martes, 7 de diciembre de 2021

DÍA TRISÉSIMO - MES DE MARÍA INMACULADA: por el P. Rodolfo Vergara Antúnez

 

MES DE MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

RODOLFO VERGARA ANTÚNEZ


DÍA TRIGÉSIMO

LA DEVOCIÓN A MARÍA

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

CONSIDERACIÓN

La devoción a María es tan antigua como el mundo y tan prolongada como la historia. Nació el mismo día en que, en medio de la catástrofe del paraíso, fue anunciada al mundo como la corredentora del linaje humano. El mismo Jesús, mientras estuvo en la tierra, fue el maestro de esa devoción consoladora que tantas horas felices y tantos consuelos inefables depara a los desgraciados peregrinos de la tierra. La devoción no es más que una expresión del amor interno. Y ¿quién dio manifestaciones más tiernas y elocuentes de amor hacia María que su divino Hijo? Cuando pendiente del cuello de María imprimía en sus mejillas ternísimos ósculos de amor; cuando corría a refugiarse en el regazo de su madre para dormir allí el sueno de los ángeles; cuando la acompañaba en sus veladas y compartía con Ella el fruto del trabajo; cuando, en fin, próximo a espirar en la cruz, la recomendó a la solicitud del más amado de sus discípulos, ¿qué otra cosa hacía Jesús sino enseñarnos a amar a María?

Jesucristo quiso dejar establecida en el mundo la devoción a su Madre juntamente con la Iglesia. Por eso los apóstoles, herederos del espíritu de su Maestro, propagaron la devoción a María al mismo tiempo que llevaban a todas partes la luz del Evangelio, La Iglesia, por su parte, la ha conservado, propagado y defendido con el celo que requieren los grandes intereses de las almas. Por eso todos los hijos de la Iglesia emulan en entusiasmo por el culto de la Madre de Dios. ¡Desventurado de aquel cuyo corazón esté negado a los dulcísimos consuelos que esa devoción produce en el alma! Como es triste y amarga la condición de un pobre huérfano, que jamás conoció las ternuras del amor maternal, así es triste y digna de compasión la condición del hombre que no ha probado las delicias que se encierran en el amor a María.

Y nada hay más justo que esa devoción. Ella es el Refugio de los pecadores, que se compadece de su miseria y procura su salvación con más amorosa solicitud que la que tiene una madre por la felicidad de sus hijos. Ella es la amable Consoladora de los afligidos, que guarda en su corazón de madre consuelo para las almas atribuladas, remedio para todas las dolencias, bálsamo celestial para todas las heridas. Ella ha sido tan generosa para con nosotros, que no ha omitido sacrificio con tal de socorrernos y salvarnos. Si se sometió al dolor de ver morir a su Hijo fue únicamente, porque sabía que ese sangriento sacrificio era necesario para salvarnos. Pero ¿quién podrá fijar los limites de su amor? Más fácil sería medir la extensión de los mares, la inmensidad del espacio y la profundidad de los abismos.

Para que la devoción a María sea verdadera, es preciso que viva y se manifieste dentro y fuera del hombre; que viva en el corazón y que se manifieste en las obras. Si de alguna de estas dos condiciones careciese, seria o un cuerpo sin alma o un alma sin cuerpo.

Nuestra devoción debe consistir en honrarla, amarla y servirla. Debemos honrarla porque ha sido sublimada a la más excelsa grandeza. Toda dignidad merece ser honrada, y ¿quién puede sobrepujar en dignidad a la que ha sido Madre de Dios? A ella, pues, debemos tributarle un culto sólo inferior al de Dios pero superior al de los ángeles y de las santos porque a todos ellos sobrepasa en dignidad, grandeza y excelencia.

Debemos amarla, porque si la grandeza me rece respeto, la bondad despierta amor y confianza. ¿Quién más amable y bondadosa que María?

Pero nuestro amor sería estéril si no se manifestase por medio de nuestras obras: por eso debemos servirla, como un hijo sirve a su madre y un súbdito a su señor. Sólo con estas condiciones nuestra devoción será verdadera y atraerá sobre nosotros las bendiciones de María.

EJEMPLO

La perseverancia en la devoción a María recompensada



El sabio obispo de Orleans escribe el hecho que pasamos a referir:

«Hay algunas veces en la vida del sacerdote circunstancias en que un rayo de gracia eterna penetra en el alma y proyecta resplandores celestiales que no permiten olvidarlas jamás. Yo tuve un día una revelación clara y manifiesta del poder que encierra el Ave María en la escena conmovedora que tuve ocasión de presenciar junto a un lecho de muerte al recoger y bendecir el último suspiro de una joven, que había asistido algunos años antes a la preparación que yo hacía a los niños de primera Comunión.

«Yo tenía la costumbre de recomendar a los niños que siempre fuesen fieles a la recitación diaria del Ave María, como un medio de perseverancia en los buenos propósitos hechos al pie de los altares. La joven moribunda, que frisaba apenas en los veinte años de edad y que hacía un año se había desposado, había sido siempre fiel a mis consejos.

«Hija de uno de los viejos mariscales del Imperio, adorada de un padre, de una madre y de un esposo, rica, joven y feliz, con toda la felicidad que pueda apetecerse en el mundo, en medio de toda esa dicha del presente y acariciada por los más hermosos sueños del porvenir, fue herida en la primavera de su vida por la guadaña que no perdona ni edades, ni condiciones. Era necesario morir, porque hay enfermedades ante las cuales la ciencia y el poder de los hombres son vanos. Yo fui encargado de comunicar a la joven enferma tan terrible nueva. Lleno de dolor, pero con frente serena, entré en la alcoba de la enferma. Su madre estaba desolada, su padre anonadado, su marido desesperado. Pero cuál no fue mi sorpresa al ver dibujarse en sus labios una dulce sonrisa. ¡Esa joven que iba a ser arrebatada súbitamente a las esperanzas más halagüeñas, a las más legítimas felicidades, a los afectos más tiernos, más ardientes y más puros, sonreía dulcemen­te!.. La muerte se acercaba con pasos apresurados: ella lo sabía, lo sentía y lo adivinaba, y sin embargo sonreía con cierta tristeza dulce y con una serenidad heroica. Al verla, yo no pude reprimir las emociones de mi corazón, y mis labios se abrieron involuntariamente para exclamar: «Hija mía, ¡qué desgracia!» Y ella con un acento, cuyo eco suave resuena todavía en mi oído, me dijo: «¿Acaso no creéis que yo vaya al cielo?» -Hija mía, repliqué, yo abrigo esa dulce esperanza. -Yo estoy segura, repuso la joven sin vacilación. -Y ¿qué os da esa certeza, hija mía? le dije.-Un consejo que vos me disteis en otro tiempo. Cuando tuve la dicha de hacer mi primera Comunión, me recomendasteis que recitase todos los días el Ave María con filial amor. Yo he sido desde entonces fiel a esa práctica y de cuatro años ha, no he dejado ni un solo día de recitar mi rosario. Este es lo que me concede la dulce seguridad de irme al cielo, porque yo no puedo creer que habiendo dicho tantas veces: Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora, Ahora y en la hora de mi muerte, la Virgen me desampare en este momento en que voy a espirar.

«Así habló la piadosa joven con un acento que me arrancó lágrimas de admiración y de ternura. Yo presencié el espectáculo de una muerte enteramente celestial. Yo vi a una criatura arrebatada en flor a todo lo que puede amarse en el mundo, dejar a un padre, á una madre, á un esposo y a un pequeño hijo sin lágrimas en los ojos y con una serenidad im­perturbable en el corazón. En medio de todos esos lazos que se cortaban y que en vano se empeñaban en retenerla, no viendo más que el cielo, no hablando más que del cielo, escápase de su pecho su último suspiro como el último perfume que despide la flor al inclinar su corola marchita por el viento helado de la tarde.»

JACULATORIA

En tu regazo ¡oh María!

mi vida, mi alma y mi cuerpo

yo pondré desde este día.

ORACIÓN

Sólo al pensar ¡oh María! en que pueda alguna vez olvidar tus favores y abandonar tu amor, siento mi alma desgarrada por la más amarga pena. ¡Ser ingrato a tus beneficios, ser desconocido a tus finezas, ser indiferente a tu amor! ¡oh qué terrible desgracia! Vivir privado de los consuelos que se encierran en tu regazo maternal, vivir sin probar las dulzuras de tu amor, vivir sin ser acariciado por tu mano de madre, es, Señora mía, vivir muriendo. ¡Ah! no lo permitas, bondadosa Madre, no me prives, por piedad, de la felicidad de amarte, no me niegues jamás la dicha de ser siempre tu hijo y de poder llamarte siempre mi madre. ¡Qué sería de mí si tú no me consolaras con tus amorosas palabras, y no me regalaras con tus bendiciones, si no me alentaras en las desgracias de la vida, si no vinieras a enjugar mis lágrimas y a sostener en mi debilidad!… No, mil veces no: yo seré siempre fiel a tus inspiraciones, recordaré siempre con ardiente gratitud tus beneficios, estimaré siempre más que mi propia vida la conservación de tu amor. No me importa vivir privado de todos los goces de la vida, con tal de verte siempre a mi lado y sentir en mi corazón el perfume de tu aliento y en mi frente el contacto de tu mano. Ámame ¡oh María! y vengan después sobre mí todas las tribulaciones, que nada temo si me es permitido tener la seguridad de que me amas. Ámame ¡oh María! nada me importará que el mundo me olvide y me desprecie. Con tu amor todo lo tengo, con tu amor todo lo espero, con tu amor seré feliz en la vida, y tendré la inefable seguridad de gozar contigo en el cielo de la eterna bienaventuranza. Amén.

Oración final para todos los días

¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venimos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

Coronar los ejercicios de este Mes con una comunión fervorosa.


Ave María purísima, sin pecado concebida

EL APOCALIPSIS DE SAN JUAN: EXÉGESIS AL CAPÍTULO 1: 4-8 por los PP. Dominicos de la Universidad de Salamanca, año 1962

 



Primera parte: Revelación sobre el estado espiritual de Las Siete Iglesias de Asia, 1,4-8.

Después del prólogo16, que ofrece ciertas semejanzas con el enca-bezamiento de los libros proféticos del Antiguo Testamento17, San Juan comienza su libro con una fórmula epistolar. En esto tal vez trate de imitar el modo de empezar de las epístolas paulinas y de los demás apóstoles.

Saludo de Juan a las siete iglesias de Asia, 1:4-8.

4Juan, a las siete Iglesias que hay en Asia: Con vosotros sean la gracia y la paz, de parte del que es, del que era y del que viene, y de los siete espíritus que están delante de su trono, 5y de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre, 6y nos ha hecho un reino y sacerdotes de Dios, su Padre, a Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos, amén. 7Ved que viene en las nubes del cielo, y todo ojo le verá, y cuantos le traspasaron; y se lamentarán todas las tribus de la tierra. Sí, amén. 8Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el todopoderoso.

San Juan se dirige a las siete Iglesias de la provincia proconsular de Asia, que comprendía la parte sudoccidental de la actual Turquía, y cuya capital era Efeso. Las siete iglesias locales o distritos religiosos, a modo de diócesis, eran: Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea. De cada una de ellas hablará con más detalle en Ap 2-3. W. M. Ramsay18 ha mostrado que las iglesias son escogidas siguiendo una vía imperial circular, al oeste de la provincia proconsular. Sin duda que en Asia Menor había más de siete iglesias; sin embargo, el número siete, número simbólico que indicaba plenitud, totalidad, es evidentemente elegido para simbolizar el conjunto de las cristiandades de la provincia proconsular de Asia. La tradición nos dice que San Juan residió la última época de su vida en Efeso. Y en dicha ciudad y en las regiones circunvecinas, donde estaban situadas las siete iglesias, ejerció su apostolado. Las cartas dirigidas a estas iglesias pueden ser consideradas como dirigidas de un modo mediato a todas las iglesias cristianas. Según esto, dice muy bien el Fragmento de Muratori: "lohannes enim in Apocalypsi, licet septem ecclesiis scribat, tamen ómnibus dicit ["Juan en el Apocalipsis, aunque escribe a las siete iglesias, todavía habla a todas]."19

A esas iglesias San Juan desea la gracia y la paz (v.4), comenzando con esta expresión el saludo epistolar. A semejanza de San Pablo, el autor del Apocalipsis junta el saludo griego gracia, Χάρις [jaris], con el saludo hebreo paz, salom, para significar todo el conjunto de bendiciones que deseaba a los fieles a quienes escribía. El término Χάριβ, gracia, sólo aparece aquí y en la fórmula final del Apocalipsis20. También es digno de tenerse en cuenta que en el cuarto evangelio se lee Χάρις sólo tres veces en el prólogo, y, en las epístolas joánicas, una sola vez en el saludo de la 2 Jn. Este fenómeno se explica si tenemos presente que San Juan suele expresar la idea de gracia con otras expresiones, como la luz, la vida, el amor. Junto con la gracia, que es la benevolencia divina21, les desea la paz, aquella paz que Jesucristo dejó a los discípulos al despedirse de ellos, y "que el mundo no puede dar"22. Esta gracia y esta paz proceden de Dios Padre, al cual designa con la extraña expresión de el que es, el que era y el que viene. Parece ser que esta frase es una explicación targúmica del nombre de Yahvé, para significar la eternidad de Dios, que domina todos los tiempos. El Targum de Jonatán (s.III-IV d.C.) sobre Dt 32:39 tiene: "Yo soy aquel que es, y que fue y que será." De igual modo, los escritores paganos atribuyen a Júpiter esta misma expresión: "Júpiter es, fue y será." El futuro será, que emplea el Targum de Jonatán y Pausanias, parece más apropiado para abarcar toda la duración de los tiempos. Sin embargo, nuestro profeta sustituyó el que será por el que viene, que concuerda mejor con el tema del libro, que es el de la venida de Dios a juzgar al mundo. Ερχόμενος [erjómanos] implica una inter-venciσn de Dios en la historia humana para llevar a cabo su plan salvífico. Después de mencionar al Padre Eterno como el que es, el que era y el que viene, el autor sagrado pasa a hablarnos de los siete espíritus que están delante de su trono. A propósito de esta expresión son posibles dos interpretaciones. La primera es la que cree que aquí San Juan se refiere a los siete ángeles de la tradición judía, que sirven ante el trono de Yahvé23. Y el hecho de que se hable de ellos antes de Jesucristo sería únicamente para indicar su posición junto al trono de Dios, sin que se quiera expresar jerarquía24. La segunda interpretación, que nos parece la más probable, es la que ve en esta frase una alusión al Espíritu Santo septiforme25. Esta manera de ver está avalada por varias razones: en la fórmula trinitaria inicial, los siete espíritus son mencionados antes de Jesucristo, y están colocados en el mismo rango que el Padre y el Hijo. Además, la gracia y la paz que Juan desea a sus lectores, son un don divino, que, en el Nuevo Testamento, es concedido por Dios y nunca por los ángeles. De ahí que la tradición latina admita unánimemente que este pasaje se refiere al Espíritu Santo. En cambio, la tradición griega está dividida: unos admiten la referencia al Espíritu Santo y otros a los siete ángeles26. Por consiguiente, creemos que la fórmula de Ap 1:4-5 es trinitaria y que supone la igualdad de las personas divinas, fuente indivisible de vida y de felicidad27. El hecho de que San Juan emplee la imagen de los siete espíritus para designar al Espíritu Santo, tal vez haya sido motivada por el simbolismo del número siete, que tanta importancia tiene en el Apocalipsis. Por otra parte, también el texto de Isaías de los siete dones del Mesías28, y el de Zacarías sobre los siete ojos divinos29, pudieron sugerir la imagen al vidente de Patmos. Del mismo modo que los siete cuernos y los siete ojos del Cordero simbolizan el poder absoluto y el conocimiento perfecto de Jesucristo, así también los siete espíritus simbolizan la plenitud de los dones divinos del Espíritu Santo, con los cuales consolará y fortificará a los fieles en la lucha que tienen entablada con las Bestias.

Jesucristo se le designa, en nuestro pasaje (v.5), con varios apelativos, muy propios del Apocalipsis. Se le llama primeramente testigo veraz, como en Ap 3:14. Designación muy propia de San Juan, pues él mismo nos dice en el cuarto evangelio que Cristo vino al mundo a "dar testimonio de la verdad."30 El segundo título de Jesucristo es el ser primogénito de los muertos. Esto significa que Él es el primero que resucitó a una vida gloriosa e inmortal, y que, por lo tanto, es el fundamento y el garante de nuestra propia resurrección, como afirma también San Pablo 31. La expresión "primogénito de los muertos" supone una concepción curiosa del Seol-Hades: el Seol, o región de los difuntos, es concebido como una mujer encinta que retiene en su seno a los muertos, y la resurrección, como un nacimiento32. El tercer apelativo dado a Cristo es el de príncipe de los reyes de la tierra, pues le ha sido dado todo poder en la tierra y en el cielo 33. γ San Pablo enseña que, por las humillaciones de su pasión, Jesucristo recibió del Padre el título de Señor, con pleno poder en el cielo, en la tierra y hasta en los infiernos34. El título de Cristo-Rey es como el tema principal del Apocalipsis, e insinúa una oposición a los emperadores romanos 35. San Juan desea destacar la soberanía de Jesucristo sobre todos los poderes, principalmente sobre el poder imperial que se oponía violentamente a la difusión de la Iglesia en la tierra. Esto era necesario para consolar e infundir nuevo valor a los cristianos, mostrándoles la superioridad de Cristo sobre todos los poderes terrenos.

Jesucristo, además de ser Rey y Señor de toda la creación, es también el Redentor, que nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre (ν.5)36. Jesucristo nos amó y nos dio la mayor prueba posible de su amor muriendo por nosotros37 y librándonos de los pecados en virtud de su sangre derramada. San Pablo dice lo mismo en su epístola a los Efesios: "Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios"38 El rescate por la sangre es una doctrina común del cristianismo primitivo 39. Cristo es el Pontífice de la nueva alianza, que, en virtud de su sangre, se ha convertido en Mediador supremo entre Dios y nosotros y nos ha hecho participantes de su soberanía real y sacerdotal.

Jesucristo, después de absolvernos de nuestros pecados, nos ha constituido reyes-sacerdotes de Dios Padre (v.6). Formamos, pues, ahora un reino sacerdotal, una clase sacerdotal especial, como la que formaban los levitas en el Antiguo Testamento. Juan se refiere en este pasaje al Ex 19:5-6, en donde se dice que Yahvé eligió a Israel e hizo de él "un reino sacerdotal, una nación santa." Para los antiguos, el rey era el sumo sacerdote del dios nacional, lo mismo que el jefe de familia era el sacerdote familiar. Israel, la nación santa, la más próxima a Dios, estaba consagrada de un modo especial al culto de Yahvé, y en cuanto tal había de ejercer el sacerdocio en nombre de todos los pueblos de la tierra. San Pedro40 aplica las palabras del Éxodo a los cristianos: "sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable." Es en la Iglesia en donde se cumplen las promesas hechas al pueblo judío 41, pues los cristianos constituyen la continuación del Israel de Dios. Jesucristo se ha dignado comprar con su sangre para Dios hombres de todas las razas para hacer de ellos un reino y sacerdotes42. Es decir, Cristo, en cuanto Sumo Sacerdote del Padre43, ha conferido a sus fieles una parte de ese sacerdocio para que "cada uno ofrezca su cuerpo como hostia viva, santa, grata a Dios"44. Esta oblación, unida a la de Jesucristo, siempre resulta grata al Padre celestial, al cual es debida la gloria y la majestad de un imperio eterno45. El cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo, se encuentra en una situación totalmente particular de proximidad y de unión íntima con El. Por cuya razón goza de un poder especial de intercesión delante de Dios, como gozaba el sacerdote levítico en la Antigua Alianza. Este sacerdocio de los fieles no presupone la transmisión de un poder especial, propio del sacramento del orden. El sacerdocio de los cristianos tiene más bien como finalidad el recordarles su dignidad de hijos de Dios, el valor de su bautismo y las obligaciones que en él han contraído, y el servicio religioso al que han sido llamados. Lo mismo que el antiguo pueblo israelita ocupaba una posición privilegiada entre todos los pueblos respecto de Dios, porque podía acercarse a Él, gozar de sus intimidades y hacer de intermediario entre Yahvé y todos los demás pueblos, así también los cristianos, por la gracia de adopción como hijos de Dios y por su íntima unión con Cristo, ocupan una posición absolutamente única que les permite interceder por las almas46.

La doxología del v.6 parece evocar en la mente del autor sagrado la última venida triunfal de Cristo sobre las nubes del cielo, ante la mirada atónita de todos los pueblos (v.y). El profeta está tan seguro de la próxima venida de Jesucristo, que lo presenta ya como avanzando en medio de las nubes. La imagen de la parusía de Cristo rodeado de nubes proviene del profeta Daniel, que en visión nocturna ve "venir en las nubes del cielo a uno como hijo de hombre"47. Nuestro Señor también se sirvió de ella delante del sumo sacerdote para confesar su mesianidad y su triunfo futuro48. La relación que tiene esta confesión de Jesús ante Caifás con su pasión redentora, recuerda a Juan un texto del profeta Zacarías: "Y a aquel a quien traspasaron, le llorarán como se llora al hijo único, y se lamentarán por él como se lamenta por el primogénito."49 El profeta alude a un llanto general a causa de la muerte de un justo traspasado, que parece haber sido víctima inocente del pueblo elegido. Yahvé llevará a cabo una efusión de gracias divinas sobre los moradores de Jerusalén, por cuyo medio Dios producirá en ellos un cambio interior, que les hará convertirse de nuevo a Él y llorar, con un duelo nacional, la muerte del misterioso justo. San Juan aplica el texto de Zacarías a Jesucristo crucificado por el mismo pueblo judío: Cristo es el Justo traspasado de la profecía. Pero también llegará un tiempo en que los judíos reconocerán su pecado y se lamentarán en señal de dolor y de arrepentimiento. En nuestro texto son todas las tribus de la tierra las que condividen los remordimientos de Israel.

La alusión a la crucifixión y a la lanzada de Cristo es bastante clara, tanto más cuanto que es Juan quien nos transmite la noticia de esta última50. La crucifixión parece asociada, en el v.7, a la gloria parusíaca, como en Mt 24:30.

La doble afirmación con que se termina el v.7: Sí, amén, indica la solemnidad y la convicción de lo que acaba de decir. Recuérdese el amén, amén del cuarto evangelio.

Del mismo modo que sucede al final de los oráculos proféticos, una declaración divina garantiza la verdad de lo que acaba de decir.

Las últimas palabras de esta sección están puestas en boca del Señor Dios (= Yahvé-Elohim). El que habla es el Padre, el cual hace una declaración de su eternidad: Yo soy el alfa y la omega (v.8), o sea el principio y el fin de las cosas. Esta designación simbólica de la divinidad — que en otros lugares será aplicada al mismo Cristo — por la primera y la última de las letras del alfabeto griego, tal vez sea la imitación de un procedimiento tomado de los rabinos. Estos también solían designar a Yahvé con la primera y la última de las letras del alfabeto hebreo: a/e/ y tau. En la literatura rabínica también se dice que el sello de Dios es el 'emet, es decir, la "fidelidad y la firmeza"; y esa expresión está escrita con la primera, la mediana y la última letra del alefato hebreo51. La expresión de San Juan también pudiera tener estrecha relación con la mística helenística de las letras, que era frecuente entonces. Así la serie αεηιουω [vocales griegas] en los papiros mágicos, significa la universalidad del mundo, y sirve, al mismo tiempo, para designar a la divinidad52.

Finalmente, el autor sagrado insiste de nuevo sobre la eternidad de Dios y sobre el poder absoluto que tiene sobre toda la creación: (Yo soy) el que es, el que era, el que viene, el todopoderoso (v.8). Con esto quiere tranquilizar a sus lectores, pues el Dios justo y triunfador del pasado continuará siendo el mismo en todos los tiempos, ya que su soberanía sobre todos los seres es absoluta.

Notas:

— 16 Cf, Jer 1:1-3. 

— 18 The Letters to the Seven Churches of Asia (Londres 1904). 

— 19 Cf. EB 4 Jn.57-59. 

— 20 Ap 22:21 

— 21 Cf. Lc 1:30. 

— 22 Jn 14:127. 

— 23 Cf. Tob 12:15. Ver también el Targum de Jonatán sobre Gen 11:7: "Dijo Dios a los siete ángeles que están en su presencia." 

— 24 Cf. P. Jouon, Apocalypse 1:4: RSR 21 (1931) 486-487. 

— 25 Cf. Is 11:2-3(LXX). 

— 26 Cf. J. M. Bover, Los siete espíritus del Apocalipsis: Razón y Fe 52 (1918) 289-99; J. Lebreton, Histoire du dogrne de la Trinité7 (París 1927) p.628-631; E. B. Allo, Apocalypse (París 1933) p.8-9; A. Skrinjar, Les sept Esprits: Bi 16 (1936) 1-24.113-140; J. Michl, Die En-elvorstellungen in der Apokalypse des heiligen Johannes: I. Die Engel um Gott (München 1937) 112-210; E. Schweizer, Die sieben Geister in der Apokalypse: Evangelische Theologie n (1951-1952) 502-512; L. F. Rivera, Los siete espíritus del Apocalipsis: Revista Bíblica 64 (Buenos Aires 1952) 35-39- 

— 27 Así lo cree también el P. E. B. Allo. Véase su obra U Apocalypse p.6. 

— 28 Is 11:2-3. 

— 29 Zac 3:9; 4:10. 

— 30 Jn 18:37. 

— 31 Cf. 1 Cor 15:20; Col 1:18. 

— 32 Cf. Act 2:24. Véase también IV Esdrás 4:33-42. J. Chaine, Deséente du Christ aux en-fers: DBS II 414-415. 

— 33 Mt 28:18. 

— 34 Fil 2:6-9. 

— 35 Cf. A. Gelin, Apocalypse, en La Sainte Bible de Pirot-Clamer, XII (París 1938) P-596s. 

— 36 Los v. 5-6 constituyen una especie de doxología, la primera de las muchas contenidas en el Apocalipsis. Deben de ser sin duda ecos de las asambleas cristianas, que nos son conocidas por la 1 Cor y la Didajé. Estas doxologías, introducidas a veces con Allelu-Yah (Ap iq,iss), parecen ser una herencia del judaísmo. Son de gran importancia teológica, sobre todo para la cristología. 

— 37 Jn 15:13. 

— 38 Ef 5:2. 

— 39 Cf. Mc 10:45; Rom 3:24; Heb 0:11-22. 

— 40 1 Pe 2:9. Cf. M. García Cordero, El sacerdocio real en 1 Pe 2:9: CultBib 16 (1959) 321-323; véase en Recueil L. Cerfaux (Gembloux 1954) II p.283-315, el artículo Regale Sacer-dotium; R. B. Y. Scott, A Kingdom of Priests, en Oudtestamentische Studien VIII (Leiden 1950) p.213-219; J- Lécuyer, Le sacerdoce dans le mystére du Christ (París 1957) p.iyiss. 

— 41 Ex 19:6; cf. Ap 5:10; 20:6. 

— 42 Ap 5:9-10. 

— 43 Heb 7:20. 

— 44 Rom 12:1. 

— 45 Cf. W. H. Brownlee, The Priestly Character ofthe Church in the Apocalypse: NTStS (1959) 224-225. 

— 46 Cf. A. Gharue, Les Építres Catholiques, en La Sainte Bible, de Pirot-Clamer, XII P-453S. Véase también M. García Cordero, a.c.: CultBib 16 (1959) 322S. 

— 47 Dan 7:13. 

— 48 Mt 26:64; Me 14:62. Jesús también empleó la imagen de Daniel en el discurso escato-logico (Mt 24:30; Mc 13:26; Le 21:27). 

— 49 Zac 12:10. 

— 50 Jn 19:34- 

— 51 Cf. G. Kittel, Theologisches Worterbuch zum N. T. I 2 ; S. bartina, Apocalipsis de San Juan, en La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento III p.óoó. 

— 52 E. B. Allo, o.c. p.8. 

lunes, 6 de diciembre de 2021

LA CONDENACIÓN DEL COMUNISMO por Rev. P. Joaquín Azpiazu sj - SEGUNDA PARTE Y FINAL

 


El ideal comunista

El ideal comunista francés de Marx no hay que probarlo. Desde joven (1847) perteneció, con su amigo Federico Engels, a la «Liga comunista», por encargo de la cual escribió con Engels, el Manifiesto comunista en 1848.

Había ya recibido de Proudhon las bases de algunas ideas que después desarrolló Marx, había agitado la revolución francesa de 1848, como agitó luego la de la Commune de 1871; había conocido los escritos del teórico Saint Simon, había visto los ensayos de Owen y de Fourier. Todos le parecieron vanos y sin contenido. Él se propuso formar un comunismo científico.

Para conocer qué profundamente comunista es Marx, basta leer cualquier párrafo del Manifiesto comunista. La convicción nace de pronto y por entero:

«Un espectro recorre Europa –así comienza el Manifiesto–, el espectro del comunismo. Contra este espectro se han coligado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes… Dos consecuencias se desprenden de este hecho: que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas; que es hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus objetivos, sus tendencias, saliendo al paso de ese ese espectro del comunismo con un manifiesto del partido…»

«¿Qué relación guardan los proletarios con los comunistas en general? Los comunistas no forman un partido aparte frente a los demás obreros; no tienen intereses propios separados de los intereses del proletariado…; los comunistas no se distinguen de los demás partidos más que en esto: en que destacan y reivindican siempre en todas y en cada una de las acciones nacionales de los proletarios los intereses comunes de todo el proletariado independiente de su nacionalidad… Las tesis teóricas de los comunistas… no son sino la expresión generalizada de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se va desarrollando a la vista de todos… El proletariado no tiene patria… El proletariado no tiene que romper más que sus cadenas… ¡Proletarios de todos los países, uníos!»

No hace falta más. Se puede añadir, en plan de confirmación, las últimas palabras de El capital, de Marx:

«Al disminuir progresivamente el número de magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y disciplinada, unida y organizada por el mecanismo del propio régimen capitalista de producción. El monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción, que ha florecido con él y gracias a él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto que son ya incompatibles con la envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. La hora de la propiedad privada capitalista ha sonado. Los expropiadores son expropiados.» (El capital, t. I, pág. 856.)

Si estos documentos no bastan, vaya otro de Lenin. Cuando, en 1917, triunfa Lenin en Petrogrado y Moscú, e impone el nuevo régimen, proclama Lenín:

«Nosotros somos descendientes directos de Carlos Marx. Su doctrina no ha sido puesta en práctica hasta hoy; la propiedad privada ha seguido reinando en los países socialistas. En Rusia se acabó la propiedad privada de producción y de renta. Eso quiso Marx, eso quiere Rusia.»

Esa fue la realidad. ¿Un testimonio? Ante una requisitoria de los periodistas americanos, Stalin, que es otra autoridad en la materia, contesta:

«Yo entiendo que Lenin no introdujo en el marxismo ningún principio nuevo, como tampoco borró ninguno de los viejos principios del marxismo. Lenin era y sigue siendo el más fiel y consecuente discípulo de Marx y Engels, y se basa plena e íntegramente en los principios del marxismo. Pero Lenin no fue sólo un ejecutor de la teoría.» (Stalin, “Entrevista con la primera delegación de obreros norteamericanos” 9 de septiembre de 1927; publicada en Obras escogidas, de C. Marx, edic. del Instituto Marx-Engels-Lenin, de Moscú.)

No es, pues, extraño que un moderno investigador, S. Chang, estudiando estas cuestiones en su tesis doctoral (1931) llegue a decir que el comunismo moderno está identificado con el marxismo. Lo cual añade, lo digo no solamente por virtud de testimonios, sino de mi propio estudio.

Marxismo y comunismo son, pues, idénticos.

Socialismo y comunismo

Pero ¿el marxismo no es el socialismo? Y el socialismo, ¿es comunismo?

La pregunta tiene en nuestro caso un valor especial, porque estamos tratando de la condenación del comunismo. ¿La vamos a extender al socialismo? Si es lo mismo, indiscutiblemente que sí.

Apenas apareció en el mundo el socialismo o el comunismo científico de Marx –entonces eran iguales–, aparecieron los teóricos economistas, más o menos afines a las ideas del pensador judío, divididos en socialistas revisionistas y en socialistas ortodoxos. El primer grupo, capitaneado por Eduardo Bernstein, no quería aceptar sin control todas las teorías de Marx, algunas de las cuales las creía falsas; el otro, en cambio –a su cabeza iban Engels y Kautsky–, aceptaba el marxismo con fe y convicción.

Esto en cuanto a las ideas. Pero, ¿y en cuanto al método?

El comunismo marxista de El capital, de Marx, no es sólo ideológico, es práctico; propugna y quiere la expropiación de los potentados, ansía la dictadura del proletariado. Para eso hay que ser revolucionario, y no todos tienen temple de revolucionarios y antiburgueses. La burguesía es muy placentera, pese a Marx y a los mismos ortodoxos, que se dejan seducir por sus delicias.

«El actual oportunismo –decía Lenin en 1914–, personificado en su principal representante el ex marxista Kautsky, cae dentro de las características que Marx asigna a la actitud burguesa, pues este reconocimiento limita el reconocimiento de la lucha de clases a lo que las instituciones burguesas permiten… El oportunismo se niega a reconocer el principio de la lucha de clases al llegar al punto más esencial, el período de tránsito del capitalismo al comunismo, al período del derrocamiento de la burguesía y de su total anulación.» (Lenin, Carlos Marx, pág. 56). Es, como decía Lenin, «el liberalismo podrido que intenta revivir bajo la forma de oportunismo socialista» (Lenin, Vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx, 1913).

Lenin pone el dedo en la llaga. Estos socialistas, que viven dentro de un acondicionado oportunismo, viene a decir, se parecen a los estrategas de café o a los predicadores que hablan y no dan trigo. Ahora no hay más que hacer una sencilla aplicación.

El socialismo en general –en España como fuera,– se ha nutrido de tres clases de hombres: el proletariado que, ansiando mejoras, piensa hallarlas por el camino del socialismo; el científico que estudia, discute o apoya las teorías marxistas en su gabinete, bien acondicionado; el capitalista que, viendo la tormenta que avanza, sale al campo con un mísero paraguas de concesiones, creyendo que con ellas va a detener la revolución.

Cabe dentro de los proletarios la clase interesante de los ex proletarios: es decir, de los que fueron obreros, y son líderes; dejaron la herramienta para ir al mitin y a la presidencia del sindicato. Es decir, hay socialistas que llamaríamos don Juan del Pueblo (el soldado desconocido), el líder (Prieto, Largo Caballero, Jouhaux, Blum, Bevin), el científico (Fernando de los Ríos, Lasky), y el capitalista más o menos socializante por necesidades del bolsillo.

Las revoluciones no se hacen todos los días, ni los revolucionarios surgen cada paso; en cambio, han menudeado –sobre todo en el siglo XX– los Parlamentos, los Gobiernos y los diputados socialistas en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en España, en Italia, en Noruega, en Suiza; y, sin embargo, a pesar de que desde treinta o más años, el mundo va navegando hacia el socialismo, sigue la burguesía y sigue el proletariado, con reformas y mejoras, es verdad, pero a cuyo socaire viven en perfecta y cómoda burguesía los líderes, los parlamentarios, los gobernantes y los científicos socialistas. No creen en el socialismo, mientras que el pueblo todavía cree en él.

Y es que ese socialismo actual es un comunismo desvaído, aguado, de vaselina, contemporizador, que se vende y se compra, que avanza y retrocede, como las mareas.

Compárese este socialismo con el comunismo de Lenin, imponiendo en Rusia de golpe, en 1917, la socialización y la expropiación de toda la propiedad privada inmueble. Lenin tenía derecho a llamarse socialista y a reivindicarse auténtico sucesor de Marx; los socialistas, generalmente, no lo tienen.

Por eso aparecen tantísimos socialismos: socialismo de Estado, socialismo de cátedra, socialismo educador, y hasta un híbrido y repugnante socialismo-religioso.

El ateísmo del socialismo

Pero en medio de todo esto hay una nube negra, preñada de tormenta. En el orden religioso hay un punto de contacto fundamental entre el socialismo y el comunismo, y es el materialismo y la antirreligiosidad. La teoría materialista de la Historia de Marx se salva de la catástrofe, y es admitida por todo el socialismo –hasta por una buena parte del laborismo, que es la más aguada del socialismo–; del mismo modo que el ateísmo y la irreligiosidad son dogmas impuestos análogamente al socialismo que al comunismo. Por donde el socialismo viene a ser, en general, tan ateo e irreligioso como el comunismo, aunque sin su bravura revolucionaria y sin el ánimo de sacar de la doctrina todas las consecuencias que encierra; es teórico, pero no práctico. Pero es tan ateo como el comunismo, y el principal responsable de la pérdida de la fe en las masas obreras españolas y aun del mundo.

Consecuencias

Varias observaciones hay que hacer antes de terminar.

Es la primera que conviene salir al paso de algunos católicos, poco formados, o tímidamente escandalizables, que hablan del comunismo como de algo que no pretende más que cierta vida en común dentro de un mejoramiento del pobre y del desvalido. Y aun se admiran cuando oyen decir que los Pontífices condenan el comunismo.

No; esto no es comunismo. Si el comunismo no fuera más que mejoramiento del pobre, elevación del pueblo, salvación de la gente del hampa, todos podríamos y deberíamos ser comunistas auténticos. No, comunismo no es eso. Ni siquiera es sólo afán de colectivismo ni de vida en común, ni menos de nacionalización de empresas, aunque este camino económicamente conduzca al desastre.

Algo muy diverso es negar el derecho del ser humano a la propiedad privada de los bienes legítimamente obtenidos, y admitir la posible renuncia a este derecho en individuos determinados que adoptan una propiedad y una vida común, como lo hacen los religiosos. ¿Cómo va a ser esto malo? No; lo que ocurre es que el derecho legítimo de propiedad privada es, en su recto ejercicio, el camino natural y ordinario por donde ha de andar la sociedad humana; lo otro es lo que hacen unos pocos que se sacrifican por más altos ideales, no negando aquel derecho en quien quiera ejercerlo, sino renunciando en sí mismos a su uso para fines más elevados.

Conviene también referirse aquí a otros que, desgraciadamente en España serán bastantes, antiguos inficionados de viejo comunismo, que rehúsan dejar su veneno, que les corroe el alma, aun cuando externamente no pueden alistarse a entidades públicamente prohibidas y llenas de peligros.

El canon 1.325 distingue entre hereje, apóstata y cismático. Hereje es el bautizado que, reteniendo el nombre de cristiano, niega pertinazmente alguna de las verdades que hay que creer como de fe divina o católica, o de ella duda; apóstata es el que se aparta totalmente de la fe cristiana; cismático es el que no quiere sujetarse al Sumo Pontífice y a los miembros de la Iglesia dependientes del mismo.

Por desgracia, en España hay aún muchos que, habiendo estado inficionados de comunismo, viven con ánimo hostil a la religión, desprecian los deberes de cristianos y la doctrina de la Iglesia, ansían el triunfo de un bolchevismo ruso que cambie la faz de España. ¿Qué decir de ellos? Rigurosamente hablando, son apóstatas en su fe; y a tal naufragio les llevó sin duda el comunismo o socialismo, donde, a vueltas, de otras doctrinas, bebieron esa ponzoña de enemistad contra la Iglesia. Son comunistas, hoy durmientes, y por ello viven quizá en los linderos de la censura como comunistas. Pero si tienen en su vida orientaciones y actividades comunistas clandestinas, juzgo que incurren en la excomunión del decreto de 1.º de julio; y si consciente y voluntariamente trabajan en el comunismo, caen también en la censura del canon 2.314, párrafo 1.º, contra los apóstatas.

El P. M. Fábregas, en un ponderado artículo, hace una comparación exquisita y detallada entre la encíclica Humanum genus de 20 de abril de 1884, en la que León XIII condenó a los masones, y las diversas encíclicas modernas, sobre todo la Divini Redemptoris contra el comunismo, para descubrir una larga serie de analogías y casi identidad en los ataques que a la Iglesia masones y comunistas dirigen, y en el modo secreto de células que ambos mantienen. Según esta doctrina, podría aplicarse a los comunistas la misma excomunión que en el canon 2.335 se lanza contra los masones. Sin embargo, como toda interpretación de censuras ha de ser restrictiva, concluye el P. Fábregas que, aunque de suyo no incurrieran en esta excomunión los comunistas, son, sin embargo, vitandos. Y como el artículo del P. Fábregas es anterior a la condenación del comunismo hecha por el Santo Oficio el día 1.º de julio de 1949, hoy se podría más fácilmente aplicar también a los comunistas esta censura, ya que el mismo Santo Oficio les aplica otra más fuerte en el canon 2.314.

Hemos dicho que socialismo y comunismo son en el fondo idénticos, aunque diversos en la forma de actuar. El laborismo, por ejemplo, se contenta en gran parte con nacionalizar empresas, pensando que éste es un medio apto para ir formando poco a poco la conciencia de que sobra la propiedad privada; otros socialismos van más allá. En general, el socialismo –y respeto excepciones de formas más desvaídas– es también materialista crudo, ateo en sí mismo; enemigo de la unión, de la concordia de los hombres, y de la Iglesia de Cristo. Y lo ha sido a todo lo largo de la Historia en sus doctrinas y en sus manifestaciones políticas, antirreligiosas y sociales. Y para ello han inventado una filosofía acerca de la religión, que comenzó con Marx y terminó con el horrendo librito de Lenin: La religión.

Por consiguiente, en virtud del decreto, parece que los que voluntaria y conscientemente profesan la doctrina del comunismo (léase socialismo) materialista y anticristiano y la defienden; y, sobre todo, de ella se hacen propagandistas, son verdaderos apóstatas, y como tales incurren en las excomuniones indicadas en el decreto, ni pueden acercarse a la recepción de los Sacramentos.

Se dirá que las palabras condenatorias del decreto son de estricta interpretación, y que no pueden aplicarse a los socialistas lo que a los comunistas se les impone. Así es, pero es que, en virtud del decreto, la condenación viene en virtud del materialismo del anticristiano y de la apostasía, y éstas son, en ambos grados, iguales.

Gran parte del pueblo socialista o socialistoide español creo que no es todavía así. Ni puede decirse que sea apóstata, aunque esté casi totalmente abandonado en sus deberes religiosos, ni puede decirse que sea anticristiano si envía a sus hijos a la escuela religiosa o a la catequesis. Pero de los jefes más o menos ocultos de ese antiguo o moderno socialismo español, auténticos ateos y materialistas, no puede hablarse tan benignamente. Que si hoy hubiera en España cierta libertad para un socialismo al estilo de 1935 o 1936, podría acaso una parte de su masa pasar por el Jordán del olvido o de la ignorancia, pero sus jefes caerían de lleno en las censuras pontificias.

Comunismo y capitalismo

Condenación del comunismo no quiere decir absolución del capitalismo anticristiano. Tan condenado está el capitalismo liberal, sórdido, avaro, codicioso e injusto, como el comunismo rabiosamente ateo. Quien adora a su bolsa en vez de adorar a Dios es tan ateo como el que pone en la vida material toda su religión. Entiéndase el capitalismo injusto, no el mero sistema económico, mejor o peor para los fines del bienestar económico o social.

Entiéndase que se habla de aquel capitalismo «basado en erróneas concepciones, capitalismo que se arroga sobre la propiedad un derecho ilimitado, sin subordinación alguna al bien común, condenado por la Iglesia como contrario al bien común, condenado por la Iglesia como contrario al derecho natural». Así habló Pío XII en su alocución de 1.º de septiembre de 1944.

El capitalismo vicioso, arrastrado por los tres demonios sociales de la Humanidad, el ansia de riqueza, la ambición y el abuso de la fuerza, es en sí mismo, dañoso, erróneo y condenable.

Oposición de la Iglesia y del comunismo

Despréndese fácilmente de todo esto la oposición violenta entre la Iglesia y el comunismo.

El comunismo es puramente económico, se dice por algunos. No hay tal; lo hemos visto; es esencialmente ateo, negador de la inteligencia y del espíritu, de la providencia y del más allá, de la caridad de los unos para con los otros y de los principales derechos humanos. Todo esto nos es economía, sino ética, moral, teología y cristianismo.

Anticatólico aparece el comunismo no solamente en la vida y escritos de sus corifeos, sino en todas las campañas pasadas y presentes del comunismo y del socialismo contra la Iglesia.

Por eso las frases que Pío XII dijo en más de una ocasión, hablando del socialismo, en orden a su incompatibilidad con el catolicismo, tienen toda su fuerza al final de este artículo: «Socialismo y catolicismo son términos contradictorios». (Quadragesimo anno, núm. 49.)

Hoy es el comunismo el enemigo número uno del catolicismo. Las razones están a la vista: opera con armas de motivos económicos, que son las que al hombre material y pobre más fuertemente dañan; opera sobre masas, que forman la mayoría del mundo, y que son incontenibles cuando se desbordan; opera más violentamente sobre elementos menos cultos y, por tanto, más inaccesibles a la defensa por la vía del espíritu; opera con armas de auténticas fuerzas vivas: opera brutalmente, ¿Quién puede contener una inundación, el golpe furioso del mar en la tormenta?

Es, además, el comunismo el enemigo número uno de la Iglesia porque tiene en algunas de sus teorías y finalidades notas y rasgos de verdad, que acaso los católicos hemos sido remisos en desgajarlas con valentía para declarar su valor: quiere elevar al pobre y sacarlo de la miseria.

«El comunismo es un huracán terrible que se abate sobre el mundo, amenazando con revolverlo todo. Pero un hilo de aquel viento es cristiano. Acojámoslo pronto en nuestra vela.» (Ricardo Lombardi, La doctrina marxista.)

Condenación del comunismo

Decreto de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio
de 1.° de julio de 1949

(Acta Apost. Sed. de 14 de julio de 1949)

A esta Suprema Sagrada Congregación se han hecho las preguntas siguientes: 1.ª, si es lícito inscribirse en partidos comunistas o prestarles apoyo; 2.ª, si es lícito publicar, difundir o leer libros, periódicos, diarios u hojas volantes que sostienen la doctrina o la práctica del comunismo, o colaborar en ellos con escritos; 3.ª, si los fieles que realizan, sabiéndolo y libremente, actos a los que se refieren los números 1 y 2 del presente decreto, pueden ser admitidos a los sacramentos; 4.ª, si los fieles que profesan la doctrina del comunismo materialista y anticristiano, y sobre todo los que la defienden o de ella se hacen propagandistas, incurren, ipso facto, como apóstatas de la fe católica, en la excomunión reservada en especial modo a la Sede Apostólica.

Los Emmos. y Rvdmos. Padres puestos para la tutela de la fe y de las costumbres, teniendo presente el parecer de los Rvdmos. Consultores en la reunión plenaria de la Feria III (en vez de la IV) el 28 de junio de 1949, han decretado que se respondiera: Al 1.º: Negativamente: el comunismo, de hecho, es materialista y anticristiano, y los dirigentes, por consiguiente, del comunismo, aun cuando a veces de palabra declaren no combatir la religión, de hecho, sin embargo, con la teoría y la acción, se muestran hostiles a Dios, a la verdadera religión y a la Iglesia de Cristo; al 2.º: negativamente, porque son actos prohibidos por el mismo Derecho canónico (can. 1.399.); al 3.º: negativamente, conforme a los principios que se refieren a no administrar los sacramentos a aquellos que no tienen la debida disposición; al 4.º:  afirmativamente.

En la siguiente Feria V (día 30 del mismo mes y año), Su Santidad Pío XII, en la acostumbrada audiencia concedida a Su Excelencia Rvdmo. Monseñor Asesor del S. Oficio, ha aprobado las deliberaciones de los Emmos. Padres y ha ordenado que se promulgue en el Acta Apostólicas Sedis.

Roma, 1.º de julio de 1949.

 

Decreto del Santo Oficio acerca de los matrimonios de comunistas
(11 de agosto de 1949)

La exclusión de los comunistas de la recepción de los sacramentos, ¿abarca también la prohibición de celebración de matrimonio en el que, por lo menos, uno de los contrayentes sea comunista?

En el caso en que tal prohibición no se prevea, ¿el matrimonio de los comunistas debe regirse conforme a los cánones 1.060 y 1.061, es decir, debe someterse a condiciones análogas a las exigidas para matrimonios de personas de diversa religión?

Considerado el carácter del sacramento del matrimonio, en el que los ministros son los mismos contrayentes, y en el que el sacerdote es testigo oficial, el sacerdote puede asistir al matrimonio de los comunistas conforme a los cánones 1.605 y 1.606. En los matrimonios comunistas que se refieren a la respuesta 4.ª del decreto de 1.º de julio de 1949, hay que observar lo prescrito en los cánones 1.001, 1.102 y 1.109, párrafo 3.º del Código de Derecho canónico.

Cánones citados en los decretos:

Canon 1.399.– Están prohibidos por el Derecho mismo… 2.º, los libros de cualesquiera escritores que defienden la herejía o el cisma, o ponen empeño en destruir de cualquier modo los fundamentos mismos de la religión; 3.º, los libros que atacan de propósito la religión o las buenas costumbres; 4.º, los libros de cualesquiera acatólicos, que traten exprofeso de religión, mientras no conste que no contienen nada contrario a la fe católica…; 6.º, los libros que impugnan o se mofan de algún modo del dogma católico, los que defienden errores condenados por la Sede apostólica, los que desprestigian el culto divino, los que intentan destruir la disciplina eclesiástica y los que adrede injurian a la jerarquía eclesiástica o al estado clerical o religioso…

Canon 1.060.– La Iglesia, prohíbe severísimamente en todas partes que contraigan entre sí matrimonio dos personas bautizadas, una de ellas católica y la otra afiliada a una secta herética o cismática; y si hay peligro de perversión del cónyuge católico o de la prole, también la misma ley divina prohíbe el casamiento.

Canon 1.061.– La Iglesia no dispensa el impedimento de mixta religión, a no ser: 1.º, que haya causas justas y graves; 2.º, que el cónyuge acatólico dé garantías de que no expondrá al cónyuge católico a peligro de perversión, y que ambos las den de que toda la prole será bautizada y educada solemnemente en la religión católica; 3.º, que haya certeza moral de que se cumplirán las garantías dadas. II. Por regía general, debe exigirse que las garantías se den por escrito.

Canon 1.065.– I. Apártese igualmente a los fieles de contraer matrimonio con aquellos que notoriamente abandonaron la fe católica, aunque no estén afiliados a una secta acatólica, o con los que dieron su nombre a asociaciones condenadas por la Iglesia, II. No debe el párroco asistir a estos casamientos sin consultar al Ordinario, el cual, examinadas todas las circunstancias del caso, podrá permitirle que asista, si hay causa grave y urgente, y el mismo Ordinario juzga, según su prudencia, que está suficientemente asegurada la educación católica de toda la prole y el alejamiento de peligro de perversión del otro cónyuge.

Canon 1.066.– Si un pecador público, o uno que esté notoriamente incurso en censura, se niega a confesarse antes, o a reconciliarse con la Iglesia, no debe el párroco asistir a su matrimonio, a no ser que haya alguna causa grave y urgente, acerca de la cual debe consultar al Ordinario, si es posible.

Canon 1.102.– I. Cuando se trata de matrimonios entre una parte católica y otra acatólica, las preguntas acerca del consentimiento deben hacerse según lo mandado en el canon 1.095, párr. 1.º, número 3. II. Pero están prohibidos todos los ritos sagrados; y si se prevé que de esta prohibición se han de seguir males más graves, puede el Ordinario autorizar algunas de las ceremonias eclesiásticas acostumbradas, excluida, en todo caso, la celebración de la misa.

Canon 1.109.– III. Por el contrario, los matrimonios entre parte católica y parte acatólica deben celebrarse fuera de la Iglesia, y si el Ordinario juzga prudentemente que no puede cumplirse esto sin que de ahí se sigan mayores, males, se deja a su prudente arbitrio el dispensar acerca de este punto, quedando en su vigor lo que se prescribe en el canon 1.102, párrafo 2.º

FIN