U.I.O.G.D.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS (Santa Regla 57, 9)

Que Dios sea glorificado en todas las cosas



O LA VERDAD ES ENTERA O NO ES VERDAD

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domingo, 25 de noviembre de 2012

POSICIÓN TEOLÓGICA DE LA SOCIEDAD RELIGIOSA SAN LUIS REY DE FRANCIA y del Centro de Estudios San Benito

Queridos lectores, compartimos con ustedes la Posición Teológica que como Centro de Estudios San Benito profesamos, para ello adherimos al texto de declaración pública de la SOCIEDAD RELIGIOSA SAN LUIS REY DE FRANCIA, fundada y dirigida por nuestro Capellán, Rev. Padre Mauricio Zárate, SRSLRF. [El Editor]

POSICIÓN TEOLÓGICA

Los miembros de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia profesan y se adhieren a la Fe Católica tal como ha sido enseñada sistemáticamente desde Ntro. Sr. Jesucristo. Con la muerte del Papa Pío XII (año 1958) y la convocación del “Concilio Vaticano II”, le ha sobrevenido una situación inaudita a la Iglesia. A fin de preservar la Fe Católica, el Santo Sacrificio de la Misa y los Sacramentos, se redactó la siguiente declaración (basada en la declaración de la Congregación María Reina Inmaculada (CMRI) regida por el Obispo Mark Pivarunas) con el propósito de definir claramente la posición objetiva de Nuestra Sociedad Religiosa.

I. EL CONCILIO VATICANO II. Convocado por “Juan XXIII” para actualizar la Iglesia (celebrado de 1962-1965) decretó e implementó enseñanzas que habían sido anteriormente condenadas por el Magisterio Infalible de la Iglesia. Dichas enseñanzas trataban principalmente las áreas de la libertad religiosa y el falso ecumenismo, censuradas ya por los siguientes Papas: • Gregorio XVI en Mirari Vos (1832); • Pío IX en Quanta Cura y en el Sílabo de errores (1864); • León XIII en Immortale Dei (1865) y en Libertas Humana (1888);• Pío XI en Quas Primas (1925) y en Mortalium Animos (1928); • Pío XII en Mystici Corporis (1943). Por tanto, el “Concilio Vaticano II” ha de ser rechazado como conciliábulo, pues ha errado en su magisterio sobre la fe y la moral.

II. EL NOVUS ORDO MISSÆ. Después del “Vaticano II”, se establecieron varias comisiones para modernizar la Misa y el ritual de los Sacramentos. Dicha comisión encargada de modernizar la Misa incluyó reconocidos teólogos protestantes y según las palabras del Cardenal Alfredo Ottaviani: “[El Novus Ordo Missæ] representa un alejamiento sorprendente de la teología católica de la Misa, tal como fue formulada en la sesión XXII del Concilio de Trento.” La consecuencia de esta actualización fue la redefinición de la Misa (que ahora se asemeja a la Última Cena de Lutero), la alteración de las oraciones del ofertorio — con lo cual se suprime el concepto de un sacrificio expiatorio — y la modificación sustancial de las palabras consagratorias (esto último sucede en las traducciones al vernáculo). Esta nueva misa, conocida con el nombre de Novus Ordo Missæ, contradice previas enseñanzas y decretos infalibles de la Iglesia católica como ser: • Quo Primum y De Defectibus del papa san Pío V; • el decreto del Concilio de Trento sobre el santo sacrificio de la Misa (sesión XXII), • Apostolicae Curae del Papa León XIII (1896), • Mediator Dei del papa Pío XII (1947), • Sacramentum Ordinis del papa Pío XII (1948). Por tanto, el Nuevo orden de la misa es inválido, por más que sea ofrecida por el mismísimo Sto. Tomás de Aquino, ya que no es un problema de idioma sino de rito; por esto la participación activa en ella sería un pecado grave para cualquier católico fiel.

III. LOS NUEVOS RITOS SACRAMENTALES. De los nuevos ritos que el Vaticano II fabricó para los siete Sacramentos puede decirse lo mismo que del Novus Ordo Missæ: en la medida en que la materia, la forma y la intención de cada uno de ellos haya sido sustancialmente alterados, debe considerarse inválidos. La Iglesia católica siempre ha enseñado, sin duda, cuál es la materia, forma e intención apropiadas en la hechura de los Sacramentos. I

V. LA IGLESIA DEL VATICANO II. Por sus cuatro marcas que son: Unidad, Santidad, Catolicidad y Apostolicidad, la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo. Más como la nueva misa, los nuevos ritos sacramentales y las enseñanzas del Vaticano II constituyen un alejamiento manifiesto de las enseñanzas tradicionales de la Iglesia Católica, debe concluirse que esta iglesia nueva, católica de nombre únicamente, no posee las primeras dos marcas que son: la Unidad y la Santidad. Su obvia desviación en los últimos cuarenta años de lo que la Iglesia católica siempre ha sostenido lleva a una sola conclusión: se ha creado una nueva iglesia ecuménica que se encuentra en contradicción con la Verdadera Iglesia Católica.

V. LA JERARQUÍA DEL VATICANO II. Considerando lo anterior, debe inferirse que la jerarquía moderna, habiendo aprobado e implementado los errores del Vaticano II, ya no representa a la Iglesia Católica ni a su autoridad legal. Esto incluye a quienes han confirmado, aprobado, decretado e implementado las mencionadas enseñanzas heréticas, es decir, a Paulo VI (Montini) y Juan Pablo II (Wojtyla) y Benedicto XVI (Ratzinger); sobre Juan Pablo II debemos decir que, no sólo es sospechoso de herejía, sino que manifestó pertinacia cuando convocó (y participó en) servicios religiosos ecuménicos con acatólicos y religiones no cristianas, cuando impuso las herejías del Vaticano II y cuando promulgó un nuevo Código de Derecho Canónico tan perjudicial a la fe y la moral. Por tanto, si el Primer Concilio Vaticano decretó infaliblemente: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia,” estas palabras son ratificadas por sus efectos, porque en la Sede Apostólica la religión católica siempre se ha preservado sin mácula [...] la Sede de San Pedro permanece siempre intacta de cualquier error, según la promesa divina de Nuestro Señor;” y Juan Pablo II ha enseñado manifiestas herejías, promoviendo el ecumenismo y fomentado el culto entre las diferentes creencias; claramente no puede ser reconocido como sucesor de San Pedro en el primado.

VI. EL NUEVO CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO. Y para implementar las enseñanzas del Vaticano II, fue necesario que los modernistas cambiaran el Código de Derecho canónico de 1917, pues contradecía sus designios al reflejar la mente de la Iglesia en sus doctrinas y disciplinas pasadas. El nuevo código contiene un tópico muy perturbante para el católico informado: según la nueva ley de la iglesia moderna, los no católicos pueden, en ciertas circunstancias, pedir los “sacramentos” a un sacerdote católico (sin tener que abjurar de sus creencias heréticas), y éstos pueden administrárselos. El Concilio de Florencia, así como el Código de Derecho canónico de 1917 (canon 731), estrictamente prohíben esto. Por tanto, como las leyes universales de la Iglesia están protegidas por su infalibilidad, y no pueden imponer obligaciones opuestas a la fe y la moral, el Nuevo Código debe ser considerado como carente de toda fuerza legal; añádase que ha sido promulgado por los que ya no representan a la autoridad católica.

VII. EL CAMINO A SEGUIR DE LOS SACERDOTES CATÓLICOS. Debido a la situación inusual de la Iglesia Católica y a la responsabilidad moral que tienen los fieles de recibir los sacramentos válidos, los sacerdotes fieles sin duda deben continuar su misión, santificando a los fieles a través del ofrecimiento del Santo Sacrificio de la Misa, la administración de los Sacramentos, y otras obras pastorales; pues la misión de la Iglesia es que la Gloria de Dios y la Salvación de las almas sea la máxima ley. Asimismo, seguirán teniendo como guía (aunque no obliga) el Código de Derecho canónico de 1917.
Texto tomado de : http://capillavedia.blogspot.com/

sábado, 24 de noviembre de 2012

Señales de amistad para con un enemigo

Casos de conciencia tomados de The Casuist
(Joseph F. Wagner Publishers, NY, 1906)


Juan Smith, un católico adinerado y prominente, se acusa en confesión de llevarse mal con uno de sus hijos. Parece que uno de los hijos del Sr. Smith, un joven de hábitos inestables, se casó, hace más de un año, con una actriz de vodevil no católica y, según varios testimonios, es joven de antecedentes y tendencias caprichosos. Como el Sr. Smith y toda su familia estuvieron muy opuestos a este matrimonio, e hicieron todo lo posible por detenerlo, sin éxito, se sienten muy lastimados por el hecho y rehúsan tener nada que ver con el joven y su esposa. El Sr. Smith ha dejado al joven fuera de su testamento, le ha prohibido la entrada a su casa, recientemente le negó presentarse a sus bodas de oro, aun cuando todos los otros parientes estuvieron presentes; rehúsa reconocer al joven ya sea en público o en privado, regresar sus saludos o permitir cualquier intento de avance hacia la reconciliación, sea de parte del joven mismo, sea de sus amigos. ¿Es justificable la conducta del Sr. Smith ante Dios o es pecaminosa?

[Algunas veces pasa, aun en círculos tradicionalistas, que surgen graves desacuerdos entre amigos y conocidos, y algunas veces incluso entre padres y sus hijos adultos. El siguiente caso moral ofrece algo de orientación práctica en el manejo de casos de esta naturaleza, y contiene una exhortación a una solución virtuosa de la dificultad. — Editor.]

Principios: Este caso cae bajo el encabezamiento: “de amore inimicorum.” La ley de la caridad nos impone una doble obligación en relación con nuestro enemigo. Primero, no debemos desearle mal; segundo, debemos desearle bien.

Primero: No debemos desearle a nuestro enemigo mal; esto es, no debemos devolver mal por mal, ni abrigar un espíritu de venganza. Debemos perdonar la ofensa personal cuando se pida, y no siempre inmediatamente. En algunas ocasiones puede haber causa justa para postergar el perdón a fin de manifestar el dolor sufrido por causa de la ofensa. Pero en otras ocasiones, estaremos obligados a realizar el primer avance hacia la reconciliación, para impedir el escándalo o para salvar a nuestro enemigo del pecado, si lo podemos hacer sin crearnos muchos problemas.

Segundo: Debemos desearle el bien a nuestro enemigo; esto es, debemos incluirlo en nuestras oraciones. Debemos socorrerlo en sus necesidades, como lo haría cualquier otro. Y si procedemos indiscriminadamente con caridad para con un gran número de personas, no debemos excluir a nuestro enemigo, pues esto sería una señal de venganza; y si nos unen lazos de sangre, etc., estamos obligados a mostrar a nuestro enemigo esa buena voluntad que mostramos a otros con quienes no existen los mismos vínculos. Pero las marcas especiales de amistad que no debemos a nadie en particular, ya por razón de su condición personal o por las costumbres del país, no estamos obligados a mostrar a nuestro enemigo.

Aquí debemos señalar que una cosa es abrigar un espíritu de venganza, y otra muy distinta desear la reparación de derechos ultrajados. Es perfectamente legítimo desear la restauración de nuestro buen nombre, o la restitución de nuestra propiedad robada, y buscar la acción de la ley para obtenerlo; sí, incluso buscar el proceso criminal contra el ofensor para castigarlo. Si esto se hace por amor a la justicia, armoniza con la ley de la caridad. Si se hace con espíritu de venganza, es, por supuesto, pecaminoso. Una vez hecha la satisfacción, debemos perdonar la ofensa personal. Pero hasta que no se haga, esto no se nos pide.

En cuanto a lo de saludar a los que nos han ofendido gravemente, la doctrina de san Ligorio, Tamburini, Mazotta y otros puede resumirse así: No estamos obligados a saludar a los que nos han ofendido injustamente, a menos que ellos realicen los primeros avances, a menos que se trate de un superior, o a menos que el no saludar a nuestro enemigo por mucho tiempo pueda interpretarse como señal de odio. Mas, si nuestro enemigo nos saluda primero, estamos obligados a responder su saludo; puede que en una u otra ocasión estemos justificados en rehusar reconocer su saludo para mostrar que nuestros sentimientos han sido heridos. En pocas palabras, la omisión de los saludos ordinarios y las marcas de buena voluntad que pasan entre los hombres deben tomarse, a veces debido a las circunstancias, no como señal de odio o venganza, sino solo como señal de pena comprensible. Si, por tanto, debido a las circunstancias, la negación por un tiempo de los saludos ordinarios ha de interpretarse como la manifestación de sentimientos heridos, y si de hecho la negación procede no del espíritu de odio o la mala voluntad, tal negación no es pecaminosa. Si, no obstante, dadas las circunstancias, la negación de las señales habituales de buena voluntad han de interpretarse como señal de odio o venganza, entonces tal negación es pecaminosa, aun cuando no surga de sentimientos de odio o venganza.

Aplicación de los principios: El hijo del Sr. Smith se convirtió en su enemigo. Dio a su padre causa justa para sentirse herido y ultrajado. Causó a su padre y a su familia un mal grave. Aunque es enemigo, no debemos olvidar los vínculos especiales de sangre que los unen. ¿Estuvo justificada la conducta del Sr. Smith en cada instancia? Debemos abordar cada una por separado.
Primero, el Sr. Smith quita a su hijo de su testamento. ¿Es este acto “contrario a la justicia” o solo “contra la caridad,” o está totalmente libre de culpa? El que los padres quiten a sus hijos de sus testamentos no parece ser contrario a la virtud de la justicia estricta. Algunos piensan que sí; otros, que no. El P. Genicot piensa que no. El P. Lehmkuhl piensa que sí. Genicot dice: “No pienso que un padre pecaría gravemente si, sin causa justa, favorece a un hijo sobre otro, a diferencia de la opinión que sostiene Lehmkuhl” (I. n. 677). “Si alguien, por odio, deja a sus hijos solo la parte fijada por la ley, o ignora por entero a los parientes cercanos no indigentes, ese estaría obligado seriamente a deshacerse de su odio; mas solo puede exhortársele a ser más generoso, pues aquí ejerce él su derecho” (Ibid.).

Lehmkuhl piensa que donde no hay causa justa ni clara, los padres pecan contra la justicia al preferir a un hijo sobre otro (I. n. 1155).

De Lugo piensa que esto no va contra la justicia: “Por ello, en el caso de un hombre moribundo que no está dispuesto a dejar nada a sus parientes cercanos o nada en exceso a lo prescrito por la ley a sus hijos, el confesor debería forzarlo a renunciar a este odio, si es que está motivado por el odio o la venganza, y también exhortarlo a preocuparse por estas personas. No obstante, el confesor no ha de rehusarle la absolución al hombre indispuesto a ayudar a sus parientes si las necesidades de estos no son de tal grado que lo obligaran a ayudar a aquellos con quienes ha estado relacionado íntimamente por mucho tiempo” (disp. 24, n. 175).

La acción del Sr. Smith, por tanto, de dejar fuera a su hijo, no va manifiestamente contra la justicia. ¿Es contra la caridad? Si está motivado por el odio o la venganza, sí lo es, y gravemente. Si no está motivado por el odio, sino por el miedo de que el hijo pueda abusar de su herencia, no lo es. Las leyes de este país dan libertad al padre en legar sus bienes a sus hijos. En este caso, las pruebas favorecen al padre. El historial del hijo promete un futuro pobre. Es muy probable que el hijo quede desheredado. El acto del padre, por consiguiente, difícilmente puede interpretarse como que evidentemente va contra la caridad. Con todo, sería más sensato si el padre hiciera algunas previsiones para su hijo, como una asignación anual que no pudiera ser abusada. Con respecto a la prohibición de entrada del hijo a su casa, debemos distinguir. Si el joven se ha reformado o está tratando de reformarse, el Sr. Smith puede prohibirle su casa por un tiempo, para expresar sus sentimientos de indignación. Mas un años es, sin duda, un límite seguro. El joven tiene una casa propia ahora, y ya no tiene el mismo derecho a la casa de su padre. Sin embargo, seguir rehusándole admisión sabe a odio y venganza, y el padre debe desistir so pena de negársele la absolución.

Mientras el hijo rehuse reformarse, el padre no está obligado a recibirlo.

Que el Sr. Smith rehusara invitar al hijo a sus bodas de oro puede que haya sido simplemente una medida de prudencia. La presencia del hijo muy probablemente hubiera causado problemas, recriminaciones y, tal vez, un escándalo general; y si su esposa hubiera asistido, la probabilidad se haría certeza.

Si, por otro lado, el joven y su esposa hubieran ambos hecho borrón y cuenta nueva, esta hubiera sido una excelente ocasión para ocasionar un entendimiento, y, a menos que se presentaran graves dificultades, el Sr. Smith difícilmente podría haber rehusado la invitación sin cometer pecado.
Lo mismo puede decirse del rechazo del Sr. Smith de reconocer a su hijo en público o en privado. Si el hijo se mantiene por el rumbo equivocado, el Sr. Smith puede seguir dando la expresión de su disgusto rehusando reconocerle. Si el hijo se ha reformado, el Sr. Smith está obligado en conciencia a reconocerle. Puede abstenerse por un tiempo, digamos unos meses, de reconocer a su hijo, pero el seguir haciéndolo debe interpretarse a la luz del odio y la venganza. Y su constante negativa de regresar los saludos de su hijo o de abrir el camino para una reconciliación hace que el Sr. Smith sea indigno de la absolución. Parece evidente a partir del caso que el Sr. Smith es de un carácter severo, y nada debe pedirse de él que lo absolutamente necesario. Mas lo que requiere la ley de Dios debe insistirse con gran firmeza, porque un hombre de este carácter fácilmente se engaña creyendo que su conducta está motivada por un amor a la honradez y a la justicia, mientras que en realidad está motivada por un espíritu de animosidad y venganza.

Texto tomado de: http://www.cmri.org/span-07-enemy.html

martes, 17 de abril de 2012

MISTERIO INIQUIDAD

Investigación teológica, histórica y canónica

MISTERIO DE INIQUIDAD

Prefacio de Mons. Dolan

El misterio de iniquidad ya está obrando ciertamente. Solo (hay)
el que ahora le detiene hasta que aparezca de en medio (San Pablo).
INICUO (adj.): 1. adj. Contrario a la equidad. 2. adj. Malvado, injusto.

INIQUIDAD: 1. f. Maldad, injusticia grande.

Traducido del francés por Hernán Federico Buteler Bonaparte ____________________________________________________________
Nota del editor de la edición francesa: esta obra es el fruto de una larga
investigación en la que han participado sacerdotes de Europa y de América
. A Nuestra Señora de La Salette, que como Madre Previsora,
ha anunciado todo y que nos quiere en su ejército
A Nuestra Señora del Sagrado Corazón
A San José, protector de la Santa Iglesia
Al papado, que nos ha guiado a lo largo de nuestra pesquisa
sobre el “misterio de iniquidad”. Pues, como lo decía ya Santo
Tomás de Aquino (Quaestiones quodlbetates, q. 9, a. 16): “Es
necesario atenerse a la sentencia del papa, a quién pertenece
pronunciarse en materia de fe, mucho más que a la opinión
de todos los sabios”
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Tabla de Materias

PARTE 1: GENERALIDAD

1.1 PREFACIO DE MONS. DOLAN
1.2 PRÓLOGO
1.3 INTRODUCCIÓN
1.3.1. Algunas citas asombrosas
1.3.2. El plan masónico de infiltración de la Iglesia romana
1.3.3. Investigación teológica, histórica y canónica
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PARTE 2: INVESTIGACIÓN TEOLÓGICA:
LA INFALIBILIDAD PONTIFICIA

2.1 ¿PUEDE UN PAPA DESVIARSE DE LA FE?
2.1.1. La infalibilidad pontificia prefigurada por la cátedra de Moisés.
2.1.2. Los Evangelios
2.1.3. Los Padres de la Iglesia
2.1.4. Santo Tomás de Aquino
2.1.5. Los Papas
2.1.6. Conclusión.
2.2 ¿PUEDE OCURRIR QUE UN PAPA ENSEÑE UN ERROR EN LA FE?
2.3 ¿PUEDE UN PAPA CAER EN LA HEREJÍA EN TANTO QUE “DOCTOR PRIVADO”?
2.3.1. El rechazo de la noción de “doctor privado” por los Padres del Vaticano
2.3.2. San Belarmino refuta a los partidarios de la tesis del “doctor privado hereje”
2.3.3. Los Padres del Vaticano comentan el “formulario de Hormidas”: los Pontífices Romanos son “inmunizados contra el error”
2.3.4. Un Papa no fallará “jamás” en la fe: tal es el dogma definido por Pío IX y los padres del Vaticano
2.3.5. Conclusión
2.4 ¿LA HISTORIA DE LA IGLESIA CONOCE CASOS EN LOS QUE UN PONTÍFICE HAYA SOSTENIDO UNA HEREJÍA?
2.4.1. Fábulas calumniosas cien veces refutadas
2.4.2. San Pedro
2.4.3. San Liberio
2.4.4. Honorio 1º
2.4.5. Juan XXII
2.4.6. Conclusión
2.5. LAS CORRIENTES HERÉTICAS EN EL ORIGEN DE LA NEGACIÓN DE LA INFALIBILIDAD PONTIFICIA
2.5.1. Los cortesanos de Luis de Baviera
2.5.2. El atentado contra el Papa Bonifacio VIII
2.5.3. Los verdugos de Santa Juana de Arco
2.5.4 El gran cisma de Occidente
2.5.5. Los galicanos
2.5.6. Los husitas
2.5.7. La herejía de Pedro de Osma
2.5.8. Los protestantes
2.5.9. Los jansenistas
2.5.10. Los febronianos
2.5.11. Los francmasones
2.5.12. Los viejocatólicos
2.5.13. Los modernistas
2.5.14. Conclusión
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PARTE 3: INVESTIGACIÓN HISTÓRICA:
INFILTRACIONES ANTIGUAS Y MODERNAS

3.1 UNA CINCUENTENA DE ANTIPAPAS

3.1.1. Algunos datos estadísticos
3.1.2. Usurpadores heréticos o coqueteando con los heréticos
3.1.3. “Anacleto II”
3.1.4. Rampolla
3.1.5. Conclusión

3.2 UNA CENTENA DE CONCILIÁBULOS

3.3 VATICANO II: ¿CONCILIO INFALIBLE O CONCILIÁBULO FALIBLE?

3.3.1 Vaticano II: ¿pastoral o dogmático?
3.3.2 ¿Magisterio infalible extraordinario u ordinario?
3.3.3 Valor de obligación de Vaticano II
3.3.4 Contradicción entre Vaticano II y la doctrina católica
3.3.5 ¿Es permitido refutar ese conciliábulo?
3.3.6 Conclusión

3.4 ¿WOJTYLA ES CATÓLICO?

3.4.1 Una doctrina heteróclita
3.4.2 ¿Wojtyla ha aprobado ex cathedra herejías?
3.4.3 “Creo en Dios Padre Todo Poderoso” (ERRORES SOBRE EL PODER POLÍTICO)
3.4.4 Creo en Dios “Creador de todas las cosas” (EVOLUCIONISMO)
3.4.5 Creo “en un solo Señor Jesucristo” (CRISTO REY DESTRONADO POR EL HOMBRE REY)
3.4.6 Creo en el “Hijo único de Dios” (JESUS NO ES EL MESÍAS)
3.4.7 Creo que el Hijo es “consubstancial al Padre” ( DE LA MISMA NATURALEZA DESPUÉS DE ARRIO Y LA IGLESIA CONCILIAR)
3.4.8 Creo que “ha tomado carne de la Virgen María” (ATAQUE CONTRA EL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN)
3.4.9 Creo que “descendió a los infiernos” (HEREJÍA DE ABELARDO Y DE CALVINO)
3.4.10 Creo que “ascendió a los cielos” (FICCIÓN METAFÓRICA)
3.4.11 Creo que “vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos” (HEREJÍA DE ZANINUS DE SOLCIA AMPLIADA POR WOJTYLA)
3.4.12 “Creo en el Espíritu Santo” (TRES PECADOS WOJTYLIANOS CONTRA EL ESPÍRITU SANTO)
3.4.13 Creo en “la Iglesia una, santa, católica y apostólica” (LA RELIGIÓN A LA CARTA)
3.4.14 Conclusión
_________________________________

PARTE 4: INVESTIGACIÓN CANÓNICA:
LA VISIBILIDAD DE LA IGLESIA

4.1 UN NO CATÓLICO, ¿ES PAPABLE?

4.1.1 Una ley de derecho divino
4.1.2 Un principio constante de la legislación eclesiástica bimilenaria
4.1.3 La constitución apostólica Cum ex apostolatus (1559) del papa Paulo IV
4.1.4 Paulo IV ha emitido un juicio ex cathedra
4.1.5 El papa San Pío V ordena que las prescripciones de Paulo IV sean “observadas inviolablemente”
4.1.6 El papa San Pío X hace insertar la bula de Paulo IV en el código de derecho canónico.
4.1.7 El papa Pío XII confirma la inelegibilidad de los no católicos al soberano pontificado
4.1.8 Conclusión

4.2 ¿RONCALLI, MONTINI, LUCIANI Y WOJTYLA SE HAN DESVIADO DE LA FE ANTES DE SUS ELECCIONES?

4.2.1 El juramento antimodernista de San Pío X traicionado
4.2.2. Aplicación práctica de la ley a Angelo Roncalli
4.2.3 Aplicación práctica de la ley a Giovanni Battista Montini
4.2.4 Aplicación práctica de la ley a Albino Luciani
4.2.5 Aplicación práctica de la ley a Karol Wojtyla
4.2.6 Conclusión

4.3 LA SEDE PONTIFICIA, ¿PUEDE SUBSISTIR TEMPORARIAMENTE SIN PAPA?

4.4 LAS CUATRO NOTAS DE LA IGLESIA VISIBLE

4.4.1 La nota de unidad
4.4.2 La nota de santidad
4.4.3 La nota de catolicidad
4.4.4 La nota de apostolicidad
4.4.5 ¡La iglesia conciliar no posee absolutamente las cuatro notas de la Iglesia visible!
4.4.6 Conclusión
_________________________________

PARTE 5 CONCLUSIÓN GENERAL

5.1 LA INVALIDEZ DE LOS CÓNCLAVES
5.2 LA ABOMINACIÓN DE LA DESOLACIÓN EN EL LUGAR SANTO
5.3 APOLOGÍA DE LA IGLESIA ROMANA
5.4 LA VIRTUD DE LA ESPERANZA
PARTE 6 POSFACIO

PARTE 7 ANEXO

7.1 ANEXO A: HONORIO 1º: “UN PAPA BRILLANTE POR SU DOCTRINA” QUE “HIZO ERUDITO AL CLERO”

7.1.1 La ortodoxia de Honorio probada por los testimonios de sus contemporáneos y por sus propios escritos
7.1.2 Primeras supercherías (640 – 649) contra Honorio, desenmascaradas por los contemporáneos del papa difunto
7.1.3 La falsificación de las actas del VI Concilio Ecuménico (680 – 681)
7.1.4 Los fraudes de los Griegos contra Honorio definitivamente condenados por la Iglesia
7.1.5 Las obras históricas que tratan a Honorio de hereje son prohibidas por la Iglesia
7.1.6 Conclusión de nuestro anexo A

7.2 ANEXO B: LA BULA DE PAULO IV INSERTADA EN EL DERECHO CANÓNICO

7.3 ANEXO C: ¿QUÉ ES UN HEREJE?

7.3.1 La pertinacia
7.3.2 Nadie se presume ignorar el magisterio
7.3.3 ¿Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyla son pertinaces?
7.3.4 Los herejes no forman parte de la Iglesia
7.3.5 Conclusión de nuestro anexo C

PARTE 8 BIBLIOGRAFÍA

8.1 Colecciones de textos del magisterio
8.2 Obras especializadas sobre el papado

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viernes, 30 de marzo de 2012

OPORTUNA MEDITACIÓN PARA ESTA SEMANA SANTA

CONSOLACIONES A LOS FIELES
EN TIEMPOS DE PERSECUCIÓN,
CISMA O HEREJÍA
*



OrandoSi bien la Fe no es perseguida hoy con la violencia ostensible en Francia luego de 1789, la guillotina de los revolucionarios es ahora ventajosamente reemplazada por la decisión de las propias jerarquías eclesiásticas. Pues éstas, insumidas desde el Vaticano II en la apostasía, con edulcoradas exhortaciones al diálogo, la comprensión y la paz, persiguen minuciosamente la fidelidad cristiana a la doctrina intachable e impiden el culto o la ordinaria dispensación sacramental. La "abominación de la desolación" ha llegado entonces al lugar santo y los fieles, casi desprovistos de sacerdocio, sacramentos y cualquier otra consolación espiritual -que hasta no hace mucho el magisterio eclesiástico protegía-, vivimos ahora, como aquellos de Francia revolucionaria, en la desolación. Pero no sin los auxilios divinos correspondientes, pues como el P. Demaris enseña, sacramentos y consuelos siguen manifestándose, en pleno desamparo, a través de vías no ordinarias que los profundizan.

(El padre Demaris[1], que veía a los fieles amenazados dequedarse sin sacerdotes, su caridad, aunque encarcelado,
le hizo escribir, por requerimiento de ellos y para su
consuelo, la Regla de Conducta que sigue
)

Mis queridos hijos: Situados en medio de las vicisitudes humanas y del peligro propio del estallido de las pasiones, enviáis muestras de caridad a vuestro padre y pedís una regla de conducta. Voy a mostrárosla y a tratar de llevar a vuestras almas el consuelo que necesitáis. Jesucristo, el modelo de los cristianos, nos enseña con su conducta lo que debemos hacer en los penosos momentos en que nos hallamos. Ciertos fariseos le dijeron un día: "¡Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte". Él les respondió: "Id y decidle a esa zorra: -He aquí que estoy expulsando demonios y haciendo curaciones hoy y mañana y al tercer día terminaré. Pero hoy, mañana y pasado tengo que seguir; porque no cuadra que un profeta muera fuera de Jerusalén" (Lucas 13. 31-33).

Tiemblan vosotros, mis queridos hijos. Todo lo que véis, todo lo que oís, es atemorizador. Pero consolaos: se está cumpliendo la voluntad de Dios. Vuestros días están contados, su Providencia gravita sobre vosotros. Amad a esos hombres que la humanidad presenta como bestias salvajes. Son instrumentos que el cielo utiliza para sus designios y, como un mar enfurecido, no traspasarán el límite prescripto contra las olas que oscilan, se agitan y amenazan.

El torbellino tempestuoso de la revolución que golpea a diestra y siniestra, y los ruidos que os alarman, son las amenazas de Herodes. Que ellas no os aparten de las buenas obras, que no alteren vuestra confianza y no manchen el brillo de las virtudes, que os unen a Jesucristo. El es vuestro modelo y las amenazas de Herodes no lo desvían del curso de su destino.

Sé que corréis riesgo de prisión e incluso de muerte. Os diré pues lo que San Pedro a los primeros fieles: "Es una gracia que por consideración a Dios se soporten dolores injustamente padecidos. ¿Pues qué gloria hay en ser pacientes cuando obráis mal y os castigan? Pero si sois pacientes cuando obráis bien y padecéis, eso es gracia ante Dios. A eso fuisteis llamados, pues también Cristo padeció por vosotros, dándoos ejemplo a fin de que sigáis sus pasos. El no hizo mal ni se halló engaño alguno en su boca; injuriado, no devolvía injurias; padeció y no amenazaba, y se entregó a quien juzga injustamente" (I Pedro 2. 19-24).

Los discípulos de Jesucristo, en su fidelidad a Dios, son fieles a su patria, y plenos de sumisión y respeto hacia las autoridades. Abroquelados en sus principios, con una conciencia irreprochable, adoran la voluntad de Dios. No han de huir cobardemente de la persecución. Cuando se ama la cruz, se es audaz para abrazarla y el amor mismo nos regocija. La persecución es necesaria para nuestra íntima unión con Jesucristo. Puede desatarse a cada instante, pero no siempre tan meritoria ni tan gloriosa. Si Dios no os llama al martirio, seréis como esos ilustres confesores de quienes San Cipriano dice: "Sin que murieran a manos del verdugo, recibieron el mérito del martirio porque estaban preparados para ello".

La conducta de San Pablo registrada en los Hechos de los Apóstoles (cap. 21) nos da este bello modelo, tomado del de Jesucristo. Camino a Jerusalén se enteró en Cesárea de que allí se expondría a la persecución. Los fieles le rogaron que la evitara, pero él se creía llamado a ser crucificado con Jesucristo, si ésa era su voluntad. Por toda respuesta les dijo: "¿Qué hacéis con lamentaros y acongojar mi corazón? Pues yo estoy dispuesto no sólo a que me apresen sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús".

He aquí, mis queridos hijos, cuáles deben ser vuestras disposiciones. El escudo de la fe debe armarnos, la esperanza sostenernos y la caridad dirigirnos en todo. Si en todo y siempre hay que ser simples como las palomas y prudentes como las serpientes, tanto más cuando somos afligidos a causa de Jesucristo.

Os recordaré ahora una máxima de San Cipriano que, en estos momentos, debe ser la regla de vuestra fe y vuestra piedad: "No busquemos demasiado, dice este ilustre mártir, la ocasión del combate y no la evitemos demasiado. Aguardémosla de la orden de Dios y esperemos todo de su misericordia. Dios requiere de nosotros más bien una humilde confesión que un testimonio demasiado audaz".

La humildad es toda nuestra fuerza. Esta máxima nos invita a meditar sobre la fuerza, la paciencia e incluso la alegría con que los santos sufrieron.

Ved lo que San Pablo dice. Os convenceréis de que cuando uno está animado por la fe, los males no nos afectan más que en lo exterior y no son más que un instante de combate que la victoria corona. Esta verdad consoladora sólo puede ser apreciada por el justo. Así, no os sorprendáis de que, en nuestros días, creamos lo que San Cipriano vio en los suyos, en el curso de la primer persecución: ¡que la mayor parte de los fieles corrían al combate con alegría!

Amar a Dios y no temer más que a El es patrimonio del pequeño número de los elegidos. Este amor y este temor forma a los mártires, desapegando a los fieles del mundo y apegándolos a Dios y a su santa ley.

Para mantener este amor y temor en sus corazones, velad y orad, incrementad vuestras buenas obras y unid a ello las instrucciones edificantes de que los primeros fieles nos dieron ejemplo. Que los confesores de la fe sean familiares para vosotros y glorificad al Señor, al modo como lo hacían los primeros cristianos como nos lo dicen los Hechos de los Apóstoles.

Esta práctica os será tanto más saludable cuanto más privados estéis de los ministros del Señor, que alimentaban vuestras almas con el pan de la palabra. Lloráis a esos hombres preciosos para vuestra piedad. Yo aprecio la pérdida que tuvisteis. Parecéis abandonados a vosotros mismos, pero este abandono, a los ojos de la Fe, ¿no podría seros saludable? La fe es lo que une a los fieles. Al profundizar esta verdad reconocemos que la ausencia corporal no rompe esta unión porque no rompe los vínculos de la fe, sino que más bien la aumenta al despojarla de todo lo sensible.

Como esta pérdida os priva de los sacramentos y de las consolaciones espirituales, vuestra piedad se alarma, se ve abandonada. Por legítima que sea vuestra desolación, no olvidéis que Dios es vuestro Padre y que, si permite que carezcáis de los mediadores instituidos por El para dispensar sus misterios, no cierra por eso los canales de sus gracias y sus misericordias. Voy a exponéroslas como los únicos recursos a los que podemos recurrir para purificarnos. Leed lo que voy a escribir con las mismas intenciones que yo tuve al escribíroslo. No busquemos más que la verdad y nuestra salvación en la abnegación de nosotros mismos, en nuestro amor a Dios y en una perfecta sumisión a su voluntad.

Vosotros conocéis la eficacia de los sacramentos, sabéis la obligación a nosotros impuesta de recurrir al sacramento de la penitencia para purificarnos de nuestros pecados. Pero para aprovechar de estos canales de misericordia se necesitan ministros del Señor. ¡En la situación en que estamos, sin culto, sin altar, sin sacrificio, sin sacerdote, no vemos más que el cielo! ¡Y no tenemos mediador alguno entre los hombres!... Que este abandono no os abata. La fe nos ofrece a Jesucristo, ese mediador inmortal. El ve nuestro corazón, oye nuestros deseos, corona nuestra fidelidad. A los ojos de su misericordia todopoderosa somos ese paralítico enfermo hacía treinta y ocho años (Juan, cap. 5) a quien para curarlo le dijo no que hiciera venir a alguno que lo arrojara a la piscina, sino que tomara su camilla y anduviera...

Ahora tenemos un solo talento que es nuestro corazón. Hagamos que fructifique y nuestra recompensa será igual a la que recibiríamos de haber hecho fructificar más. Dios es justo. No pide de nosotros lo imposible. Pero porque es justo pide de nosotros la fidelidad en lo que es posible. Con todo respeto por las leyes divinas y eclesiásticas que nos llaman al sacramento de la penitencia, debo deciros que hay circunstancias en que estas leyes no obligan. Es esencial para vuestra instrucción y vuestra consolación que conozcáis bien tales circunstancias, a fin de que no toméis el propio espíritu de vosotros por el de Dios.

Si en el curso de nuestra vida hubiéramos descuidado el más pequeño de los recursos que Dios y su Iglesia instituyeron para santificarnos, habríamos sido hijos ingratos; pero si se nos diera por creer que, en circunstancias extraordinarias, no podemos prescindir aun de los mayores de esos recursos, olvidaríamos e insultaríamos a la sabiduría divina que nos pone a prueba y que, queriendo que nos veamos privados de ellos, los suple con su espíritu.

Para exponeros, mis queridos hijos, una regla de conducta con exactitud, relacionaré con vuestra situación los principios de la fe y algunos ejemplos de la historia de la religión que explicitarán su sentido y os consolarán mediante la aplicación que de ellos podáis hacer.

Es verdad de fe que el primero y más necesario de los sacramentos es el bautismo: es la puerta de la salvación y de la vida eterna. Pero el deseo, el anhelo del bautismo es suficiente en ciertas circunstancias. Los catecúmenos sorprendidos por las persecuciones no lo recibieron sino en la sangre que derramaron por la religión. Hallaron la gracia de todos los sacramentos en la confesión libre de su fe y fueron incorporados a la Iglesia por el Espíritu Santo, vínculo que une todos los miembros a la cabeza.

Así se salvaron los mártires. Su sangre les sirvió de Bautismo. Así se salvaron todos los instruidos en nuestros misterios que desearon (según su fe) recibirlos. Así es la fe de la Iglesia, fundada sobre lo que San Pedro dijo: que no puede rehusarse el agua del bautismo a quienes han recibido al Espíritu Santo (Hechos, 10. 47).

Cuando uno tiene el espíritu de Jesucristo, cuando por amor a El quedamos expuestos a la persecución, privados de toda ayuda, agobiados por las cadenas del cautiverio, cuando se nos conduce al cadalso, entonces tenemos en la Cruz todos los sacramentos. Este instrumento de nuestra redención contiene todo lo necesario para nuestra salvación.

San Ambrosio consideró santo al piadoso emperador Valentiniano, aunque murió sin el bautismo, que había deseado, sin poder recibirlo. El deseo, la voluntad es lo que nos salva. "En tal caso, dice este santo doctor de la Iglesia, quien no recibe el sacramento de la mano de los hombres, lo recibe de la mano de Dios. El que no es bautizado por los hombres, lo es por la piedad, lo es por Jesucristo". Lo que nos dice del bautismo este gran hombre digámoslo de todos los sacramentos, de todas las ceremonias y todas las oraciones en los momentos actuales.

Quien no puede confesarse a un sacerdote, pero, teniendo todas las disposiciones necesarias para el sacramento, lo desea y tiene un anhelo firme y constante de él, oye a Jesucristo que, tocado por su fe y testigo de ella, le dice lo que una vez a la mujer pecadora: "Vete. Mucho te está perdonado porque has amado mucho" (Lucas 7. 36-48).

San León dice que el amor a la justicia contiene en sí toda la autoridad apostólica. Expresa con ello la fe de la Iglesia. Esta máxima es aplicable a todos los que, como nosotros, están privados del ministerio apostólico por la persecución que aleja o encarcela a los verdaderos ministros de Jesucristo, dignos de la fe y de la piedad de los fieles. Se aplica sobre todo si somos golpeados por la persecución. La cruz de Jesucristo no deja mácula alguna cuando se la abraza y se la sostiene como es debido. Pero aquí, en lugar de razonamientos, oigamos el lenguaje de los santos. Los confesores y mártires de África, al escribir a San Cipriano, audazmente le dijeron que volvían con una conciencia pura y límpida de los tribunales donde habían confesado el nombre de Jesucristo. No afirmaban ir a ellos con pura y límpida conciencia, sino volver de allí con ella. ¡Nada hace callar los escrúpulos como la Cruz!

Rodeados por esos extremos que son las pruebas de los Santos, si no pudiéramos confesar nuestros pecados a los sacerdotes, confesémoslos a Dios. Siento, hijos míos, vuestra delicadeza y vuestros escrúpulos. Que cesen y que aumenten vuestra fe y vuestro amor por la cruz. Decíos a vosotros mismos, y con vuestra conducta decid a todos los que os vean, lo mismo que decía San Pablo: "¿Quién me separará de la caridad de Jesucristo?" (Romanos 8.35).

San Pablo estaba entonces en la situación de vosotros y no decía que la privación de todo ministro del Señor, en la que pudiera encontrarse, podía separarlo de Jesucristo y alterar en él la caridad. Sabía que, despojado de todo socorro humano y privado de todo intermediario entre él y el cielo, encontraría en su amor, en su celo por el Evangelio y en la cruz todos los sacramentos y los medios de salud necesarios para acceder allí.

A partir de lo que acabo de decir, fácil os será ver una gran verdad, muy apropiada para consolaros y confortaros: que vuestra conducta es una verdadera confesión ante Dios y ante los hombres. Si la confesión debe preceder a la absolución, aquí vuestra conducta debe preceder a las gracias de santidad o de justicia que Dios os dispense; y es ésta una confesión pública y continua. La confesión es necesaria, dice San Agustín, porque incluye la condenación del pecado. Aquí lo condenamos tan pública y solemnemente que ella es conocida en toda la tierra. Y esta condenación, que es la causa de que no podamos acercarnos a un sacerdote, ¿no es mucho más meritoria que una acusación de pecados particular y hecha en secreto? ¿No es más satisfactoria y más edificante? La confesión secreta de nuestros pecados al sacerdote nos costaba poco. ¡Y la que hacemos hoy es sostenida por el sacrificio general de nuestros bienes, de nuestra libertad, de nuestro reposo, de nuestra reputación e incluso tal vez de nuestra vida!

La confesión al sacerdote casi no era útil más que para nosotros, mientras que la que hoy hacemos es útil para nuestros hermanos y puede servir para la Iglesia entera. Dios, por indignos que seamos, nos hace la gracia de querer servirse de nosotros para mostrar que ofender la verdad y la justicia es un crimen enorme, y nuestra voz será tanto más inteligible cuanto mayores los males y mayor la paciencia con que los suframos.

El hábito y la facilidad que teníamos para confesarnos, nos dejaba a menudo en la tibieza, mientras que hoy, privados de confesores, uno se repliega sobre sí mismo y el fervor aumenta. Consideremos esta privación como un ayuno para nuestras almas y una preparación para recibir el bautismo de la penitencia que, vivamente deseado, se convertirá en un alimento más saludable. Intentemos apartar de nuestra conducta, que es nuestra confesión ante los hombres y nuestra acusación ante Dios, todos los defectos que pudieran haberse deslizado en nuestras confesiones ordinarias; sobre todo la poca humildad interior.

Siento, hijos míos, toda la importancia de vuestra solicitud; pero cuando se confía en Dios no hay que hacerlo a medias; sería carecer de confianza el considerar que los recursos con los que Dios llama y conserva son incompletos y dejan algo que desear en el orden de la gracia. En la sabiduría, la madurez y la experiencia de los ministros del Señor encontraban consejos y prácticas eficaces para evitar el mal, hacer el bien y avanzar en la virtud. Nada de eso hace al carácter sacramental, sino a las luces particulares. Un amigo virtuoso, celoso y caritativo puede ser en esto vuestro juez y vuestro director. Las personas piadosas no iban al tribunal de Dios a buscar sólo instrucciones y luces; se abrían a personas notables por su santa vida en conversaciones familiares. Haced otro tanto. Pero que la caridad más recta reine en este comercio mutuo de vuestras almas y vuestros deseos. Dios os bendecirá y encontraréis las luces que necesitáis. Si este recurso os fuera imposible, descansad sobre las misericordias de Dios. El no os abandonará. Su espíritu hablará por sí mismo a vuestros corazones mediante inspiraciones santas que os inflamarán y dirigirán a los objetivos augustos de vuestros destinos.

Os pareceré parco en este tema. Vuestros deseos van mucho más allá, pero un poco de paciencia. El resto de mi carta responderá por completo a vuestra expectativa. No puede decirse todo a la vez, sobre todo en tema tan delicado y que exige la mayor exactitud. Continuaré hablándoos como yo me hablo a mí mismo.

Alejados de los recursos del santuario y privados de todo ejercicio del sacerdocio, no nos queda otro mediador que Jesucristo; a El hay que recurrir para nuestras necesidades. Tenemos que desgarrar sin miramientos el velo de nuestras conciencias ante su majestad suprema y, en la indagación del bien y el mal que hiciéramos, agradecerle sus gracias, reconocernos culpables de nuestras ofensas... y rogar enseguida que nos perdone y nos indique los senderos de su voluntad santa (teniendo en el corazón el deseo sincero de hacerlo a su ministro cuando y tan pronto como podamos). He aquí, hijos míos, lo que llamo confesarse a Dios.¡Hecha bien semejante confesión, será Dios mismo quien nos absuelva! El Evangelio es el que nos lo enseña al proponernos el ejemplo del publicano que, humillado ante Dios, se vio justificado (Lucas 18. 9-14), porque el mejor signo de la absolución es la justicia, que no puede ser apresada porque ella es la que libera. He aquí lo que debemos hacer, en el aislamiento total en que estamos. La Escritura santa nos indica aquí nuestros deberes.

Todo lo que se liga a Dios es santo. Cuando sufrimos por la verdad nuestros sufrimientos son los de Jesucristo, que nos honra con un especial carácter de semejanza consigo y con su cruz. Esta gracia es la mayor fortuna que puede tocarle a un mortal durante su vida.

Así es como en todas las penosas situaciones que nos privan de los sacramentos, la cruz llevada cristianamente es la fuente de la remisión de nuestras faltas, tal como, llevada una vez por Jesucristo, lo fue de las faltas de todo el género humano. Dudar de esta verdad es injuriar a nuestro Salvador crucificado, es no reconocer suficientemente la virtud y el mérito de la cruz.

Los santos Padres observan que el buen ladrón fue criminal hasta la cruz, para mostrar a los fieles lo que deben esperar de esta cruz cuando la abrazan y permanecen ligados a ella por la justicia y la verdad. Jesucristo, al terminar sus sufrimientos, entró al cielo a través de la cruz. Nosotros somos sus discípulos; El es nuestro modelo.

Suframos como El y entraremos en la heredad que nos preparó mediante la cruz.

Pero para ser santificado por la cruz es necesario no ser para sí mismo, sino por entero para Dios. Es necesario que nuestra conducta reproduzca las virtudes de Jesucristo. No basta ahora con que, animados por su amor, reposéis sobre su pecho como San Juan. Es necesario que lo sirváis con firmeza y constancia sobre el Calvario y sobre la cruz. Allí, si al confesaros a Dios, vuestra confesión no es coronada por la imposición de manos de los sacerdotes, lo será por la imposición de las manos de Jesucristo. ¡Mirad sus manos adorables que parecen tan pesadas por naturaleza y son tan ligeras para los que lo aman!... Están tendidas sobre vosotros de la mañana a la noche para colmaros con toda suerte de bendiciones, si por propia iniciativa no las rechazáis. No existe bendición como la de Cristo crucificado cuando bendice a sus hijos sobre la cruz.

El sacramento de la penitencia es para nosotros ahora el pozo de Jacob, cuya agua es excelente y saludable. Pero el pozo es profundo. Desprovistos de todo, no podemos abrevar en él y saciarnos (Juan, cap. 4). Hay incluso guardias que impiden la entrada... He aquí el cuadro de nuestra situación. ¡Veamos la conducta de nuestros perseguidores como un castigo de nuestros pecados! Es cierto que si pudiéramos acercarnos a ese pozo con fe, encontraríamos allí a Jesucristo hablando con la samaritana. ¡Pero no nos acobardemos! Descendamos hasta el valle de Bethulia, donde encontraremos muchas fuentes no custodiadas, en que podremos saciar tranquilamente nuestra sed. ¡Que Jesucristo habite en nuestros corazones! Que su Santo Espíritu nos inflame y encontraremos en nosotros la fuente de agua viva que suplirá al pozo de Jacob. En la confesión que hacemos a Dios, Jesucristo, como soberano pontífice, hace por sí mismo de modo inefable, lo que habría hecho en cualquier otro tiempo por el ministerio de sus sacerdotes. Y esta confesión tiene una ventaja que los hombres no pueden sustraernos: ¡por el contrario, es Jesucristo en nosotros quien de nosotros se ocupa continuamente! Debemos hacerla en todo tiempo, en todo lugar y en todas las situaciones posibles. Es cosa digna de admiración y de reconocimiento ver que lo que el mundo hace para alejarnos de Dios y de su Iglesia, nos acerca más a ellos.

La confesión no debe ser únicamente un remedio para todos los pecados pasados; debe preservarnos de todos los pecados por venir. ¡Si reflexionáramos seriamente sobre esta doble eficacia del sacramento de la penitencia, mucho tendríamos que humillarnos y que llorar! Y tanto más abatidos estaríamos entonces cuanto más lento haya sido nuestro avance en la virtud y más hayamos seguido siendo los mismos antes y después de nuestras confesiones.

¡Ahora podemos reparar todas esas faltas, que vienen de una confianza demasiado grande en la absolución y de no haber profundizado lo suficiente en sus llagas!... Obligada ya a gemir ante Dios, el alma fiel se ocupa en considerar todas sus deformidades propias. Allí, a los pies del Salvador y penetrada por el dolor y el arrepentimiento, se queda entonces en silencio, sin hablarle sino por sus lágrimas, como la pecadora del Evangelio, mientras ve de un lado sus miserias y del otro la bondad de Dios. Se aniquila delante de Su majestad, hasta que ésta disipe sus males con una de sus miradas. Entonces la luz divina esclarece su corazón contrito y humillado y le descubre hasta los átomos que pudieran oscurecerla. Que esta confesión a Dios sea para vosotros es práctica cotidiana, breve pero vivaz, y hacedla cada tanto de una época a otra, como hacéis cotidianamente la del día (en vuestro examen nocturno).

El primer fruto que sacaréis de ello, además de la remisión de los pecados, será aprender a conoceros y a conocer a Dios. El segundo, presentarse siempre ante los sacerdotes, si os fuera posible, ornados con el sello de las misericordias del Señor.

Creo haberos dicho lo que debía, hijos míos, sobre vuestra conducta acerca del sacramento de la penitencia. Voy a hablaros ahora de la privación de la Eucaristía y sucesivamente de todos los temas que me comentáis en vuestra carta. La Eucaristía, el sacramento del amor, os proporcionó muchas dulzuras y ventajas cuando podíais participar de ella. Pero ahora, que de ella fuisteis privados por defender la verdad y la justicia, las ventajas que tenéis son las mismas. ¿Pues quién habría osado acercarse a esta mesa si Jesucristo no hubiera hecho de eso un precepto y si la Iglesia, que desea fortificarnos con este pan de vida, no nos hubiera invitado a comerlo mediante la voz de sus ministros que nos revestían con la toga nupcial? Pero si comparamos la obediencia por la que fuimos privados de ella con la que a ella nos conducía, será fácil juzgar los méritos respectivos.

Abraham obedece cuando inmola a su hijo y cuando no lo inmola, pero su obediencia fue mucho mayor cuando empuñó la espada que cuando la remitió a su vaina. Nosotros obedecemos al aproximarnos a la Eucaristía, pero al apartarnos de este sacrificio nos inmolamos a nosotros mismos. Alterados por la sed de la justicia y privándonos de la Sangre del Cordero, que es el único que puede saciarla, sacrificamos nuestra propia vida en la medida en que eso está en nosotros. El sacrificio de Abraham fue de un instante; un ángel detuvo la espada. El nuestro es cotidiano y se renueva todas las veces que adoramos con sumisión la mano de Dios, que nos aleja de los altares; y este sacrificio es voluntario.

Estamos ventajosamente privados de la Eucaristía al elevar el estandarte de la cruz por la causa de Jesucristo y la gloria de su Iglesia. Observad, hijos míos, que Jesucristo, después de habernos dado su cuerpo eucarístico, no opuso dificultad alguna a su muerte por nosotros. He aquí la conducta del cristiano en las persecuciones: la cruz sigue a la Eucaristía ¡Que el amor por la Eucaristía no nos aleje pues de la cruz! Mostramos y hacemos un glorioso progreso en la gloria del Evangelio cuando salimos del cenáculo para subir al Calvario. Sí, no temo decirlo: cuando la tempestad de la malicia humana atrona contra la verdad y la justicia, es más ventajoso para los fieles sufrir por Jesucristo que participar de su cuerpo sagrado en la comunión.

Me parece oír al Salvador diciéndonos: "¡Oh, no teman ser separados de mi mesa por la confesión de mi nombre! Es esta una gracia que os hago, que significa un raro bien. Reparad con esta humillación -una privación que me glorifica- todas las comuniones que me deshonraron. Sentid esta gracia: nada podéis hacer sin mí, ¡y yo pongo entre vuestras manos un recurso para que hagáis lo que yo hice por vosotros y me devolváis generosamente lo más grande que os di! Os los di Yo: cuando de ello se os separa por ser fieles a mi servicio, devolvéis a mi verdad lo que de mi caridad recibisteis. Nada más grande tengo yo para daros y tampoco tenéis vosotros nada más grande para darme. Vuestro reconocimiento por la gracia que os hice, equipara la grandeza del don que os hice. Consolaos si no os llamo a derramar vuestra sangre como los mártires; he aquí la mía para suplirla. Cada vez que os impidan beberla, lo tomaré como si hubierais derramado la propia. Y la mía es infinitamente más preciosa..."

Es así como encontramos la Eucaristía en la misma privación de la Eucaristía. Por lo demás, ¿quién puede separarnos de Jesucristo y de su Iglesia en la comunión, cuando por la fe nos acercamos a sus altares de modo tanto más eficaz cuanto más espiritual y más alejado de los sentidos?
Esto es lo que llamo comulgar espiritualmente, uniéndose a los fieles que pueden hacerlo en los diversos lugares de la tierra. Esta comunión ya os era familiar en los tiempos en que podíais acercaros a la Santa Mesa; conocéis de ella las ventajas y el modo. Por eso no seguiré hablándoos al respecto. Voy a exponeros lo que la Santa Escritura y los Anales de la Iglesia me ofrecen como reflexiones sobre la privación de la misa y la necesidad para los fieles de un sacrificio continuo en tiempo de persecución. Y lo haré brevemente. Prestad, hijos míos, una atención particular a los principios que recordaré. Apuntan a vuestra edificación.

Nada sucede sin la voluntad de Dios. Con un culto que nos permita asistir a misa o privados de él, debemos someternos por igual a Su voluntad santa, ¡y, en cualquier circunstancia, ser dignos del Dios al que servimos!

El culto que debemos a Jesucristo se funda sobre la asistencia que nos da y sobre la necesidad que tenemos de su ayuda. Este culto nos señala deberes como fieles aislados, así como nos los señalaba antes para el ejercicio público de nuestra santa religión.

Como hijos de Dios, según el testimonio de San Pedro y de San Juan, participamos en el sacerdocio de Jesucristo para ofrecer plegarias y anhelos. Si no tenemos el sello del Orden sagrado para sacrificar sobre los altares visibles, no estamos empero sin hostias, porque podemos ofrecerlas en el culto de nuestro amor, sacrificando nosotros mismos a Jesucristo para su Padre sobre el altar visible de nuestros corazones. Fieles a este principio, recogeremos todas las gracias que hubiéramos podido recoger si hubiésemos asistido al santo sacrificio de la misa. La caridad nos une a todos los fieles del universo que ofrecen este divino sacrificio o que asisten a él. Si el altar material o las especies sensibles nos faltan, tampoco los hay en el cielo, donde Jesucristo es ofrecido de la manera más perfecta.

Sí, hijos míos, los fieles que están sin sacerdotes, por ser, según San Pedro, sacerdotes y reyes, ofrecen sus sacrificios sin templo, sin ministros y sin nada sensible. Sólo hay necesidad de Jesucristo para ofrecerlos, mediante el sacrificio del corazón, donde la víctima debe ser consumida por el fuego del amor del Espíritu Santo. Esto significa estar unido a Jesucristo, dice San Clemente de Alejandría, por las palabras, por las acciones y por el corazón. Estamos unidos a El por nuestras palabras cuando son verdaderas, por nuestras acciones cuando son justas y por nuestros corazones cuando la caridad los inflama. Entonces digamos la verdad, no amemos más que la verdad; así rendiremos a Dios la gloria que se le debe. Cuando somos veraces en nuestras palabras, justos en nuestras acciones, sometidos a Dios en nuestros deseos y nuestros pensamientos, hablando sólo por medio de El, alabándolo por sus dones y humillándonos por nuestras infidelidades, ofrecemos un sacrificio agradable a Dios, que no puede sernos quitado. El sacrificio que Dios reclama es un espíritu penetrado de dolor, dice el santo rey David: tú no despreciaras, Dios mío, un corazón contrito y humillado (Salmo 50).

Resta considerar la Eucaristía como viático. Podéis quedaros sin él al morir. Debo ilustraros y preveniros contra privación tan sensible. Dios, que nos ama y nos protege, quiso darnos su cuerpo cuando la muerte se acerca, para fortificarnos en este peligroso pasaje. ¡Al lanzar vuestras miradas al porvenir, viéndoos en vuestra agonía sin víctima, sin Extremaunción y sin ninguna asistencia de parte de los ministros del Señor, os sentís en el más triste y más afligente de los abandonos!

Consolaos, hijos míos, en la confianza que le debéis a Dios. Este Padre tierno verterá sobre vosotros sus gracias, sus bendiciones y sus misericordias, en esos momentos terribles que teméis, con más abundancia que si pudierais ser asistidos por sus ministros, de los que estáis privados sólo porque vosotros mismos no quisisteis abandonarlo.

El abandono y el desamparo en que tememos encontrarnos semejan a los del Salvador sobre la cruz, cuando decía a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”: ¡Ah, qué instructivas son estas palabras! Vuestras penas y desamparo, os conducen a sus gloriosos destinos, haciendo que terminéis vuestra carrera como Jesucristo terminó la suya. Jesús en los sufrimientos, en su abandono y su muerte, se mantenía en la más íntima unión con su Padre. En sus penas y su desamparo mantened la misma unión y sea vuestro último suspiro como el suyo: que se cumpla la voluntad de Dios.

Lo que dije de la privación del viático en la muerte lo diré también de la Extremaunción. Si muero entre las manos de personas que no sólo no me asisten, sino que me insultan, tanto más dichoso seré cuanta más conformidad tenga mi muerte con la de Jesucristo, ¡que fue espectáculo de oprobio para toda la tierra!... Crucificado por las manos de sus enemigos, es tratado como un delincuente, ¡y muere entre dos ladrones! Era la Sabiduría misma, pasa por un insensato; era la Verdad, pasa por un embustero y un seductor. ¡Los fariseos y los escribas triunfaron sobre El en su presencia! ¡Finalmente se saciaron con su sangre! ¡Jesucristo murió en la infamia del suplicio más vergonzoso y en los dolores más sensibles! Cristianos, si vuestra agonía y vuestra muerte son para vuestros enemigos ocasión de insulto y de trato oprobioso, ¿cómo fue la de Jesucristo? No sé si el ángel enviado para suplir la dureza y la insensibilidad de los hombres, no lo fue para enseñarnos que en una ocasión así recibimos consolación del cielo cuando las terrenales nos faltan. No sin un designio particular de Dios fue que los apóstoles, que hubieran debido consolar a Jesucristo, permanecieran en un sopor profundo.

Que el fiel no se asombre pues por encontrarse sin sacerdote en su última hora. Jesucristo reprochó a sus apóstoles porque dormían, no porque lo dejaran sin consolación, sino para enseñarnos que, si entramos en el Huerto de los Olivos, si subimos al Calvario, si expiramos solos y sin socorros humanos, Dios vela por nosotros, nos consuela y abastece todas nuestras necesidades.

Fieles que teméis las consecuencias del momento actual, mirad a Jesús. Fíjaos en El, contempladlo. El es su modelo. Nada más tengo que deciros sobre este tema.

Después de haberlo contemplado, ¿teméis todavía la privación de las oraciones y las ceremonias que la Iglesia estableció para honrar vuestra agonía, vuestra muerte y vuestro sepulcro? Pensad que la causa por la que sufrís y morís convierte a esta privación en una nueva gloria y os da el mérito del último rasgo de semejanza posible con Jesucristo. La Providencia permitió y quiso, para nuestra instrucción, que los fariseos pusiesen guardias en el sepulcro para cuidar el cuerpo de Jesús crucificado; quiso que incluso después de la muerte su cuerpo quedara en manos de sus enemigos, para enseñarnos que por largo que sea el dominio de nuestros enemigos, debemos sufrirlo con paciencia y rogar por ellos.
San Ignacio mártir[2], que con tanto ardor ansiaba ser devorado por las bestias, ¿no prefirió tenerlas por sepulcro antes que al más bello mausoleo? Los primeros cristianos enviados a los verdugos, ¿se afligieron jamás por su agonía y por su sepultura? Ninguno se inquietó por lo que se haría con sus cuerpos. Sí, hijos míos, cuando uno se confía a Jesucristo durante la vida, se confía a él tras la propia muerte.

Jesucristo sobre la cruz y cerca de expirar vio cómo las mujeres, que lo habían seguido desde Galilea, se mantenían alejadas. ¡Su Madre, María Magdalena y el discípulo muy amado estaban junto a la cruz en el abatimiento, el silencio y el dolor!... He aquí, hijos míos, la imagen de lo que veréis: la mayor parte de los cristianos llora a los fieles sometidos a la persecución, pero se mantienen lejos. Algunos, como la Madre de Jesús, se acercan a la víctima inocente que la iniquidad inmola.

Destaco, con san Ambrosio, que la Madre de Jesús sabía, al pie de la cruz, que su Hijo moría por la redención de los hombres y que, deseando expirar con él para el cumplimiento de esta magna obra, no temía irritar a los judíos con su presencia ni morir con su Hijo divino. Cuando veáis, mis queridos hijos, que alguien muere en el desamparo o bajo la espada de la persecución, imitad a la madre de Jesús y no a las mujeres que lo habían seguido desde Galilea. Compenetraos de esta verdad: que el momento más glorioso y más saludable para morir se da cuando la virtud es más fuerte en nuestro corazón. ¡No debe temerse por el miembro de Jesucristo que esté sufriendo! Asistámoslo, aunque no sea más que con nuestras miradas y con nuestras lágrimas.

He aquí, hijos míos, lo que creí mi deber deciros. Lo considero suficiente para responder a vuestros reclamos y tranquilizar vuestra piedad. He planteado los principios sin entrar en ningún detalle; me parecen inútiles. Vuestras firmes reflexiones los suplirán fácilmente y vuestras conversaciones, si es que la Providencia lo permite, tendrán nuevos deseos. He de añadir, hijos míos, que no debe afligiros el asombroso espectáculo de que somos testigos. La fe no se compadece con tales terrores: el número de los elegidos siempre es muy pequeño. Sólo temed el que Dios vaya a reprocharos vuestra poca fe y el no haber podido velar una hora con El. Os confesaré sin embargo que la humanidad puede afligirse, pero al haceros esta confesión, os diré que la fe debe regocijarse.

Dios hace bien todas las cosas. Hijos míos, sostened esta afirmación: es la única digna de vosotros. Los fieles mismos la sostenían cuando el Salvador hacía curaciones milagrosas. Lo que El hace hoy es mucho más grande. En su vida mortal curaba los cuerpos; actualmente cura las almas y completa por la tribulación el pequeño número de los elegidos.

Cualesquiera sean los designios de Dios para nosotros, adoremos la profundidad de sus juicios y pongamos en él toda nuestra confianza. Si quiere liberarnos, el momento está cerca. Todos se levantan contra nosotros.

Nuestros amigos nos oprimen, nuestros parientes nos tratan como a extraños. Los fieles que participan de los santos misterios con nosotros son apartados con la sola mirada. No sólo temen decir que, como nosotros, son fieles a su patria, sometidos a sus leyes, pero fieles a Dios; temen decir que nos quieren y hasta que nos conocen. Si quedamos sin ayuda del lado de los hombres, henos entonces del lado de Dios que, según el profeta-rey, librará al pobre del poderoso y al débil que no tenga ayuda alguna. El universo es obra de Dios. El lo rige y todo lo que pasa está en los designios de su Providencia. Cuando creemos que la deserción va a ser general, olvidamos que basta un poco de fe para devolver la fe a la familia de Jesucristo, como un poco de levadura hace fermentar toda la masa.
Esos acontecimientos extraordinarios, en que la multitud levanta el hacha para abatir la obra de Dios, sirven maravillosamente para manifestar Su omnipotencia.

En todos los siglos se verá lo que vio el pueblo de Dios cuando el Señor quiso, mediante Gedeón, manifestar su omnipotencia contra los madianitas (Jueces 5). Le hizo despachar casi todo su ejército. Sólo se conservaron trescientos hombres, sin armas incluso, a fin de que se reconociera visiblemente que la victoria venía de Dios. El pequeño número de soldados de Gedeón es figura del pequeño número de elegidos viviente en este siglo. Vosotros habéis visto, hijos míos, con el más doloroso asombro, cómo de la multitud de los que fueron llamados (ya que toda Francia era cristiana), la mayoría, como en el ejército de Gedeón, permaneció débil, tímida, temerosa de perder su interés temporal. Dios los devolvió. Dios sólo quiere servirse en su justicia de quienes se dan por completo a El. No nos asombremos pues del gran número de quienes lo abandonan. La verdad triunfa, por pequeño que sea el número de quienes la aman y le siguen adictos. En cuanto a mí, sólo tengo un anhelo: el deseo de San Pablo. Como hijo de la Iglesia, añoro la paz de la Iglesia; como soldado de Jesucristo, añoro morir bajo sus estandartes.

Si tenéis las obras de San Cipriano, leedlas, mis queridos hijos. Hay que remontarse sobre todo a los primeros siglos de la Iglesia, para encontrar ejemplos dignos de servirnos como modelo. En los libros santos y en los de los primeros defensores de la fe es donde hay que formarse una idea precisa del objeto del martirio y de la confesión del nombre de Jesucristo. Lo que hay que confesar es la verdad y la justicia, los objetos augustos, eternos, inmutables de la fe. Es el Evangelio, pues las instrucciones humanas, cualesquiera sean, son variables y temporales. En cambio el Evangelio y la ley de Dios están ligados a la eternidad. Será meditando esta distinción como veréis claramente lo que es propio de Dios y lo que es propio de César, porque, según el ejemplo de Jesucristo, a cada uno se le debe dar con respeto, lo que le corresponde.

Todas las iglesias y todos los siglos concuerdan: no puede haber nada tan santo y tan glorioso como confesar el nombre de Jesucristo. Pero recordad, hijos míos, que, para confesarlo de modo condigno con la corona que deseamos, en los tiempos en que más se sufre es cuando hay que manifestar mayor santidad. Nada más bello que las palabras de san Cipriano cuando alaba todas las virtudes cristianas en los confesores de Jesucristo: "Observsteis siempre, les dice, el mandato de nuestro Señor con un vigor digno de vuestra firmeza. Conservasteis la simplicidad, la inocencia, la caridad, la concordia, la modestia y la humildad. Cumplieron con su ministerio con gran cuidado y exactitud. Trasuntaron diligencia para ayudar a los que tenían necesidad de ayuda, compasión por los pobres, constancia para defender la virtud, coraje para mantener la severidad de la disciplina y, a fin de que nada faltase a los grandes ejemplos de virtud que dieron, he aquí que, mediante una confesión y los sufrimientos generosos, animaron extremadamente a sus hermanos al martirio y les señalaron el camino".

Espero, mis queridos hijos, aunque Dios no os llame al martirio ni a una confesión dolorosa de su nombre, poder un día hablaros como Él hablaba a los confesores Celerino y Aurelio y alabaros más vuestra humildad que vuestra constancia, glorificaros más por la santidad de vuestras costumbres que por vuestras penas y heridas...

En espera de ese feliz momento, aprovechad de mis consejos y sostenéos con mi ejemplo. Dios vela sobre vosotros. Nuestra esperanza tiene fundamento; ella nos muestra o la persecución que termina o la persecución que nos corona. En la alternativa entre una u otra veo el cumplimiento de nuestro destino. Hágase la voluntad de Dios, porque cualquiera sea el modo con que nos libere, sus misericordias eternas se derraman sobre nosotros.

Termino, mis queridos hijos, abrazándoos y rogando a Dios por vosotros. Rogádle por mí y recibid mi bendición paternal, como prueba de mis afectos por vosotros, de mi fe y de mi resignación sincera de no tener otra voluntad que la de Dios
_________________________________________________________
  • [*]Traducido de EINSICHT, por el Dr. Arnaldo Rossi.
  • [1] El padre Demaris, fue sacerdote y profesor de teología en la casa de los misioneros de San José en Lyon, tuvo que exiliarse de Francia en 1803 y murió por la Fe.
  • [2] Padre apostólico, siglo I, que murió devorado por los leones.

martes, 10 de mayo de 2011

LIBRO: AUTOBIOGRAFÍA DE MONSEÑOR NGO DINH THUC (1)

El CENTRO DE ESTUDIOS SAN BENITO, presenta a usted un libro inédito, gracias a la autorización de su editor, S.E.R. Mons. Luis Alberto Madrigal, obispo descendiente del linaje del Arzobispo Pedro Martín Ngo Dinh Thuc. 

Con ello estamos cumpliendo con hacer un justo y merecido tributo al heroico obispo que la Divina Providencia eligió para preservar la Iglesia Católica Romana, dotándola de obispos con Sucesión Apostólica válida y legítima, luego del gran cisma de la jerarquía modernista y del clero, posterior al fallecimiento del último Papa legítimo, S. S. Pío XII.

Mediante esta publicación queremos despejar dudas, refutar errores y desmentir una propaganda malintencionada y comprometida con la Revolución anticristiana que se ha lanzado, desde hace décadas, para destruir la imagen y obra pública de un Arzobispo valiente que defendió a la santa Iglesia Católica  hasta el ofrecimiento de su propia vida. 

Monseñor Thuc fue el primero y el único obispo en tomar una decisión oportuna y eficaz para proteger a la Santa Madre Iglesia ante la pasividad y falsa prudencia de muchos obispos que observaron  el complot que se orquestaba y no tuvieron las agallas o claridad para enfrentarlo. 

¿Cuál es la verdadera razón de por qué Monseñor Thuc ha sido tan perseguido llegando a influir a católicos ingenuos de ciertos grupos tradicionalistas? La razón no es otra que, hacer fracasar comunicacional, política, jurídica e institucionalmente cualquier intento serio de restauración y reinstalación del catolicismo tradicional en el gobierno central y local de la Iglesia (que el mundo la entiende por tal para su propia condenación y engaño) que comprometa gravemente los planes de dominio mundial anticristiano que vienen orquestando aquellos que no quieren que Cristo reine.

En efecto, sin la existencia de obispos católicos (ortodoxos) verdaderos no puede esperarse que exista una jerarquía católica que dirija a la Iglesia en algún momento.  Este es el error de muchos grupos "católicos tradicionalistas" que en vez de ayudar a recomponer la jerarquía católica en la Iglesia, de un modo realista, siguen esperando que por "generación espontánea" aparezcan buenos obispos de una falsa sucesión, por lo que a la espera de un "milagro" y creyendo estar "dentro" de la Iglesia, siguen prestándole ilusoriamente obediencia a una jerarquía que ya no es católica en su forma de creer, pensar y actuar, salvo un poco en su apariencia para engañar a los buenos y hacer más extensivo su poder en todo el mundo. 

No son pocos, incluso algunos autodenominados "católicos tradicionalistas", los que desautorizan y no perdonan a Monseñor Thuc por haber consagrado obispo a Clemente Domínguez del Palmar de Troya. Es cierto que Monseñor Thuc cometió un error en hacer obispo a Domínguez, pero no es justo hacer responsable de los pecados de Domínguez a Monseñor Thuc por el sólo hecho de haberlo consagrado obispo, si esto fuera así de lógico, entonces tendríamos que hacer responsable a nuestro Señor Jesucristo por los pecados de Judas Iscariote ya que Él lo aceptó como apóstol. 

Leamos, pues, esta Autobiografía dando gracias a Dios por este héroe de la Fe católica en estos tiempos de la Gran Apostasía.

A LOS INTERESADOS DE RECIBIR EL LIBRO EN PDF GRATUITAMENTE EN SU CORREO ELECTRÓNICO ESCRÍBANOS SOLICITÁNDOLO A:





AUTOBIOGRAFÍA 
MONSEÑOR PEDRO MARTÍN NGO DINH THUC



PRESENTACIÓN 

La caridad, dice San Pablo, es benigna, es paciente, todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta. En estas páginas que te presentamos amable lector, encontrarás la figura de un Arzobispo, que verdaderamente ha tenido la ocasión de ser probado, prueba que constituye un galardón tal como los Apóstoles, de hecho es un sucesor de ellos, se gozaban por haber sido dignos de sufrir algo por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. 


Esta vida, escrita por él mismo, está tan llena de las bondades de Nuestro Señor tanto en las victorias, que abundan durante toda su historia- pero sin prescindir de la cruz- como también en los "fracasos" providenciales, en los cuales templa nuestro Señor a las almas que más ama. 

En su infinita misericordia, Dios prepara a sus hijos, a quienes les dará tal potestad que podrán, regir su heredad en la Santa Madre Iglesia católica. Desde su infancia lo hace nacer en un hogar católico, pero de los verdaderos católicos que serán probados contra viento y marea y que serán templados en altas temperaturas. Lo veremos al recorrer las paginas de este libro, donde un católico se consideraba afortunado en poder recibir los sacramentos al menos una vez en su vida. Esto significa que su catolicismo lo vivían en sus hogares y ellos mismos custodiaban sus dogmas y la sacrosanta fe de Nuestro Señor, en cuanto al aspecto de su patria siempre en luchas en contra de las potencias dominadoras de sus tierras. En cuanto a su familia, de sangre real, pero pobre. Pobreza la llevaron con gran paciencia. 

En este entorno nuestro Redentor formaba a sus futuros atletas, dos de ellos particularmente tendrán la ocasión de regir las patrias, uno, Diem la de Vietnam del Sur y otro nuestro biografiado Ngo regir ciudadanos para la patria celestial. Varios miembros de su familia morirán por defender su patria contra los ataques comunistas y el Arzobispo de Hue por defender la Santa Madre Iglesia Católica en manos de los modernistas, como trágicamente se narra en el capitulo ultimo de esta biografía. 

Podrás ver, estimado lector, el temple del alma de Monseñor Ngo Dinh Thuc, alma verdaderamente preparada, pues obtuvo los doctorados en filosofía, en teología y en derecho canónico. Un alma verdaderamente paterna pues atendía a las necesidades espirituales de su clero y de sus fieles y no tan sólo eso sino que tomaba muy particular cuidado de las necesidades materiales, lo verás preocupado de que todos los de su diócesis tengan siempre el pan de cada día, incluso llegara a dar los forros de los ornamentos así como sus propios pantalones para que los fieles puedan asistir al Santo sacrificio de la Misa. 

Durante su vida siempre surgirán los que ponen acechanzas, y lo que permite el buen Dios para que nuestras propias almas no se vanaglorien del bien que pueden hacer a los prójimos. Pero a pesar de esto siempre previsor, con su mente esclarecida y buscando la mejor solución, y esta, lo mas practica posible para los problemas que había que afrontar. El caso ejemplar de lo que aquí decimos es la construcción de la mejor Universidad de Vietnam del Sur, me refiero a la universidad de Dalat. Todo lo que tuvo que hacer para lograr su construcción y como al festejar sus 15 años de su fundación, jamás se mencionó el nombre del fundador. De hecho lo hice por Dios y a Dios sea dada la gloria, menciona él. 

Así transcurrirá su vida en medio de pruebas y triunfos. En un momento de su biografía, habla de fracasos, a los cuales yo doy el mote de providenciales, puesto que marcarán el camino para la continuación de la Santa Madre Iglesia católica. Estos "fracasos" iniciaron con el Vaticano II, pues es escalofriante ver como los que deberían ser iluminados por el Espíritu Santo se la pasaban tomando café y coca cola en las cafeterías. Y después de su estancia en Roma de 1962-64 para el "Concilio" pastoral el gran batallar de puerta en puerta pidiendo posada para ganar el pan de cada día, lejos de su patria, lejos de su gente; los comunistas habían masacrado a su familia y habían derrocado el gobierno de su hermano Diem, y sobre todo imposibilitado para estar con sus fieles en su arquidiócesis de Hue, por la política de Paulo VI en su acercamiento al comunismo. 

Pero me creerás, amado lector, que esto era el inicio de sus dolores, recién comenzaba a ser probada esta alma, pues un dolor mas grande le iba a llegar en lo mas íntimo de su ser: el ver padecer a la Santa madre Iglesia Católica, esposa Inmaculada de Nuestro Señor Jesucristo. Para eso lo había preparado nuestro Señor, por eso tantos triunfos y fracasos, por eso lo hizo nacer, donde el pan de la fe y el pan cotidiano literalmente cuestan sudor y lagrimas, era el momento de entrar en acción y sin ningún temor, y con la firme convicción de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, decide declarar la sede Vacante y rechazar los errores del vaticano II, con un gesto de valentía y de un amor grande a nuestro Señor y a su Iglesia, sin importarle el precio que debía pagar por estas sus acciones: desprecio del mundo, odio de los enemigos de la Santa madre Iglesia católica, asechanzas de los que no quieren que reine nuestro Señor Jesucristo. 

Así, pues, consagra obispo a Monseñor Guerard des Lauriers y el 17 de octubre de 1981 consagró a Monseñor Moisés Carmona y Adolfo Zamora en Toulum Francia. Carmona consagra a Musey y con la asistencia del mismo Monseñor Carmona y Monseñor Zamora, Musey consagra el 24 de agosto de 1982 a Louis Vezelis O.F.M. Monseñor Vezelis se rinde cuenta de la situación que esta viviendo Monseñor Ngo y decide hacer un viaje ex profeso, para platicar con su ilustrísima y ver la forma de retirarlo en medio de los franceses para los cuales El Arzobispo Ngo, primero era un vietnamita (habían estado siempre en pugna franceses y vietnamitas) y posteriormente era un Prelado de la Iglesia Católica. Acepta monseñor Thuc y Monseñor Vezelis lo recoge para darle una vivienda lo mas conforme a su dignidad y en medio de un ambiente religioso. 

El resto de lo acontecido, el libro lo narra minuciosamente, sobre todo lo de su secuestro, y nuestro lector podrá darse cuenta cabal de los acontecimientos narrados por quienes lo vivieron, es decir de primera mano. 

Por ultimo recordamos las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: "Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, no lleva fruto consigo"; "Bástale al discípulo ser como su maestro"; Por eso permitió la Divina Providencia que Monseñor Ngo muriera solo, en tierras lejanas, sin sus parientes, en manos de sus enemigos, sin ninguno de sus bienes. 

Sirvan estad pocas líneas, a manera de introducción, y que el libro que aquí te presentamos rinda algún bien para tu alma. 

+ Monseñor Luis Alberto Madrigal y Madrigal


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INTRODUCCIÓN 


"Este es el hombre del momento" se necesita más que coraje humano para dejar la tranquilidad y el retiro (como lo hizo este patriarca Arzobispo de Vietnam) por la angustia y ansiedad de combatir por la vida de la Iglesia Católica. El puño frío y cruel de los fanáticos ha sido desatado, y no existe diferencia de los enemigos de nuestras tierras, quienes ya han disminuido la esperanza de este hombre. No queda mucho tiempo para que la virtud y el vicio se separen y como la escritura nos lo recuerda: "por sus frutos los conoceréis". En el invierno de esta larga y fructífera vida el Arzobispo Ngo se abandona a la providencia de Dios y sus designios, dejando de lado la comodidad y la paz que aconseja la humana prudencia y se lanza a la batalla. Aquellos que tengan fe lo seguirán y verán con buenos ojos su heroica postura, aquellos que usan la fe para su propia gloria con seguridad lo maldecirán amargamente. El Arzobispo Ngo no es el prelado senil que algunos imaginan. Es un hombre de gran sabiduría y experiencia versátil. Obtuvo su doctorado en Filosofía, doctorado en Teología, y doctorado en Derecho Canónico. 


Obviamente, es un hombre que, en estos campos, no necesita la ayuda de un neófito y sin título. Tampoco es un hombre que necesite apologistas para ensalzarlo. Tampoco es una figura de culto. Su Excelencia ha sido un hombre de grandes logros apostólicos en su tierra de Vietnam. Obispo a los 41 años, cosa muy rara en nuestros días, organizó su diócesis y estableció un seminario. Más tarde, funda y construye la Universidad de Dalat que vino a ser la mejor en todo Vietnam. Fue una víctima de la política impaciente de Montini (Paulo VI) de eliminar oposición a su acercamiento con el comunismo, el Arzobispo Ngo fue forzado a retirarse a la edad de 73 años y en su lugar se colocó Monseñor Philip Nguyen Kim Dien, hijo espiritual de Wojtyla (Juan Pablo II). 


Con pleno conocimiento del desagrado y ataques que pudiera recibir por su postura en defender la Iglesia Católica, el Arzobispo Ngo entró en acción de manera práctica y realista. Pedimos a todos nuestros lectores rezar por este valiente Prelado y por aquellos que él ha consagrado para el servicio de la Iglesia. 


I PARTE 

MISERICORDIAS DOMINI IN AETERNUM CANTABO. 


Con esta aclamación del profeta comienzo la historia de mi alma. Que mis memorias puedan animar a otras almas para tener recurso a esta merced y que puedan convertirse y santificarse. Mi vida espiritual parece un tapiz de lágrimas, las cuales son los rayos de esta misericordia que impregnan el tapiz. Ésta misericordia de Dios que la ha decretado desde toda la eternidad para emitir sus cuidados sobre este átomo (así es mi ser, y sus decretos han venido sobre mi nada). Esta misericordia no ha cesado jamás de circundarme. Ella me ha envuelto aun más estrechamente en estos tiempos cuando mi pobre ser trata de escapar a las bondades de la dulce esposa de mi alma. Podrán otras almas tornar con buenas razones a esta caridad de Dios de tal forma que lo amen y adoren: las almas vírgenes, contemplativas, imbuidas en la santidad, llevadas por los ejemplos de los querubines y serafines. Almas como la de Santa Teresa, San Juan de la Cruz, de San Luis Gonzaga y del Padre Pío, ellas sí tienen ese derecho. Pero, para mi alma pecadora, ella tiene solo lágrimas para ofrecerle a Dios como la Magdalena y cantar las misericordias de nuestro Señor, sea en este mundo como en el próximo. 


El Señor ha sido muy bueno, porque me ha dado demasiado tiempo para arrepentirme y hacer penitencia, me ha dado una larga vida y extremadamente buena salud la cual no ha sido concedida para muchos de mi familia. Tengo 80 años y ninguna enfermedad seria, dotado de mente esclarecida que me ha hecho un ávido estudiante en el seminario menor, y después en la facultad de la Sorbona, la misericordia de Dios me ha concedido tiempo en el conocimiento de los estudios profanos y religiosos que han ayudado a mi conversión. 


Soy vietnamita. Esto explica mi carácter. Así como ser francés ayuda a entender la espiritualidad de la pequeña flor Santa Teresa; así como un habitante de Castilla entiende y explica el carácter de la gran Teresa de Ávila. ¿De dónde vienen los vietnamitas? Si uno revisa los anales de la edad antigua de China, que han sido siempre nuestros enemigos, los Viet ocupaban el territorio conocido ahora como el Pekín. Esta tierra está bañada por el inmenso río Amarillo. Los chinos se movieron hacia abajo a ésta tierra fértil donde los Viet encontraron una vida confortable. Los Viet participaron en la batalla en contra de estos invasores cuyo prolífico número lúe tan grande que los Viet no los pudieron rechazar. Fueron rechazados pero jamás cesaron de resistirlos. 


Los Viet se retiraron al Sur. Su última capital, en el territorio revindicado por China hoy, fue Cantón. El Cantón fue ocupado por los "Celestiales". Los Viet encontraron ahí un terreno adecuado para la defensa: era un estrecho paso que es todavía conocido como "Las Puertas de Annam" donde ellos prohibieron el paso a los chinos. Mas tarde los Chinos estuvieron aptos para forzar su camino a través de este estrecho y ocupar el Delta del río Amarillo. La ciudad de Hanoi ha sido construida en este sitio al menos hace mil años. 


Los Viet jamás perdieron coraje en la paliza lograda a los chinos gracias al heroísmo de dos hermanas, Trung-trac y Trung-schi. Estas jóvenes perdieron sus vidas en ésta heroica batalla. Inflamados por el ejemplo dado por estas dos hermanas vietnamitas, los Viet completaron el trabajo iniciado por estas dos jóvenes: los chinos abandonaban permanentemente Vietnam. 


Se necesitó de mucha diplomacia para aceptar un tipo de vasallaje con respecto a la posición de China. Lo que esto implicó fue un vasallaje anual y simbólico en la forma de presentes representativos de su país, por ejemplo, elefantes usados en defensa. 

Debemos reconocer que cientos de años de la ocupación china fueron muy beneficiosos a los vietnamitas. La división del territorio nacional era: provincias, prefecturas, subprefecturas y villas, así como estaba dividido el imperio central (China); excepto por una diferencia. Esta diferencia afectaba a la villa. 

Una Villa vietnamita es como una pequeña república y funciona como un Estado dentro de otro estado. Si el Estado imponía un impuesto para la guerra sea de dinero o de hombres, el más anciano de cada villa determinaba el monto con que la villa debía cooperar y también decidía quien debía ser enviado al ejército real. Existe un proverbio Vietnamita que dice: "Los decretos del Rey se someten al custodio de la villa". El mayor (Ly-Truong) no era la cabeza de la villa, sino el representante del consejo de la misma delante de las autoridades superiores. Sin embargo, sí era cabeza cuando caían los golpes de la caña de ratán, cuando las autoridades no estaban contentas con la villa. 

Los consejeros de la villa eran: primero, los hijos de la villa que tenían el título de mandarín (antiguos mandarines); luego, estaban aquellos que habían aprendido y que habían tomado su examen (que abarcaba tres años) para el titulo de Bachiller licenciado y doctor; finalmente, los ciudadanos que eran ricos completaban los miembros del consejo. Era en este consejo donde la inteligencia era más importante que la riqueza, las asignaciones de los campos de arroz eran hechas para cada ciudadano en partes iguales. Los campos de arroz eran propiedad común. Estas asignaciones se hacían cada tres años basadas en la misa medida pero no en la misma fertilidad. 

Los ciudadanos sólo tenían como propiedad privada las tierras que ellos mismos habían limpiado, mientras que los campos comunes eran limpiados al tiempo de la fundación de la villa por un hombre intermediario quien, después de no haber sido reclamada aquella tierra por nadie, reclutaba voluntarios que le ayudaban a fundar una nueva villa. Este es un factor social que nos muestra el espíritu de independencia de los vietnamitas respecto a las más altas autoridades, a la vez que mantenían la amistad entre ambos estados. 

Evidentemente todo esto ha sido desechado por la nivelación del moderno igualitarismo. ¿Esto ha sido para bien o para mal? Al menos el antiguo sistema no era inferior al moderno, puesto que teníamos dos clases de propiedades: La común y la privada. Teníamos la repartición de tierras cada tres años sin la invasión del estado totalitario. La independencia de los ciudadanos que podían fundar un lugar donde ellos pudieran respirar sin la total renuncia de las ventajas que ofrece un estado central. Esta sed por la independencia corre en las venas de los vietnamitas y explica la lucha milenaria en contra de los chinos y los franceses. 

Mi familia siempre estuvo en favor del sistema representado por la dominación Británica en las relaciones de Vietnam y Francia. Nosotros estábamos indispuestos para realizar estos sueños de Francia, la cual quería guiar a los estados como Inglaterra lo hizo con Canadá, Australia, Nueva Zelanda, y que les había permitido igual trato como en los Estados Unidos, Rusia Soviética y Gran Bretaña. Vietnam entonces es partidario de la personal independencia garantizada por una cierta dependencia con otro estado. Los vietnamitas son por encima de todo Patriotas, sean comunistas o anticomunistas. Ho-Chi-Minh y Ngo-Dinh-Diem son básica-mente vietnamitas. 

Desde el punto de vista de la cristiandad, somos obedientes a la Iglesia Católica Romana. Esto es verdad principalmente entre los simples fieles. En medio de los intelectuales admitimos la unidad del dogma en materias de Fe, pero diversidad en las esferas que no tocan al dogma. 

Esto explica en alguna medida mi desafección por las invasivas empresas del Vaticano para imponer puntos de Liturgia y de Derecho Canónico, en una palabra, reducir toda particularidad de cada civilización a un común denominador abusando de poder imponer penas de suspensión y de excomunión a quienes no observan las nuevas reglas de Liturgia y los nuevos Cánones y además quieren borrar lo que existe de antiguo en nuestra milenaria civilización. Las civilizaciones, debo añadir, son el trabajo de Dios quien está colocado por la unidad en la diversidad. Dios mismo es Uno y Trino. Cada hombre posee su propio rostro. La diversidad es el ornamento del universo. 

Aquí ponemos algunos ejemplos: Para los romanos un signo de respeto por alguien es levantarse. Para los vietnamitas es doblar la rodilla. Los romanos extienden sus brazos para la oración; los vietnamitas juntan sus manos en la oración. Los europeos estrechan las manos como un signo de amistad y encuentro; los asiáticos, los chinos y vietnamitas, juntan sus manos e inclinan la cabeza. La inclinación será más profunda de acuerdo al rango de respeto debido a la persona saludada o encontrada. 

La Santa Misa consiste, esencialmente, en la Consagración de las especies, las otras partes, hablando estrictamente y en el caso de absoluta necesidad, pueden ser omitidas. Tal caso puede darse en un sacerdote prisionero que celebra misa en la oscuridad de la celda con el fin de recibirla comunión él mismo y los demás prisioneros. El mismo Jesucristo consagró, en la última cena conforme a la costumbre judía de la Pascua. 

Permítanme concluir estas observaciones y vayamos a estudiar el entorno que determinó mi futuro. 

Mi entorno. 

El primer círculo de éste entorno es mi familia. Mi familia es vietnamita, sea en cuanto a la raza como en cuanto a la religión: Ser católico vietnamita consiste en rechazar todo lo malo por sí mismo, sin esperar una cuestionable ayuda de los demás. Esto explica cómo la Iglesia en Vietnam sobrevivió cuando la persecución de los reyes la privaba de sacerdotes extranjeros. Un puñado se escondió en los bosques sostenidos por la fe católica y consideraban un verdadero privilegio tener los sacramentos una o dos veces durante toda su vida. 

El pequeño centro parroquial de las vietnamitas se extendía en Vietnam desde el puerto de Annam hasta el punto de Caman. Imaginen el siguiente procedimiento y organización: los católicos mayores que conocían los dogmas de la fe más que los otros habían recibido el catecismo de los misioneros, los cuales formaban al jefe de la parroquia. El jefe controlaba la acción de su grupo responsable del progreso y sobrevivencia de su parroquia. Otro estaba encargado de la instrucción de los niños en la fe y los preparaba para su primera comunión (cuando esto era posible). Uno más se preocupaba en visitar los enfermos y prepararlos para la muerte. Otro preparaba y dirigía el canto, las oraciones, la lectura de la epístola y del Evangelio cuando no había sacerdote, de la misma manera como nosotros acostumbramos a recibir la comunión espiritual. 

¿Cómo encontrar el dinero necesario para el culto, para construir la pequeña capilla de paja, para los gastos de viajes y recepciones de los misioneros, para el alimento de los candidatos al sacerdocio (aquellos que habían sido seleccionados por la parroquia)? El seminario consistía en una pequeña choza en la cual vivía un profesor; los misioneros, que enseñaban un poco de latín en la noche, justo lo suficiente para recitar la fórmula de la consagración y de los otros sacramentos; en aquellos días, los seminaristas se transformaban en pescadores para alimentar ala comunidad. 

Después de que esta formación se había completado, los seminaristas eran enviados al extranjero, a Siam o a Ponlo-Pinang donde estaba el seminario de la parroquia de los misioneros extranjeros. Ahí los seminaristas debían ser ordenados. Por este medio, un clero indígena fue creado en Vietnam por los vietnamitas, por su instinto de independencia y de sus habilidades para improvisar y cuidarse ellos mismos sin esperar una milagrosa ayuda de afuera. 

Esta organización de las parroquias de los vietnamitas por parte de los laicos privados de sacerdotes, es lo que Roma llamó "Acción Católica" bajo el reinado de Pío XI y Pío XII. Esta misma acción católica fue usada por el apóstol de las gentes quien se rodeó no sólo de sacerdotes, diáconos y obispos, sino también de laicos, hombres y mujeres. Esta "Acción Católica" ya estaba activa trescientos años antes de ser instituida por los sumos pontífices mencionados. 

La creación de un clero indígena fue practicada mucho antes de que Roma la considerara. Estos dos pilares de la evangelización inventados por los vietnamitas, son un ejemplo de la inteligencia de este pueblo, al cual la Santa Sede ha tratado como una entidad de pequeña importancia en la Iglesia, aún al punto de no concederle una jerarquía oficial ni un cardenal sino hasta después de haberlos dado a otros países, los cuales, desde el punto de vista de la fe, eran superados por el católico Vietnam en cuanto al número del clero y de los mártires indígenas. 

Cuando yo era decano no me sorprendió ni un poco que Juan XXIII, al presentarle 10 obispos de Vietnam, me preguntara: ¿Cual es este Vietnam? Y eso que decía ser el Vicario de Aquél que dos mil años antes dijo: "Yo conozco a mi rebaño y mi rebaño me conoce a Mí". Tampoco debemos sorprendernos que entonces tuvieran malos sentimientos en contra de mi familia, y especialmente en contra de mí, imponiéndome mi resignación como Arzobispo y mandándome al retiro antes de la edad determinada, en mi lugar nombró a uno de sus favoritos imbuido con la filosofía política de "abertura al este". 

Recientemente, este mismo hombre ha sido tratado como una persona non grata por sus antiguos amigos comunistas, pues se atrevió a levantar su voz en contra de los obstáculos puestos por los comunistas que prohibían a los católicos ir a Misa los domingos, imponiendo sobre ellos labor pública en las horas de Misa. De tal manera que debió sentir este rompimiento con ellos, los comunistas no le permitieron asistir al Sínodo de 1977 con los otros tres obispos de Vietnam. 

Otro Arzobispo vietnamita que fue condenado por los comunistas, fue mi sobrino, el Arzobispo Francisco Javier Nguyen-Vam-Thuan de Saigon. Actualmente vive en el bosque localizado en el sur como un criminal condenado a labores forzosas. Su crimen fue el ayudara refugiados del norte al ubicarse en el sur cuando él estaba a cargo del socorro de los católicos, oficio confiado a él por la Santa Sede; y esta misma Sede protestó en contra de los brasileños mientras el caso de mi sobrino quedó en silencio.

Continuará....