domingo, 22 de noviembre de 2020

¿FUE CRISTO UN REVOLUCIONARIO? Por Miguel Poradowski



Por MIGUEL PORADOWSKI (QEPD)

Doctor en Teología, Filosofía y Derecho


Nació en Polonia el 4 de Septiembre de 1913, nacionalizado chileno en 1965.
Residió en Chile desde 30 de Diciembre de 1949, murió en Polonia
el 16 de junio de 2003


Tuve la gracia de conocerlo, ser su alumno y amigo. El Padre Miguel era un intelectual notable, de los que no abundan, sabio y santo, de nacionalidad polaco. Desarrolló su vida académica en innumerables universidades del mundo. Hizo clases en la Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Fue amado por sus amigos y odiado por sus adversarios, su vida estuvo marcada por el sufrimiento y la persecución, al dejar la cátedra, sus últimos años trabajó de taxista en Chile para poder vivir. Dentro del siglo XX, fue uno de los intelectuales mejor conocedores del marxismo y del comunismo a nivel mundial, ideología que conoció y régimen que sufrió en carne propia al haber estado recluido en un campo de reclusión comunista. 

Presento este artículo, en un momento muy candente de la política en el mundo, especialmente en Europa y América, donde presenciamos, día a día, actos vandálicos de una violencia nunca vista, que deja atónitos y perplejos, incluso, a los más indolentes e indiferentes ciudadanos. En este artículo, podremos encontrar algunas razones de fondo que animan a los sujetos violentistas en nuestras naciones y qué objetivos persiguen.[Nota del editor del blog]


Se habla hoy día, frecuentemente, de Cristo como de un revolucionario e incluso se pretende presentarlo como un modelo del revolucionario; de ahí la pregunta de muchos: ¿fue Cristo un revolucionario?

Para contestar esta pregunta -que para unos es una blasfemia, mientras que para otros es un título honorífico- conviene recordar que, tanto el término «revolución», como también el término derivado de él, «revolucionario», son usados en distintos sentidos.

En efecto, el término «revolución» se emplea, desgraciadamente, en muchos sentidos, incluso contradictorios, que podríamos reducir a dos principales, a saber: general y limitado.

En el sentido general y amplio, revolución significa todo cambio brusco y completo; o sea, hacer las cosas al revés; o bien tomar una posición completamente opuesta a la anterior. En este sentido, el término «revolución» puede ser aplicado a todos los aspectos de la vida social, incluso en las ciencias. En la astronomía tenemos, por ejemplo, la así llamada «revolución copernicana»: no es el Sol que gira alrededor de la Tierra, sino al revés, es la Tierra que gira alrededor del Sol. En física tenemos el paso del concepto de átomo como partícula, la más pequeña, simple e indivisible, al concepto contrario de átomo como núcleo compuesto de protoplasma y electrones. En la filosofía, por ejemplo, el paso del realismo al idealismo. En teología, por ejemplo, el paso del teocentrismo al antropocentrismo.

En un sentido más restringido, limitado sólo a lo sociológico la revolución significa un cambio brusco y violento en la estructura de la sociedad, efectuado por la destrucción violenta y completa de la sociedad histórica; por la demolición violenta y deliberada del edificio social, bajo el pretexto que ya no sirve, que no puede ser mejorado, modernizado, porque lo nuevo sólo puede ser construido sobre las ruinas y los escombros de lo viejo.

A los dos conceptos de «revolución», arriba mencionados, corresponden los dos conceptos del «revolucionario». Así, tenemos a un «revolucionario», Copérnico, quien introduce un cambio completo y brusco en la astronomía y, por ende, en toda la cultura y cosmovisión, y a tantos otros científicos quienes, de vez de cuando, revolucionan las distintas ciencias, sin provocar ningún cambio destructivo en la misma sociedad, sino solamente cambios-reformas, que, por muy profundas y radicales que sean, no son destructivas, sino constructivas, pues permiten que la sociedad histórica, es decir, la tradicional, se perfeccione y siga desarrollándose sin sufrir interrupción en su vida histórica, pasando solamente a una nueva fase, pero guardando la continuidad.

Se trata, pues, de los revolucionarios pacíficos, que introducen grandes y radicales cambios, sin hacer daño a nadie ni a nada. Lo único que les mueve en su labor «revolucionaria» es el amor a la verdad y el· amor es siempre constructivo y nunca destructivo. Huelga decir que estos «revolucionarios-reformadores» provocan también no menos revolucionarios cambios en la vida y estructura de la sociedad. En este sentido, Cristo es el más grande revolucionario-reformador» en la historia.

Tenemos también el otro tipo del «revolucionario» que corresponde al concepto sociológico de la revolución, arriba mencionado. Se trata del caso patológico del revolucionario que solamente busca la completa destrucción de la sociedad histórica, la cual, sin embargo, por muy mala que parezca, siempre tiene también algo apreciable, positivo, bueno y de valor y, por ende. no debería ser destruida sino reformada, mejorada, limpiada de sus tatas, vicios e imperfecciones. Incluso cabrían en algunos casos medidas drásticas, radicales, es decir, de reformas muy profundas, pero siempre hechas con el afán de salvar a la sociedad y no destruirla.

Una sociedad histórica puede estar -como una persona gravemente enferma y necesitar una intervención quirúrgica, dolorosa, pero que siempre se proyecta en vista al bien del enfermo, para su salvación, su retorno a la salud y, por esta razón, las medidas aplicadas no son en realidad del carácter revolucionario sino reformador, pues no están motivadas por el afán de la destrucción, sino por la preocupación por el mejoramiento, no movidos por el odio, sino por el amor. En nuestro época -que comienza con la revolución industrial y la Revolución Francesa- el concepto y el término del «revolucionario» se identifica con el concepto del «revolucionario profesional», elaborado durante la Revolución Francesa (Babeuf y Buonarrotti), desarrollado y profundizado durante las revoluciones siguientes (los hermanos Blanqui), y que encontró una definición y precisión en el famoso Catecismo del revolucionario, atribuido por unos a Bakunin y por otros a Niechayev (1).

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(1)        La polémica sigue al respecto; véase: Le Contrat Social, vol. I, núm. 2. Dado que el texto completo del «Catecismo del revolucionario»- es poco conocido, nos parece conveniente citar algunos párrafos ilustrativos:

«1. El revolucionario es un hombre consagrado. Él no tiene intereses personales, ni negocios, ni sentimientos, ni ligazones, ni propiedad, ni un nombre siquiera. Todo en él está absorbido por un solo interés exclusivo, por un solo pensamiento, una sola pasión: la revolución.

2. En la profundidad de su ser, no sólo en las palabras, sino, de hecho, él ha roto toda relación con el orden civil y con todo el mundo civilizado. Con las leyes, las conveniencias; con la moralidad y las convenciones generalmente reconocidas en este mundo. De esto es el enemigo implacable. Y si él continúa viviendo en este mundo no es· sino para destruirlo con más seguridad.

3. Un revolucionario desprecia toda doctrina y renuncia a la ciencia de este mundo, dejándola para las generaciones futuras. El no conoce más que· una sola ciencia: la ciencia de destrucción. Para eso y nada más que para eso él estudia la mecánica, la física, la química y tal vez la medicina. Con el mismo objeto estudia, día y noche, la ciencia viviente: los hombres, los caracteres, las posiciones y todas las condiciones de orden social actual en todas las esferas posibles. El fin es el mismo: la destrucción más rápida y segura de ese orden de porquería.

4. Desprecia la opinión pública. Desprecia y odia la moral social actual en todos sus instintos y en todas sus manifestaciones. Para él es moral todo, lo que, que favorece el triunfo de la revolución, e inmoral y criminal todo lo que lo dificulta.

5. El revolucionario es un hombre consagrado. No tiene compasión para el Estado en general y para todas las clases civilizadas de la sociedad. Ni él debe esperar más piedad para sí mismo. Entre él y la sociedad hay lucha a muerte; abierta u oculta, pero siempre incesante e irreconciliable. Debe habituarse a soportar la tortura.

6. Severo consigo mismo, debe serlo también para con los demás. Todos los sentimientos de afecto, los sentimientos suavizantes de parentesco, de amistad, de amor, de reconocimiento deben ser aventados en él por la pasión única y fría de la obra revolucionaria. No existe para él más que una sola alegría, un solo consuelo, una recompensa y una satisfacción: el éxito de la revolución. Noche y día debe él tener un solo pensamiento, un solo fin: la destrucción implacable. Persiguiendo ese fin, fríamente y sin descanso, debe estar dispuesto a perecer y hacer perecer por sus · propias manos a todos aquellos que le impiden lograr ese fin,

8. El revolucionario no puede tener amistad ni afecto sino por hombres que hayan probado, con sus actos, que son como él mismo, agentes revolucionarios. El grado de amistad, de dedicación y las demás obligaciones hacia un compañero tal, no se miden sino por su grado de utilidad para llevar a cabo la obra práctica de la revolución.

9. Un revolucionario entra en el mundo del Estado, en el mundo de las clases, en el mundo así llamado civilizado; y vive en ese medio sólo porque tiene fe en su destrucción próxima y total. No es revolucionario si anda en ese mundo con miramientos, cualesquiera que sean. No debe vacilar ante la destrucción de una posición cualquiera, de un lazo o de un hombre que pertenezcan a ese mundo. Debe aborrecer todo y a todos por igual. Tanto peor para él si tiene en ese mundo ataduras de parentesco, de amistad o de amor. Si esos lazos pueden detener su mano, no es revolucionario.

10. Persiguiendo el fin de una destrucción implacable, un revolucionario puede, y a menudo debe, vivir en medio de la sociedad, fingiendo completa indiferencia por lo que verdaderamente es. Un revolucionario debe penetrar en todas partes, en la clase alta como en la media, en el almacén del comerciante, en la Iglesia, en el palacio aristocrático, en el mundo burocrático, militar y literario, en la tercera sección (policía secreta) y aun en el palacio imperial». Estos ejemplos, entresacados de los 26 largos párrafos, son suficientes para darse cuenta de que solamente un hombre anormal, un psicópata o un- endemoniado pudo componer este Catecismo del revolucionario y sólo las personas anormales, desequilibradas o posesas pueden tomar en serio estos principios de vida. Marx y sus seguidores: Lenin, Trotsky y Stalin sus «revolucionarios profesionales», formados y educados en las escuelas de Capri y de Longjumeau, que hicieron la revolución bolchevique y que tienen actualmente a tantos seguidores en todas partes del mundo, dan el triste testimonio de la tenebrosa presencia de Satanás en la sociedad humana.

 

Los revolucionarios del siglo XIX y del XX, los socialistas, comunistas, marxistas y neo-marxistas, empezando por el mismo Marx, pasando por Lenin, Trotsky, Stalin y Mao y llegando a Fidel Castro y a los tupamaros, brigadas rojas, miristas («Movimiento Izquierda Revolucionaria), chilenos, venezolanos, bolivianos y otros, se identifican con el ideal del «revolucionario profesional», descrito en el Catecismo del revolucionario, incluso los que no leyeron este documento y no saben que existe. Se trata de un caso de la patología social, pues es un caso de complejo de odio, odio de sí mismo proyectado a la sociedad (2).

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(2) Estas son las conclusiones del libro sobre Karl Marx de la escritora francesa, judía, profesora de la Universidad de Besanşon, Françoise P. Lévy (Karl Marx: histoire d'un bourgeois allemand, Grasset, Paris, 1976).


En el fondo se trata del satanismo, un tema demasiado amplio para ser tratado en esta oportunidad, pero que debe ser mencionado, pues, de otra manera, el hecho mismo sigue sin explicación. Es evidente que las teorías modernas de la psicología respecto al «trauma» no llegan al fondo del asunto.

Ahora bien, si es así -que los revolucionarios de nuestro tiempo se identifican con el ideal del «revolucionario profesional», descrito en el Catecismo del revolucionario y, por ende, con el satanismo-- es evidente que no se puede hablar de Cristo como un revolucionario, pues no solamente sería eso la más grande blasfemia, sino también lo absurdo. Incluso si se habla de Jesucristo (3) solamente como un

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(3) En las obras que se refieren a este tema, escritas principalmente por los judíos, protestantes y ateos marxistas-leninistas confesos, en los últimos cincuenta años, empezando por la infame obra de David Strauss (1835), Das Leben Jesu, se usan nombres: «Jesucristo», «Cristo» o «Jesús» sin distinción ninguna, lo que, desde el punto de vista católico es evidentemente inaceptable.


personaje histórico -que, como tal, tiene que ser aceptado por todos, incluso por los no creyentes--, Cristo es un personaje que siempre es movido por el amor al hombre y que siempre busca la felicidad del hombre, no solamente la eterna, sino también la Terrenal. Identificar, pues, su papel histórico con la revolución, movida por el odio y por el afán de destrucción, es sencillamente absurdo. Jesucristo fue un reformador radical, preocupado por el perfeccionamiento del hombre y de la sociedad; no un destructor, sino un constructor y esto lo tiene que reconocer toda persona honesta y objetiva, sea creyente o atea. Quien quiere ver en Cristo a un revolucionario e incluso un modelo del revolucionario marxista, se engaña a sí mismo y engaña a los demás.

¿Quiénes son, en realidad, casi todos los revolucionarios? ¿De dónde provienen, de qué grupo social? Casi siempre y casi exclusivamente provienen de la clase alta o de la burguesía adinerada, como denunció en su tiempo Donoso Cortés, haciendo su «estudio profundo de las revoluciones». No provienen casi nunca de la clase obrera o campesina, es decir, no se reclutan casi nunca entre los trabajadores (4), Casi todos los «revolucionarios profesionales» se reclutan entre los «señoritos», alérgicos al trabajo, burgueses (5), hijos de los «liberales» y de los «capitalistas», descastados; y siempre, por regla general, las revoluciones se hacen en favor de la burguesía y nunca a favor de la clase obrera. Los «revolucionarios profesionales» saben cómo servirse de la «cuestión social» y cómo manejar los dolorosos problemas de los obreros y campesinos y son ellos quienes pagan el «costo social» de la revolución de los «señoritos».

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(4) Usando el término «trabajador» en el sentido amplio, dado por la encíclica Laborem exercens.

(5) Claro e8tá que a ellos se juntan también otros «señoritos» alérgicos al trabajo, de las clases bajas de la sociedad: los ladrones, los cogoteros, los aventureros.

La opinión de Donoso Cortés, según la cual las revoluciones son casi siempre hechas por las clases altas de la sociedad, que para este propósito se sirven de las clases bajas, está basada principalmente en un estudio minucioso de la revolución francesa. Asimismo, las revoluciones siguientes también confirman esta opinión. Las teorías «sociológicas» aprioristas (que por ser aprioristas no merecen el nombre de sociológicas, sino de «sociológicas», entre comillas, pues lo que es apriorista no puede ser reconocido como Sociológico, sino como una simple opinión gratuita), que pretenden explicar las revoluciones por los conflictos sociales reales, implícitos e inevitables de algunos tipos de sociedades, sobre todo en caso de sociedades muy heterogéneas, raras veces encuentran confirmación en los hechos. Así, por ejemplo, se pretendió explicar el fenómeno de la revolución bolchevique de 1917. Sin embargo, los detallados estudios posteriores demostraron que los conflictos reales, es decir, los no despertados artificialmente por la propaganda subversiva dirigida desde Berlín, fueron en este tiempo muy débiles en Rusia y que «el pueblo» (las capas bajas de la sociedad) fue sorprendido por la revolución y en ningún momento se sintió protagonista de ella. Extraordinario material informativo al respecto se halla recogido en el interesantísimo libro L'utopie au pouvoir, de los autores soviéticos disidentes, Michel Heller, actualmente profesor de la Universidad de Paris (Sorbonne) y Aleksandr M. Nekrich, actualmente profesor de la Universidad de Harvard. Además, por otra parte, los documentos referentes al papel del gobierno alemán en el desarrollo de la revolución bolchevique, encontrados en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, estudiados y publicados por la Universidad de Oxford (Inglaterra), demuestran que esta revolución fue concebida, organizada y dirigida por el gobierno alemán.

 

El hombre que trabaja, por ser trabajador es, por definición, constructor y no destructor. Mientras que el revolucionario es, por definición, destructor y, por ende, no puede salir de entre los que trabajan y construyen. Cada trabajador aprecia el trabajo-construcción, perfeccionamiento y detesta la destrucción, el desorden, el caos, es decir, el ambiente de vida de un revolucionario. El trabajador es honesto, ama y aprecia la sociedad, pues, por ser trabajador, sabe cuánto cuesta construir; aprecia lo construido, pues es el efecto de su esfuerzo, su sudor, su fatiga y es ajeno y alérgico a todo afán de destrucción. Este afán de destrucción sólo puede brotar en una persona anormal, que nunca trabaja, nunca construye, nunca contribuye a la edificación y perfeccionamiento de la sociedad y al desarrollo de la cultura. Jesús fue un auténtico trabajador, carpintero y agricultor y, por eso (pero no solamente por eso), no pudo ser un revolucionario, un destructor.

Pasando del plano sociológico al plano teológico, conviene Dios-Padre ha creado todo por el Verbo y para el Verbo. Recordar, que, a la luz de la fe, es decir, de la Revelación, Encarnado. Jesucristo, el Verbo encarnado en Jesús, es el Sumiso al Padre, en el absoluto sentido de la palabra y, como tal, no puede ser un «revolucionario», menos todavía en el sentido del «revolucionario profesional» de Bakunin o de Marx, como quieren presentarlo algunos escritores, que siguen al respecto la tradición talmúdica, desde David Strauss y Ernesto Renan hasta los de hoy día «teólogos» (?) de la «Teología (?) marxista de la revolución», los que confunden a Cristo con Satanás (el dominico Jean Cardonnel), el gran rebelde y el «revolucionario profesional» por definición.

Cristo no es y no puede ser un destructor, un rebelde y, por ende, un revolucionario, pues es un constructor «por excelencia» de la única posible sociedad perfecta: la del Reino de Dios.

Visto en:

https://fundacionspeiro.org/revista-verbo/1983/215-216/documento-3237