieron el paso a los chinos. Mas tarde los Chinos estuvieron aptos para forzar su camino a través de este estrecho y ocupar el Delta del río Amarillo. La ciudad de Hanoi ha sido construida en este sitio al menos hace mil años. 


Los Viet jamás perdieron coraje en la paliza lograda a los chinos gracias al heroísmo de dos hermanas, Trung-trac y Trung-schi. Estas jóvenes perdieron sus vidas en ésta heroica batalla. Inflamados por el ejemplo dado por estas dos hermanas vietnamitas, los Viet completaron el trabajo iniciado por estas dos jóvenes: los chinos abandonaban permanentemente Vietnam. 


Se necesitó de mucha diplomacia para aceptar un tipo de vasallaje con respecto a la posición de China. Lo que esto implicó fue un vasallaje anual y simbólico en la forma de presentes representativos de su país, por ejemplo, elefantes usados en defensa. 

Debemos reconocer que cientos de años de la ocupación china fueron muy beneficiosos a los vietnamitas. La división del territorio nacional era: provincias, prefecturas, subprefecturas y villas, así como estaba dividido el imperio central (China); excepto por una diferencia. Esta diferencia afectaba a la villa. 

Una Villa vietnamita es como una pequeña república y funciona como un Estado dentro de otro estado. Si el Estado imponía un impuesto para la guerra sea de dinero o de hombres, el más anciano de cada villa determinaba el monto con que la villa debía cooperar y también decidía quien debía ser enviado al ejército real. Existe un proverbio Vietnamita que dice: "Los decretos del Rey se someten al custodio de la villa". El mayor (Ly-Truong) no era la cabeza de la villa, sino el representante del consejo de la misma delante de las autoridades superiores. Sin embargo, sí era cabeza cuando caían los golpes de la caña de ratán, cuando las autoridades no estaban contentas con la villa. 

Los consejeros de la villa eran: primero, los hijos de la villa que tenían el título de mandarín (antiguos mandarines); luego, estaban aquellos que habían aprendido y que habían tomado su examen (que abarcaba tres años) para el titulo de Bachiller licenciado y doctor; finalmente, los ciudadanos que eran ricos completaban los miembros del consejo. Era en este consejo donde la inteligencia era más importante que la riqueza, las asignaciones de los campos de arroz eran hechas para cada ciudadano en partes iguales. Los campos de arroz eran propiedad común. Estas asignaciones se hacían cada tres años basadas en la misa medida pero no en la misma fertilidad. 

Los ciudadanos sólo tenían como propiedad privada las tierras que ellos mismos habían limpiado, mientras que los campos comunes eran limpiados al tiempo de la fundación de la villa por un hombre intermediario quien, después de no haber sido reclamada aquella tierra por nadie, reclutaba voluntarios que le ayudaban a fundar una nueva villa. Este es un factor social que nos muestra el espíritu de independencia de los vietnamitas respecto a las más altas autoridades, a la vez que mantenían la amistad entre ambos estados. 

Evidentemente todo esto ha sido desechado por la nivelación del moderno igualitarismo. ¿Esto ha sido para bien o para mal? Al menos el antiguo sistema no era inferior al moderno, puesto que teníamos dos clases de propiedades: La común y la privada. Teníamos la repartición de tierras cada tres años sin la invasión del estado totalitario. La independencia de los ciudadanos que podían fundar un lugar donde ellos pudieran respirar sin la total renuncia de las ventajas que ofrece un estado central. Esta sed por la independencia corre en las venas de los vietnamitas y explica la lucha milenaria en contra de los chinos y los franceses. 

Mi familia siempre estuvo en favor del sistema representado por la dominación Británica en las relaciones de Vietnam y Francia. Nosotros estábamos indispuestos para realizar estos sueños de Francia, la cual quería guiar a los estados como Inglaterra lo hizo con Canadá, Australia, Nueva Zelanda, y que les había permitido igual trato como en los Estados Unidos, Rusia Soviética y Gran Bretaña. Vietnam entonces es partidario de la personal independencia garantizada por una cierta dependencia con otro estado. Los vietnamitas son por encima de todo Patriotas, sean comunistas o anticomunistas. Ho-Chi-Minh y Ngo-Dinh-Diem son básica-mente vietnamitas. 

Desde el punto de vista de la cristiandad, somos obedientes a la Iglesia Católica Romana. Esto es verdad principalmente entre los simples fieles. En medio de los intelectuales admitimos la unidad del dogma en materias de Fe, pero diversidad en las esferas que no tocan al dogma. 

Esto explica en alguna medida mi desafección por las invasivas empresas del Vaticano para imponer puntos de Liturgia y de Derecho Canónico, en una palabra, reducir toda particularidad de cada civilización a un común denominador abusando de poder imponer penas de suspensión y de excomunión a quienes no observan las nuevas reglas de Liturgia y los nuevos Cánones y además quieren borrar lo que existe de antiguo en nuestra milenaria civilización. Las civilizaciones, debo añadir, son el trabajo de Dios quien está colocado por la unidad en la diversidad. Dios mismo es Uno y Trino. Cada hombre posee su propio rostro. La diversidad es el ornamento del universo. 

Aquí ponemos algunos ejemplos: Para los romanos un signo de respeto por alguien es levantarse. Para los vietnamitas es doblar la rodilla. Los romanos extienden sus brazos para la oración; los vietnamitas juntan sus manos en la oración. Los europeos estrechan las manos como un signo de amistad y encuentro; los asiáticos, los chinos y vietnamitas, juntan sus manos e inclinan la cabeza. La inclinación será más profunda de acuerdo al rango de respeto debido a la persona saludada o encontrada. 

La Santa Misa consiste, esencialmente, en la Consagración de las especies, las otras partes, hablando estrictamente y en el caso de absoluta necesidad, pueden ser omitidas. Tal caso puede darse en un sacerdote prisionero que celebra misa en la oscuridad de la celda con el fin de recibirla comunión él mismo y los demás prisioneros. El mismo Jesucristo consagró, en la última cena conforme a la costumbre judía de la Pascua. 

Permítanme concluir estas observaciones y vayamos a estudiar el entorno que determinó mi futuro. 

Mi entorno. 

El primer círculo de éste entorno es mi familia. Mi familia es vietnamita, sea en cuanto a la raza como en cuanto a la religión: Ser católico vietnamita consiste en rechazar todo lo malo por sí mismo, sin esperar una cuestionable ayuda de los demás. Esto explica cómo la Iglesia en Vietnam sobrevivió cuando la persecución de los reyes la privaba de sacerdotes extranjeros. Un puñado se escondió en los bosques sostenidos por la fe católica y consideraban un verdadero privilegio tener los sacramentos una o dos veces durante toda su vida. 

El pequeño centro parroquial de las vietnamitas se extendía en Vietnam desde el puerto de Annam hasta el punto de Caman. Imaginen el siguiente procedimiento y organización: los católicos mayores que conocían los dogmas de la fe más que los otros habían recibido el catecismo de los misioneros, los cuales formaban al jefe de la parroquia. El jefe controlaba la acción de su grupo responsable del progreso y sobrevivencia de su parroquia. Otro estaba encargado de la instrucción de los niños en la fe y los preparaba para su primera comunión (cuando esto era posible). Uno más se preocupaba en visitar los enfermos y prepararlos para la muerte. Otro preparaba y dirigía el canto, las oraciones, la lectura de la epístola y del Evangelio cuando no había sacerdote, de la misma manera como nosotros acostumbramos a recibir la comunión espiritual. 

¿Cómo encontrar el dinero necesario para el culto, para construir la pequeña capilla de paja, para los gastos de viajes y recepciones de los misioneros, para el alimento de los candidatos al sacerdocio (aquellos que habían sido seleccionados por la parroquia)? El seminario consistía en una pequeña choza en la cual vivía un profesor; los misioneros, que enseñaban un poco de latín en la noche, justo lo suficiente para recitar la fórmula de la consagración y de los otros sacramentos; en aquellos días, los seminaristas se transformaban en pescadores para alimentar ala comunidad. 

Después de que esta formación se había completado, los seminaristas eran enviados al extranjero, a Siam o a Ponlo-Pinang donde estaba el seminario de la parroquia de los misioneros extranjeros. Ahí los seminaristas debían ser ordenados. Por este medio, un clero indígena fue creado en Vietnam por los vietnamitas, por su instinto de independencia y de sus habilidades para improvisar y cuidarse ellos mismos sin esperar una milagrosa ayuda de afuera. 

Esta organización de las parroquias de los vietnamitas por parte de los laicos privados de sacerdotes, es lo que Roma llamó "Acción Católica" bajo el reinado de Pío XI y Pío XII. Esta misma acción católica fue usada por el apóstol de las gentes quien se rodeó no sólo de sacerdotes, diáconos y obispos, sino también de laicos, hombres y mujeres. Esta "Acción Católica" ya estaba activa trescientos años antes de ser instituida por los sumos pontífices mencionados. 

La creación de un clero indígena fue practicada mucho antes de que Roma la considerara. Estos dos pilares de la evangelización inventados por los vietnamitas, son un ejemplo de la inteligencia de este pueblo, al cual la Santa Sede ha tratado como una entidad de pequeña importancia en la Iglesia, aún al punto de no concederle una jerarquía oficial ni un cardenal sino hasta después de haberlos dado a otros países, los cuales, desde el punto de vista de la fe, eran superados por el católico Vietnam en cuanto al número del clero y de los mártires indígenas. 

Cuando yo era decano no me sorprendió ni un poco que Juan XXIII, al presentarle 10 obispos de Vietnam, me preguntara: ¿Cual es este Vietnam? Y eso que decía ser el Vicario de Aquél que dos mil años antes dijo: "Yo conozco a mi rebaño y mi rebaño me conoce a Mí". Tampoco debemos sorprendernos que entonces tuvieran malos sentimientos en contra de mi familia, y especialmente en contra de mí, imponiéndome mi resignación como Arzobispo y mandándome al retiro antes de la edad determinada, en mi lugar nombró a uno de sus favoritos imbuido con la filosofía política de "abertura al este". 

Recientemente, este mismo hombre ha sido tratado como una persona non grata por sus antiguos amigos comunistas, pues se atrevió a levantar su voz en contra de los obstáculos puestos por los comunistas que prohibían a los católicos ir a Misa los domingos, imponiendo sobre ellos labor pública en las horas de Misa. De tal manera que debió sentir este rompimiento con ellos, los comunistas no le permitieron asistir al Sínodo de 1977 con los otros tres obispos de Vietnam. 

Otro Arzobispo vietnamita que fue condenado por los comunistas, fue mi sobrino, el Arzobispo Francisco Javier Nguyen-Vam-Thuan de Saigon. Actualmente vive en el bosque localizado en el sur como un criminal condenado a labores forzosas. Su crimen fue el ayudara refugiados del norte al ubicarse en el sur cuando él estaba a cargo del socorro de los católicos, oficio confiado a él por la Santa Sede; y esta misma Sede protestó en contra de los brasileños mientras el caso de mi sobrino quedó en silencio.

Continuará....

lunes, 9 de mayo de 2011

LIBRO ¿CISMA O FE? Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga (1899-1976) [3]




EL CELIBATO SACERDOTAL

Este era uno de los temas principales, que debía tra­tarse en el último Sínodo de Roma. Parecería que la en­cíclica de Paulo VI, sobre tan importante materia, había puesto ya el punto final a la polémica de curas y prelados, que, olvidados de su prístina vocación, suspiran ahora por los deleites del tálamo, dentro de las normas jurídicas de la Iglesia de Cristo. Sin embargo, una fuerte corriente, en la que había también algunos obispos, como nuestro ya tan conocido Sergio VII (Sergio Mendez Arceo, obispo de Cuernavaca), seguía pugnando por hacer com­patible el matrimonio con el sacerdocio, tal vez para le­gitimar a algunos hijos de "riego", que Dios les dio. Unos querían el celibato opcional; otros —y esta parece ser la tesis que al fin dejó la puerta abierta— opinaban que, dada la creciente escasez de los presbíteros, se pudiese ordenar, con permiso del Papa, a los casados y con hijos. Veamos lo que nos dice el Primado de España:
"La multiplicidad y complejidad de las ideas ex­puestas (por los padres sinodales) hace difícil e in­completa esta síntesis, debiendo limitarse necesaria­mente a los puntos más sobresalientes y a los enun­ciados en los que ha habido mayor convergencia.

A) Sacerdocio y celibato.

1) Mutua comprensión. Aun admitiendo que se trata de realidades divi­nas y separables, se reconoce que el celibato es la mejor condición para el ejercicio del ministerio apostólico. Los padres (sinodales) quieren que se conser­ve como ley universal para la Iglesia latina.
Es muy muy consolador que la mayoría de los padres sinodales hayan pensado así. Lo que no es tanto es que hayan ni admitido discutir una vez más lo que estaba ya definido, por la suprema autoridad. Lo que nos hace temer es que en uno de los próximos sínodos, vuelva a proponerse, corno materia de discusión parlamentaria, este tema escabroso, que parece inaceptable para el hombre moderno de hecho los interesados por el celibato opcional no han doblado las manos y siguen demostrando que la castidad es un mito imposible.
Al admitir la discusión sobre el celibato, después de la encíclica de Paulo VI, los padres sinodales parecían de­clarar que sobre la autoridad del Pontífice estaba la auto­ridad de la mayoría. Y Paulo VI, con su aceptación, pare­ce que apoya a sus venerables Hermanos, en sus preten­siones insostenibles. Nada hay ya estable; todo puede cam­biar. Los sínodos o concilios venideros pondrán a la Igle­sia en un cambio constante. Prosigue el Cardenal Tarancón:

2) Significado. Además de los motivos históri­cos, que están en el origen de esta ley y de las moti­vaciones filosóficas adoptadas para explicarla, e! celibato está hoy en vigor y confirmado en la Igle­sia, ya por su valor actual y por su significado de plena disponibilidad para la evangelización, y como expresión eficacísima de los valores cristianos fun­damentales, ya porque responde a los más profundos ideales de la vida, como expresión de entrega total al servicio de Dios y de los hombres, de liberación de las alineaciones de la actual sociedad de consumo, de amor personal y de fe en las últimas realidades de la historia humana.
Estas son, aunque tal vez no debidamente jerarqui­zadas ni expresadas, las razones principales de orden hu­mano, que justifican y defienden esta ley de la Iglesia. Adaptando las palabras de la Constitución "Lumen Gentium" del Vaticano II, al hablar de la vida religiosa, podríamos decir que el celibato sacerdotal nació de "los con­sejos evangélicos, fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Pa­dres, doctores y pastores de la Iglesia"; que estos consejos son "un don divino, que la Iglesia recibió del Señor. . . La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de interpretar esos consejos, de regular su práctica y de determinar también las formas estables de vivirlos".
En la misma Constitución "Lumen Gentium" leemos:
"La santidad de la Iglesia se fomenta también de una manera especial en los múltiples consejos, que el Señor propone en el Evangelio, para que los observen sus discípulos, entre los que descuella el precioso don de la gracia divina, que el Padre da a algunos, de entregarse más fácilmente sólo a Dios en la virginidad o en el celibato, sin dividir con otro su corazón. Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido considerada por la Iglesia en grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de es­piritual fecundidad en el mundo". No es exigida, cier­tamente, por la naturaleza misma del sacerdocio, co­mo aparece por la práctica de la Iglesia primitiva, y por la tradición de las Iglesias Orientales, en donde, además de aquéllos que, con todos los obispos, eligen el celibato como un don de la gracia, hay tam­bién presbíteros beneméritos casados"...
En estas palabras, el Vaticano II, dejó la inquietud que, desde el Concilio ha ido ocasionando tantas deserciones entre los sacerdotes. Según ese documento conciliar el celibato "no es exigido por la misma naturaleza del sacerdocio"; luego, piensa el progresismo con razón aparente, no hay motivo para imponer tan grave yugo a los sacerdotes de la Iglesia latina, sobre todo cuando la práctica de la Iglesia primitiva y la tradición de las Iglesias Orientales demuestran de hecho la posibilidad de unir la vida conyugal con la vida sacerdotal.
Pero, contra estas razones, tenemos, en primer lugar, la tradición milenaria de la Iglesia latina; tenemos el tes­timonio de los Padres y Doctores de la Iglesia; tenemos el ejemplo viviente de tantísimos santos; tenemos el sentir común de eclesiásticos y de fieles católicos, que han considerado el celibato no sólo como un esplendor, un adorno del sacerdocio, sino como algo indispensable para la en­trega total a Dios, que pide la santificación personal y la salvación y santificación de las almas del prójimo. Si es verdad que, entre los Apóstoles, algunos eran casados, también debemos recordar las palabras de San Pedro a Cristo: "Tú lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te he­mos seguido". Jesús le contestó y dijo: "En verdad os digo, nadie habrá dejado casa, o hermanos, o hermanas, o ma­dre, o padre, o hijos, o campos, a causa de Mí y a causa del Evangelio, que no reciba centuplicado ahora, en este tiempo, casas, hermanos, madre, hijos y campos —a una con persecuciones— y, en el siglo venidero, la vida eter­na". (Mc. X, 28-30).
Pero, los padres conciliares, al menos algunos, según nos dice el Arzobispo de Toledo no pensaban así. Citemos sus palabras:

B) ORDENACIÓN DE HOMBRES CASADOS. El problema de su posibilidad o conveniencia ha sido examinado en un doble aspecto:

1) Necesidad, valor y significado actual de tales ordenaciones: a) La han pedido como solución válida algunos padres (sinoda­les), al menos para los países donde escasean sacer­dotes que puedan predicar y administrar los sacra­mentos; además de remediar la escasez de vocacio­nes, la unión de matrimonio y sacerdocio mostrará al mundo valores nuevos, una nueva forma de presencia de Cristo en el mundo, y la expresión de aquella con­sagración con que el cristiano eleva todas las cosas mundanas y temporales. Así mismo el sacerdocio célibe, voluntariamente preferido, adquiriría un más alto valor de signo; b) Frente a tales motivos, un gru­po más numeroso de padres mantiene que, por exi­gencias de la predicación y de la administración de sacramentos, puede concederse (sin derogar por ello la ley general del celibato obligatorio) la ordenación de hombres casados a las Iglesias locales que lo pi­dan, con algunas condiciones, a título de excepción y a juicio de la Santa Sede, c) Otros padres también, aun admitiendo la validez de los motivos, no creen oportuno conceder, por el momento, tales facultades.
2) En la discusión ha salido a relucir también que —especialmente por motivos históricos y psicológicos y teniendo presente el modo con que se trata tal pro­blema hay dentro y fuera de la Iglesia, a través de los instrumentos de la opinión pública— de hecho la concesión sería recibida como un primer paso que inevitablemente abriría el camino a otras concesiones, hasta la abolición de la misma ley.
3) La mayor parte de los padres sostienen que la ordenación de hom­bres casados no solamente no resolvería los proble­mas fundamentales, sino que surgirían otros más gra­ves, particularmente por la menor movilidad de este tipo de presbíteros y por su menor libertad y capaci­dad misionera a causa de la complejidad de la vida familiar en el aspecto psicológico, sociológico y eco­nómico. Se crearían, además un clero de primera categoría y otro do segunda. Pero, el motivo más serio para rechazar la propuesta es por las graves consecuencias en Ion sacerdotes de hoy, en los seminaristas e incluso en las futuras vocaciones que —sin un alto ideal de entrega total acabarían por disminuir considerablemente. La Iglesia vería menguada su propia movilidad y el ímpetu misionero perdería su fuerza de fiel resistencia, especialmente en los países donde es perseguida la fe, como atestiguan las importantes declaraciones de los padres venidos de aquellas regiones. Según otros, también motivos de orden económico deberían aconsejar no la abolición, sino el mantenimiento de este valor que falta en otras Iglesias. La penuria de vocaciones, además de que se reciente, también demuestra que el celibato no es la causa principal; la historia, asimismo, confirma que el celibato es posible sólo en un contexto social y comunitario que lo favorezca.
4) La mayoría de los padres no desea que se conceda a las Iglesias locales la posibilidad de admitir para el sacerdocio a hombres casados, porque —por la vecindad geográ­fica, o por la semejanza de problemas— esta con­cesión sería como una forma de coacción moral ha­cia las otras Iglesias y conduciría a la abolición del celibato. No pocas de las otras funciones por las que se pide la ordenación de tales sacerdotes podrían confiarse a los seglares, a los religiosos y a las re­ligiosas, integrándolos más plenamente en la acción misionera de la Iglesia, creando también, ojalá, nue­vos ministerios, sin hablar de la ordenación de diá­conos casados, según la ley vigente".

C) Circunstancias históricas del celibato.

1) Al­gunos padres afirman que el celibato se ha hecho hoy más difícil por las transformaciones actuales del mundo, especialmente en el plano antropológico y sociológico (importancia de la sexualidad, el cambio de relaciones entre los sexos, la tarea creadora, el culto exagerado de la libertad, etc.). Otros cambios en el seno de la Iglesia y la revalorización de otras formas auténticas de vida cristiana hacen que se presente más complicado el problema, obligando a con­siderarlo con ojos nuevos. En este nuevo contexto cul­tural y religioso, sin embargo, el celibato puede apa­recer también bajo una luz nueva y bajo un esplen­dor renovado como expresión legítima y actual de una vocación personal al amor de Dios, de libertad absoluta al servicio de Dios y del prójimo, de renuncia a toda esclavitud, de radical contestación contra la so­ciedad actual de consumo y su atmósfera asfixiante de hedonismo y de sexualidad.

2) Para que el celibato pueda hacer y desarrollarse como señal válida ante la Iglesia y ante el mundo son indispensables algunas condiciones humanas, eclesiales y espirituales: pobre­za evangélica, hermandad, espíritu de servicio, ale­gría, esperanza, desprecio de los honores, vigilancia constante, esfuerzo ascético continuado.

D) Otros problemas relacionados con el celibato.

1) Readmisión al ministerio. Todos los padres que han tratado este punto se han manifestado contrarios a que aquéllos que, por cualquier motivo, han sido re­ducidos al estado laical sean readmitidos a las fun­ciones sacerdotales. 2) Conducta hacia los sacerdotes secularizados. Algunos proponen que el problema se estudie más a fondo, insistiendo en que tales sacer­dotes sean tratados con mayor justicia y caridad, re­conociéndoles aquellos deberes y aquellos cometidos comunes a los demás fieles. Algunos piden que el proceso de secularización se simplifique y se haga más humano; unos pocos, finalmente, desean que tal proceso sea completado por medio de las curias episcopales. 3) Relaciones entre las Iglesias locales y la Santa Sede. Frecuentemente se ha oído hablar de subsidiariedad y colegialidad pero con conclusiones diversas o contrarias; sin embargo, respecto al celibato, casi todos los padres opinan que la decisión no debe ser dejada únicamente a las Conferencias Episcopales. 4) Iglesias Católicas de rito oriental. Tienen sus tradiciones que pueden enseñar algo a la Iglesia latina.

E) Previsiones para el futuro.

La discusión sobre celibato ha hecho surgir también otros problemas.
1) La posibilidad de una exigencia renovada de integrar a los laicos en la misión total de la Iglesia, atribuyéndoles funciones también acaso de naturaleza ministerial.
2) Posibilidad y necesidad de versificar los ministerios y de introducir algunos nuevos, teniendo, sin embargo, presente la necesaria unidad de todos los ministerios en la Iglesia y la necesaria relación en el mismo ministerio, de las diversas funcionan (Por ejemplo, la función profética, cultural y pastoral en el ministerio sacerdotal).
3) Una nueva forma de presencia en el mundo exige que el ministerio apostólico esté caracterizado en mayor escala por el espíritu misionero, por una mayor sensibilidad, disponibilidad, libertad. En tal contexto se entiende el celibato, cuya observancia debe ser facilitada por ciertas condiciones de vida eclesial e individual (for­ma evangélica de ejercicio de autoridad de la Igle­sia, relaciones fraternales con el obispo, corresponsa­bilidad efectiva, inserción real de todo sacerdote en los trabajos del presbiterio, vida ascética y espiritual!).
4) Relaciones entre la dimensión profético-misionera y cultural-sacramental en el sacerdote, es decir, en­tre la proclamación de la palabra de Dios en todas sus formas y la celebración de los sacramentos. Mien­tras se afirma que la crisis de identidad del sacer­docio es debida a haberlo reducido exclusivamente al culto, sería contradictorio exponer una nueva forma de vida sacerdotal que, con motivo de los compro­misos profesionales o familiares, lo redujese de nue­vo solamente a la celebración de la Eucaristía y a la administración de los sacramentos. Esto no corres­pondería a las exigencias actuales.
5) Es necesario estudiar la adaptación de las estructuras eclesiales (parroquias, comunidades de base, etc.) para mejor insertar la Iglesia en el mundo de hoy. La historia enseña, y a todo nuevo tipo de sociedad y de co­munidad ha sido necesario adaptar una nueva for­ma de ministerio, con una nueva matización de las funciones del mismo".

Al plantear el problema sacerdotal, era evidente que los padres sinodales tratasen del fenómeno gravísimo, que en todos los países estamos presenciando, de la disminu­ción progresiva de las vocaciones, así a la vida religiosa, como al sacerdocio secular. Antes de buscar el urgente remedio, parece que hubiera sido conveniente y necesario el investigar las causas verdaderas de este fenómeno, que a no dudarlo tiene que afectar a la salvación de las al­mas y al cumplimiento de la misión primordial que Cristo dio a su Iglesia. Hasta la muerte de Pío XII, a pesar de los horrores de las dos guerras mundiales, a pesar de la perse­cución religiosa en México, a pesar de la guerra civil en España y de los miles de sacerdotes y religiosos sacrifica­dos por el comunismo, el problema, que estamos estudian­do, no se había presentado en el mundo. En todos los paí­ses, aun en aquéllos que no pueden considerarse como ca­tólicos, las vocaciones abundaban así para el sacerdocio, como para la vida religiosa. Y, no sólo había numerosas vocaciones, sino que, los llamados iban buscando en los seminarios o en los noviciados la propia santificación y la santificación de los demás, con un espíritu innegable de absoluta entrega.

La vida religiosa y la vida sacerdotal, por más que di­gan, no era entonces un paraíso. La disciplina era austera, el estudio pesado, la vida interior sincera. Todo, en esas casas de formación, contribuía a hacer sentir a los jóvenes el sentido, la trascendencia y el valor meritorio de su com­pleto sacrificio. Los Superiores, entregados de lleno al cum­plimiento de sus altísimos deberes, vigilaban, aconseja­ban, corregían, castigaban, consolaban y procuraban ser, en sí, vivos ejemplos a los llamados a tan sublime vocación. Había selección; no montón numérico. Y, sin embargo -todos los recordamos con tristeza— había tantas vocaciones, que, en algunos seminarios, no se aceptaban a todos los candidatos, por falta de cupo y de recursos para poder atender debidamente a los que ingresaban.
En pocos años; como si una helada inclemente hubiera marchitado todos esos vergeles los noviciados y los seminarios vieron vacíos. Ejemplos, que confirman, lo dicho abundan, en todas partes. En España, la cuna de la Compañía de Jesús, se han cerrado varios noviciados y casas de estudio, por falta de vocaciones. En Navarra, que era un semillero inagotable de vocaciones, éstas han terminado. Aquí tenemos el caso elocuente de la Diócesis de Zamora, en donde cada año se ordenaban más de veinte sacerdotes, y ahora, después de dos años do progresismo, ve sus seminarios vacíos, sin vocaciones, sin tradición alguna del pasado.
Bastaría este fenómeno, para que nuestros prelados, si quisieran abrir los ojos, comprendiesen que este camino no nos lleva a ninguna nueva primavera, a ningún espe­rado y prometido "Pentecostés", sino a una tragedia es­piritual de incalculables consecuencias.
No vamos a enmendarle la plana a Cristo; ni vamos a entregar en manos de los laicos la administración de los sacramentos, ni el manejo de las cosas sagradas; no va­mos a suplir las vocaciones sacerdotales con niñas de minifaldas, ni con niños a go-gó. Faltan vocaciones, por­que se ha perdido el espíritu, porque estamos en una cri­sis de fe, porque en los seminarios y noviciados "aggiornados" los aspirantes —ellos y ellas— ya no encuentran lo que buscaban, para seguir a Cristo en la renuncia, en la entrega total. Hasta en la manera de vestir, esos jóve­nes encuentran más aceptables las modas del mundo, que la indumentaria poco escrupulosa de algunos de los mora dores de esas casas de "formación". Ahora en esos sitios, en otro tiempo sagrados, los jóvenes seminaristas o novi­cios no sólo se encuentran con el mundo, que habían de­jado, sino, con gran escándalo y sorpresa, se encuentran con profesores, compañeros, libros, revistas, conferencias y clases, que ponen en peligro su fe y con ella su eterna salvación. ¡Mejor que no entren a esos seminarios, a esos noviciados, si ha de ser para perder el alma!
Hablar del celibato a estos nuevos doctores de la Gregoriana, a estos teólogos progresistas, que enseñan las herejías de Teilhard de Chardin, que admiran y tal vez practican el psicoanálisis de Lemercier (que, en el fondo no es sino "amor sin barreras" y "liberación del sexo"); hablar de celibato a los que no admiten otro pecado, que ti de la injusticia interhumana (como ellos la interpretan), hablar de celibato a los que, predicando la Iglesia de los pobres, tienen sus automóviles, frecuentan los centros noc­turnos y las diversiones mundanas, en las que se explotan las pasiones más bajas y groseras; hablar del celibato a los que han abandonado las prácticas de la oración, de la mortificación, del recogimiento y de las necesarias caute­las para huir los peligros, es hablar de un imposible, de un mito, de algo que es incompatible con la vida moderna.
Algunos de los padres sinodales dieron como "solu­ción válida" al problema de la escasez de los sacerdotes la ordenación de hombres casados. Como si los hombres casados, por el hecho de ser casados, tuvieran ya otra na­turaleza distinta de los solteros y no estuviesen en los mismos peligros de perder su fe y su alma, en esos mo­dernos seminarios, donde la disciplina es la indisciplina y la ciencia que se enseña es el progresismo con todos sus errores. "Esto mostraría al mundo -—dijeron esos sapien­tísimos prelados escudriñando los "Signos de los tiempos", ' valores nuevos"— "la (edificante) unión de matrimonio y sacerdocio", "una nueva forma de presencia de Cristo en el mundo".
Para los "progresistas" todo es "presencia de Cristo en el mundo". Al paso que vamos, dentro de poco, esos nuevos teólogos van a considerar como "presencia de Cris­to en el mundo" los mismos pecados. Si hemos de ser sinceros, la ordenación de casados, además de los gravísimos inconvenientes, que ya apun­taron los padres sinodales, haría perder a nuestra gente la le en el sacerdocio. Muy pronto nos confundirían con los ministros protestantes y, al asemejarnos a ellos, se apar­tarían de los sacramentos, de la Misa, de las prácticas to­das de su religión. ¡Señores Obispos, con vuestras innovaciones estáis poniendo en peligro la fe de nuestros pue­blos!
Yo estuve en una Iglesia católica de los Estados Unidos celebrando Santa Misa y, al repartir la Sagrada Comunión, se acercó un laico para ayudarme a distribuir el sacramento; pero me di cuenta que la gente no quería recibir la comunión de aquel seglar, sino que esperó unos minutos más para recibirla de mis manos. La orden de los superiores ha introducido también esta práctica en esta ciudad y en otras de la República. La gente se queja, se escandaliza, protesta, y prefiere muchas veces retirarse de los sacramentos.
La mayoría de los padres no desearon, por ahora, que se concediese a las Iglesias locales la posibilidad de admitir para el sacerdocio a hombres casados. "Esta con­cesión sería como una forma de coacción moral hacia las otras Iglesias y conduciría a la abolición del celibato". El mal ejemplo cunde; si la sola discusión de la posibilidad y conveniencia de mantener en su vigor la ley del celibato ha sido ya tan escandalosa y ha dado ocasión a que mu­chísimos sacerdotes, con permiso o sin permiso, se casen, ¿qué será el día, cuando la Jerarquía acepte ese "nuevo valor", la unión de matrimonio y sacerdocio, aunque sea en pocos casos? Todos los inconformes exigirían la exten­sión del privilegio a su propio caso. Y, a decir verdad, tendrían razón para exigirlo. ¿Por qué en un caso la unión matrimonio sacerdocio es nuevo valor, una nueva forma de presencia de Cristo en el mundo, y en los otros casos, no?
El hacer opcional el celibato, el conceder la ordena­ción a los casados, sería —ya lo dijeron los padres sinoda­les— establecer dos clases de cleros: el clero de primera y el clero de segunda. Para unos, el clero de primera sería el clero casto, el clero totalmente dedicado al servicio de Dios, a la salvación y santificación de su alma y de las al­mas de su prójimo; pero, para otros, el clero de primera sería el clero "normal", el que tiene mujer e hijos; mien­tras que el de segunda sería el clero "anormal", el que no tiene pasiones o las tiene desviadas. El celibato no tiene sentido para los que no conocen los tesoros del mundo sobrenatural.
"No pocas de las funciones por las que se pide la ordenación (de hombres casados) podrían confiarse a los seglares, a los religiosos y a las religiosas, integrándo­las más plenamente en la acción misionera de la Iglesia, creando también, ojalá, nuevos ministerios, sin hablar de la orientación de diáconos casados, según la ley vigente".
Cuando, en el Concilio, se discutió la conveniencia de ordenar estos diáconos casados, hubo algunos padres con­ciliares que objetaron enérgicamente esta innovación, por­que, a su juicio, era abrir brecha en la severa, pero salu­dable ley del celibato. Así es verdad. La nueva ley fue aprobada, pero la brecha quedó también abierta, para impugnar la ley, para discutirla, aunque el Papa promul­gue otra nueva encíclica para reafirmarla. Aceptados los principios, las consecuencias fluyen. ¿Por qué si un casado puede administrar los sacramentos, aunque no todos, co­mo ministro autorizado y ordenado por la Iglesia, no ha de poder también decir la Misa y, si las exigencias lo pi­den, llegar también a ser obispo? No lo prohíbe la ley di­vina; la historia de la Iglesia primitiva así parece autori­zarlo, y el ejemplo de las Iglesias Orientales lo sigue con­firmando.
Ahora, los padres sinodales, ante la reacción elocuente de la mayoría del clero en todas partes —hablo del cle­ro consciente, no del que sólo tiene ya las garras de sus antiguas sotanas— tuvieron que mantener, por lo menos en principio, la ley del Celibato, y para dar alguna respuesta a sus pragmáticas preguntas, acudieron de nuevo a la amplificación de esos "diaconados" de hombres ca­bidos, estableciendo un principio peligroso, para nuevas reformas: "las funciones sacerdotales podrían confiarse -por lo menos algunas— a los seglares, a los religiosos (los Hermanitos) y a las religiosas (las monjitas) creando también nuevos ministerios, porque esto los "integraría más plenamente en la acción misionera de la Iglesia".
Con esta integración, con estos nuevos ministerios que los padres sinodales proponen, con los diáconos casados (con mujer y con hijos), ¿qué quedaría de trabajo para los presbíteros, aunque sean pocos? Decir la Misa, mientras la nueva misa no se imponga completamente, mientras sigan algunos luchando por la Misa tridentina, la de San Pío V, la de siempre. Los operarios de tiempo completo, como diría Iván lllich, salen sobrando en la Iglesia de Dios. En el sínodo parece que había la consigna de acabar con el sacerdocio jerárquico.
Hay otro punto muy grave que se trató en el sínodo. ¿Cuál ha de ser la conducta de la Jerarquía con relación a los sacerdotes secularizados? El Cardenal Seper, según información de la prensa, dio facultad a los obispos para secularizar a cualquier sacerdote. ¿Qué debemos pensar de esta facultad? Desde luego, debemos afirmar que la así llamada secularización de un sacerdote, no quita a éste el carácter indeleble de su sacerdocio adquirido en su or­denación sacramental. Tu es sacerdos in aeternum, dice Cristo y dice la Iglesia al ordenado. En el tálamo, en el infierno, el sacerdote es sacerdote. La Iglesia puede san­cionar a un sacerdote, cuando éste, según derecho, no a juicio de cualquier autoridad, ha dado grave motivo, para incurrir en esta sanción, presupuesto el necesario y debido proceso. Pero, aun en estas circunstancias, la Iglesia no puede borrar el carácter indeleble del sacerdocio, que se­gregó para siempre a los ordenados, según la institución divina. El sacerdote, con mujer o sin mujer, con hijos o sin hijos, si ha sido debidamente ordenado, es siempre, in aeternum, sacerdote. Si la sanción del obispo, la así llama­da reducción al estado laical, que no es sino una perma­nente suspensión en el ejercicio de su ministerio sagrado, no está justificada, no corresponde a una falta gravísima, según derecho, cometida, y probada, por el sacerdote cul­pable, la reducción al estado laical no tiene valor alguno.
La reducción al estado laical es lo que, en el antiguo derecho, se llamaba "una degradación". Era una pena canónica, perpetua y peculiar, de los clérigos, que consiste en privarlos solemnemente a éstos por el obispo, tanto del orden, oficio y beneficio, como, en cuanto es posible humanamente, del mismo estado clerical. En los tiempos primitivos sólo existió la deposición, que en su fórmula real y solemne se asemejaba a la degradación; pero, como la deposición no privaba al depuesto de sus privile­gios clericales, uno de los cuales era el de fuero, se origi­naban a veces graves inconvenientes, pues podía suceder que un clérigo cometiese crímenes por los cuales mereciese la muerte, que sólo podían imponer los tribunales civiles. Esto se remedió con la deposición solemne, que pasó a ser una pena distinta. La distinción se halla ya en las decre­tales. La palabra degradación se emplea por vez primera en una decretal de Inocencio III.
Sin embargo, en derecho antiguo, había varias dife­rencias entre la simple deposición y la degradación: 1º, por el ministro, porque la deposición podía imponerla el vicario general y la degradación sólo el obispo. 2-, por la forma la degradación exigía ministros asistentes; la deposición, no. 3- por su extensión, la deposición puede ser parcial; la degradación siempre es total. 4- Por la revocación: al depuesto se le podía rehabilitar por el obispo; al degra­dado sólo por el Papa, y aún éste sólo cuando el peni­tente estaba sinceramente arrepentido.
Esta degradación sólo se imponía por crímenes atroces. En cuanto a otros delitos enormes, en opinión de los doctores, sólo podía imponerse si el reo permanecía en la contumacia, después de haberle impuesto sucesiva y gradualmente otras penas canónicas. Este es el Derecho; sin embargo, en la práctica sólo se imponía la degradación, al menos la real y solemne, a los condenados a pena ca­pital.
El degradado, en cuanto es posible, vuelve a la condición de laico, quedando perpetuamente privado de todo ejercicio del orden, del oficio y del benéfico, y del fuero eclesiástico. Pero, es necesario tener presente: 1º Que (según Benedicto XIV) el clérigo conserva el privilegio del canon, aun después de la sentencia de degradación, mientras no verifique la degradación real, actual y solemne; y 2º Que, aun después de ésta, conserva el carácter de la ordenación sacerdotal (por lo que, siendo presbítero, puede decir la Misa válida, aunque ilícitamente. Así como también le quedan las obligaciones del celibato y del rezo del oficio divino).
La reducción al estilo laical, como ahora se estila en la Iglesia postconciliar, para autorizar a los sacerdotes le­gítimos a casarse, no es propiamente una pena canónica, sino una dispensa, antes inaudita, para que los sacerdo­tes voluntariamente se despojen de sus hábitos, renuncien al ejercicio de su sagrado ministerio y puedan así, como cualquier seglar, contraer matrimonio, sin incurrir en culpa alguna, sino renunciando voluntariamente a su ministerio sacerdotal. Sin embargo, por ahora, los efectos de esta voluntaria renuncia y de esta reducción al estado laico im­plica todos los efectos que anteriormente llevaba consigo la degradación, la suprema pena que la Iglesia podía imponer a un sacerdote.
Los padres sinodales del Sínodo de 1971 se mostraron contrarios a que aquéllos que, por cualquier motivo, han sido reducidos al estado laical, sean readmitidos a las funciones sacerdotales. Así tenía que ser, dada la postura que el pasado Sínodo tomó, al fin, respecto al celibato. Pero, si en un sínodo próximo, al discutir de nuevo este te­ma candente, los padres sinodales cambiasen de opinión y abriesen la puerta para que los casados pudiesen orde­narse, no veo cómo podrían impedir el que los "reducidos al estado laical" no por delito, sino con dispensa, para con­traer matrimonio, no pudiesen también exigir el ser readmi­tidos a las funciones sacerdotales.
El mal está en conceder esas licencias, a las que antes la Santa Sede se negaba decididamente; porque el ejem­plo cunde, porque las deserciones aumentan y porque, en realidad, los dispensados, supuesta la dispensa de Roma, no han cometido jurídicamente culpa alguna, para impo­nerles todo el rigor de una ley, que es un castigo, una san­ción. Ante Dios, es evidente que son culpables; pero ante la ley, supuesta la dispensa, no hay culpa alguna.
Se me hace incomprensible la proposición de algunos de los padres sinodales que pidieron que "el proceso de secularización, de reducción de los sacerdotes al estado laical, se simplifique y se haga más humano y que sean las curias episcopales las que lleven a cabo estos expedien­tes". Como si fuese más humano el facilitar a un pobre sacerdote, que pasa tal vez por un momento de tentación y de locura, el rápido abandono de su seminario, de su sacerdocio, para entregarse sin impedimento alguno a los placeres de la carne. Como si esos padres sinodales tuvie­sen prisa por diezmar con prontitud las filas de los sacer dotes. Dan la impresión que ellos no tienen necesidad de sus sacerdotes, contando como cuentan con tantos laicos, que aspiran a ser los pontífices mínimos de la Iglesia de Dios.