U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

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O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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sábado, 22 de enero de 2011

VIDA, PENSAMIENTO Y OBRA DEL REV.P. JOAQUÍN SÁENZ Y ARRIAGA SJ ( 2 )

Trayectoria y pensamiento del pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga



TRAYECTORIA DE UNA VOCACIÓN

 

La prensa de aquel día destacó la noticia: Por "injurias al papa", excomulga la Mitra a un cura antiprogresista.
En el mismo diario, en la sección editorial, el comentario escueto, certero, advertía: "Este hecho tiene aspectos muy graves a nuestro juicio pues plantea, en primer lugar, el problema de la libertad dentro de la Iglesia. ¿Qué no existe la posibilidad de criticar, censurar, o simplemente disentir, dentro de la Iglesia Católica Romana sin que se tenga que correr el riesgo de ser excomulgado? Hace muy poco tiempo que otro sacerdote jesuita militante, Porfirio Miranda, publicó también un libro que lleva por título Marx y la Biblia, de franca inclinación promarxista. A este trabajo don Miguel Darío Miranda dio el «imprimatur», o sea su aprobación, y esta diferencia de trato puede, desgraciadamente, traer muy malos resultados a la Iglesia en México. Porque todo mundo se preguntará: ¿Por qué a un sacerdote «progresista» que se declara marxista, lo apoya la Mitra, y a otro, tradicionalmente, lo excomulga?" (1)
Miguel Darío, Cardenal Miranda, Arzobispo Primado de México, dio por cerrado este caso y nunca más volvió a ocuparse públicamente de él. Como era su costumbre, no se dignó responder a la opinión pública ni a los fieles de su arquidiócesis que se mostraron escandalizados. Por su alto rango eclesiástico, creíase infalible en sus juicios e inmune a toda crítica:
"En la Sala de Gobierno de la Curia del Arzobispado de México, a los dieciocho días del mes de diciembre de mil novecientos setenta y uno" firmó la suspensión "a divinis" y declaró fuera de la Iglesia al presbítero Joaquín Sáenz Arriaga, doctor en filosofía y en teología, cuya trayectoria sacerdotal resiste cualquier paralelismo humano en la historia contemporánea de la Iglesia en México.

Este decreto infamante, lejos de 'doblegar su naturaleza cercada por la enfermedad, fue para don Joaquín estímulo espiritual; un llamado de la Providencia para dar cumplido testimonio de fe, de su fe inamovible, roquera, como la de los Testigos al recibir el Espíritu Santo; como la de los mártires mexicanos cuando votaron con su propia sangre en el plebiscito de la guerra cristera.
Fue una prueba más en su vocación sacerdotal, a la que se sintió llamado desde sus años infantiles hasta el día postrero de su existencia, que estuvo marcada por un destino superior, por una tendencia natural de superación. Fue un niño bueno, consciente de su carga hereditaria que supo conducir hasta el final como una ofrenda de sí mismo a Dios trino y a la Santísima Virgen de Guadalupe, de la que fue gran devoto.
Honró su estirpe de "cristiano viejo", como eran llamados antaño aquellos cuya ascendencia no tropezaba con infieles. En su árbol genealógico hállanse maduros frutos humanos, como el arzobispo Arciga (2), hermano de su abuela doña Loreto Arciga de Sáenz; familia numerosa y distinguida por su prosapia social, por la despejada inteligencia de sus miembros, por su acendrada religiosidad. De origen español, las generaciones de los Sáenz y los Arriaga —conservadores los primeros, liberales los segundos y ambos amantes de la tradición criolla, representativa de la nacionalidad mexicana— cuentan con docenas de religiosos y sacerdotes, algunos de los cuales fueron consagrados obispos y, desde su alta jerarquía, dejaron perenne constancia de su amor a la Iglesia.
Su padre, don Rafael Sáenz Arciga, nació en 1863 y su madre, doña Magdalena Arriaga Burgos de Sáenz, hizo su aparición en este valle de tránsito pasajero, el 29 de mayo de 1862. Ambos eran originarios de la ciudad de Morelia; aquí se casaron y procrearon numerosa descendencia. Joaquín fue el décimo de sus trece hijos; vio la primera luz el día 12 de octubre de 1899.
El pequeño Joaquín no tuvo dudas con su vocación. Desde muy niño sintió el llamado de Dios en su conciencia. Jugaba con sus hermanos al sacerdocio. Tenía diez años cuando, en un rincón de la vieja casona colonial, construyó su propio altarcito, y frente a él actuaba un remedo piadoso de la santa misa. Imponía su autoridad al corto auditorio integrado por sus hermanos pequeños y algún amiguito. Luis y Pablo, menores que él, hacían de acólitos. Empleaba sus dotes oratorias en improvisados sermones y trataba de impresionar a sus oyentes con acentuadas descripciones del Infierno. Su propia piedad se alimentaba con el rezo diario del santo Rosario y, sin darse cuenta de ello, penetraba día a día en la doctrina cristiana que su madre la enseñaba.
Al finalizar el siglo XIX, Morelia era una ciudad floreciente, a pesar de no tener más industria importante que dos fábricas de hilados y tejidos de algodón. Enclavada en una zona eminentemente agrícola, su corta población —34,000 habitantes— estaba arraigada a la tierra y apegada a costumbres seculares. La antigua Valladolid fue fundada el 18 de mayo de 1541 por el primer virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza. Las generaciones de criollos que se fueron sucediendo conservaron incólumes las virtudes religiosas y creativas de sus ancestros.
Morelia era la Metrópoli del Arzobispado de Michoacán, que comprendía las diócesis de León, Querétaro y Zamora. Don José Ignacio Arciga era arzobispo. Una veintena de templos, algunos relumbrantes exponentes del arte sacro, acogían la piedad acendrada de los morelianos. Para atender la educación popular, una docena de colegios abrían sus aulas a la enseñanza. Tres bibliotecas: en el Colegio de San Nicolás, con 4 000 volúmenes; la pública del Estado, con 15 000; y la del Seminario, con 32 000 libros de todas las épocas hacían prueba de la preocupación de la Iglesia Católica por llevar cultura al mayor número posible de individuos, sin contar las numerosas y selectas bibliotecas particulares que daban, a Morelia, sobresaliente categoría humanística entre las más afamadas capitales de provincia.
Para cursar estudios superiores sólo existía una preparatoria oficial: el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, y dos planteles profesionales: La Escuela de Medicina y la de Jurisprudencia. Por el lado religioso, estaba el Seminario, fundado en el siglo XVIII. Para llenar la ausencia de una escuela de enseñanza preparatoria atendida por el clero, fue fundado, en 1902, el Instituto Científico del Sagrado Corazón de Jesús, "para educar cristianamente a la niñez y a la juventud de las clases principales de la ciudad."
En este colegio había primaria elemental, primaria superior, preparatoria, mercantil, estudios agrícolas e industriales, y normal de profesores; amplia gama de carreras que ofrecían horizontes civiles a los alumnos atendidos por los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Desde el año de 1900 hasta el de su muerte, que fue el de 1911, gobernó la Arquidiócesis don Atenógenes Silva y Alvarez Tostado. Sucedióle en el cargo don Leopoldo Ruiz y Flores, cuya responsabilidad histórica habría de resultar mayúscula con la desacertada firma de los "arreglos" entre la Iglesia y el Estado en 1929.
Queda indicada la importancia e influencia religiosa en la apacible y señorial Morelia, en la que vivió sus años infantiles Joaquín Sáenz Arriaga. En el Instituto Científico del Sagrado Corazón de Jesús cursó la primaria elemental y superior, obteniendo notas sobresalientes en sus estudios. Destacaba entre sus compañeritos por su despejado talento.
Aún no cumplía diez años de vida y ya comenzaba a coleccionar esas pequeñas hojas mensuales, testimonios de honor se llamaban, que conforman su imagen estudiantil. Al finalizar su primaria —27 de octubre de 1912—, le fue otorgado sendo diploma en reconocimiento a su excelente conducta, puntualidad y aplicación.
Sintiéndose llamado a la religión, el despierto adolescente pensó ser cartujo; le atraía la vida silenciosa y la propia mortificación en su valor de ofrenda espiritual. Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores le hizo ver que la Iglesia necesitaba soldados dispuestos a la lucha, y con razones convincentes inclinó su voluntad hacia la Orden de San Ignacio.
A los dieciséis años de edad, consciente de su destino personal e intransferible, dejó su casa paterna. Reveses de fortuna habían obligado a la familia a cambiar de domicilio; ahora habitaban una modesta casa ubicada en la sexta calle de Aldama número 1, en Morelia. Doña Magdalena preparó el reducido bagaje de Joaquín. Acompañado de su hermano mayor, Rafael, viajó al puerto de Veracruz. Se embarcó en el navío Buenos Aires, de matrícula española, en segunda clase. El día 11 de agosto de 1916 zarpó el barco. A bordo se encontraban seis monjas teresianas, a las que se unieron dos más, de Morelia, en la breve escala que hizo el vapor en La Habana, Cuba. Joaquín procuró su amistad, pues ellas le proporcionaban una extensión simbólica de su propio hogar durante el tiempo que duró la travesía. El Buenos Aires atracó en Nueva York al anochecer del día 12. El joven viajero envió desde allí una postal a sus padres. A la mañana siguiente, recargado en la barandilla de la cubierta del navío, Joaquín contempló largamente el perfil de la moderna Babel, semejante a las pinadas de su tierra.
Largos días de mar y cielo, antes de avistar la costa española, patria de sus remotos antepasados.
Desembarcó en el puerto de Barcelona y se dirigió a Loyola, cuna del fundador de la Compañía de Jesús. En aquel afamado seminario, jardín delicioso enclavado entre las escarpadas y verdes montañas santanderinas, ingresó el día 15 de septiembre. No lo doblegó la recia disciplina a que eran sometidos los aspirantes a la milicia ignaciana. Aprendió que nada era suyo; todo pertenecía a la comunidad. Desempeñó trabajos harto penosos para un chico acostumbrado al servicio doméstico, a refinamientos sociales y consideraciones familiares. Las dificultades que llevan consigo el tiempo de probación le fueron compensadas con la solícita atención de sus primeros maestros. En ningún momento aflojó su voluntad de seguir el camino trazado por cuantos le habían dado ejemplo de religiosidad.
Antes que Joaquín entrara al Seminario, ya su hermano Luis, tercero en la familia Sáenz Arriaga, había sido ordenado sacerdote católico. Se educó en el colegio Pío Latino de Roma y obtuvo las orlas del doctorado en Teología. En 1911 alcanzó el sacerdocio. Poseía asombrosa inteligencia y, no obstante su juventud llegó a dominar siete idiomas. Joaquín no le quedaría a la zaga. En el transcurso de su existencia aprendió también diversas lenguas: inglés, francés, italiano, portugués, algo de griego, además, claró está, del latín y el castellano.
Luis, activo apóstol en un medio y en una época harto conflictiva, contrajo tifo en una de tantas asistencias a enfermos menesterosos. La deficiente atención médica —se vivían momentos dramáticos de la Revolución— le abrió las puertas de la eternidad en abril de 1917. Su padre, don Rafael, profundamente afectado con su muerte, no resistió los embates de su debilitado corazón y, el 19 de junio siguiente, bien asistido espiritual y corporalmente, llegó al fin de sus días.
Estas defunciones conocidas en el lejano encierro, más fortalecieron el propósito de Joaquín y, con gran empeño, continuó sus estudios sin perder comunicación con su familia ausente en el añorado terruño.
Al año siguiente es enviado a Granada, ciudad de reminiscencias moriscas y acendrada tradición cultural, a cursar el primero de Juniorado y Literatura.
El 16 de septiembre de 1918 hace sus primeros votos de pobreza, obediencia y castidad, que en la Compañía de Jesús, a diferencia de otras órdenes religiosas, se tienen por perpetuas.
Hasta 1922 permanece en esta ciudad, cuya reconquista por los Reyes Católicos unificó la península ibérica bajo el signo de la cruz.
A la sombra de los naranjos olorosos a azahar, cerca del testimonio islámico más artístico de España: la Alhambra; en medio de la luz y la blancura de aquel lugar protegido por la Sierra Nevada, el joven seminarista termina el Juniorado. Estudia Literatura y Humanidades en 1919. En 1920 cursa el segundo grado de ambas materias. Se inicia en Filosofía al año siguiente y, en 1923, termina el segundo grado de Retórica.
No todo el tiempo permanece encerrado en Granada. Con otros seminaristas visita lugares de interés histórico y religioso, como la Basílica del Pilar de Zaragoza, desde donde envía una cariñosa postal a su madre, que radicaba ya en la ciudad de México.
Para el año lectivo de 1923 se traslada a Sarriá, provincia de Barcelona, e ingresa al palaciego Colegio de San Ignacio. Cursa el segundo grado de Filosofía y, al año siguiente, presenta magnífico examen del tercer grado.
El clima y el ambiente difieren de la cálida tierra andaluza. El carácter adusto y franco de los catalanes se asemeja a su país, escarpado y frío.
La preparación jesuítica es intensa y variada. Los futuros sacerdotes no permanecen años y más años en un solo lugar; los trasladan de un lado a otro para que, con el trato de distintas personas y las enseñanzas de maestros preparados, adquieran mayor soltura y seguridad personal, a la vez que amplían y maduran sus conocimientos. En su última carta enviada a su madre desde Barcelona, en junio de 1924, le cuenta que había visto varias veces, durante su estancia en la ciudad condal, al rey Alfonso XIII; a María Victoria, su real consorte; a la reina madre, doña Cristina: "Es un consuelo para los católicos —dice— ver y saludar a un rey tan católico, que tan grandes y magníficas demostraciones ha dado de SU fe y amor a Cristo y a su Iglesia."
El joven seminarista se embarca, con otro compañero, en Barcelona. Su navío pone proa a Nicaragua. Cruza el Canal de Panamá y, el día 2 de septiembre de 1924, llegan él y José Bravo a Granada, República de Nicaragua.
Van asignados al magisterio en el Colegio Centroamericano del Sagrado Corazón de Jesús.
De inmediato se inicia en la enseñanza como maestro del cuarto y quinto grado de primaria. Ayuda, además, al prefecto y queda a cargo de la Segunda División de semiinternos y externos.
Permanece en el colegio todo el año de 1925, dando clases a los alumnos del quinto grado y desempeñando, a la vez, el cargo de prefecto. Entre sus compañeros se encuentra su paisano José Martínez Cabrera. No sería ésta la única ocasión que, durante sus estudios, estuviesen juntos tan buenos amigos.
A principios de marzo de 1926 parte de Nicaragua. Desde la ciudad de La Libertad, República de El Salvador, el rector del Seminario le envía un telegrama invitándolo a visitarlos y deseándole feliz viaje. El joven jesuita comenzaba a darse a conocer por su entrega apostólica y su capacidad intelectual. Pero no puede complacer al Padre Superior del Seminario salvadoreño, pues debía continuar su viaje a México.
Aquí permaneció algunos meses. Estuvo en la ciudad de Puebla, en el Colego Católico del Sagrado Corazón de Jesús. En el otoño de 1926 partió nuevamente hacia España y, en el Colegio Máximo de San Ignacio de Loyola, en Sarriá, cursó el primer grado de Teología. A principios de 1927 marchó a la ciudad de Granada desde donde relata a doña Magdalena que lo visitaron en Barcelona amigos de México, entre ellos Miguel Estrada Iturbide, quien le "pareció muy culto e inteligente". También le informa que recibió carta de su pariente Leopoldo Lara y Torres, primer obispo de Tacámbaro y personaje de gran relieve durante el conflicto religioso en México. Observa que en Sarriá, provincia de Barcelona, sus compañeros del seminario, entre los que se cuentan numerosos mexicanos, están bien informados de lo que sucede en su país, y le anuncia el envío de hojas de propaganda religiosa:
"En el sur de España la gente se ha movido menos; muchos no han comprendido todavía las difíciles circunstancias por las que atraviesa la Iglesia mexicana; creen que se trata de males y hechos intestinos y no de una persecución contra la Iglesia.
"Es menester orar: la oración ha de salvar a México del abismo a donde camina."
Antes de finalizar 1927 Joaquín fue enviado al Woodstock College, en Maryland, Estados Unidos, a estudiar el segundo y tercer grado de Teología, materia que con Filosofía y Derecho Canónigo habría de doctorarse posteriormente. Sus títulos llevan la firma del Prepósito General de la Compañía de Jesús, del Rector de la Pontificia Universidad Gregoriana y los respectivos secretarios de ambas instituciones.
En México se había recrudecido la persecución religiosa. La defensa armada de los católicos tomaba impulsos de heroísmo. Antes de finalizar noviembre, el sacrificio de dos inocentes y dos implicados en un atentado contra el general Alvaro Obregón, conmocionó a la opinión pública mundial. El padre Agustín Pro, S. J., y su hermano Humberto, sin previo juicio, junto con el ingeniero Luis Segura Vilchis y Juan Antonio Tirado, fueron fusilados con ostentosa publicidad en el patio de la Inspección General de Policía, ubicada en el corazón urbano de la capital de la República.
Muchos episodios, propios de epopeya, avalados por la entrega cristiana de los protagonistas, abonaban el fervor religioso del pueblo y estimulaban el deseo de emularlos a quienes, como Joaquín, se preparaban para el sagrado ministerio sacerdotal. El joven seminarista estaba bien informado de cuanto sucedía en su país, y a la medida de sus posibilidades ayudaba a la causa cristera con el envío de propaganda y la transmisión de noticias a las autoridades eclesiásticas a su alcance.
Veraces informes le llegaban por diversos conductos, entre ellos su correspondencia epistolar con monseñor Leopoldo Lara y Torres, uno de los contados prelados que resistieron, eludiendo emboscadas policiacas sin abandonar el país, las embestidas anticlericales. Ni en los momentos de más agudo peligro salió del territorio nacional, fiel a su calidad de pastor a cargo de un rebaño amenazado por los bárbaros del siglo xx.
En carta fechada en la capital de la República el día 8 de febrero de 1928, le informa del recrudecimiento en la lucha cristera, y le hace historia de la destrucción del monumento a Cristo Rey, en el cerro del Cubilete, cerca de Silao, Gto.; la continua aprehensión de laicos y religiosos por el delito de oír misa en la clandestinidad.
¡Si Joaquín hubiese imaginado que, muchos años más tarde él tendría que decir misa en el secreto de su hogar, misa prohibida, no por los perseguidores francos de la Iglesia, sino por quienes ejercen la autoridad eclesiástica!
No eran, los de monseñor Lara y Torres, comentarios superficiales. El obispo de Tacámbaro explicaba con maduro conocimiento las trasgresiones legales del gobierno civil. (3)
Monseñor le relataba también, en otra carta, la infructuosa búsqueda de la policía al obispo de San Luis Potosí, monseñor Miguel de la Mora, vicepresidente del Comité Episcopal, quien, un año después, al reiniciarse negociaciones directas entre Portes Gil y monseñor Ruiz y Flores, bajo la tutela de Mr. Morrow, sería marginado por los responsables de tan desacertado convenio que acabó, sabe Dios por cuánto tiempo, con la posibilidad de restablecer en México un orden social auténticamente cristiano.
Durante su estancia en Nicaragua, Joaquín habíase inficionado de amibiasis. El clima, la insalubridad, los escasos recursos en su voluntario reclusorio le acarrearon esa enfermedad pertinaz, que no le impidió, sin embargo, adelantar sus estudios.
En el Woodstock College cursó con tesonera dedicación el tercer grado de Teología, materia de la que gustaba con predilección. En septiembre presentó examen y luego retornó a México. El entusiasta jesuita quería estar en su tierra, donde nebulosa paz reprimía el desencanto de una derrota inmerecida. El conflicto religioso, mal resuelto en julio de 1929, había permitido la repatriación de los prelados ausentes y la reanudación del culto católico en los templos.
Joaquín fue destinado al Colegio de San José, en Guadalajara, como profesor de inglés y ayudante del bibliotecario y del prefecto.
Repuesto de sus padecimientos gástricos, entregado a sus nuevas obligaciones en una pausa de relativa tranquilidad, el día 30 de abril de 1930, en el templo de San Felipe de Jesús, el arzobispo de Guadalajara, doctor Francisco Orozco y Jiménez ungió las manos del nuevo presbítero de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. El obispo de Tacámbaro, Leopoldo Lara y Torres, fungió como testigo de la ordenación. A esta solemne ceremonia asistieron también el canónigo Rafael Sáenz Arciga, eclesiáticos y familiares del padre Joaquín Sáenz Arriaga.
Don Francisco, don Leopoldo, don Rafael, doña Magdalena Arriaga Vda. de Sáenz y otros miembros de su familia aparecen junto al joven sacerdote en la fotografía tomada en aquella fecha memorable.
Dos días después de este suceso, el padre Sáenz realizó su más hermoso ideal humano, culminación de sus ensueños infantiles. En el mismo templo de San Felipe de Jesús celebró su primera misa el día 2 de mayo. Al elevar la Hostia consagrada y el Cáliz de salvación, el silencio subrayó la mística emoción del celebrante.
Días más tarde, en el oratorio particular de la familia Olvera, en la ciudad de México, dio la Primera Comunión a sus sobrinos Agustín, Francisco y Rafael Sáenz y Sáenz.
Posteriormente salió a los Estados Unidos. Al llegar a Texas pasó unos días descansando en Ruidoso, lindo lugar de recreo enclavado en un paraje rodeado de montañas, antes de ingresar al Woodstock College, en Maryland, para cursar el cuarto grado de Teología.
A principios de 1931 visitó la Universidad de Columbia, en Nueva York. Cierto día, a la hora del almuerzo, acompañado del padre Ford, encargado d Newman Club de dicha Universidad, sentóse a su lado un pastor protestante, profesor del Union Theological Seminary. Conversaron sobre Santo Tomás, mencionaron a Suárez y cambiaron opiniones sobre la filosofía escolástica. No podía faltar una referencia al recién inaugurado Empire State Building. El pastor preguntó al padre si había estado en él, a lo que don Joaquín respondió que no.
—,Y qué filosofía ve usted en ese edificio? —volvió a preguntar.


—Doctor, es mucha filosofía para dar una breve respuesta. Es la filosofía de nuestros tiempos; es la materia ahogando el espíritu; es la nueva Babel que quiere desafiar los poderes divinos.


El ministro protestante guardó silencio. Reflexionó y dijo:




—Dichosos ustedes los católicos, que tienen algo estable para creer; a nosotros nos gustaría un género de ilusión para entretener nuestras vidas.
Cuando se retiraron del comedor, el padre Sáenz preguntó al padre Ford el significado de las palabras pronunciadas por el profesor del Union Theologicai Seminary:
Ninguno de los catedráticos del Seminario protestante creen en Cristo, en su divinidad. . . Ellos piensan que la religión es una exigencia de la vida, un capricho de los hombres, al que hay que satisfacer... ellos, los miembros protestantes, son los artistas de sus iglesias, ganando de esta suerte su sustento. (4)
Don Joaquín iba acumulando conocimientos y experiencias humanas. La religión no sería nunca para él un medio de vida, sino finalidad de su existencia.
Vivía en Pouhkeepesie, N. Y. (St. Andrew —on— Hudson), y, dotado para la oratoria sagrada, se inició en el difícil arte de impartir ejercicios espirituales a muy diversos auditorios. En The Xavier Haigh School los dio, muy eficaces, a las Siervas de María.


Le llegó el tiempo de hacer su tercera probación (equivalente a un segundo noviciado en el que se revisa la vida y experiencias concretas dentro de la Compañía de Jesús, antes de seguir adelante), y ésta la hizo en Poughkeepesie.
Armado caballero de la milicia ignaciana, probada su vocación y examinadas sus experiencias, fue enviado nuevamente a la provincia mexicana.
El 13 de abril de 1932 tuvo a su cargo el piadoso sermón dentro de las solemnidades litúrgicas en honor del Patriarca Señor San José, en el mismo templo donde había recibido las órdenes sacerdotales, dos años atrás.
Dos semanas más tarde, en la Santa Iglesia Catedral, por disposición del arzobispo, doctor y maestro Francisco Orozco y Jiménez, ocupó la cátedra sagrada en la misa solemne que, "para honrar al eximio protector del catecismo en la arquidiócesis", celebró de pontifical el obispo auxiliar, monseñor José Garibi Rivera.
Con su verbo elegante y emotivo, el padre Sáenz contagiaba a su auditorio la firmeza de su credo, su fidelidad a la Iglesia, su devoción mariana. No eran, sus sermones, aburridos panegíricos, sino lecciones que descubrían las esencias evangélicas, dichas con la claridad, la sencillez, la sinceridad de un verdadero apóstol de Cristo.

 

Antonio Rius Facius


¡EXCOMULGADO!


1980


NOTAS

 

1) El Sol de México. Diario. 21 de diciembre de 1971.
2) José Ignacio Arciga y Ruiz de Chávez (1830-1900), nació en Pátzcuaro, Mich., allí hizo sus primeros estudios. Ingresó al Seminario de Morelia en 1846 y fue ordenado presbítero en 1853. En el Seminario impartió las cátedras de matemáticas, física y teología hasta que el edificio de la institución fue confiscado en 1859 por el gobierno liberal. De 1862 a 1866 atendió el curato de Guanajuato. Recibió nombramiento de canónigo magistral y obispo auxiliar de Morelia. Ilustre arzobispo de Michoacán durante casi 31 años (1869 a 1900) realizó la floreciente restauración de la arquidiócesis. Restableció el Seminario en un hermoso edificio de estilo neoclásico al que instaló laboratorios, gabinetes, observatorio astronómico, surtida biblioteca. En 1882 contaba este Seminario con 600 alumnos y en los que abrió en Pátzcuaro, Celaya, Santa Cruz, La Piedad y Puruándiro se albergaron 500 estudiantes. En Morelia instaló el Colegio Teresiano para niñas, que alcanzó fama y llegó a tener un mil alumnos. Durante su ministerio ordenó 760 sacerdotes. Murió en la ciudad de México el año de 1900.
3) Lara y Torres, Mons. Dr. Leopoldo. Documentos para la historia de la persecución religiosa en México. Editorial Jus, S. A. México, D. F., 1954. Págs. 223-249.
4) Stoddard, John L. Reedificando una fe perdida. Traducción del presbítero doctor Joaquín Sáenz Arriaga. 4 edición. Buena Prensa, México, D. F., 1956. Pág. 183.

Fuente: Fundación San Vicente Ferrer